AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES, REFLEXIONES

Las reacciones del miedo

Se han descrito, tradicionalmente, tres posibles reacciones del ser humano ante amenazas o situaciones de peligro que nos provocan miedo: el ataque, la parálisis o la huida. Estas reacciones tienen su origen en el llamado cerebro reptiliano (la capa más profunda de nuestro cerebro, donde se localizan los instintos primitivos relacionados con la búsqueda de comida, el cortejo, la identificación de rivales y, en general, todos los aspectos relacionados con la supervivencia) y se activan gracias a la amígdala, una estructura con forma de almendra situada en el cerebro límbico (capa del cerebro anterior al neocórtex en la que se regulan nuestras respuestas fisiológicas y emocionales configurando determinados patrones de conducta).

Los riesgos que amenazan la supervivencia del ser humano han cambiado a lo largo de la historia. Ya no tenemos que salir a cazar, enfrentándonos a todo tipo de animales salvajes, para procurarnos el alimento necesario: basta con bajar al supermercado o, directamente, hacer un pedido telefónico u online para que nos traigan la comida a casa.  No obstante, seguimos rodeados de amenazas: el terrorismo, el cambio climático, las infecciones por nuevos microorganismos patógenos… Y hay, además, otras amenazas que, si bien no suponen peligro de muerte, condicionan nuestra supervivencia individual y social en un mundo especialmente competitivo (el miedo al ridículo, la pérdida de un determinado estatus, el temor a ver comprometidos nuestros valores o creencias…). Es curioso ver cómo estas amenazas cotidianas suscitan, de forma irracional, esas mismas reacciones de ataque, parálisis o huida con las que respondemos a estímulos que, verdaderamente, afectan a nuestra supervivencia física.

Ante cualquier amenaza, y especialmente ante los retos o desafíos del día a día, cada uno responde como mejor sabe y puede de acuerdo al contexto y a la experiencia. Pero no siempre esa respuesta es la más eficaz. Pienso, por ejemplo, en el ataque: generalmente, el hecho de enfrentarse a una situación desafiante se interpreta como un signo de valentía, pero… ¿siempre lo es? El ataque solo será eficaz si somos conscientes de nuestras habilidades y de nuestras limitaciones, de las fortalezas y debilidades de nuestro rival (en caso de que se trate de un enfrentamiento interpersonal), de los condicionantes de la situación que nos reta, de nuestra capacidad para desarrollar un plan de acción con objetivos claros y herramientas precisas que, si bien no nos garanticen el éxito, al menos nos predispongan para la victoria. Atacar sin estar preparado no es valentía, es insensatez. Mejor combinar el corazón con la cabeza.

Lo mismo ocurre con la huida. Habitualmente, asociamos la huida con la cobardía, pero… ¿siempre es así? Efectivamente, muchas veces escapamos de cosas que no queremos afrontar, evitamos asumir nuevos retos o desafíos. Desaparecemos, como los mejores ilusionistas, para seguir cómodamente instalados en nuestra zona de confort: sí, sabemos que nos perdemos cosas, ¡pero qué bien se está en nuestro pequeño mundo! Otras veces, por el contrario, no se puede hablar de huida, sino de retirada: no tiene sentido permanecer en lugares donde no nos sentimos escuchados, donde no se respetan nuestros límites, donde nuestra energía se consume impidiendo que podamos dar lo mejor de nosotros mismos en otros proyectos o áreas que puedan resultarnos más interesantes o en las que nos sintamos más realizados.

En la parálisis, tratamos de mimetizarnos con el entorno intentando pasar desapercibidos. Lo normal, en estos casos, es que acabemos actuando, a largo plazo, de forma confluyente o sumisa, todo con tal de no significarnos. Pero pararse puede ser, quizá, la forma más efectiva de responder a corto plazo, sobre todo cuando se trata de amenazas domésticas o cotidianas que no conllevan un riesgo vital: pararse para chequear nuestra fisiología (el miedo, como es sabido, tiene manifestaciones físicas en forma de incremento de los ritmos cardíaco y pulmonar, palidez o enrojecimiento de la piel, repercusiones estomacales e intestinales…), pararse para observar y tomar conciencia de lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo y, a partir de ahí, buscar nuevas perspectivas que nos permitan, llegado el momento, dar una respuesta acorde con nuestras necesidades y expectativas.


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AUTOPÍAS, EMOCIONES, REFLEXIONES

De la oscuridad a la luz

La vida, en su infinita sabiduría, nos invita o nos aboca permanentemente al cambio. Nos invita al cambio cuando, cansados de afrontar cada día las mismas rutinas, decidimos buscar nuevos horizontes (más o menos cercanos o accesibles) en los que realizarnos. Y nos aboca al cambio cuando, de repente, cambian las condiciones o las reglas de juego en las que nos desenvolvíamos con relativa normalidad (pérdidas inesperadas, circunstancias sobrevenidas…). En ambos casos, y aunque las situaciones no sean comparables, es inevitable que aparezca junto a nosotros un compañero de viaje que, si bien puede servirnos de protección, también puede paralizarnos. Su nombre es, como todos sabemos, el miedo.

En los últimos meses, coincidiendo con mi propio proceso de cambio y crecimiento personal y profesional, he tenido muy presente un poema titulado Nuestro miedo más profundo. Aunque se atribuye su autoría a Nelson Mandela (el poema fue parte de su discurso de toma de posesión como Presidente de Sudáfrica en 1994), en realidad se trata de una composición de la escritora Marianne Williamson, nacida en Houston (EE.UU.) en 1952. Los primeros versos del poema rezan así: Nuestro miedo más profundo no es el de ser inadecuados. / Nuestro miedo más profundo es el de ser poderosos más allá de toda medida. / Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos asusta

En general, solemos vincular el miedo con la oscuridad, con la penumbra, porque nos conecta con sensaciones que nos incomodan y que rompen nuestro equilibrio cotidiano: dudas, inseguridad, incertidumbre… El miedo es el paraíso de los fantasmas que arrastramos del pasado y de las escenas temidas del futuro que aún no conocemos. Pero… ¿qué pasa si, inspirándonos en las palabras de Williamson, consideramos el miedo como una puerta hacia la luz? Al fin y al cabo, esas zonas de sombra son también una parte de nosotros, pues no somos más que una suma de polaridades: no es posible encontrar seguridad o certezas si no reconocemos previamente su reverso, y esos fantasmas no son más que el reflejo de nosotros mismos en espejos distorsionados.

Ante esta consideración –y siguiendo con el poema de Williamson– surge una pregunta: ¿Quién soy yo para ser brillante, hermoso, talentoso, extraordinario? No merece la pena detenerse ni siquiera un instante en buscar una respuesta. De hecho, la autora aboga por reformular la pregunta: ¿Quién eres tú para no serlo? Ahí es nada… En conclusión: ¿vas a dejar que el miedo sea un freno o un estímulo en tu desarrollo personal o profesional? Acércate con curiosidad a los procesos de cambio que quieras introducir en tu vida o que vengan dados por el entorno en el que te mueves, conecta con tus necesidades intrínsecas para avanzar hacia donde realmente quieras estar y recorre con confianza el camino que une la oscuridad con la luz.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

¿Emociones negativas?

Distintas clasificaciones (así se recoge en libros, artículos o vídeos) consideran que la tristeza, la ira y el miedo son emociones negativas de las que conviene escapar para tener una vida feliz. Este tipo de afirmaciones, cada vez más repetidas, me dejan contrariado: la felicidad, a mi juicio, no consiste en vivir siempre alegre, ignorando otras emociones, sino en aceptar las cosas que nos pasan (recordando que aceptar no equivale a conformarse o resignarse, de forma pasiva, con lo que nos ocurre). Por otro lado, las emociones, a priori, son solo información que nos proporciona nuestro cuerpo sobre el impacto que nos causa la realidad que nos rodea (o, al menos, de la interpretación que hacemos de ella).

La tristeza, por ejemplo, se define como una respuesta a acontecimientos desfavorables, adversos, no placenteros o dolorosos (discusiones, pérdidas, desilusiones, fracasos). Al pensar en ella, generalmente evocamos sus principales manifestaciones –llanto, abatimiento, desmotivación– sin detenernos en su potencial restaurador: la tristeza nos permite centrar la atención en nosotros mismos, facilita la introspección, el análisis y la comprensión de la situación que nos ha causado daño y promueve la empatía. La tristeza resulta imprescindible, por tanto, para iniciar el proceso de aceptación del factor o de los factores desencadenantes y recuperar así el equilibrio emocional.

La ira, por su parte, es la respuesta que manifestamos ante situaciones que nos producen frustración o aversión tales como sentirse ofendido, creer vulnerados nuestros derechos o encontrar obstáculos que impidan la consecución de las metas que nos hayamos propuesto. Además, se trata de una emoción siempre presente en situaciones de conflicto y, aunque puede darse en distintos niveles de intensidad, suele asociarse con comportamientos agresivos o violentos. Su papel, al igual que el del resto de las emociones es adaptativo: enfadarse es una forma de contactar con uno mismo para identificar lo que nos molesta, ver qué hay de eso que nos molesta en nosotros mismos y, en su caso, poner límites en la interacción con nuestro entorno.

El miedo, finalmente, se activa ante la percepción de un peligro inminente, ya sea real o imaginado. Es una emoción básica para la supervivencia, pues condiciona nuestra reacción ante eventuales amenazas. No obstante, muchas veces nos detenemos únicamente en su efecto paralizador o debilitante olvidando los beneficios que podemos sacar de él en términos de aprendizaje: enfrentar el miedo nos permite identificar y superar las barreras o las dificultades que, en nuestro día a día, nos impiden crecer. El miedo puede ser un aliado si no nos dejamos controlar por él. Como tenía miedo, lo hice con miedo.

Como vemos, las llamadas emociones negativas tienen su utilidad. Por tanto, no podemos desterrarlas o estigmatizarlas, sino todo lo contrario: debemos dar cabida a la tristeza, a la ira y al miedo para extraer la información que nos aportan, indagar sobre lo que nos dicen sobre nosotros y sobre nuestra relación con el mundo que nos rodea y, en la medida de nuestras posibilidades, liberarlas (ya sea en el momento, si es posible, o en diferido, aplicando técnicas de gestión emocional). Lo importante, en mi opinión, es no confundir las emociones con el estado de ánimo: las emociones son vivencias puntuales; el estado de ánimo es el marco que configuramos a partir de esas emociones. De cada uno depende construir un estado anímico saludable basado en la integración y aceptación de lo que nos va sucediendo o un estado anímico victimista en el que las emociones se quedan atascadas.


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AUTOPÍAS, METÁFORAS

La vida, un pedregal

El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Pero… ¿qué entendemos por tropezar? Efectivamente, en nuestro camino podemos encontrar obstáculos, en forma de piedras metafóricas, que nos hacen tambalearnos e incluso caer. Y no es hasta que nos recomponemos cuando nos damos cuenta –surcando nuestra experiencia– de que ya vivimos, en el pasado, alguna situación similar. Observamos, entonces, que hemos cometido los mismos errores o que hemos ignorado las señales que, a partir de nuestras vivencias previas, deberíamos advertir.

Pero puede ocurrir, también, que nos percatemos de la existencia de la piedra antes de llegar al punto del camino en el que se encuentra. Puede que la veamos, desde lejos, como una roca de gran tamaño que va a impedirnos el paso y, desmoralizados por esta impresión, dejemos de caminar sin ni siquiera acercarnos para ver si hay formas de sortearla. La sombra que proyecta esta piedra es demasiado alargada. El miedo acecha: rocas similares convirtieron el camino en un desfiladero cuyo tránsito nos causó rasguños, magulladuras e incluso cortes. La parálisis nos impide acercarnos a la roca para evaluar la situación. Nos quedamos inmovilizados esperando, quizá siglos, a que las fuerzas de la naturaleza erosionen la piedra. O, en el mejor de los casos, regresamos a buscar otro sendero limpio de obstáculos.

Otras veces, la piedra con la que nos encontramos es de un tamaño insignificante: podríamos sortearla sin ninguna dificultad. Pero hay algo en ella que nos hechiza y nos hace detenernos. Tal vez sea su forma, su color. Quizá nos parezca una piedra preciosa de gran valor. Y así, nos quedamos parados, contemplándola, teorizando sobre sus propiedades y disertando sobre sus cualidades minerales. Al fin y al cabo, es una piedra que ya conocemos del pasado: sabemos muchas cosas sobre ella. Nos distraemos con esta piedra, pese a que no es un obstáculo en nuestro camino, y dejamos de avanzar. Puede que se nos olvide, incluso, que nos habíamos fijado un destino al que llegar.

Hay quienes, no contentos con aprender con la experiencia de sus tropiezos, deciden cargar con la piedra misma que les hizo perder el equilibrio. Sus mochilas parecen un catálogo de geología: hay guijarros corrientes, piedras pulidas, gemas brillantes, grandes trozos de rocas… La gran carga que llevan condiciona sus movimientos y les hace vulnerables a nuevos tropiezos. Por eso, algunos deciden pararse y aprovechar esas piedras para construir muros en los que encerrarse. Usando piedras de distintos tamaños y formas son capaces de cubrir todos los huecos posibles aislándose del mundo exterior. Quedan atrapados en las piedras con las que tropezaron.

La vida es un pedregal. ¿Con qué actitud vas a atravesarlo?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

¿Quién dijo miedo?

El hombre, desde un punto de vista biológico, dispone de tres posibles respuestas instintivas ante situaciones de peligro o amenaza: la lucha, la huida y la parálisis. Estas respuestas, fruto del miedo, no solo condicionan nuestras reacciones ante episodios que puedan poner en peligro nuestra supervivencia, sino que también marcan nuestra forma de actuar ante los desafíos, más o menos trascendentes, que debemos afrontar en nuestro día a día. Aceptar estos desafíos supone, muchas veces, enfrentarnos a procesos de cambio que nos obligan a salir de nuestra zona de comodidad. Y el temor al cambio nos conduce, a su vez, al abandono, a la postergación o al encasillamiento.

El miedo es, junto a la alegría, la tristeza, la ira, la sorpresa y el asco, una de las emociones básicas del ser humano. Su función consiste en alertarnos y prevenirnos ante peligros reales. No obstante, solemos extender su influencia para ampararnos en él ante amenazas imaginarias que nosotros mismos creamos.  En este caso, su misión se desvirtúa impidiendo nuestro desarrollo personal. Optamos por permanecer estáticos, incluso en situaciones que nos causan sufrimiento, evitando hacer frente a las nuevas oportunidades que se nos presentan. Cercenamos nuestros anhelos y expectativas. Renunciamos al progreso en favor de rutinas, a veces oxidadas, que ya ni siquiera nos sirven. Cortamos las alas de nuestro propio crecimiento.

¿Imaginas que el miedo pueda convertirse en un aliado? Escucharlo puede aportarte información útil para fortalecerte y dar respuesta, con más garantías, a cualquier desafío. Diseccionar tu propio miedo, indagando en su origen y relativizando las escenas temidas a las que te aboca, te ayudará a rebajar su autoridad. Preguntarte por la razón de tus temores puede inspirarte, además, para buscar soluciones, básicas o imaginativas, con las que encarar nuevas realidades que ensancharán tu experiencia del mundo y te dotarán de un mayor potencial. Es mucho lo que puedes conseguir. Ya lo dijo el escritor Christian Friedrich Hebbel: creer posible es hacerlo realidad.

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