AUTOPÍAS, METÁFORAS, MINDFULNESS

Despertar en la noche

Cuando se despertó, estaba envuelto en la oscuridad y se sentía inquieto y nervioso. ¿Dónde estaba? ¿Qué hora era? Le llevó un tiempo darse cuenta de que, al final de la tarde, estando sumido en sus pensamientos, se había quedado dormido en la hierba. Notaba algo de fresco ­–la temperatura había bajado sensiblemente­– y sintió un estremecimiento al verse inmerso en la noche cerrada.

Se incorporó ligeramente en un esfuerzo por tomar conciencia del lugar en el que se encontraba. Intentó recabar información con sus cinco sentidos, pero las primeras impresiones que registró no le aportaron muchos datos. Sus ojos parecían inservibles ante una oscuridad tan espesa, sus oídos solo captaban lo que parecía ser un profundo silencio, la piel se erizaba con el frescor de la noche… y la nariz y el paladar habían sido monopolizados por el olor del miedo y el regusto de la desazón.

Ante estas impresiones, su mente empezó a bullir imaginando, sin miramientos, los peores escenarios posibles. Y sus sentidos, condicionados por los paisajes hostiles que la mente iba creando, ampliaron aún más esas sensaciones de oscuridad, silencio, frío, desazón y miedo. «¡Cuidado! ­–se dijo­–. No quiero dejarme llevar por estos pensamientos, no quiero que la mente tome todo el control». Fue entonces cuando recurrió, como había hecho otras veces, al poder de la respiración.

Comenzó a respirar de forma consciente, prestando atención al proceso de inhalación y exhalación y a la cadencia con la que se producía cada uno de esos movimientos. Al principio, no notó nada especial: seguía sintiendo la sombra de la oscuridad, del silencio y del frío. Sin embargo, decidió mantenerse concentrado en la respiración y, poco a poco, algo comenzó a cambiar: el olor del miedo dio paso al olor de la expectación, y el regusto de desazón se transformó en el sabor de la confianza.

Animado por este cambio, se permitió seguir meciéndose al ritmo de su propia respiración. La mente se iba callando mientras su piel se iba sintiendo cómoda con la temperatura exterior. Sutilmente, empezaron a llegar sonidos a sus oídos: eran sonidos difusos y lejanos que, a cada inhalación y exhalación, se hacían más claros, cercanos e identificables. Y, finalmente, se decidió a abrir los ojos, que había cerrado por inercia cuando se propuso mantenerse centrado en su respiración.

La oscuridad seguía envolviendo la noche, pero de otra manera: no era más que un fondo en el que, por puro contraste, encontrar pequeñas luces. Así, identificó el brillo y el destello de estrellas y planetas, la intermitencia de las luces de un avión, los faros de un coche que se adentraba en la calle más cercana… La inquietud y la incomodidad por haberse quedado dormido en una hora y un lugar que juzgaba inapropiados dieron paso al agradecimiento. ¿Qué se hubiera perdido si no hubiera entrado en este pequeño trance?


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Tren destino…

¿Recuerdas lo que sientes cuando haces turismo? Probablemente –a mí me ocurre– vivirás algo de excitación o nerviosismo con los preparativos del viaje, la preocupación por llegar con suficiente antelación a la estación o al aeropuerto, el paso por los controles de seguridad, las colas para embarcar o el recuento constante de maletas, bultos y acompañantes. Sin embargo, la emoción predominante ante este tipo de aventuras es la ilusión por conocer nuevos destinos, mostrar lugares ya conocidos a personas a las que queremos o volver a descubrir, tiempo después, lugares en los que ya estuvimos.

La ilusión va acompañada, en el viaje, por la curiosidad: queremos dejarnos sorprender. Nuestra mirada, cegada por la rutina, se transforma y se expande. Estamos más atentos a cualquier estímulo que pueda aparecer en nuestro camino. Perdemos el miedo a vagar sin rumbo, o al menos sin rutas más o menos establecidas, por ciudades desconocidas. Ampliamos nuestra predisposición a probar cosas nuevas. Nos abstraemos de nuestra realidad cotidiana hasta olvidar, casi por completo, nuestros problemas del día a día. Vivimos, sin más.

¿Qué pasaría si incorporaras a tus quehaceres cotidianos, en tu lugar habitual de residencia, la ilusión y la curiosidad que se despiertan en ti en cada viaje? Reconozco que, en nuestras rutinas habituales, tenemos que hacer frente a tareas tediosas o repetitivas. No obstante, te invito a buscar momentos para experimentar y dejarte sorprender. ¿Cómo hacerlo? Introduciendo, cada día, algo nuevo: puedes alterar el horario en el que realizas determinadas actividades –salvo determinadas tareas, no todo hay que hacerlo a la misma hora–, buscar rutas alternativas en tus desplazamientos –¡quién sabe lo que nos estamos perdiendo por seguir siempre las mismas rutas prefijadas!– o sentarte en un parque o una plaza, solo por unos minutos, para refrescar tu mirada y distanciarte de la vorágine de la cotidianidad. El tren que lleva la ilusión a tu día a día ya está estacionado en su andén, dispuesto para partir. ¿Te subes?

Estándar