AUTOPÍAS, CONCEPTOS, METÁFORAS, REFLEXIONES

Pinceladas de otoño

Martes, 22 de septiembre, 15:31 horas. En este momento ha dado comienzo en España el otoño astronómico, una estación en la que asistiremos, un año más, a una transformación paulatina en el paisaje, con la entrada de una nueva paleta de colores, y al sucesivo acortamiento de los días, fenómeno que se hará más evidente a finales de octubre con el cambio oficial de hora.

En las siguientes semanas, la luz ambiental adquirirá una tonalidad más cálida (el sol irá perdiendo altura en el horizonte) y la actividad vegetal entrará progresivamente en una fase de ralentización (debido a una inhibición en la fabricación de clorofila) que dará lugar a las coloraciones amarillas, marrones y ocres propias de esta época del año.

Para algunos, la luz suave y la calidez de los colores (a veces tibios y apagados) convierten al otoño en sinónimo de nostalgia. El esplendor de la primavera y del verano queda ya atrás, y la nueva estación se presenta como un fin de ciclo, como una sucesión de imágenes que, inevitablemente, se van desdibujando hasta fundirse en blanco con la inmensidad del invierno.

Las estaciones están interrelacionadas entre sí y, efectivamente, no hay otoño sin primavera, pero tampoco hay primavera sin otoño. Por eso, la estación que hoy comienza puede ser una oportunidad para un nuevo comienzo. ¿Cómo? Por ejemplo, prestando atención a sus colores y, más concretamente, al significado de cada uno de ellos.

El color marrón, quizá el más asociado al otoño, es el color de la madurez, concepto que se define como la suma de aprendizaje y experiencia. ¿Cuáles son tus aprendizajes? ¿Cuáles tus experiencias? El otoño es una época propicia para actualizarse y reconocerse. ¿Cuántas veces seguimos actuando de acuerdo a parámetros pasados que ya no van con nosotros? La nueva estación es una invitación a vivir con responsabilidad y coherencia.

El color ocre es el color de la sabiduría. Hoy en día, el ocre aparece como color normalizado en los catálogos de pintura, pero en realidad no es estrictamente un color único, sino una serie de tonalidades de amarillo, dorado, marrón, beis, naranja e incluso rojo englobadas en una misma definición. Tal vez sea esa la clave de la sabiduría: ver los matices en los que se descompone la realidad de nuestra vida, de nuestro entorno o del contexto en el que vivimos.

El color amarillo, finalmente, es el color de la creatividad. Es un color que llama la atención, y quizá su presencia es la que hace despertar esa fascinación que muchos sentimos por los paisajes del otoño. Pero, al igual que la creatividad, el amarillo no es un color creado exclusivamente para su contemplación: la creatividad no está fuera, sino dentro de nosotros. ¿Qué puedes hacer tú este otoño para ser o mostrarte más creativo?

Por último, aunque sea una metáfora manida, no quiero resistirme a hacer una mención a uno de los fenómenos propios del otoño: la caída de la hoja. Si la naturaleza, en su infinita sabiduría, hace que los árboles se despojen de sus hojas para dar lugar, más adelante, a hojas nuevas, ¿qué nos impide a nosotros soltar y liberarnos de todo aquello a lo que vivimos aferrados? Dejemos que caigan las hojas: unas se las llevará el viento, otras nos servirán de abono para crecer.

Martes, 22 de septiembre, 15:31 horas. Es el momento de atreverse a soltar. Es el momento de abrirse a nuevos colores. ¡Bienvenido sea el otoño!


COACHING PROFESIONAL GRATUITO. Hasta el 30 de septiembre ofreceré, de nuevo, tres sesiones online gratuitas de coaching, sin compromiso de continuidad, para ayudarte a encontrar nuevas perspectivas en este comienzo de curso (sesiones de 45 minutos de duración; oferta válida solo para nuevos clientes). Puedes solicitar tus sesiones gratuitas en el correo electrónico info@autopiascoaching.com o en este formulario de contacto.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, METÁFORAS, MINDFULNESS

Despertar en la noche

Cuando se despertó, estaba envuelto en la oscuridad y se sentía inquieto y nervioso. ¿Dónde estaba? ¿Qué hora era? Le llevó un tiempo darse cuenta de que, al final de la tarde, estando sumido en sus pensamientos, se había quedado dormido en la hierba. Notaba algo de fresco ­–la temperatura había bajado sensiblemente­– y sintió un estremecimiento al verse inmerso en la noche cerrada.

Se incorporó ligeramente en un esfuerzo por tomar conciencia del lugar en el que se encontraba. Intentó recabar información con sus cinco sentidos, pero las primeras impresiones que registró no le aportaron muchos datos. Sus ojos parecían inservibles ante una oscuridad tan espesa, sus oídos solo captaban lo que parecía ser un profundo silencio, la piel se erizaba con el frescor de la noche… y la nariz y el paladar habían sido monopolizados por el olor del miedo y el regusto de la desazón.

Ante estas impresiones, su mente empezó a bullir imaginando, sin miramientos, los peores escenarios posibles. Y sus sentidos, condicionados por los paisajes hostiles que la mente iba creando, ampliaron aún más esas sensaciones de oscuridad, silencio, frío, desazón y miedo. «¡Cuidado! ­–se dijo­–. No quiero dejarme llevar por estos pensamientos, no quiero que la mente tome todo el control». Fue entonces cuando recurrió, como había hecho otras veces, al poder de la respiración.

Comenzó a respirar de forma consciente, prestando atención al proceso de inhalación y exhalación y a la cadencia con la que se producía cada uno de esos movimientos. Al principio, no notó nada especial: seguía sintiendo la sombra de la oscuridad, del silencio y del frío. Sin embargo, decidió mantenerse concentrado en la respiración y, poco a poco, algo comenzó a cambiar: el olor del miedo dio paso al olor de la expectación, y el regusto de desazón se transformó en el sabor de la confianza.

Animado por este cambio, se permitió seguir meciéndose al ritmo de su propia respiración. La mente se iba callando mientras su piel se iba sintiendo cómoda con la temperatura exterior. Sutilmente, empezaron a llegar sonidos a sus oídos: eran sonidos difusos y lejanos que, a cada inhalación y exhalación, se hacían más claros, cercanos e identificables. Y, finalmente, se decidió a abrir los ojos, que había cerrado por inercia cuando se propuso mantenerse centrado en su respiración.

La oscuridad seguía envolviendo la noche, pero de otra manera: no era más que un fondo en el que, por puro contraste, encontrar pequeñas luces. Así, identificó el brillo y el destello de estrellas y planetas, la intermitencia de las luces de un avión, los faros de un coche que se adentraba en la calle más cercana… La inquietud y la incomodidad por haberse quedado dormido en una hora y un lugar que juzgaba inapropiados dieron paso al agradecimiento. ¿Qué se hubiera perdido si no hubiera entrado en este pequeño trance?


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, METÁFORAS

La playa y el mar

¿Nos vamos a la playa? Las altas temperaturas de los últimos días, unidas al deseo de disfrutar de unos días de vacaciones durante el verano, me han traído a la memoria el recuerdo de una playa cuya superficie variaba, como nunca había visto antes, en función de las mareas, un fenómeno vinculado especialmente a la Luna –la fantasía es, muchas veces, el preludio de la ciencia– en el que también intervienen el Sol –aunque algunos lo pongan en duda, la Tierra es redonda y gira alrededor del astro rey– así como la geografía y la meteorología. Las dimensiones de esta playa durante la marea alta, ya respetables, se duplicaban e incluso se triplicaban con marea baja: la frontera entre la arena fina y el agua, que apenas dibujaba una delgada línea durante la pleamar, se convertía en una amplia explanada de arena compactada, con algún que otro charco muy disperso, durante la bajamar.

Las mareas se alternan –fluyen– en función de las fuerzas gravitatorias que emanan de la Luna y del Sol. Precisamente, flujo es el nombre que se le da al lento y continuo proceso de crecimiento o decrecimiento del nivel del agua. De este modo, las mareas no son más que una manifestación de la vida, que es toda fluidez. Y ese flujo de las mareas, unido a la acción del oleaje, deriva en un intercambio de arena, grava, fango, algas y cascajos y en un proceso permanente de erosión del litoral. La playa da, el mar recibe, y viceversa. Pero, ¿cómo se sienten ambos, playa y mar, en esta interacción constante?

Imagina por un momento que eres playa. Eres una acumulación inmensa de finos granos de arena o pequeñas piedras bañadas por la luz del sol. Te dejas mecer por el rumor del agua y disfrutas del roce –a veces pícaro y sensual– de las olas que llegan hasta ti antes de desaparecer de nuevo en el mar. Poco a poco, el ritmo se intensifica. ¿Cómo te sientes cuando el mar, con la marea alta, comienza a invadir y a achicar tu espacio? ¿Y cuál es la sensación que te produce la marea baja, cuando el mar parece retroceder mucho más lejos de tus expectativas? ¿Cómo acoges los regalos que, en forma de conchas, deja el mar en tu regazo? ¿Qué sientes cuando el agua deja sobre ti algas pegajosas? ¿Cómo vives el fuerte oleaje, a veces furioso, que se lleva los sedimentos sobre los que pretendes asentarte?

Imagina ahora que eres el mar. Eres una masa de agua salada extensa, casi infinita. Aparentas ser profundo e inabarcable. En días tranquilos, juegas plácidamente con la playa alimentándola con la suave cadencia de tu oleaje. En días revueltos, mejor no acercarse a ti. De hecho, puede que ni tú mismo te soportes. ¿Qué sientes cuando, desatado, te apropias del espacio de la playa? ¿Qué temores te impiden acercarte a la arena en los momentos de marea baja? ¿Cómo vives el doble poder que tienes para nutrir a la playa de nuevos posos que contribuirán a sostenerla y enriquecerla y, a la vez, para llevarte los sedimentos básicos que garantizan su supervivencia? ¿Qué sensación te invade cuando, a tu pesar, te llevas la basura que bañistas sin escrúpulos arrojaron sobre la arena?

Los seres humanos, como la playa y el mar, estamos sujetos a las fuerzas de la naturaleza. No obstante, cada uno de nosotros tiene sus propias fuerzas gravitatorias que se manifiestan en forma de deseos, necesidades, expectativas, obligaciones o compromisos que acaban definiendo y condicionando nuestro flujo vital. ¿Cómo vives tú estas fuerzas? ¿Cómo la playa, pasiva y resignada ante la acción del oleaje, o como el mar, dotado de un protagonismo capaz de moldear el paisaje con el que se relaciona? ¿Qué tienes de playa o de mar en tu interacción con los demás? Rachel Carson, bióloga marina, decía que en cada promontorio, en cada playa curva y en cada grano de arena está la historia de la Tierra. ¿Dónde está tu historia?


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en Facebook, Twitter e Instagram.

Estándar