AUTOPÍAS, HERRAMIENTAS DE COACHING, PNL

En (el) blanco

Imagina: se presenta ante ti una situación desafiante. No hace falta que el desafío sea algo extraordinario o novedoso, también valen tareas, actividades o situaciones que, repetidas en tu vida, evitas habitualmente. Crees que no cuentas con los recursos necesarios para afrontar el reto. Piensas que te falta seguridad, fortaleza, tranquilidad, paciencia o cualquier otra sensación necesaria para superar la prueba con éxito. El miedo cobra fuerza. Pensamientos limitantes y temores te paralizan. Te quedas en blanco.

¿Te suena?

Si la situación lo permite, las respuestas más comunes son postergar cualquier acción de respuesta o, directamente, escapar –¿una vez más?– del desafío. Pero… ¿qué pasa si el reto, además de asustarnos, nos atrae? En ese caso, puede que intentemos generar nuevos pensamientos con los que desmontar las limitaciones y los temores que nos inhiben a la hora de actuar. Esta estrategia es loable pero, lamentablemente, no suele funcionar por sí sola: nuestra mente está llena de trampas.

Una de las trampas en las que solemos caer consiste en justificar nuestros pensamientos. Lejos de encontrar soluciones o alternativas, solidificamos nuestro argumentario. Los pensamientos limitantes y los temores (así como los estados de ánimo asociados a ellos) se enquistan.

Entonces, además de trabajar sobre la mente, ¿qué más hace falta?

El componente adicional que facilita el cambio de mentalidad es la fisiología, la toma de contacto y la actuación sobre las respuestas que ofrece, a nivel físico y biológico, nuestro cuerpo.

Esta es una de las premisas de la Programación Neurolingüística (PNL) y, en concreto, del llamado Código Nuevo, una evolución de los postulados iniciales de esta técnica de observación, codificación y modelado de patrones de lenguaje y comportamiento orientada a la mejora de competencias y a la consecución de resultados concretos. Según el Código Nuevo, la fisiología actúa como una palanca de cambio a la hora de inducir estados de alto desempeño con los que generar respuestas apropiadas y adaptadas a un desafío determinado.

Hoy quiero proponerte una herramienta del Código Nuevo llamada “El Santuario”. ¿Nos adentramos en él?

Antes de nada, conviene aclarar que esta herramienta tiene una parte de juego o escenificación, de modo que hay que buscar un espacio físico adecuado en el que ponerla en práctica. Te recomiendo usar un pasillo o una habitación en la que puedas ir de pared en pared sin obstáculos por medio.

En un extremo del pasillo, o en una de las paredes, coloca el dibujo de una diana (sí, la diana que se usa para el lanzamiento de dardos o el tiro con arco). Dentro de la diana escribe el nombre del reto o de la situación desafiante a la que te quieres enfrentar. El otro extremo del pasillo, o la otra pared, será tu santuario, un espacio de protección y seguridad similar a la casa o refugio de los juegos infantiles, intocable para cualquier rival o enemigo exterior.

Una vez definidas ambas zonas, colócate en tu santuario. En este lugar vas a proveerte de todo lo que necesitas –tanto sensaciones como objetos– para afrontar el desafío que se presenta ante ti. ¿Necesitas calma, fuerza, decisión, confianza…? Evoca y conecta con situaciones de tu vida en las que pudiste acceder a todos esos recursos. Presta atención a las sensaciones físicas que experimenta tu cuerpo a medida que vas recordando y llenándote de cada uno de esos elementos o estados. No dudes en coger o visualizar cualquier objeto que pueda ayudarte a reforzar tus sensaciones.

Cuando creas que estás preparado, avanza hacia la diana. ¿Hasta dónde puedes llegar? ¿Se mantienen tus sensaciones, o aparecen perturbaciones asociadas a los pensamientos limitantes y a los miedos asociados a la situación desafiante? Es probable que las limitaciones y los temores, aunque aplacados, sigan allí. Si es así, no importa: regresa a tu santuario.

De nuevo a salvo en tu refugio, reconecta de nuevo con las sensaciones que necesitas para afrontar el reto y vuelve otra vez a la diana. Fíjate, de nuevo, en el comportamiento fisiológico de tu cuerpo. ¿Qué te aporta la extensión y contracción de tus músculos? ¿Qué te dicen tus gestos, tu movimiento?

El proceso de avance y retirada desde el santuario a la diana se repite cuantas veces sea necesario –mínimo 3 veces– hasta que las nuevas sensaciones que queremos generar prevalecen sobre las sensaciones limitantes que nos impedían afrontar el reto.

Como ves, el ejercicio requiere movimiento. Si por alguna razón no puedes escenificarlo, siempre puedes visualizarlo. No es tan efectivo, pero te puede servir. Eso sí: procura hacer un esfuerzo adicional para impregnarte de todas las sensaciones fisiológicas que esta herramienta pretende movilizar.

El objetivo de esta propuesta es potenciar recursos que creemos inexistentes o insuficientes a la hora de hacer frente a un desafío determinado. Por tanto, el trabajo ha de centrarse en la construcción del santuario y en la identificación de las sensaciones fisiológicas que nos permiten luchar por ese desafío. En ningún caso hay que tocar la diana colocada en la otra pared o en el extremo del pasillo. Se trata –¡solo!– de empoderarse para actuar, directamente, ya fuera de la escenificación, sobre la situación retante.

Esa es la idea: dejar de estar en blanco… para dar en el blanco.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING, MINDFULNESS

¡Stop!

Todos, seamos conductores o no, conocemos la señal de STOP, una indicación muy diferente a otras señales de tráfico tanto por su forma (no es triangular, cuadrada o redonda, sino octogonal) como por su contenido (a diferencia de otras señales, no incluye un pictograma, sino la instrucción, directa y clara, de parar el vehículo, aunque sea con una palabra en inglés). En efecto, el código de circulación define el STOP como la obligación para todo conductor de detener su vehículo ante la próxima línea de detención o, si no existe, inmediatamente antes de la intersección, y ceder el paso en ella a los vehículos que circulen por la vía a la que se aproxime.

La señal de STOP se ocupa, por tanto, de regular la prioridad de circulación en las intersecciones, y confío en que todos seamos conscientes de su importancia para garantizar la seguridad (la nuestra y la de aquellos con los que nos cruzamos) y prevenir accidentes.

¿Y a cuento de qué viene todo esto?

Pues viene a cuento de que vivir no es lo mismo que conducir. El viaje por carretera está sujeto a una serie de pautas, recomendaciones e indicaciones que vienen definidas por las señales que encontramos a nuestro paso. En el viaje de la vida, sin embargo, no siempre es fácil ver e interpretar las señales que van apareciendo en el camino… o bien las ignoramos deliberadamente.

Pienso en lo que ocurre, por ejemplo, en esas situaciones en las que nos dejamos arrastrar por el piloto automático del estrés, siempre en su huida hacia adelante, o por los patrones de comportamiento inconscientes que se activan en nosotros cuando no nos atrevemos a decir “no” o a actuar de acuerdo a lo que realmente somos (aunque sea atentando contra nuestra propia coherencia). A la larga, los automatismos se traducen en insatisfacción y frustración.

Si no hay señal, hay que inventarla. Y para eso está el método STOP, una técnica de mindfulness para anclarse en el presente, abrir espacio a otras perspectivas, conectar con nuestras necesidades y actuar en consecuencia. No olvidemos que cada STOP da paso a una intersección con alternativas distintas a esa vía rápida por la que solemos circular.

¿Cómo montar esa señal de STOP? La respuesta viene dada por cada una de sus letras:

S de STOP (parar). Para un momento y haz un inventario de lo que está ocurriendo en tu cabeza, corazón y cuerpo. Se trata de identificar los pensamientos, emociones y sensaciones físicas que estás experimentando en ese instante concreto.

T de TOMA UN RESPIRO. A continuación, dirige tu atención a la respiración. Como he comentado otras veces, la respiración es clave para conectar con el presente, recolocar la experiencia y permitir la aparición de nuevas opciones.

O de OBSERVAR. Poco a poco, amplía el campo de percepción, más allá de la respiración, para darte cuenta de las nuevas sensaciones y necesidades que emanan de ti. Abre tu conciencia, también, a lo que está ocurriendo fuera de ti: deja que tus sentidos actúen con curiosidad y apertura, como si descubrieras el mundo por primera vez.

P de PROCEDER. Una vez completadas las fases anteriores, actúa de acuerdo a tus necesidades y sabiduría interior. ¿Es necesario seguir a piñón fijo, como habías hecho hasta ahora, o tienes a tu alcance otras posibilidades, otras respuestas, otros caminos por explorar en esta intersección que te has permitido crear?

Probablemente pensarás que todo esto es muy interesante, pero de difícil aplicación: atrapados por las circunstancias, ¿cómo poner un STOP? Efectivamente, no es sencillo, pero se puede entrenar de dos formas. En primer lugar, recordando episodios pasados en los que te hubiera venido bien disponer de ese STOP: ¿cómo habría cambiado la situación, cómo te habrías sentido? Y, en segundo lugar, anticipando situaciones futuras donde pueda serte útil ese STOP: ¿qué indicadores te pueden servir para activar la señal?

Ahora, después de haber parado, puedes reanudar la marcha. ¡Buen viaje!


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Un círculo de potencial

¿Te imaginas poder acceder, de forma fácil y rápida, a las sensaciones de seguridad, confianza, fortaleza, tranquilidad o bienestar que necesitas para afrontar los desafíos que se te van presentando a lo largo de tu vida? Quien más, quien menos, todos hemos dejado pasar oportunidades o nos hemos dejado atrapar en círculos viciosos por no haber sabido movilizar esas sensaciones, dejando prevalecer el miedo o las limitaciones y deméritos que creemos tener. Pero hay una buena noticia: es posible entrenar un estado de plenitud de recursos en el que encontrar, al instante, esas sensaciones con las que habitualmente nos cuesta conectar.

El estado de plenitud de recursos es, según la Programación Neurolingüística (PNL), el estado emocional en el que integramos las experiencias en las que nos hemos sentido llenos, felices o, al menos, satisfechos con nosotros mismos con vistas a su recuperación posterior en momentos en los que nos sentimos faltos de motivación o energía para hacer frente a determinados retos o circunstancias.

Pero… ¿qué es la PNL?

La Programación Neurolingüística, de la que ya he hablado alguna vez en este blog, es una técnica creada por John Grinder y Richard Bandler en los años setenta del siglo pasado a partir de la observación y el estudio de patrones de comportamiento de personas que obtenían destacados resultados en sus respectivos ámbitos de actuación. Desde ahí, la PNL ha dado lugar a todo un conjunto de modelos, habilidades y técnicas para pensar y actuar de forma efectiva en el mundo (definición de Joseph O’Connor y John Seymour).

Entre esas técnicas está el círculo de la excelencia, que es la puerta de entrada a ese estado de plenitud de recursos. ¿Cómo se crea ese círculo? Te lo explico en 5 pasos:

1) Busca un lugar tranquilo, sin distracciones, en el que recordar un momento de tu vida en el que te hayas sentido pleno y satisfecho. Respira profundamente. Ahora, concéntrate en ese recuerdo y tráelo al presente, aquí y ahora, para recuperar, actualizar e integrar esa experiencia. No te fijes solo en el logro o la situación en sí, sino también –y especialmente– en todos los detalles que acompañan al recuerdo. ¿Qué ves? ¿Qué oyes? ¿Qué sientes? Déjate impregnar por todos esos detalles.

2) Una vez evocado el recuerdo e identificado sus detalles, imagina que tienes ante ti un círculo dibujado en el suelo. Recréate en la visualización de ese círculo, definiendo todas sus características (tamaño, color, textura, temperatura, etc.). ¿Lo tienes?

3) Vuelve a esa experiencia de excelencia que has evocado antes. Profundiza en ella afianzando al máximo sus detalles. A continuación, piensa en un código o clave con el que recuperar esa sensación cuando la necesites. Este código –que funciona como anclaje o vínculo– puede ser una palabra, una imagen mental o un gesto corporal (por ejemplo, dibujarte con el dedo un pequeño círculo detrás de la oreja). En cuanto tengas el código, da un paso al frente y adéntrate en tu círculo de experiencia. Aunque se puede hacer en modo visualización, movilizar la fisiología para entrar en el círculo ayuda a imprimir sensaciones en la llamada sabiduría corporal. Dentro del círculo, expande y amplifica tu experiencia.

4) ¿Y ahora? Cambia de tercio y sigue con tus actividades cotidianas: siempre hay cosas por hacer.

5) Cuando vuelvas a hacer una pausa en tus quehaceres, o dispongas de tiempo libre, activa tu círculo con la clave o el código que elegiste. ¿Recuperas las sensaciones que pretendías obtener? Para verificarlo, puedes probar a traer al presente alguna situación futura en la que puedas necesitar ese estado de plenitud de recursos. ¿Cómo cambia esa situación futura si tienes tu estado de excelencia plenamente disponible?

Ojalá hayas alcanzado esa plenitud de recursos. Desde ahora, cuando la necesites, solo tendrás que activarla y, gracias a este trabajo de integración y vinculación que has realizado, encontrarás con mayor facilidad las sensaciones que buscas.

¿Ha funcionado?

Es probable que el círculo no alcance su máxima eficacia a la primera. Las sensaciones obtenidas pueden ser débiles y será necesario reforzarlas repitiendo de nuevo los pasos que he descrito (bien en solitario o, en situaciones de estancamiento, buscando acompañamiento profesional). Y, aunque funcione, conviene cultivar este círculo de excelencia como si fuera una planta que necesita cuidados no solo para crecer, sino también para mantenerse viva. Entrenar y actualizar: esas son las claves para llegar a la plenitud de recursos que se esconde en tu potencial.


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Las cinco dimensiones

Pese a lo que pueda parecer viendo algunos de nuestros comportamientos o inercias, los humanos no somos seres planos, sino que nuestra existencia se sustenta en cinco dimensiones interrelacionadas entre sí. Esta es la idea que se recoge, dentro de los diversos estudios sobre el ser humano realizados a lo largo de la historia, en la representación del hombre en forma de pentagrama estrellado o estrella de cinco puntas, una figura de larga tradición (y significaciones místicas) desarrollada en la antigua Grecia (en tiempos de Pitágoras), luego recuperada en el Renacimiento (con los trabajos de Leonardo da Vinci para El hombre de Vitruvio) y actualizada en el siglo XX con aportaciones de otros autores, entre ellos el psicoterapeuta Serge Ginger, autor de La Gestalt: una Terapia de Contacto.

Cada punta de la estrella, según esta representación, está vinculada con cada una de las dimensiones del ser humano. En la punta superior, a modo de cabeza, se sitúa nuestra dimensión mental o racional, donde se encuentra el pensamiento (consciente o inconsciente). Las siguientes puntas, como si fueran los brazos, se refieren a nuestra dimensión relacional, aquella con la que buscamos contacto e interacción con los demás, ya sea a un nivel más afectivo o social (una de las puntas representa los apegos, la familia o la pareja; en la otra se incluyen el resto de relaciones sociales que mantenemos a lo largo de nuestra existencia). Finalmente, las puntas inferiores, a modo de piernas, representan aquello que nos sostiene: por un lado, nuestro cuerpo físico; por otro, nuestra dimensión transpersonal o espiritual.

En el centro de la estrella, según la escuela o el autor que haya investigado sobre este sistema de representación, se sitúan el corazón, el sexo, las emociones o cualquier otro elemento o proceso que permita al hombre cargar o regular sus niveles de energía. Este centro es, desde mi punto de vista, un buen lugar para la observación de cada una de las dimensiones del ser humano y de la relación que se establece entre cada una de ellas. Por eso, hoy te propongo que, durante unos minutos, te sitúes en el centro de tu propia estrella para investigar, agudizando tus sentidos, qué es lo que ocurre en cada punta, es decir, en cada una de esas dimensiones que, pese a ser comunes para todos, te convierten, gracias a tus singularidades, en un ser excepcional.

Detente primero en tu dimensión racional. ¿Cómo son tus pensamientos? ¿Son positivos o negativos? ¿Te dejas controlar por ellos? Obsérvalos, pero evita engancharte en ellos. ¿Qué sensaciones aparecen? La observación es solo eso, ver lo que está pasando, así que no hay razón para la crítica, el juicio o la autoexigencia. ¿Y cómo son tus sueños? ¿Cuándo fue la última vez que dejaste volar tu imaginación? Sigue, a continuación, por las dimensiones del afecto y de las interacciones sociales. ¿Cómo son tus relaciones? ¿Satisfacen tus necesidades actuales? ¿Dónde te sientes de más y dónde te sientes de menos? Te pido, de nuevo, que solo observes: no se trata de hacer un análisis, se trata de identificar sensaciones para, al menos por un momento, bucear por nuestra profundidad lejos de esas aguas superficiales, más o menos turbias, por las que discurre nuestra vida cotidiana.

Prosigue ahora por la dimensión física. En las paradas anteriores, a través de las sensaciones que han ido apareciendo, ya habrás tomado contacto con tu cuerpo. Recréate ahora un poco más: ¿Cómo es tu respiración? ¿Hay tensiones, palpitaciones o movimientos en alguna zona? ¿Qué partes están más relajadas? Finalmente, deja paso a la dimensión espiritual. Para mí, la espiritualidad no tiene que ver con la práctica de una religión concreta (aunque no es incompatible), sino con la identificación de una misión con la que dar coherencia a lo que somos y a lo que hacemos en la vida. ¿Cuál es tu misión? ¿Crees que tus comportamientos y acciones están alineados con lo que realmente eres? ¿Qué legado quieres dejar en este mundo? Tal vez, de todas las dimensiones, esta sea la más difusa. Lo importante no es encontrar respuestas de forma inmediata, sino dejar que las preguntas vayan calando hasta que las respuestas, de forma natural, se manifiesten por sí solas. Tu estrella te está esperando. ¡Buen viaje!


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La desescalada interior

Bienvenido a la nueva normalidad. El estado de alarma declarado en España para hacer frente a la pandemia por enfermedad de coronavirus ha llegado a su fin y, aunque aún siguen vigentes restricciones y medidas de seguridad de obligado cumplimiento, el día a día va recuperando su pulso habitual. La desescalada continúa y, aunque la pendiente –según parece– se ha suavizado, el contexto en el que nos encontramos plantea toda una serie de desafíos.

En lo inmediato, hay que hacer frente a la desconfianza que suscita la recuperación de determinadas actividades, sobre todo aquellas en las que puedan producirse concentraciones de personas. Está también el problema de la conciliación de la vida laboral y familiar, con los niños ya de vacaciones, si las empresas van reduciendo paulatinamente el teletrabajo. A esto hay que sumar la preocupación por disfrutar de unas vacaciones de verano seguras, la inquietud por el horizonte que se pueda dibujar en el otoño, el temor a un nuevo confinamiento…

Así pues, la mente bulle, y no hay nada malo en ello: somos seres racionales. No obstante, puede que esa actividad mental nos lleve a engancharnos en una serie de pensamientos que, como un laberinto o un callejón sin salida, nos dejan atrapados en una reiteración de dudas y patrones que, finalmente, acaba por suscitarnos sensaciones de pesimismo, desgaste y agotamiento. Puede que, tal vez, no hayamos completado bien el proceso de desescalada: nos falta la desescalada interior.

Pero… ¿qué es la desescalada interior? Se podría definir como el proceso por el que tratamos de desvincularnos de los pensamientos que genera nuestra mente para bajar al cuerpo. Habitualmente pensamos que todas las respuestas están en nuestra mente, pero esto no es así: hay toda una sabiduría corporal que emana de las sensaciones, percepciones y movimientos internos que se producen a lo largo y ancho de nuestro organismo, de la cabeza a los pies.

Te animo, por tanto, a acceder a esa sabiduría corporal contactando con tu respiración, tomando conciencia de ella y haciéndola cada vez más profunda. Agudiza tus sentidos y afina tu radar interno para identificar cada una de las sensaciones que te llegan del exterior y que emanan de tu interior. ¿Qué ves? ¿Qué escuchas? ¿Qué hueles? ¿Qué saboreas? ¿Qué tocas? ¿Qué sensaciones recibe tu piel? ¿Y qué sientes en tu interior? Sí, puede que la mascarilla te moleste, pero no te distraigas: deja que tu atención se concentre en todos esos estímulos, recréate en ellos.

Los pensamientos (sobre todo aquellos en los que nos gusta tanto enredarnos) intentarán acaparar el protagonismo de nuestra atención. Es inevitable: es muy difícil acallar la mente. Por eso, lo mejor es ser conscientes de que están ahí y, cuando surgen, darles espacio únicamente desde la observación, sin engancharnos en ellos, para retomar enseguida el contacto con nuestra sabiduría corporal. Solo así estaremos anclados en el aquí y el ahora de nuestra existencia. Al fin y al cabo, sea cual sea la situación en la que nos encontremos, el presente es lo único que tenemos.


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La madeja enredada

Cuando se dio cuenta, la madeja de hilo a partir de la que iba construyendo el ovillo de su existencia estaba completamente enmarañada. Ya antes, alguna vez, había encontrado un pequeño nudo o enganche, pero nunca antes se había enfrentado a un enredo semejante. En vez de una madeja, tenía ante sí un nudo gordiano que acogía, en su seno, buena parte de las acepciones de la palabra confusión.

Allí estaban anudados, efectivamente, el abatimiento, el desasosiego, el desconcierto, la perplejidad y tantas otras reacciones que aparecen en nosotros cuando, ante una diversidad de estímulos, acabamos mezclando todo hasta quedarnos sin margen para reconocer de forma autónoma cada uno de ellos, o también cuando, asombrados por determinadas situaciones, nos quedamos –aparentemente– sin capacidad de dar una respuesta.

Su mente analítica, tras una primera valoración de las características del nudo, le recomendó tener paciencia para observar con detalle dónde y cómo se formaba cada enganche, cada pliegue o cada solapamiento del hilo en la madeja con el fin de encontrar soluciones lógicas que le permitieran deshacer el enredo y seguir enrollando el ovillo. Pero este modo de proceder no siempre funcionaba.

No, la observación y el análisis no parecían, en esta ocasión, los instrumentos más adecuados. Por un lado, debía invertir muchísimo tiempo para deshacer pequeños e irrelevantes nudos que apenas contribuían a despejar la madeja. Por otro, descubría que necesitaba los dos extremos de la madeja para desenredarla con mayor eficacia, pero uno de los extremos quedaba escondido en el interior del ovillo, cuyo tamaño hacía difícil maniobrar con él, y el otro estaba aún perdido en la maraña.

Por si esto fuera poco, advertía la existencia, en su madeja, de hilos de otras madejas que escapaban a su control. Si ya era difícil desenredar su propio hilo, ¿cómo ocuparse de desenredar también esos hilos ajenos? Quizá esa fuera la solución, pero ¿tenía capacidad y competencia para ello? No, demasiado complicado. Era necesario buscar otro tipo de soluciones, otro tipo de respuestas.

Se propuso, por tanto, buscar enfoques alternativos para desenredar la madeja. Y así, dejó de indagar sobre el porqué de los nudos que atascaban la construcción del ovillo para centrar su atención en el para qué de cada uno de ellos. ¿De qué me vale este nudo? ¿Para qué me sirve engancharme en este pliegue? ¿Qué intenciones y beneficios –visibles e invisibles– se esconden detrás de cada atadura? ¿Qué evito al dejarme enganchar en cada lazo?

Al calor de esas preguntas, la madeja se fue soltando. Algunos nudos eran, en realidad, efectos ópticos de una visión de una realidad distorsionada. Otros no eran más que un espejismo: de hecho, solo estaban en su mente. Lo importante es que todos ellos se iban deshaciendo, ajenos a los juegos de lógica, de forma natural y espontánea.

Pero, como todos sabemos, incluso haciéndolo así no siempre funciona: hay nudos tenaces, ásperos, bien apretados y persistentes que se resisten a ser desatados. En estos casos, se requieren soluciones drásticas. ¿Y si cortar el hilo fuera la única respuesta posible? ¿Hasta qué punto estamos obligados a dejar intacta la madeja? Tal vez –se dijo– sea el momento de comenzar un nuevo ovillo.


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Cuarteles de invierno

Y el tiempo no se pone en mi lugar
VETUSTA MORLA

La semana pasada, en la entrada Las reacciones del miedo, aludía a algunas de las amenazas globales que ponen en peligro la supervivencia del ser humano y mencionaba, entre ellas, las infecciones por nuevos microorganismos patógenos. En aquel momento, no pensaba –o no quería pensar– que el coronavirus COVID19 fuera a convertirse en la potente amenaza que ha resultado ser, de ahí que optara por hablar de las reacciones que nos provocan las amenazas cotidianas o domésticas que, en situaciones de normalidad, solemos encontrar en nuestro día a día. No obstante, como hemos visto y vivido, el escenario en relación al coronavirus fue cambiando rápidamente, pasando del cierre de colegios, institutos y universidades anunciado inicialmente en lugares como Madrid, ciudad en la que vivo, a la declaración del estado de alarma en España.

En situaciones como la que afrontamos, es normal tener sentimientos confusos, incluso contradictorios, que se alternan sin que apenas parezca existir separación entre ellos. Así, hemos ido saltando de la trivialización de lo que estaba ocurriendo –negando incluso la existencia de la amenaza o viviendo como si el coronavirus fuera aún una realidad lejana– al pánico desbordado, rozando la histeria, que se ha manifestado en esas compras, un tanto compulsivas, en los supermercados. Qué difícil encontrar ese punto intermedio de responsabilidad, dentro de una situación de excepcionalidad, en el que, siendo conscientes de las repercusiones de esta crisis (personales, sociales, sanitarias, laborales, académicas…) podamos encontrar, también, espacios de calma y orden que nos permitan continuar, en la medida de lo posible, con nuestros quehaceres cotidianos y/o, a la vez, buscar nuevos espacios de confianza, espera o crecimiento personal. No olvidemos que ‘responsabilidad’ es la habilidad de responder.

La situación actual nos obliga, inevitablemente, a un cambio de hábitos que afecta a todos y, especialmente, a las personas que, bien por poder acceder al teletrabajo o por haber visto interrumpida su actividad laboral a consecuencia de las restricciones dictadas para evitar la expansión del coronavirus, pueden cumplir las recomendaciones de permanecer en sus hogares. Afortunadamente, vivimos en un mundo conectado a través de las nuevas tecnologías, de modo que, aunque no podamos quedar presencialmente, podemos mantener contacto frecuente con nuestros familiares y amigos. Estas nuevas tecnologías se han manifestado también como la mejor alternativa a lo que hasta ahora entendíamos como vida social, favoreciendo el acceso a exposiciones, conferencias, conciertos, cuentacuentos o juegos online que, como hemos visto este fin de semana, nos han ayudado a afrontar nuestro vacío o silencio interior.

Estamos acostumbrados, en general, a vivir hacia afuera, siempre en busca de estímulos y propuestas. Somos seres sociales, y en el encuentro con el otro, o con las experiencias que otros pueden ofrecernos, encontramos vías de crecimiento y desarrollo (unas veces) o de escape (otras veces, quizá demasiadas). Tal vez la situación de confinamiento a la que nos enfrentamos pueda ser una oportunidad para mirar dentro de nosotros y, quizá, empezar a atisbar las respuestas que, hasta ahora, nos empeñábamos en buscar fuera, en el movimiento, en el bullicio. Es tiempo de volver a los cuarteles de invierno: ¿qué tal si buscamos rutinas para escuchar con sosiego lo que nos dice nuestro cuerpo, para observar con cierta distancia los pensamientos con los que nuestra mente nos bombardea en estos tiempos de incertidumbre, para hacer un poco de introspección sobre nuestra identidad, nuestros valores, nuestra forma de ser y estar en el mundo?

Hacerse preguntas sobre uno mismo no es fácil: tendemos a plantearnos preguntas para las que ya tenemos una respuesta concienzudamente preparada y sabida que nos conduce, invariablemente, al victimismo o a la autojustificación. Por eso, con el objetivo de ayudar a encontrar nuevas perspectivas, durante la vigencia del estado de alarma decretado por el Gobierno de España ofreceré servicios individuales de coaching gratuitos por videollamada o videoconferencia. Las sesiones se realizarán en horario de mañana o tarde (a convenir) y tendrán una duración de 45 minutos, con un máximo de tres sesiones por persona. La solicitud de cita se realizará a través del correo electrónico info@autopiascoaching.com o del formulario de contacto de mi página web indicando nombre y apellidos, edad, profesión, teléfono, preferencia de horario (mañana o tarde) y preguntas o inquietudes que te llevan a solicitar la sesión. Las sesiones se adjudicarán por orden de solicitud, teniendo en cuenta que, por razones de agenda, solo podré realizar un máximo de cuatro sesiones diarias. ¡Mucho ánimo! En nuestro interior está la fuerza que necesitamos.


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Las reacciones del miedo

Se han descrito, tradicionalmente, tres posibles reacciones del ser humano ante amenazas o situaciones de peligro que nos provocan miedo: el ataque, la parálisis o la huida. Estas reacciones tienen su origen en el llamado cerebro reptiliano (la capa más profunda de nuestro cerebro, donde se localizan los instintos primitivos relacionados con la búsqueda de comida, el cortejo, la identificación de rivales y, en general, todos los aspectos relacionados con la supervivencia) y se activan gracias a la amígdala, una estructura con forma de almendra situada en el cerebro límbico (capa del cerebro anterior al neocórtex en la que se regulan nuestras respuestas fisiológicas y emocionales configurando determinados patrones de conducta).

Los riesgos que amenazan la supervivencia del ser humano han cambiado a lo largo de la historia. Ya no tenemos que salir a cazar, enfrentándonos a todo tipo de animales salvajes, para procurarnos el alimento necesario: basta con bajar al supermercado o, directamente, hacer un pedido telefónico u online para que nos traigan la comida a casa.  No obstante, seguimos rodeados de amenazas: el terrorismo, el cambio climático, las infecciones por nuevos microorganismos patógenos… Y hay, además, otras amenazas que, si bien no suponen peligro de muerte, condicionan nuestra supervivencia individual y social en un mundo especialmente competitivo (el miedo al ridículo, la pérdida de un determinado estatus, el temor a ver comprometidos nuestros valores o creencias…). Es curioso ver cómo estas amenazas cotidianas suscitan, de forma irracional, esas mismas reacciones de ataque, parálisis o huida con las que respondemos a estímulos que, verdaderamente, afectan a nuestra supervivencia física.

Ante cualquier amenaza, y especialmente ante los retos o desafíos del día a día, cada uno responde como mejor sabe y puede de acuerdo al contexto y a la experiencia. Pero no siempre esa respuesta es la más eficaz. Pienso, por ejemplo, en el ataque: generalmente, el hecho de enfrentarse a una situación desafiante se interpreta como un signo de valentía, pero… ¿siempre lo es? El ataque solo será eficaz si somos conscientes de nuestras habilidades y de nuestras limitaciones, de las fortalezas y debilidades de nuestro rival (en caso de que se trate de un enfrentamiento interpersonal), de los condicionantes de la situación que nos reta, de nuestra capacidad para desarrollar un plan de acción con objetivos claros y herramientas precisas que, si bien no nos garanticen el éxito, al menos nos predispongan para la victoria. Atacar sin estar preparado no es valentía, es insensatez. Mejor combinar el corazón con la cabeza.

Lo mismo ocurre con la huida. Habitualmente, asociamos la huida con la cobardía, pero… ¿siempre es así? Efectivamente, muchas veces escapamos de cosas que no queremos afrontar, evitamos asumir nuevos retos o desafíos. Desaparecemos, como los mejores ilusionistas, para seguir cómodamente instalados en nuestra zona de confort: sí, sabemos que nos perdemos cosas, ¡pero qué bien se está en nuestro pequeño mundo! Otras veces, por el contrario, no se puede hablar de huida, sino de retirada: no tiene sentido permanecer en lugares donde no nos sentimos escuchados, donde no se respetan nuestros límites, donde nuestra energía se consume impidiendo que podamos dar lo mejor de nosotros mismos en otros proyectos o áreas que puedan resultarnos más interesantes o en las que nos sintamos más realizados.

En la parálisis, tratamos de mimetizarnos con el entorno intentando pasar desapercibidos. Lo normal, en estos casos, es que acabemos actuando, a largo plazo, de forma confluyente o sumisa, todo con tal de no significarnos. Pero pararse puede ser, quizá, la forma más efectiva de responder a corto plazo, sobre todo cuando se trata de amenazas domésticas o cotidianas que no conllevan un riesgo vital: pararse para chequear nuestra fisiología (el miedo, como es sabido, tiene manifestaciones físicas en forma de incremento de los ritmos cardíaco y pulmonar, palidez o enrojecimiento de la piel, repercusiones estomacales e intestinales…), pararse para observar y tomar conciencia de lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo y, a partir de ahí, buscar nuevas perspectivas que nos permitan, llegado el momento, dar una respuesta acorde con nuestras necesidades y expectativas.


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Adentrarse en la cueva

El caminante estaba cansado, llevaba mucho tiempo vagando por cañadas y senderos. Generalmente, reponía fuerzas fijándose en pequeños detalles que iba encontrando a su paso: la frondosidad del bosque que avistaba desde el cerro, los campos de cultivo en su punto álgido a la espera de la cosecha, el olor de las flores con las que se iba topando en su travesía, el silbido del viento, la rodadura de los coches que transitaban por las carreteras cercanas, el reflejo de un tren que serpenteaba a lo lejos, las imponentes o humildes construcciones de las ciudades y pueblos que se iba encontrando en el camino… Aquel día, sin embargo, esos estímulos no lo reconfortaban. ¿Qué hacer, entonces, para recuperar la energía perdida?

El caminante, que hasta ese momento cavilaba ensimismado en su desazón, se percató  de que a su espalda había una formación rocosa con una abertura que parecía dar acceso a una cueva. Su cansancio lo animó a buscar refugio allí: antes o después, tenía que parar. La cavidad a la que se accedía por aquella abertura era bastante amplia y estaba muy bien iluminada: varias grietas en la roca facilitaban la entrada de luz exterior. El caminante se acomodó sobre unos montones de paja que había junto a una de las paredes y se echó una pequeña siesta. Al despertar, se sentía ya más descansado. Pensó, incluso, en reanudar el camino. Pero entonces se dio cuenta de que, en la pared opuesta, había un hueco por el que acceder a una cavidad contigua. ¿Qué hacer? ¿Volver a una realidad exterior que un rato antes le había parecido efímera o seguir explorando la cueva?

El caminante encontró que junto a ese hueco –¿casualmente?– se disponían los elementos necesarios para prender una antorcha, así que se animó a iniciar la exploración. El hueco daba paso a un pasillo por el que, a pesar de algunas pequeñas irregularidades que iban apareciendo en el terreno, no resultaba difícil andar. Siguió caminando durante un largo trecho. Entonces, el pasillo comenzó a hacerse cada vez más angosto. El caminante pensó en retroceder, no fuera a quedarse atrapado, pero, de nuevo, prevalecieron las ganas de continuar. Si había llegado hasta allí, ¿por qué no continuar un poco más? Aunque el pasillo era estrecho, bastaba con agacharse un poco para seguir avanzando.

El caminante recorrió el pasillo hasta el final, donde encontró una portezuela que daba a una nueva cavidad. Abrió la portezuela con decisión, pero se quedó sobrecogido: esta dependencia de la cueva estaba llena de afiladas estalactitas y estalagmitas que, además de la amenaza que suponían, proyectaban sombras fantasmagóricas a la luz de la débil antorcha. Un río de lava caliente y pringosa cruzaba el suelo. El caminante sintió deseos de salir corriendo a través del pasillo que acababa de cruzar. No obstante, al fondo de la sala se veía un suave resplandor. Tal vez fuera mejor cruzar esta cavidad de apariencia hostil: quizá hubiera otra salida allí. El caminante advirtió que, para llegar a ese resplandor, no era necesario cruzar la sala sorteando cada uno de esos elementos amenazantes: podía usar el desfiladero que se había formado en una de las paredes.

El caminante, una vez en el desfiladero, comprendió que los espeleotemas, la lava y las sombras son elementos que pueden aparecer con frecuencia en cualquier cueva. ¿Por qué tener miedo de ellos? Bastaba con observarlos, no era necesario medirse con ellos. Y así, siguió avanzando por el desfiladero, camino del resplandor. Un golpe de viento apagó la antorcha, pero no le importó: el resplandor aportaba ya suficiente luz para continuar. Además, el desfiladero se iba ensanchando, y descendía en una ligera pendiente por la que era fácil caminar. Con paso ligero, el caminante llegó a una nueva sala, y se quedó maravillado por lo que vio: ante él se abría un oasis de vegetación a través del cual se abrían caminos de piedras pulidas que conducían hacia un pequeño lago y una pequeña playa.

El caminante avanzó por uno de esos senderos hasta alcanzar el agua. Aprovechó para refrescarse y, reconfortado por la armonía que emanaba de aquel paisaje, se dispuso a meditar. Aunque no se veía ninguna fuente de iluminación, una brillante luz natural daba color y forma al oasis. El caminante se espabiló y se dispuso a partir. Cuando quiso darse cuenta, caminaba ya lejos de la cueva. En su bolsillo guardaba una pequeña piedra pulida, un recordatorio de ese lugar al que volver para encontrarse consigo mismo, para recobrar las fuerzas perdidas, para aceptar con serenidad lo que la vida nos ofrece y para salir después al mundo, tocados por nuestra mirada interna, a compartir nuestra experiencia.


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Autocoaching vacacional

La toalla extendida sobre la arena de la playa, la tumbona junto a la piscina, el confortable sillón del salón del hotel, la terraza de la casa rural, la peña con forma de asiento que aparece al borde del camino durante la excursión, el césped del parque urbano más próximo a nuestro lugar de residencia… El verano, con sus días de vacaciones y de descanso, nos ofrece multitud de espacios en los que descansar, relajarnos y holgazanear. Nos lo merecemos, sin duda: el curso ha sido largo y ha consumido buena parte de nuestra energía. Es el momento de parar, no hacer nada, dejarse simplemente estar. Tomar el sol, buscar refugio en la sombra, esperar la caricia de la brisa sobre la piel…

Quizá nos resulte difícil afrontar ese no hacer nada. Al fin y al cabo, nuestra vida es una sucesión de rutinas y tareas que ocupan prácticamente todo nuestro tiempo. Por eso, llevaremos algún libro que nos apetezca leer, seleccionaremos series, películas o música para ver y escuchar o recurriremos a pasatiempos (analógicos o digitales) con los que dar sentido a ese esperado vacío en nuestra cotidianeidad. Puede ocurrir que estas ocupaciones, repetidas durante varios días, acaben convertidas también en una rutina vacacional. Por eso, te propongo dejar algún espacio para profundizar en tu desarrollo personal con la siguiente propuesta de autocoaching vacacional.

En uno de esos ratos de no hacer nada, observa lo que ocurre a tu alrededor. Si estás en un lugar concurrido, mira y escucha a la gente a tu alrededor. Si estás en un lugar más apartado, detente en el paisaje y en los sonidos de la naturaleza. A continuación, cierra los ojos y concéntrate en las sensaciones que estás experimentando. Simplemente obsérvalas, descubre cómo se manifiesta tu cuerpo ante los estímulos externos. Poco a poco, ve desligándote de lo que ocurre fuera para centrar toda tu atención en la respiración. Siente su ritmo natural, sin modificarlo: no tengas prisa por llegar a ningún estado. Cuando te apetezca, amplía tu respiración para hacerla más profunda. Nota el paso del aire por la clavícula, por el tórax, por el abdomen… Imagina cómo se expande el aire por la cabeza y las extremidades. Y, finalmente, déjate mecer, todo el tiempo que quieras, por el flujo inspiración-espiración.

Aprovechando el estado de serenidad y armonía al que habrás llegado a través de la respiración, y dejando a un lado cualquier tipo de juicio (es bueno que también la autoexigencia coja vacaciones), repasa brevemente cómo es tu vida ahora, en cada uno de sus ámbitos (personal, familiar, social, laboral…). ¿Cómo te sientes? ¿Qué imagen tienes de ti mismo? ¿Cómo son tus relaciones? ¿Qué cosas son las que realmente te importan? ¿Cuáles son tus fortalezas y tus debilidades? ¿Qué hay de tus miedos? ¿Qué logros has alcanzado? ¿Hay algo de lo que te sientas especialmente orgulloso? ¿En qué ocasiones te has sentido frustrado? ¿Cómo has reaccionado ante las dificultades?

Vuelve por un momento a la respiración para integrar las respuestas que te hayan ido surgiendo. Tal vez el ritmo se haya alterado: espera a que la respiración se haga, de nuevo, pausada y profunda para visualizar, a continuación, cómo quieres que sea tu vida en el futuro. Imagina, permítete soñar. ¿Cómo podrías ser más feliz? ¿Qué es lo que realmente te gustaría conseguir? ¿Qué cosas tendrías que cambiar? ¿Qué metas de las que querías alcanzar has ido abandonando o relegando por el camino? ¿Dónde y cómo quieres estar dentro de un año? ¿Y dentro de cinco, o de diez? ¿…? Regresa de nuevo a tu respiración y, lentamente, vuelve a conectar con el mundo exterior que te rodea.

Solo queda, ahora, comparar tu vida actual con la vida que realmente quieres tener. Puede que solo haya sutiles diferencias, o bien un abismo entre ambas. En cualquier caso, siempre es posible dar un primer paso hacia el cambio, grande o pequeño, que queremos lograr. ¿Qué puedes hacer para ponerte en camino hacia donde realmente quieres estar? ¿Qué alternativas tienes? En algunos ámbitos, las respuestas aparecerán con claridad. En otros, tal vez necesites iniciar un proceso de coaching profesional. Aprovecha ese no hacer nada del verano para buscar tu misión vital. Esa será tu motivación para afrontar la vuelta al día a día tras las vacaciones.


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