AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Peligro: expectativas

Todo propósito de cambio, mejora o desarrollo personal y profesional va acompañado siempre, de forma consciente o inconsciente, de una serie de expectativas sobre lo que queremos lograr. La Real Academia Española define expectativa como la esperanza o la posibilidad razonable de que algo suceda. No obstante, esa esperanza y esa posibilidad no dependen de las acciones concretas que podamos poner en marcha para alcanzar un determinado objetivo, sino de la percepción que tengamos sobre nosotros mismos o de la percepción que los demás tengan de nosotros. Conviene recordar, en este sentido, que la palabra expectativa proviene del latín exspectatum, que significa mirado o visto.

Estas percepciones –creencias– pueden ser un buen punto de partida a la hora de plantearse nuevas metas si nos aportan la motivación necesaria para afrontar el reto. ¡Qué fácil resulta ponerse en marcha cuando uno se siente capaz o validado para alcanzar un propósito concreto! No obstante, las expectativas mal calibradas también pueden boicotear el proceso. Esto puede ocurrir cuando la imagen que tenemos de nosotros mismos –el autoconcepto– no se corresponde con lo que realmente somos ahora (nos empeñamos en mantener patrones de pensamiento y comportamiento que, si bien nos sirvieron en el pasado, no resultan eficaces en el presente) o cuando la imagen que los demás tienen de nosotros aparece desvirtuada (tal vez porque intentan modelarnos de una forma que nos aleja de nuestra esencia).

La brecha entre esas falsas expectativas y los resultados concretos que vamos obteniendo de acuerdo al propósito fijado forma lo que se ha dado en llamar la trampa de las expectativas o la trampa del crecimiento personal, un espacio de frustración e insatisfacción permanente ante el que solo caben dos actitudes: adoptar un rol pasivo y victimista, orbitando perpetuamente alrededor de nuestro fracaso, o asumir un papel activo y protagonista, reformulando las expectativas iniciales con el fin de encontrar las respuestas que necesitamos para fortalecer o reajustar nuestros propósitos vitales y garantizar así su consecución. Es el momento de conectar con nuestras propias necesidades y anhelos para tomar las decisiones que creamos oportunas.

Para reformular expectativas, propongo recurrir a las siete erres de la ecología o de la preservación del medio ambiente. Así, conviene reducir nuestras expectativas, reparando aquellas que no surgen realmente de nuestra autenticidad, reutilizando las que, pese a todo, siguen siendo una fuente de motivación para nosotros y reciclando las que aún puedan ser funcionales desde otras perspectivas. Es aconsejable, también, recuperar expectativas que dejamos olvidadas (porque no encajaban en la imagen que queríamos transmitir o en la imagen que los demás se habían hecho de nosotros), así como renovar y rediseñar nuevas expectativas de acuerdo a lo que somos en este instante de nuestras vidas.

Hecho esto, llega el momento de convertir nuestras expectativas en objetivos inteligentes (del inglés SMART, un acrónimo que proporciona criterios para guiar en el establecimiento de objetivos). Que no todo sea esperar, sino moverse hacia: convierte tus expectativas en objetivos específicos y concretos (enunciados de forma clara y entendible), medibles (ya sea con variables cuantitativas o cualitativas), alcanzables y realistas (de acuerdo a las posibilidades de cada uno), retadores (con un nivel de esfuerzo que te resulte motivante) y limitados en el tiempo (recuerda: la diferencia entre un sueño y un objetivo es una fecha). Ah, y no olvides anotar tus objetivos en un papel: escribir es una forma de comprometerse. ¡Trasciende tus expectativas y ve a por tus metas!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

¿Planificar o improvisar?

La pandemia de enfermedad por coronavirus que estamos viviendo ha obligado a introducir en nuestras vidas una serie de protocolos (lavado frecuente de manos, uso de mascarilla, distancia física en las relaciones interpersonales) con el objetivo de preservar nuestra salud y la de quienes nos rodean. Paralelamente, se han dictado medidas adicionales con el fin de facilitar una “nueva normalidad” en nuestras actividades cotidianas (control de aforo en comercios y espectáculos, disposiciones para la vuelta al colegio, reglamentos de las empresas sobre el uso de las oficinas o el acceso al teletrabajo…).

Algunas de esas medidas –supuestamente planificadas– han sido criticadas por improvisadas. Y aquí surge la pregunta: ¿Son planificar e improvisar estrategias igualmente válidas para hacer frente a una determinada situación? Al hablar de situación no me refiero solo a las circunstancias extraordinarias que estamos viviendo, sino a todos los contextos (familiares, sociales, laborales, económicos o culturales) en los que se desarrolla nuestra vida. Efectivamente, hay personas a las que les resulta más fácil articular sus actividades y proyectos de acuerdo a una planificación previa, y hay personas que son más dadas a la improvisación. Ambas opciones, en cualquier caso, presentan ventajas e inconvenientes.

Planificar nos permite definir una serie de pasos o acciones con los que ir avanzando cada día, manteniéndonos centrados en los objetivos o intereses que pretendemos conseguir. No obstante, una estricta o exigente planificación puede volverse en nuestra contra, sobre todo si no medimos bien el esfuerzo o el impacto que va a suponer cada una de esas acciones. Por otro lado, la planificación, a veces, no es más que un disfraz con el que pretendemos mantenernos ocupados, saltando de unas tareas a otras de acuerdo a lo que dicta la agenda, eludiendo una reflexión profunda sobre lo que de verdad queremos o necesitamos hacer.

Improvisar, por su parte, estimula nuestra creatividad en busca de soluciones, respuestas o propuestas alternativas: la improvisación, bien entendida, es la suma de intuición e imaginación. Sin embargo, improvisar también conlleva riesgos como actuar siempre a salto de mata, escogiendo opciones cortoplacistas que se olvidan de cualquier perspectiva de futuro y que ignoran el efecto que puede tener una respuesta improvisada, en términos de coherencia, en el resto de actividades sobre las que articulamos nuestra existencia (no olvidemos que las dimensiones del ser humano –física, mental, emocional…– están estrechamente interrelacionadas).

Planificar e improvisar fallan estrepitosamente cuando no se ha conjugado previamente otro verbo: planear. Planear no es solo hacer planes: es diseñar proyectos y objetivos que nos ayuden a dar sentido a lo que somos y a lo que hacemos. Sin un propósito, cualquier planificación o improvisación estará abocada al fracaso. Hoy te animo a identificar, si aún no lo tienes, el propósito con el que guiar tus pasos en el curso que ahora comienza. Sondea tus necesidades, explora tus inquietudes y ponte manos a la obra. ¿Cuál es tu plan?


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Fin de curso

Llega el final de junio y es momento de hacer balance de curso. Tal vez, con la llegada de julio, no cambie nada: seguiremos con nuestros quehaceres cotidianos, con nuestro trabajo (salvo que podamos coger ya vacaciones en estos días) y con la reanudación de actividades que, suspendidas durante el confinamiento, podemos retomar ahora en la llamada nueva normalidad. Sin embargo, los tiempos de la actividad académica y escolar siguen muy presentes en nuestra vida (puede que, de alguna forma, añoremos las largas vacaciones que teníamos cuando éramos niños) y, por otro lado, son muchas las empresas que cierran ahora su ejercicio fiscal.

El curso, desde luego, ha sido atípico. La pandemia de enfermedad por coronavirus habrá marcado, probablemente, el camino hacia la consecución de los objetivos que nos propusimos allá por septiembre, cuando ni siquiera imaginábamos que nos iba a tocar vivir una amenaza de esta magnitud, o en enero, coincidiendo con el comienzo de un nuevo año al que, fieles a la tradición, pedíamos salud y tranquilidad. Así, el confinamiento y  las restricciones pueden haber sido un obstáculo material a la hora de lograr lo que nos habíamos propuesto, y no podemos obviar el impacto emocional causado por la crisis sanitaria, laboral, económica y social en la que estamos inmersos.

Por eso, te propongo hacer un balance alternativo que no tenga en cuenta, de haberlos, esos proyectos truncados o esos propósitos forzosamente dilatados en el tiempo a la espera de una mejor ocasión para realizarlos: centra tu análisis, únicamente, en todo lo que has conseguido en este semestre, y especialmente en los meses en los que, forzados por la situación, hemos tenido que trabajar, educar a nuestros hijos, socializar o vivir nuestro ocio de otra manera. ¿Qué sabes hacer de modo diferente? ¿Hay algún aspecto en el que hayas logrado reinventarte? ¿Qué cosas sobre ti o sobre el mundo en el que vives has aprendido en todo este tiempo? ¿Con qué te quedas?

Dicen que las crisis son oportunidades, pero quizá aún no veamos la ocasión o el momento en que las posibles alternativas estén a nuestro alcance. Lo que sí es seguro es que las crisis son siempre aprendizajes. El verano, que es una época en la que, por definición, solemos dedicarnos más tiempo a nosotros mismos, puede ser una buena ocasión para identificar esos aprendizajes y decidir qué queremos hacer en este contexto de incertidumbre (fijando un nuevo propósito por el que trabajar), para qué lo queremos hacer (revisando, si es preciso, nuestra escala de valores) y cómo lo vamos a hacer (diseñando un plan de acciones diversas que dé cabida, en la medida de lo posible, a los imprevistos que podamos encontrar en un escenario tan cambiante como el que estamos viviendo. ¿Te animas? ¡Feliz verano!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES, REFLEXIONES

Las reacciones del miedo

Se han descrito, tradicionalmente, tres posibles reacciones del ser humano ante amenazas o situaciones de peligro que nos provocan miedo: el ataque, la parálisis o la huida. Estas reacciones tienen su origen en el llamado cerebro reptiliano (la capa más profunda de nuestro cerebro, donde se localizan los instintos primitivos relacionados con la búsqueda de comida, el cortejo, la identificación de rivales y, en general, todos los aspectos relacionados con la supervivencia) y se activan gracias a la amígdala, una estructura con forma de almendra situada en el cerebro límbico (capa del cerebro anterior al neocórtex en la que se regulan nuestras respuestas fisiológicas y emocionales configurando determinados patrones de conducta).

Los riesgos que amenazan la supervivencia del ser humano han cambiado a lo largo de la historia. Ya no tenemos que salir a cazar, enfrentándonos a todo tipo de animales salvajes, para procurarnos el alimento necesario: basta con bajar al supermercado o, directamente, hacer un pedido telefónico u online para que nos traigan la comida a casa.  No obstante, seguimos rodeados de amenazas: el terrorismo, el cambio climático, las infecciones por nuevos microorganismos patógenos… Y hay, además, otras amenazas que, si bien no suponen peligro de muerte, condicionan nuestra supervivencia individual y social en un mundo especialmente competitivo (el miedo al ridículo, la pérdida de un determinado estatus, el temor a ver comprometidos nuestros valores o creencias…). Es curioso ver cómo estas amenazas cotidianas suscitan, de forma irracional, esas mismas reacciones de ataque, parálisis o huida con las que respondemos a estímulos que, verdaderamente, afectan a nuestra supervivencia física.

Ante cualquier amenaza, y especialmente ante los retos o desafíos del día a día, cada uno responde como mejor sabe y puede de acuerdo al contexto y a la experiencia. Pero no siempre esa respuesta es la más eficaz. Pienso, por ejemplo, en el ataque: generalmente, el hecho de enfrentarse a una situación desafiante se interpreta como un signo de valentía, pero… ¿siempre lo es? El ataque solo será eficaz si somos conscientes de nuestras habilidades y de nuestras limitaciones, de las fortalezas y debilidades de nuestro rival (en caso de que se trate de un enfrentamiento interpersonal), de los condicionantes de la situación que nos reta, de nuestra capacidad para desarrollar un plan de acción con objetivos claros y herramientas precisas que, si bien no nos garanticen el éxito, al menos nos predispongan para la victoria. Atacar sin estar preparado no es valentía, es insensatez. Mejor combinar el corazón con la cabeza.

Lo mismo ocurre con la huida. Habitualmente, asociamos la huida con la cobardía, pero… ¿siempre es así? Efectivamente, muchas veces escapamos de cosas que no queremos afrontar, evitamos asumir nuevos retos o desafíos. Desaparecemos, como los mejores ilusionistas, para seguir cómodamente instalados en nuestra zona de confort: sí, sabemos que nos perdemos cosas, ¡pero qué bien se está en nuestro pequeño mundo! Otras veces, por el contrario, no se puede hablar de huida, sino de retirada: no tiene sentido permanecer en lugares donde no nos sentimos escuchados, donde no se respetan nuestros límites, donde nuestra energía se consume impidiendo que podamos dar lo mejor de nosotros mismos en otros proyectos o áreas que puedan resultarnos más interesantes o en las que nos sintamos más realizados.

En la parálisis, tratamos de mimetizarnos con el entorno intentando pasar desapercibidos. Lo normal, en estos casos, es que acabemos actuando, a largo plazo, de forma confluyente o sumisa, todo con tal de no significarnos. Pero pararse puede ser, quizá, la forma más efectiva de responder a corto plazo, sobre todo cuando se trata de amenazas domésticas o cotidianas que no conllevan un riesgo vital: pararse para chequear nuestra fisiología (el miedo, como es sabido, tiene manifestaciones físicas en forma de incremento de los ritmos cardíaco y pulmonar, palidez o enrojecimiento de la piel, repercusiones estomacales e intestinales…), pararse para observar y tomar conciencia de lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo y, a partir de ahí, buscar nuevas perspectivas que nos permitan, llegado el momento, dar una respuesta acorde con nuestras necesidades y expectativas.


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AUTOPÍAS, COACHING

Aplicaciones del coaching personal

Cuando, en este contexto de popularización –y a veces, indefinición– del coaching, me preguntan en qué consiste mi trabajo como coach, suelo responder que mi misión es acompañar a personas, empresas, organizaciones y colectivos interesados en impulsar procesos de planificación de objetivos, toma de decisiones, mejora de habilidades de comunicación interna y externa, gestión de tiempo o cualquier otro proceso de cambio y transformación que crean necesitar. Pero… ¿de qué objetivos, decisiones, habilidades o procesos estamos hablando? En este artículo me gustaría hacer un repaso de algunas de las situaciones o circunstancias que se pueden trabajar, específicamente, desde el coaching personal.

Veamos, por ejemplo, algunas de las situaciones problemáticas –y a la vez desafiantes– que nos podemos encontrar en el ámbito laboral: falta de entendimiento con nuestro jefe, relaciones tóxicas o envenenadas con nuestros compañeros de trabajo, protocolos o procedimientos que consideramos absurdos o ineficaces, ausencia de directrices precisas sobre lo que se espera de nosotros… Puede que, de tanto repetir las mismas tareas, hayamos perdido la confianza en el resto de competencias profesionales de las que disponemos para optar a nuevas oportunidades de empleo dentro o fuera de la empresa. Incluso podemos sentir la necesidad de reinventarnos profesionalmente y no saber cómo hacerlo. ¿Qué hacer con todo esto? Podemos adoptar una posición victimista o, por el contrario, tratar de ser proactivos en la búsqueda de cambios que nos permitan construir una nueva realidad en la que estar, al menos, algo más cómodos y confiados.

En el ámbito de la educación también hay situaciones que pueden ser abordadas desde el coaching. Pienso, por ejemplo, en los problemas que suelen encontrar los estudiantes en la planificación y organización del tiempo de preparación y estudio que van a dedicar a cada asignatura o en la selección de las materias o titulaciones con las que complementar su formación académica. Pienso, a la vez, en las dificultades que afrontan universitarios y doctorandos en la preparación de sus trabajos finales de grado o máster o de sus tesis doctorales: si bien cuentan con una dirección que les da soporte en cuanto a contenidos, tal vez necesiten asistencia para la coordinación de los esfuerzos de documentación, redacción e investigación que requieren este tipo de trabajos, así como para su lectura o presentación pública. Esto vale también para profesores estancados en la preparación de sus clases o en la publicación de artículos académicos con los que reforzar su posición.

Repasemos, además, las aplicaciones del coaching en el ámbito del ocio, el tiempo libre y las relaciones. ¿Quién no ha encontrado resistencias al tratar de implantar en su vida nuevos hábitos y rutinas con los que alcanzar loables propósitos saludables o relacionales? Tal vez tengamos dificultades para encontrar propuestas de ocio que no sean una huída o evasión de la realidad, sino una auténtica forma de autorrealización y conexión con nosotros mismos que nos permita, a la vez, explorar nuevos talentos y habilidades hasta ahora ocultos o ignorados. O puede que queramos explorar alternativas con las que mejorar la comunicación y el entendimiento –fomentando el autocontrol, poniendo los límites que sean necesarios– con nuestra pareja, familia, amigos o, en general, grupos de personas con los que interactuamos habitualmente.

Estos son solo algunos ejemplos de situaciones que se pueden afrontar con el coaching, pero hay muchas más: hay tantas circunstancias como personas. El coaching, en cualquier caso, es una invitación a un proceso de autoconocimiento que, mediante preguntas y herramientas, promueve –en un clima de confianza y colaboración mutua– la apertura de nuevas perspectivas y la creación de escenarios de cambio en los que cada persona, en función de sus posibilidades, pueda identificar sus necesidades, encontrar sus propias respuestas y desarrollar al máximo su potencial. ¿Necesitas coaching?


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AUTOPÍAS, COACHING, HERRAMIENTAS DE COACHING

Tres de tres

En este blog he escrito muchas veces sobre la necesidad de planificar objetivos y diseñar acciones que nos permitan cambiar una situación que no nos satisface, nos resulta incómoda o nos mantiene estancados por otra en la que, desplegando nuestro potencial, podamos sentirnos conectados y realizados. Este tránsito entre la situación actual y la situación deseada no se produce de la noche a la mañana, sino que requiere de un proceso. El coaching es, precisamente, ese proceso de entrenamiento personalizado y confidencial, mediante un gran conjunto de herramientas, que ayudan a cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde se desea estar (definición de la Asociación Española de Coaching, ASESCO). Pero, ¿qué elementos entran en juego en cada proceso de coaching?

El primer elemento para que se dé un proceso de coaching, y para que este pueda funcionar, es la motivación al cambio. Si no tienes ilusión y no estás convencido –aunque sea mínimamente– de tus posibilidades, ¿cómo vas a arriesgarte a afrontar nuevos retos? La motivación, por tanto, tiene que ser superior al miedo. ¡Ojo! Esto no quiere decir que, inicialmente, no sigamos teniendo temores: se trata de alzarnos contra el conformismo y el victimismo para explorar nuevas opciones. En este sentido, la motivación se alimenta de la autocreencia o capacidad de creer en uno mismo, una capacidad que se desarrolla confiando en lo que hacemos y dando valor a lo que somos (es decir, cultivando nuestra autoestima).

Un segundo elemento fundamental es la toma de conciencia. Hay que poner conciencia sobre lo que no está funcionando, realmente, en la situación actual; sobre lo que queremos conseguir al alcanzar la situación deseada; y, especialmente, sobre las opciones y alternativas que están a nuestro alcance para pasar de una situación a otra. Se trata de descubrir nuevas perspectivas, abrirse a nuevas posibilidades. Pero… ¡cuidado! Esto no va de que alguien –el coach– te diga lo que tienes que hacer, sino de averiguarlo por ti mismo a través de una serie de herramientas –generalmente, preguntas– que te ayudarán a emprender acciones alineadas con tus capacidades, tus competencias y tus valores.

Así llegamos al tercer elemento clave en todo proceso de coaching: la responsabilidad. Me gusta mucho la definición de este concepto que surge de su división en respons-(h)abilidad: la responsabilidad como habilidad de responder, como capacidad de dar respuesta –libremente, desde lo que somos y lo que necesitamos en cada momento– a los desafíos que nos presenta la vida. Responsabilizarse implica convertirnos en protagonistas de nuestro proceso de cambio decidiendo, de forma activa, las estrategias y las acciones que vamos a poner en marcha para alcanzar nuestras metas. Y la única manifestación real de la responsabilidad es el compromiso.

Todos estamos dotados, de una manera u otra, de la capacidad de motivación, toma de conciencia y responsabilidad. No obstante, esta capacidad se diluye, a veces, en el diálogo con nosotros mismos: la motivación flaquea (la sombra del miedo es alargada), la toma de conciencia se topa contra un muro o se tapa con una venda (somos hábiles para escaparnos de aquello que no queremos ver o de aquello a lo que nos resistimos) y la responsabilidad se escabulle o se diluye (es más fácil colocarla fuera de nosotros mismos que asumirla con todas sus consecuencias). En estos casos, el coaching se presenta como el acompañamiento perfecto para poner rumbo al cambio. ¿Te vienes?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Beneficios invisibles

¿Cuántas veces has intentado cambiar algo de ti o de tu vida? ¿Cuántas veces lo has conseguido? No siempre es fácil hacerlo. Desde una perspectiva racional, todo parece más sencillo: intuimos qué es lo que no funciona, sabemos qué es lo que no nos conviene, conocemos alternativas a partir de los ejemplos que vemos a nuestro alrededor… Sin embargo, cuando nos ponemos manos a la obra –diseñando gestos y acciones orientados al cambio– surgen resistencias que nos impiden avanzar en nuestro desarrollo personal, profesional o social. Nos resistimos a abandonar determinados hábitos, comportamientos, creencias… ¿Qué hay en ellos para que nos quedemos atascados ahí?

En general, cuando nos proponemos un propósito concreto (la misión, el objetivo que queremos conseguir), tenemos muy claro qué beneficio o beneficios queremos lograr. Lo que no identificamos con tanta facilidad es el beneficio secundario que podemos perder al modificar comportamientos, hábitos o creencias que no nos sirven para alcanzar nuestras metas. Si encontramos resistencias al cambio es porque hay un valor oculto en ellos. De hecho, la importancia del beneficio secundario es tal que preferimos mantener el statu quo –incluso siendo conscientes de que estamos estancados– antes que explorar o luchar por otras opciones.

Encontrar resistencias nos genera frustración, y la frustración nos lleva a buscar explicaciones. Así, nos preguntamos por qué mantenemos comportamientos desacompasados, hábitos anacrónicos, creencias limitantes… Y las respuestas que encontramos no son más que autojustificaciones victimistas que no hacen más que alimentar esa frustración. Mario Benedetti hizo popular la frase cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas. Y eso es lo que propongo para vencer las resistencias: cambiar la pregunta por qué por para qué. ¿Para qué nos sirve este comportamiento, ese hábito, aquella creencia? ¿Qué ganamos con ellos? ¿Qué tienen para que decidamos mantenerlos incluso en situaciones difíciles, problemáticas o insatisfactorias de nuestra vida?

Recibir atención, ser merecedor de reconocimiento o afecto, ser útil a los demás, llenar nuestro vacío interior… Estos son algunos de los beneficios ocultos por los que nos empeñamos en mantener comportamientos, hábitos y creencias que ya no nos satisfacen o que no encajan con lo que realmente somos. Una vez detectados, conviene centrar la atención en los beneficios que queremos lograr con nuestro objetivo de cambio. ¿Merece la pena renunciar al beneficio oculto? ¿Cómo podemos hacer que el beneficio secundario quede integrado –si no lo está aún– en la meta que queremos alcanzar? Ante las resistencias solo hay dos opciones: aferrarse o avanzar.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

De la misión a la acción

En toda recopilación de frases motivacionales (ya sea en libros, agendas o calendarios) suele aparecer una cita de Edmundo Hoffens que dice la única diferencia entre un sueño y un objetivo es una fecha. Esto es coaching: crear o moldear una visión de futuro (el sueño), concretar nuestras ilusiones o ambiciones en una misión (el objetivo) adaptada a la realidad que vivimos y a nuestras competencias y capacidades y fijar una serie de acciones o pasos para alcanzar dicha misión en un plazo determinado (la fecha). De esta forma, el sueño se hace tangible y se convierte en una meta que, con más o menos esfuerzo, podremos alcanzar.

Tener presente la misión a lo largo de todo el proceso es el motor del cambio. Pensar en los beneficios, mejoras o recompensas que vamos a obtener cuando consigamos la meta incentiva nuestra motivación y moviliza nuestra energía. ¡Todo objetivo tiene que ser siempre estimulante! La misión es la referencia o la pauta que guía nuestras acciones: ya no es una ensoñación o fantasía incoherente, dispersa y aparentemente irrealizable, sino un propósito concreto en nuestro camino de crecimiento y realización personal, relacional, laboral o social.

No obstante, la misión, por muy deseada que sea, puede convertirse en una pesada losa en la que, si nos descuidamos, podemos quedar sepultados o paralizados. Todo objetivo conlleva, en mayor o menor medida, un gran esfuerzo y desgaste, y habrá momentos en los que nos sentiremos abrumados por todo lo que conlleva aquello que pretendemos alcanzar. Nuestras fuerzas flaquearán e incluso, si no reformulamos la situación de forma correcta, asomará en el horizonte la idea de abandonar.

Por eso conviene relativizar, hasta cierto punto, la misión que pretendemos conseguir. En mi opinión, el objetivo es una referencia a la que ir y volver en nuestra vida cotidiana: aunque nos señala la dirección en la que queremos avanzar, debe dejar todo el protagonismo a las acciones (etapas, pasos, herramientas) que hemos planificado para lograr nuestro propósito. ¿Qué pequeños logros estamos alcanzando? ¿Qué cambios sutiles se van produciendo en nuestra vida? ¿Qué estamos aprendiendo? En el día a día, no importa tanto la meta como el camino que recorremos para alcanzarla.


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