AUTOPÍAS, ENEAGRAMA, HERRAMIENTAS DE COACHING

Múltiples personalidades

Un anti-test de personalidad

Personalidades

Lo confieso: yo soy de aquellos que, de vez en cuando, cae en la tentación de hacer alguno de esos test de personalidad que se incluyen en revistas o que se pueden encontrar en páginas web. Estos test, como cualquier otro material que pueda caer en nuestras manos, pueden darnos pistas para reflexionar y, de alguna manera, intentar suavizar nuestras aristas. No obstante, es frecuente que acabemos utilizando estos test para justificarnos en determinados comportamientos y actitudes sin hacer ningún propósito de cambio.

Para evitar caer en esa autojustificación, hoy te propongo un ejercicio en el que lo importante no es tanto ver en qué tipo de personalidad encajas, sino identificar qué se mueve en ti respecto a esos otros grupos de personalidad que crees que no van contigo, que te resultan indiferentes o de los que directamente reniegas. El ejercicio se basa –generalizando– en las nueve personalidades –eneatipos– que describe el Eneagrama, una herramienta de autoconocimiento de la que ya hablé en la entrada La cuadratura del círculo.

¿Comenzamos? Encontrarás, para cada eneatipo, tres preguntas.

[1] El Reformador. A grandes rasgos, el eneatipo 1 define a personas perfeccionistas, idealistas, ordenadas, metódicas, puntuales, pulcras y detallistas… que, en un momento dado, pueden ser incluso demasiado rígidos, críticos e intransigentes tanto consigo mismo como con los demás. Sintonizan con aquellos que demuestran claridad, sinceridad y excelencia y recelan de aquellos que manifiestan comportamientos cambiantes o transgreden las normas.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 1?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 1?

[2] El ayudador. El eneatipo 2, en líneas generales, engloba a personas atentas y dedicadas que ponen todo su empeño en agradar a los demás, satisfaciendo todas sus necesidades (reales o imaginadas)… y olvidándose de las suyas propias. A veces, pueden mostrarse demasiado solícitas o intrusivas. Buscan calidez y cercanía en sus relaciones; les desagrada la frialdad o la falta de disponibilidad de los demás.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 2?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 2?

[3] El triunfador. El eneatipo 3, siguiendo con las definiciones a vuelapluma, se refiere a personas prácticas, eficientes y competitivas preocupadas por alcanzar éxitos y logros con los que mantener una determinada posición o estatus. Un exceso de competitividad las lleva, en ocasiones, a mostrarse frías y camaleónicas. Reniegan de aquellos que manifiestan comportamientos victimistas y, especialmente, de aquellos que muestran indiferencia hacia sus logros.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 3?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 3?

[4] El individualista. El eneatipo 4 define a personas muy interiorizadoras que se caracterizan por su hipersensibilidad, timidez, introversión y ensimismamiento. Son muy creativas, pero también muy temperamentales. Suelen sentirse diferentes a los demás y esto deriva, en ocasiones, en sentimientos de autocompasión y autoindulgencia. Admiran la sensibilidad y la delicadeza y detestan la superficialidad.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 4?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 4?

[5] El investigador. Siguiendo con las definiciones de trazo grueso, el eneatipo 5 incluye a personas analíticas e intelectuales, con gran capacidad de observación e interés por cuestiones complejas y/o abstractas. Su pasión por el análisis les hace estar, en ocasiones, más preocupados por sus interpretaciones que por la realidad misma. Se sienten estimulados por la innovación y la curiosidad. Por el contrario, les desagrada la presión y las reacciones emocionales.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 5?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 5?

[6] El leal. El eneatipo 6 engloba a las personas preocupadas por encontrar ámbitos de seguridad y estabilidad donde puedan manifestar y encontrar fiabilidad, lealtad, apoyo, protección y compromiso. A la vez, son personas ambivalentes, en la medida en que no acaban de confiar del todo en las intenciones de los demás. Detestan la ambigüedad y la arrogancia.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 6?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 6?

[7] El entusiasta. El eneatipo 7 se refiere a personas que necesitan estar permanente estimuladas para escapar de la rutina y del aburrimiento. Se caracterizan por su optimismo, su espontaneidad y su capacidad de despreocupación. Su hiperactividad conduce, a veces, a un estado de insatisfacción que, a su vez, promueve la búsqueda de nuevos estímulos. Recelan del pesimismo y de la falta de flexibilidad de los demás.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 7?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 7?

[8] El desafiador. La principal preocupación de las personas incluidas en este eneatipo, según una definición genérica, es ser autosuficientes e independientes. Son personas emprendedoras que buscan nuevos retos con los que poner a prueba su capacidad de seguridad, fortaleza, franqueza y superación personal. En ocasiones pueden manifestarse orgullosos, egocéntricos e incluso agresivos. Detestan la intimidación y el victimismo.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 8?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 8?

[9] El pacificador. El eneatipo 9, en líneas generales, engloba a personas conciliadoras y complacientes que tienden a fusionarse con las necesidades del otro sin poder reconocer y satisfacer las suyas propias. Temen los conflictos, y por eso se adaptan en exceso a las condiciones que imponen los demás. Huyen, por tanto, de cualquier situación que suponga confrontación o turbulencia.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 9?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 9?

Hasta aquí el ejercicio. Seguro que has encontrado, en cada eneatipo, cualidades o adjetivos con los que te identificas. Habrá también, sin duda, características que te dejan indiferente. Y, por supuesto, habrá rasgos que te rechinan o te molestan. Es ahí, a mi juicio, donde debes enfocar tu reflexión. El aprendizaje personal consiste, muchas veces, en enfrentarnos a aquello que nos incomoda.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, ENEAGRAMA, REFLEXIONES

Instintos básicos

No todos tenemos las mismas preocupaciones, ni reaccionamos de la misma manera a los desafíos que nos plantea la vida. Lo estamos viendo de forma clara, por ejemplo, en las inquietudes –cuando no directamente en las acciones– que manifestamos cada uno de nosotros en relación a la pandemia que estamos viviendo. ¿Qué es lo que nos mueve a sentir y a actuar, de acuerdo a un mismo patrón predeterminado, en cualquier circunstancia?

Nuestras respuestas obedecen, en gran medida, a las necesidades básicas, primarias e inconscientes que, en nuestra primera infancia, y en un esfuerzo de adaptación al entorno en el que debíamos dar nuestros primeros pasos, configuraron nuestros instintos, es decir, los patrones de pensamiento, emociones y conductas sobre los que fuimos construyendo nuestra identidad –diferenciándonos de los demás– y sobre los que radica nuestra forma de ser y estar en el mundo.

Según el Eneagrama de la Personalidad, sobre el que ya hablé en la entrada La cuadratura del círculo, en nuestro centro visceral conviven tres instintos primarios: el instinto de conservación, el instinto social y el instinto sexual. Estos tres instintos coexisten de forma jerárquica, de mayor a menor desarrollo, siendo uno de ellos el instinto dominante a costa de los otros dos instintos, que quedan relegados a un segundo y tercer plano. Lo ideal es que en esta jerarquía haya, pese a su propia configuración decreciente, un cierto equilibrio: una acusada descompensación entre los niveles de desarrollo de cada instinto puede ser fuente de problemas. El instinto dominante determina, en cualquier caso, matices y diferencias en cada uno de los tipos de personalidad o eneatipos, de ahí que en cada uno de ellos se hable de subtipos conservación, social o sexual.

Veamos algunas pinceladas de cada uno de los instintos que habitan nuestro centro visceral:

El instinto de conservación (también llamado autoconservación) está directamente relacionado con la necesidad de sentirse seguro y se traduce en preocupaciones y acciones orientadas a la búsqueda de condiciones óptimas que permitan alcanzar una situación de bienestar. Este instinto pone el foco en la salud, el orden, el hogar, el abastecimiento, la economía y, en definitiva, en todo lo que gira alrededor del concepto de supervivencia.

El instinto social (también llamado navegador) impulsa al individuo a una constante interacción social en busca de aceptación y reconocimiento. Una de las características de este instinto es el deseo de establecer vínculos de unión y pertenencia que permitan crear grupos o comunidades que usar como referencia o apoyo. El instinto social se traduce, por tanto, en un afán de estar rodeado (de forma activa, haciendo actividades) con otras personas.

El instinto sexual (también llamado transmisor) se manifiesta en el deseo de intimidad con otra persona y en el propósito de dejar un legado (no solo en un contexto biológico, entendido como descendencia, sino en sentido amplio, como transmisión de valores o ideas). Este instinto se caracteriza por una búsqueda constante e intensa de nuevos estímulos para la que despliega todas sus armas de seducción y cortejo.

Como decía más arriba, en todos nosotros conviven, jerárquicamente, estos tres instintos. ¿Reconoces, en este esbozo, cuál es el instinto dominante que guía tus preocupaciones y acciones cotidianas y define tu respuesta ante cualquier situación sobrevenida?  Y, respecto a los otros dos… ¿te resuenan o son desconocidos para ti?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, ENEAGRAMA

La cuadratura del círculo

Lunes, día 9. ¡Cuántas sorpresas esconde este número! En aritmética, son varias las curiosidades asociadas al 9. Así, la suma de todos los dígitos que componen el número natural 123.456.789 nos da como resultado 45, y la suma de los dos dígitos que forman esta cifra es igual a 9. Del mismo modo, la suma de los dígitos de cada resultado de la tabla de multiplicar del 9 nos lleva siempre a este mismo número. Se dice, también, que el 9 es el número del saber supremo y del misticismo. A la vez, se le llama número del ser humano porque es la cifra que define el período de gestación (9 meses). Y son incontables los símbolos y enigmas vinculados al 9 que dan origen, sustentan o desarrollan la mitología, el cristianismo o la masonería, entre otros.

Entre los símbolos asociados al 9 se encuentra la figura de 9 puntas conocida como eneagrama (del griego ennea, nueve, y grammos, figura) con la que se representan las nueve personalidades básicas de los seres humanos y las complejas interacciones que se establecen entre ellas. Su origen, aunque no está documentado, se sitúa en Babilonia alrededor del año 2.500 a.C. La mística sufí, que lo consideraba un modelo de interpretación del mundo y de conocimiento del hombre, lo mantuvo vivo, de manera secreta u oculta, a lo largo de los siglos. Su introducción en Occidente, en la primera mitad del siglo XX, se atribuye al carismático y a la vez misterioso George I. Gurdjieff. Su divulgación y popularización posterior se debe a Óscar Ichazo (años 50), que introdujo la correlación de las nueve puntas con los nueve tipos de personalidad básica, y especialmente, a Claudio Naranjo (años 70) y Don Riso y Russ Hudson (años 80).

Para Naranjo, los nueve tipos de personalidad básica incluidos en el eneagrama (a los que llamamos eneatipos o egotipos, pues no dejan de ser manifestaciones del ego) constituyen un conjunto organizado de estructuras de carácter, entre las cuales se observan relaciones específicas de contigüidad, contraste, polari­dad, etc. Cada personalidad o estructura, como recuerdan Riso y Hudson, utiliza las capacidades del temperamento innato para desarrollar defensas y compensaciones para las heridas recibidas en la infancia, de modo que, de forma inconsciente, nos especializamos en un repertorio limitado de estrategias, imágenes propias y comportamientos que nos permitieron salir adelante y sobrevivir en el entorno de esos primeros años.

La denominación de los diferentes eneatipos varía en función del autor, de las traducciones y de los desarrollos posteriores que se han ido haciendo del eneagrama. Según la nomenclatura de Riso y Hudson, el eneatipo 1 es el reformador, un tipo idealista de sólidos principios; el eneatipo 2 es el ayudador, un tipo preocupado, orientado a los demás; el eneatipo 3 es el triunfador, un tipo adaptable y orientado al éxito; el eneatipo 4 es el individualista, un tipo romántico e introspectivo; el eneatipo 5 es el investigador, un tipo vehemente y cerebral; el eneatipo 6 es el leal, un tipo comprometido, orientado a la seguridad; el eneatipo 7 es el entusiasta, un tipo productivo y ajetreado; el eneatipo 8 es el desafiador, un tipo poderoso y dominante; el eneatipo 9, finalmente, es el pacificador, un tipo acomodadizo y humilde. Las denominaciones son solo eso, denominaciones: es difícil encontrar un concepto único para cada eneatipo, pues sus características generales (pasiones, cualidades esenciales, miedos, deseos básicos…) se ven siempre matizadas por los llamados instintos (que configuran 3 subtipos distintos dentro de cada egotipo) y por las influencias y relaciones que recibe o mantiene con el resto de eneatipos (lo que se conoce como flechas y alas).

Por tanto, el eneagrama no es un fin en sí mismo, sino el inicio de un camino de autoconocimiento y crecimiento que nos permite avanzar en la aceptación y el reconocimiento de la responsabilidad que tenemos sobre nuestros comportamientos, comprender mejor –desde el respeto– los patrones de funcionamiento de las personas que nos rodean y, desde ahí, crear lazos más fuertes y comprometidos, sobre las bases de una comunicación más efectiva, con el mundo en el que nos desenvolvemos. El eneagrama es, a la vez, una fuente de información muy útil en procesos de acompañamiento como el coaching (ayuda a definir herramientas más específicas para impulsar las necesidades y motivaciones de los clientes) y se emplea también (a veces con enfoques muy reduccionistas) en la gestión de grupos o en los procesos de selección que realizan los departamentos de recursos humanos de las empresas.

Todas estas funcionalidades del eneagrama dejan de tener sentido si lo utilizamos únicamente como herramienta de encasillamiento en una sociedad que vive, cada vez más, a golpe de etiquetas. Según vayamos conociendo los eneatipos, efectivamente, nos iremos identificando, en mayor o menor medida, con uno u otro. Pero no debemos olvidar que el eneagrama no es una herramienta para justificarnos (Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, como cantaba Jeanette), sino para superar las máscaras tras las que nos parapetamos y desarrollar al máximo nuestro potencial. Esa es la esencia del eneagrama: un círculo en el que todo cabe que fluye constante a través del espacio y del tiempo. ¿Por qué quedarse en un número, pudiendo aspirar al infinito?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Esto es Gestalt, amigos

En algunas entradas de este blog he hecho alguna mención a la Terapia Gestalt, una corriente englobada en la llamada Psicología Humanista que propone una visión global del individuo en todas sus dimensiones sensoriales, emocionales, afectivas, intelectuales, sociales e incluso espirituales. Este enfoque fue impulsado por Fritz Perls en los años cuarenta del siglo pasado y tuvo su primera expresión teórica en el libro Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana, publicado en 1951. Entre sus influencias se encuentran el Psicoanálisis, la filosofía oriental, la Fenomenología, el Existencialismo o la Psicología de la Forma, de la que tomó el nombre de gestalt. No obstante, a pesar de esta multiplicidad de influencias, el enfoque gestáltico ha sabido demostrar que el todo es más que la suma de sus partes.

La Terapia Gestalt considera que el individuo no vive aislado, sino que establece una constante interrelación con el ambiente que le rodea para satisfacer sus necesidades. Estas necesidades se van alternando en base a un principio de autorregulación: el organismo sabe lo que necesita para mantener su equilibrio. Así, en cada momento, se crea una gestalt o configuración en la que la necesidad más apremiante se convierte en figura destacada sobre un fondo de necesidades al que volverá una vez que haya sido satisfecha. La relación con el ambiente se da a través de un permanente ciclo de contacto y retirada: el organismo identifica la necesidad emergente, se moviliza, acude al ambiente para satisfacerla y, finalmente, vuelve a un estado de reposo para esperar la aparición de una nueva necesidad.

No obstante, no siempre es posible completar este ciclo. En el camino pueden aparecer una serie de fenómenos, llamados mecanismos de defensa o interrupciones, que impiden que el organismo tome conciencia de sus necesidades, active su energía para satisfacerlas y salga al ambiente para tomar de él lo que necesita. Estos mecanismos se dan en distintas formas: como normas o valores que hemos integrado, sin cuestionarlos, en nuestro sistema de creencias (introyección), como etiquetas que colocamos sobre los demás, sin darnos cuenta de que también dicen mucho de nosotros (proyección), como energía que volcamos contra nosotros mismos para evitar enfrentarnos con el ambiente (retroflexión), o como confusión con el medio que nos rodea, donde, convertidos en seres indiferenciados del resto, nuestra personalidad se desdibuja (confluencia).

Uno de los conceptos básicos de la Terapia Gestalt es el darse cuenta. El enfoque gestáltico anima a tomar conciencia tanto de las necesidades que se van sucediendo en el organismo como de los mecanismos que impiden su satisfacción. Enfrentando las interrupciones, el individuo puede cerrar las gestalts que quedaron inconclusas y restaurar el correcto funcionamiento del sistema de autorregulación. No importa tanto averiguar el porqué: la búsqueda de causas solo conduce a una sucesión interminable de explicaciones, racionalizaciones y justificaciones. Lo que en realidad importa es cómo interrumpimos el ciclo y para qué lo hacemos. Detrás de cada comportamiento no ajustado debidamente a una necesidad concreta suele haber siempre una evitación.

Y el darse cuenta solo puede ocurrir en el momento presente, en el aquí y el ahora. El pasado ya se fue y el futuro aún no ha llegado: solo es posible vivir lo que ocurre o, en todo caso, actualizar recuerdos o anticipar escenas temidas convirtiéndolos en vivencias del presente. Efectivamente, la Gestalt es un enfoque vivencial: descubrimos atravesando nuevas experiencias. Solo en la experimentación podemos definir nuestras necesidades olvidadas, percatarnos de la forma en que nos manipulamos o interferimos sobre el ambiente en contra de nuestro propio equilibrio y, finalmente, integrar en nuestra personalidad total aquellas partes de nosotros que, en algún momento, dejamos enajenadas. Por ejemplo, nuestras contradicciones, un concepto al que la Gestalt se refiere como polaridades.

Para mí, que me he sumergido durante varios años en este enfoque, la Gestalt es mucho más que una terapia: es una filosofía de vida, compatible con otras disciplinas (entre ellas, el Coaching), que, además de conciencia y presencia, implica también responsabilidad (entendida como libertad de ser) y que, desde ahí, conduce al individuo hacia su autoapoyo. El autoconcepto, la imagen que tenemos de nosotros mismos, no dice, en realidad, nada de lo que somos, no es más que una construcción artificial sujeta a modas y expectativas. Lo verdaderamente importante es todo el potencial que podemos desplegar tanto en el conocimiento de nosotros mismos como en la relación que queremos mantener con el mundo. En definitiva, se trata de aceptarnos tal cual somos. ¿Te apuntas?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, HERRAMIENTAS DE COACHING

Una de autos

De nuevo, lunes. La semana se pone en marcha. ¿Cuáles son tus perspectivas? El fin de semana quizá te haya servido para descansar, cambiar de aires, centrarte en otras actividades… Pero ahora toca enfrentarse, una vez más, a los grandes y pequeños retos de la cotidianidad, ya sea en casa, en el trabajo, en los estudios o en nuestras relaciones sociales. ¿Cómo vas de energía? ¿Te sientes fuerte para hacer frente a los automatismos que marcan tu día a día? Hoy te propongo un autochequeo a partir de una serie de conceptos básicos del Coaching.

¿Cuál es tu nivel de autoconfianza? La autoconfianza, o confianza en uno mismo, es la seguridad, fuerza y convicción que sentimos para lograr determinados objetivos y para superar los obstáculos que nos vamos encontrando a lo largo de nuestra vida. Se trata de un concepto ligado a nuestros talentos, capacidades, habilidades y conocimientos: solo es posible cultivar la autoconfianza mediante la puesta en práctica de nuestras cualidades, sean estas constatadas, latentes, potenciales o inciertas. Su mayor enemigo es el miedo, que limita nuestra capacidad para enfrentarnos a nuevas experiencias. ¿Confías en los recursos propios e inherentes de los que dispones?

¿Y cómo vas de autoestima? La autoestima se define como el aprecio, la consideración o la valoración, generalmente positiva, que uno tiene de sí mismo. En otras palabras, es el valor que nos imponemos como seres humanos. La autoestima se construye a partir de la comparación entre lo que creemos que somos, pensamos y hacemos y lo que nos gustaría ser, pensar y sentir. En este sentido, se entiende la autoestima como la distancia existente entre la opinión emocional que tenemos de nuestra personalidad y la personalidad ideal que realmente nos gustaría tener. El perfeccionismo, la autoexigencia, la descalificación constante de nosotros mismos y la eterna comparación con los demás nos roban autoestima. ¿Qué valor te das a ti mismo?

Autoconfianza y autoestima son las dos manifestaciones de la autocreencia, un concepto que se define como la necesidad que tenemos los seres humanos de creer en nosotros mismos para conseguir las metas vitales que nos propongamos. De alguna manera, la autocreencia es el valor que nos damos para movernos en el mundo. La autocreencia otorga al individuo el poder de cambiar y adaptarse a nuevas situaciones. Cultivar la autocreencia nos ayudará a clarificar valores y principios, confiar en nuestros recursos y capacidades, aceptar críticas y errores, aumentar nuestra capacidad de resiliencia y persistir en las acciones orientadas a satisfacer nuestras necesidades u objetivos. ¿Cuál es tu nivel de autocreencia?

En mi opinión, la autocreencia está estrechamente unida al autoapoyo, un término utilizado en las corrientes humanistas de la Psicología, entre ellas la Terapia Gestalt, con el que se alude a la capacidad que tiene uno mismo para cuidarse y expresarse, responsabilizándose de las propias necesidades y desarrollando todo el potencial propio de un ser humano. Tanto el autoapoyo como la autocreencia conllevan un proceso de continua integración y asimilación de la realidad. Y para ello se requiere avanzar en el autoconocimiento, ese proceso de reflexión e introspección que nos permite reconocernos como individuos con características, cualidades, defectos, limitaciones, necesidades, aficiones y temores propios que nos diferencian de los demás. ¿Qué conocimiento tienes de ti mismo? Indaga en ti. Obsérvate, pregúntate, déjate sentir. Descubre tu autopía.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, LECTURAS

Mentalidades contrapuestas

El punto de vista que adoptas para ti mismo afecta profundamente a la forma en que llevas tu vida. Esta es la premisa en la que se basa Mindset. La actitud del éxito, una obra en la que Carol Dweck, profesora de Psicología Social en la Universidad de Stanford, reflexiona –a raíz de experiencias y estudios en el ámbito académico– sobre las mentalidades contrapuestas que estimulan o frenan la motivación, la personalidad y el desarrollo del individuo. Dichas mentalidades contrapuestas son la mentalidad fija y la mentalidad de crecimiento. Esta última, llamada mindset, se define como la capacidad humana de aceptar los defectos, debilidades y otros aspectos negativos del ser humano, y creer que es posible un cambio con la única finalidad de crecer, avanzar y alcanzar el éxito.

La mentalidad fija se articula en base a la creencia de que la inteligencia (y su manifestación en capacidades y habilidades) es estática: las cualidades personales que nos han sido dadas son inamovibles. El individuo que opera bajo este tipo de mentalidad concentra sus recursos en autoafirmarse permanentemente para convencer a los demás –y a sí mismo– de sus talentos. Según Dweck, las personas de mentalidad fija llenan su mente de pensamientos obstaculizadores que los llevan a evitar desafíos, a rendirse ante las dificultades, a minimizar sus esfuerzos, a ignorar cualquier crítica y a percibir los éxitos de los demás como una amenaza para sus propias capacidades. Se trata, por tanto, de una mentalidad determinista: el cambio debe producirse fuera.

La mentalidad de crecimiento, por el contrario, cree posible desarrollar la inteligencia para cambiar y crecer por medio de la dedicación y la experiencia. En palabras de Dweck, el verdadero potencial de una persona es desconocido; es imposible predecir lo que puede conseguirse tras años de pasión, esfuerzo y práctica. La mentalidad de crecimiento, con gran predisposición al aprendizaje, no teme a las dificultades: busca nuevos retos y desafíos, persiste ante los obstáculos, entiende el esfuerzo como un camino hacia el éxito, escucha las críticas para conocer posibles rasgos ocultos de sí mismo e interpreta los éxitos de otros como una fuente de inspiración para su propia superación personal. El mindset, a diferencia de la mentalidad fija, se basa en la creencia en el cambio interior.

¿Qué tipo de mentalidad crees tener? Para comprobarlo, basta con reflexionar sobre la actitud con la que te enfrentas a desafíos, obstáculos, esfuerzos, críticas, comparaciones… Lo bueno es que las mentalidades son creencias que podemos cambiar. ¿Cómo hacerlo? En primer lugar, no dejes que tu mentalidad fija te juzgue: supera sus límites buscando nuevas posibilidades en las que desarrollar necesidades, estrategias o capacidades. En segundo lugar, asume el protagonismo, desde la mentalidad de crecimiento, aceptando riesgos y desafíos –todas las opciones son posibles– hasta implementar el cambio que necesitas. ¿Con qué mentalidad vas a afrontar la semana? Tú decides.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, HERRAMIENTAS DE COACHING

Tira y afloja

Dos equipos, una línea pintada en el suelo, una soga en tensión… ¿Jugamos al tira y afloja? En algunas regiones existen clubes de aficionados que organizan competiciones periódicas del también llamado juego de la cuerda, que tuvo la consideración de deporte olímpico durante las dos primeras décadas del siglo XX. En otros lugares, esta competición de fuerza y resistencia es solo un juego dentro de las clases de gimnasia o de los recreos del colegio. Es probable que, como yo, tengas que remontarte a tu infancia o adolescencia para recordar la última vez que jugaste al tira y afloja. No obstante, la realidad es que jugamos constantemente: todos llevamos dentro una cuerda, más o menos tensionada, que nos confronta con nosotros mismos.

Te invito a reflexionar, por un momento, en cómo se desarrolla tu vida actualmente. Si te sientes satisfecho con lo que eres, haces y tienes, ¡enhorabuena! Si no, es probable que estés librando una batalla interna, un tira y afloja, con dos partes enfrentadas. A un lado, una parte resistente al cambio que intenta atarnos corto; al otro lado, la parte que apuesta por deshacer nudos para vivir nuevas oportunidades y experiencias. Una vez identificados los equipos, toca poner nombre a los jugadores. ¿Qué te sujeta? ¿Qué tira de ti? En un bando estarán –probablemente– el miedo, la inseguridad, la duda; en el otro jugarán la motivación, la ambición, la confianza…

En los extremos de esta soga imaginaria con la que jugamos nuestro propio tira y afloja podemos situar también nuestros deseos y nuestras obligaciones. En general, solemos tener muy bien definidas nuestras responsabilidades (horarios, tareas, rutinas, etc.), pero a veces se nos cuela un jugador invisible, conocido como autoexigencia, que tira firmemente de la cuerda rompiendo el equilibrio de fuerzas. Por su parte, en el campo de los deseos pueden jugar fantasías idealizadas, inconcretas o intangibles (ensoñaciones que aún no hemos transformado en aspiraciones, metas o propósitos) que, distraídas, acaban dando la partida a su rival. También pueden surgir deseos impulsivos que, eludiendo todos los filtros, ponen en peligro las obligaciones a las que nos habíamos comprometido.

La cuerda que estoy evocando en estas líneas es también una representación de nuestro autoconcepto, es decir, la estrecha definición que hacemos de nosotros mismos dentro de la multiplicidad de opciones que nos brinda nuestra personalidad: nos definimos como creemos que somos y no como somos. De esta manera, nos quedamos solo con un aspecto de nuestra personalidad, que repetimos como un patrón, a la vez que tratamos de reprimir el resto jugando al tira y afloja con nuestras polaridades. ¿Qué partes de nosotros mismos nos estamos negando? ¿Qué hacemos para que esas partes, si es que ya las hemos identificado, sigan permaneciendo ocultas? Todas nuestras capacidades y recursos, conocidos o desconocidos, negados o no, se distribuyen a lo largo de la cuerda de nuestra personalidad: basta con tirar de ella o aflojarla según como queramos ser o estar en cada circunstancia.

Decía Aristóteles que la virtud está en el término medio. El punto intermedio de la soga imaginaria con la que jugamos se mueve hacia uno u otro lado, con mayor o menor energía o intensidad, en función de la presión con la que tiramos o aflojamos. Unas veces mediremos nuestras posibilidades para vencer por la mínima, otras querremos arrastrar a nuestro campo a todo el equipo rival. Puede que, en algunas situaciones, comprendamos que debemos ceder y esperar a siguientes partidas para ganar. Tendremos que decidir, en cada momento, la fuerza o la resistencia que queremos aplicar.


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