AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Fin de curso

Llega el final de junio y es momento de hacer balance de curso. Tal vez, con la llegada de julio, no cambie nada: seguiremos con nuestros quehaceres cotidianos, con nuestro trabajo (salvo que podamos coger ya vacaciones en estos días) y con la reanudación de actividades que, suspendidas durante el confinamiento, podemos retomar ahora en la llamada nueva normalidad. Sin embargo, los tiempos de la actividad académica y escolar siguen muy presentes en nuestra vida (puede que, de alguna forma, añoremos las largas vacaciones que teníamos cuando éramos niños) y, por otro lado, son muchas las empresas que cierran ahora su ejercicio fiscal.

El curso, desde luego, ha sido atípico. La pandemia de enfermedad por coronavirus habrá marcado, probablemente, el camino hacia la consecución de los objetivos que nos propusimos allá por septiembre, cuando ni siquiera imaginábamos que nos iba a tocar vivir una amenaza de esta magnitud, o en enero, coincidiendo con el comienzo de un nuevo año al que, fieles a la tradición, pedíamos salud y tranquilidad. Así, el confinamiento y  las restricciones pueden haber sido un obstáculo material a la hora de lograr lo que nos habíamos propuesto, y no podemos obviar el impacto emocional causado por la crisis sanitaria, laboral, económica y social en la que estamos inmersos.

Por eso, te propongo hacer un balance alternativo que no tenga en cuenta, de haberlos, esos proyectos truncados o esos propósitos forzosamente dilatados en el tiempo a la espera de una mejor ocasión para realizarlos: centra tu análisis, únicamente, en todo lo que has conseguido en este semestre, y especialmente en los meses en los que, forzados por la situación, hemos tenido que trabajar, educar a nuestros hijos, socializar o vivir nuestro ocio de otra manera. ¿Qué sabes hacer de modo diferente? ¿Hay algún aspecto en el que hayas logrado reinventarte? ¿Qué cosas sobre ti o sobre el mundo en el que vives has aprendido en todo este tiempo? ¿Con qué te quedas?

Dicen que las crisis son oportunidades, pero quizá aún no veamos la ocasión o el momento en que las posibles alternativas estén a nuestro alcance. Lo que sí es seguro es que las crisis son siempre aprendizajes. El verano, que es una época en la que, por definición, solemos dedicarnos más tiempo a nosotros mismos, puede ser una buena ocasión para identificar esos aprendizajes y decidir qué queremos hacer en este contexto de incertidumbre (fijando un nuevo propósito por el que trabajar), para qué lo queremos hacer (revisando, si es preciso, nuestra escala de valores) y cómo lo vamos a hacer (diseñando un plan de acciones diversas que dé cabida, en la medida de lo posible, a los imprevistos que podamos encontrar en un escenario tan cambiante como el que estamos viviendo. ¿Te animas? ¡Feliz verano!


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De otra manera

La crisis del coronavirus nos ha obligado a vivir –de forma más o menos drástica, según fuera la vida cotidiana de cada uno de nosotros antes de la irrupción de la pandemia– de otra manera. Las restricciones derivadas del confinamiento conllevaron renuncias que fuimos supliendo como mejor supimos con los medios que teníamos a nuestro alcance. Ahora, la desescalada avanza con protocolos más o menos estrictos –según la fase y la región en la que nos encontremos– que siguen condicionando nuestras rutinas ordinarias.

En todo este tiempo, las transformaciones en nuestro día a día han sido más que evidentes. Nuestras casas se convirtieron en improvisadas oficinas y colegios, las quedadas presenciales con familiares y amigos fueron sustituidas por videollamadas y encuentros telemáticos, las conexiones online nos permitieron seguir accediendo a una variada oferta de propuestas de ocio y cultura… A la vez, hemos aprendido a usar mascarillas de protección, a mantener una distancia física con las personas con las que interactuamos, a respetar los aforos máximos en los transportes o en las tiendas, establecimientos u oficinas que visitamos. En definitiva, hacemos las cosas de otra manera.

Puede que todas esas transformaciones –ese hacer de otra manera– nos hayan suscitado, a su vez, inquietudes en nuestra concepción de la realidad en la que vivimos. ¿Cómo entendemos el trabajo, las relaciones familiares, el tiempo de ocio, la educación de nuestros hijos, el cuidado de nuestros mayores? ¿Cómo conciliamos todas las dimensiones que nos conforman como seres humanos? ¿Cómo asumir que, pese a estar en un mundo cada vez más desarrollado, vivimos rodeados de grietas de inseguridad e incertidumbre? Para contestar a estas preguntas, y a las cuestiones más específicas que cada uno pueda formularse, tal vez sea necesario pensar de otra manera.

Pero pensar de otra manera no es fácil, pues estamos acostumbrados a seguir patrones de pensamiento de corto recorrido que limitan nuestra visión del mundo y estrechan nuestra capacidad de respuesta. Es necesario encontrar planteamientos alternativos, creativos e innovadores. ¿Dónde encontrar la inspiración? Buscando en nosotros mismos, contactando con lo que realmente somos, aceptando nuestras contradicciones, alineando lo que pensamos con lo que hacemos (y viceversa), asumiendo nuestra responsabilidad individual y colectiva en este tiempo de cambio. Es el momento de ser de otra manera. O, mejor dicho, de mostrar nuestro ser de otra manera.


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AUTOPÍAS, COACHING

Aplicaciones del coaching personal

Cuando, en este contexto de popularización –y a veces, indefinición– del coaching, me preguntan en qué consiste mi trabajo como coach, suelo responder que mi misión es acompañar a personas, empresas, organizaciones y colectivos interesados en impulsar procesos de planificación de objetivos, toma de decisiones, mejora de habilidades de comunicación interna y externa, gestión de tiempo o cualquier otro proceso de cambio y transformación que crean necesitar. Pero… ¿de qué objetivos, decisiones, habilidades o procesos estamos hablando? En este artículo me gustaría hacer un repaso de algunas de las situaciones o circunstancias que se pueden trabajar, específicamente, desde el coaching personal.

Veamos, por ejemplo, algunas de las situaciones problemáticas –y a la vez desafiantes– que nos podemos encontrar en el ámbito laboral: falta de entendimiento con nuestro jefe, relaciones tóxicas o envenenadas con nuestros compañeros de trabajo, protocolos o procedimientos que consideramos absurdos o ineficaces, ausencia de directrices precisas sobre lo que se espera de nosotros… Puede que, de tanto repetir las mismas tareas, hayamos perdido la confianza en el resto de competencias profesionales de las que disponemos para optar a nuevas oportunidades de empleo dentro o fuera de la empresa. Incluso podemos sentir la necesidad de reinventarnos profesionalmente y no saber cómo hacerlo. ¿Qué hacer con todo esto? Podemos adoptar una posición victimista o, por el contrario, tratar de ser proactivos en la búsqueda de cambios que nos permitan construir una nueva realidad en la que estar, al menos, algo más cómodos y confiados.

En el ámbito de la educación también hay situaciones que pueden ser abordadas desde el coaching. Pienso, por ejemplo, en los problemas que suelen encontrar los estudiantes en la planificación y organización del tiempo de preparación y estudio que van a dedicar a cada asignatura o en la selección de las materias o titulaciones con las que complementar su formación académica. Pienso, a la vez, en las dificultades que afrontan universitarios y doctorandos en la preparación de sus trabajos finales de grado o máster o de sus tesis doctorales: si bien cuentan con una dirección que les da soporte en cuanto a contenidos, tal vez necesiten asistencia para la coordinación de los esfuerzos de documentación, redacción e investigación que requieren este tipo de trabajos, así como para su lectura o presentación pública. Esto vale también para profesores estancados en la preparación de sus clases o en la publicación de artículos académicos con los que reforzar su posición.

Repasemos, además, las aplicaciones del coaching en el ámbito del ocio, el tiempo libre y las relaciones. ¿Quién no ha encontrado resistencias al tratar de implantar en su vida nuevos hábitos y rutinas con los que alcanzar loables propósitos saludables o relacionales? Tal vez tengamos dificultades para encontrar propuestas de ocio que no sean una huída o evasión de la realidad, sino una auténtica forma de autorrealización y conexión con nosotros mismos que nos permita, a la vez, explorar nuevos talentos y habilidades hasta ahora ocultos o ignorados. O puede que queramos explorar alternativas con las que mejorar la comunicación y el entendimiento –fomentando el autocontrol, poniendo los límites que sean necesarios– con nuestra pareja, familia, amigos o, en general, grupos de personas con los que interactuamos habitualmente.

Estos son solo algunos ejemplos de situaciones que se pueden afrontar con el coaching, pero hay muchas más: hay tantas circunstancias como personas. El coaching, en cualquier caso, es una invitación a un proceso de autoconocimiento que, mediante preguntas y herramientas, promueve –en un clima de confianza y colaboración mutua– la apertura de nuevas perspectivas y la creación de escenarios de cambio en los que cada persona, en función de sus posibilidades, pueda identificar sus necesidades, encontrar sus propias respuestas y desarrollar al máximo su potencial. ¿Necesitas coaching?


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Dar la campanada

Se acerca, una vez más, ese momento mágico del cambio de año que muchos seguirán, como marca la tradición, desde el viejo reloj de la Puerta del Sol de Madrid. Las ilusiones, la esperanza, las expectativas, los recuerdos y los propósitos que hemos ido rememorando y fraguando estos días estarán ahí, ya sea de forma consciente o inconsciente, cuando, a falta de pocos segundos para que acabe el año, la bola situada en la parte superior de la torre en la que se ubica el reloj llame nuestra atención mientras baja con su característico sonido de carrillón. Después, mientras alargamos el brazo para coger el recipiente en el que tenemos preparadas las uvas de la suerte, escucharemos los cuatro cuartos. Y, finalmente, sonarán –y nos resonarán– las doce campanadas. Pero, ¿de qué está hecha esa resonancia?

Unas campanadas resonarán, quizá, a las nuevas oportunidades que se presentan. Oportunidades en forma de nuevos proyectos, ya sean deseos o realidades incipientes, a los que habrá que dar forma, ideando y trabajando, en las próximas semanas y meses. Oportunidades, también, para hacer las cosas de otra manera, viendo lo que no ha funcionado este año y poniendo en práctica lo poco o mucho que hayamos aprendido en los últimos 365 días. Otras campanadas, a su vez, nos servirán para dar por concluidos los retos a los que nos enfrentamos y superamos en el año que ahora termina. O, al menos, para dejar atrás aquellos proyectos que, por alguna u otra razón, hayan resultado fallidos.

Habrá también, entre las doce campanadas, alguna que resuene a cambio. A los cambios, más o menos sutiles, que hemos experimentado nosotros mismos, sea cual sea el nivel de esfuerzo que nos hayan supuesto. A los cambios que han enriquecido, e incluso transformado, la vida de quienes nos rodean. Y a los cambios sobrevenidos, incluso inesperados, que han golpeado a los que tenemos cerca: cambios que –ojalá– nos hayan dejado ver su espíritu de superación y su capacidad de resiliencia. Y quizá, en contraposición, haya también campanadas que nos muevan contra lo estático, contra lo que nos oprime, contra lo que nos retiene, contra todo aquello que nos impide desarrollar al máximo nuestro potencial. Esas asignaturas pendientes que, tal vez, podamos aprobar, por fin, en el nuevo año.

Y, por supuesto, habrá campanadas con nombres y apellidos. Campanadas que nos recuerden a los seres queridos que murieron; a las personas con las que el trato se ha distanciado o diluido con el paso del tiempo; incluso a aquellas otras personas a las que tuvimos que poner límites porque nos resultaban tóxicas o dañinas. Y también campanadas que suenan vibrantes como la algarabía de los niños que crecen a nuestro alrededor, como la melodía conocida de aquellos en quienes nos apoyamos o como las notas improvisadas de las nuevas relaciones que se han ido forjando o consolidando a lo largo del año. Y, cómo no, campanadas que nos conectan con aquellas pequeñas cosas en las que encontramos disfrute y bienestar.

Todas esas campanadas configuran eso que llamamos vida: ilusión, experiencia, aprendizaje, éxito, fracaso, oportunidades, desafíos, frustración, cambio, pellizcos de suerte, circunstancias adversas, esfuerzo, trabajo, ocio, descanso, miedos, dudas, inseguridades, incertidumbre, curiosidad, recelos, duelos, rupturas, compañerismo, amistad, amor… En el nuevo año, al igual que en los anteriores, viviremos un poco más de todo esto. Por eso, no sé si resulta útil pedir que 2020 nos traiga algo concreto. Si acaso, que nos ayude a encontrar un poco más de predisposición para dejarnos fluir en ese maravilloso viaje que es la vida. Solo así podremos, realmente, dar la campanada. ¡Feliz 2020!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Parar para seguir girando

El proceso de reflexión sobre uno mismo suele comenzar a partir de una inquietud: sentimos que algo en nuestra vida no funciona correctamente, nos falta energía, nos parece estar atrapados en una rutina que no nos satisface… En ocasiones, tenemos o creemos tener claro qué es, concretamente, lo que está fallando. Otras veces, sin embargo, esa inquietud es imprecisa y no sabemos determinar de dónde procede. Nuestro discurso mental, siempre activo, puede contribuir a la confusión con su reiteración de reproches, críticas y justificaciones. Es el momento de parar y hacer un diagnóstico sobre la situación en la que se encuentran las distintas parcelas que configuran nuestra vida. Podemos usar, para ello, una de las herramientas más conocidas del Coaching: la rueda de la vida.

Esta herramienta ofrece una visión general de la vida de una persona y ayuda a identificar desequilibrios entre diferentes variables, entre ellas la salud, la situación económica, el trabajo, la pareja, la situación familiar, las amistades, el entorno social, el ambiente en el que vivimos, la formación, el ocio, el desarrollo personal, la autoestima… En general, se suelen valorar entre 8 y 12 áreas elegidas por uno mismo. Se pueden usar como referencia las mencionadas anteriormente, ya sea de forma literal o desmenuzándolas (quizá queramos evaluar por separado varios aspectos de una misma variable), o bien añadir otras nuevas que consideremos ligadas a nuestras inquietudes.

¿Te animas a coger papel y lápiz para confeccionar tu propia rueda de la vida? Te invito a dibujar un círculo y a dividirlo en tantas porciones como variables quieras valorar (si escoges un número par de variables, más fácil será la división del círculo). Cada radio de la circunferencia representará una variable. Para poner nombre a cada una de ellas, según lo indicado en el párrafo anterior, piensa en los valores básicos en los que se debe apoyar tu vida para alcanzar un estado de bienestar y satisfacción (en la siguiente ilustración te propongo un ejemplo de rueda de la vida con variables tipo). A continuación, reflexiona sobre cómo está cada una de esas áreas de tu vida en la actualidad con preguntas como ¿estás contento con tu estado físico y mental?, ¿estás satisfecho con el dinero que tienes?, ¿te satisface tu trabajo?, ¿hay armonía en tu vida sentimental?, ¿te sientes realizado?… Puntúa cada variable con una nota de 0 y 10 y traslada esa valoración dibujando un punto en el radio de la circunferencia, siendo el 0 el centro del círculo y el 10 la intersección del radio con el borde de la circunferencia.

Una vez puntuada cada variable, une los puntos de cada radio intentando dibujar una rueda. ¿Cómo es el resultado? Un dibujo amplio, expandido hacia el borde de la circunferencia, indicaría que tu vida parece rodar sin problemas. Por el contrario, un dibujo muy pequeño, cercano al centro de la circunferencia, sugeriría una vida desinflada. De ser así, convendría revisar tus valoraciones: puede que hayas sido demasiado crítico. Lo normal, en cualquier caso, es que el dibujo no sea simétrico: habrá áreas expandidas hacia el extremo de la circunferencia y áreas más próximas al centro del círculo. En esta configuración, la rueda se engancha, no puede girar con normalidad. Conviene tomar conciencia de las secciones de menor puntuación e interpretarlas como áreas de mejora.

La representación gráfica que nos ofrece la rueda de la vida es el punto de partida que, a modo de diagnóstico, nos permitirá, poco a poco, avanzar en nuestro proceso de autoconocimiento, crecimiento personal y cambio. Piensa en qué está fallando, exactamente, en las variables con menor puntuación y explora los recursos con los que cuentas para revertir la situación y lograr el bienestar que anhelas. Estarás listo, entonces, para afrontar las etapas de toma de decisiones, diseño de plan de acción y ejecución de las acciones previstas que completan el proceso.


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AUTOPÍAS, RECOPILACIONES

Abierto por vacaciones

Agosto, el mes donde todo parece interrumpirse. Cada vez son menos los que pueden disfrutar de todo un mes de vacaciones, pero eso no impide que la ciudad se sumerja en una especie de letargo. Las rutinas, nuevas o repetidas, llegarán en septiembre. Aceptado el parón, ya sea impuesto o deseado (no todos pueden permitirse detenerse), ¿por qué no aprovechar estos días para volver la vista atrás y recordar lo que hemos aprendido, por ejemplo en este blog, en estos últimos meses? Seguro que rescatamos algunas pistas para vivir plenamente nuestro presente y avanzar leales hacia nuestros sueños y aspiraciones de futuro.

Si estás de vacaciones, te invito a conectar con la ilusión y la curiosidad con la que, previsiblemente, has planificado tus momentos de ocio y descanso. Observa, dentro de ti, qué emociones despierta enfrentarte a algo distinto (otros lugares, otros horarios, otros ritmos). ¿Cómo te sientes? Ahora, recoge esas sensaciones y guárdalas para el regreso: esa misma ilusión y esa misma curiosidad, adaptadas a cada situación concreta, te servirán para encarar con otra perspectiva –buscando respuestas o soluciones alternativas y creativas– las rutinas del día a día. En la entrada Tren destino…, publicada en febrero, sugiero algunas claves para ello.

Y, tanto si estás de vacaciones como si no, te animo a entrenar tu atención: el verano es un buen momento para introducirse o avanzar en el mindfulness o en la meditación. Si estás disfrutando de unos días de descanso, quizá te resulte fácil encontrar una ubicación en la que, a partir de los estímulos de la naturaleza (el contacto con la arena de la playa o con la hierba, el arrullo de las olas del mar y del canto de los pájaros), llevar la atención hacia uno mismo. Si no tienes vacaciones, ¡qué mejor plan que buscar unos minutos al día solo para ti! En las entradas ¿Dónde pones tu atención? y Mira hacia ti, publicadas en febrero y abril, tienes pistas para comenzar. ¿Repasamos?

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