AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

¿Planificar o improvisar?

La pandemia de enfermedad por coronavirus que estamos viviendo ha obligado a introducir en nuestras vidas una serie de protocolos (lavado frecuente de manos, uso de mascarilla, distancia física en las relaciones interpersonales) con el objetivo de preservar nuestra salud y la de quienes nos rodean. Paralelamente, se han dictado medidas adicionales con el fin de facilitar una “nueva normalidad” en nuestras actividades cotidianas (control de aforo en comercios y espectáculos, disposiciones para la vuelta al colegio, reglamentos de las empresas sobre el uso de las oficinas o el acceso al teletrabajo…).

Algunas de esas medidas –supuestamente planificadas– han sido criticadas por improvisadas. Y aquí surge la pregunta: ¿Son planificar e improvisar estrategias igualmente válidas para hacer frente a una determinada situación? Al hablar de situación no me refiero solo a las circunstancias extraordinarias que estamos viviendo, sino a todos los contextos (familiares, sociales, laborales, económicos o culturales) en los que se desarrolla nuestra vida. Efectivamente, hay personas a las que les resulta más fácil articular sus actividades y proyectos de acuerdo a una planificación previa, y hay personas que son más dadas a la improvisación. Ambas opciones, en cualquier caso, presentan ventajas e inconvenientes.

Planificar nos permite definir una serie de pasos o acciones con los que ir avanzando cada día, manteniéndonos centrados en los objetivos o intereses que pretendemos conseguir. No obstante, una estricta o exigente planificación puede volverse en nuestra contra, sobre todo si no medimos bien el esfuerzo o el impacto que va a suponer cada una de esas acciones. Por otro lado, la planificación, a veces, no es más que un disfraz con el que pretendemos mantenernos ocupados, saltando de unas tareas a otras de acuerdo a lo que dicta la agenda, eludiendo una reflexión profunda sobre lo que de verdad queremos o necesitamos hacer.

Improvisar, por su parte, estimula nuestra creatividad en busca de soluciones, respuestas o propuestas alternativas: la improvisación, bien entendida, es la suma de intuición e imaginación. Sin embargo, improvisar también conlleva riesgos como actuar siempre a salto de mata, escogiendo opciones cortoplacistas que se olvidan de cualquier perspectiva de futuro y que ignoran el efecto que puede tener una respuesta improvisada, en términos de coherencia, en el resto de actividades sobre las que articulamos nuestra existencia (no olvidemos que las dimensiones del ser humano –física, mental, emocional…– están estrechamente interrelacionadas).

Planificar e improvisar fallan estrepitosamente cuando no se ha conjugado previamente otro verbo: planear. Planear no es solo hacer planes: es diseñar proyectos y objetivos que nos ayuden a dar sentido a lo que somos y a lo que hacemos. Sin un propósito, cualquier planificación o improvisación estará abocada al fracaso. Hoy te animo a identificar, si aún no lo tienes, el propósito con el que guiar tus pasos en el curso que ahora comienza. Sondea tus necesidades, explora tus inquietudes y ponte manos a la obra. ¿Cuál es tu plan?


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Aplicaciones del coaching personal

Cuando, en este contexto de popularización –y a veces, indefinición– del coaching, me preguntan en qué consiste mi trabajo como coach, suelo responder que mi misión es acompañar a personas, empresas, organizaciones y colectivos interesados en impulsar procesos de planificación de objetivos, toma de decisiones, mejora de habilidades de comunicación interna y externa, gestión de tiempo o cualquier otro proceso de cambio y transformación que crean necesitar. Pero… ¿de qué objetivos, decisiones, habilidades o procesos estamos hablando? En este artículo me gustaría hacer un repaso de algunas de las situaciones o circunstancias que se pueden trabajar, específicamente, desde el coaching personal.

Veamos, por ejemplo, algunas de las situaciones problemáticas –y a la vez desafiantes– que nos podemos encontrar en el ámbito laboral: falta de entendimiento con nuestro jefe, relaciones tóxicas o envenenadas con nuestros compañeros de trabajo, protocolos o procedimientos que consideramos absurdos o ineficaces, ausencia de directrices precisas sobre lo que se espera de nosotros… Puede que, de tanto repetir las mismas tareas, hayamos perdido la confianza en el resto de competencias profesionales de las que disponemos para optar a nuevas oportunidades de empleo dentro o fuera de la empresa. Incluso podemos sentir la necesidad de reinventarnos profesionalmente y no saber cómo hacerlo. ¿Qué hacer con todo esto? Podemos adoptar una posición victimista o, por el contrario, tratar de ser proactivos en la búsqueda de cambios que nos permitan construir una nueva realidad en la que estar, al menos, algo más cómodos y confiados.

En el ámbito de la educación también hay situaciones que pueden ser abordadas desde el coaching. Pienso, por ejemplo, en los problemas que suelen encontrar los estudiantes en la planificación y organización del tiempo de preparación y estudio que van a dedicar a cada asignatura o en la selección de las materias o titulaciones con las que complementar su formación académica. Pienso, a la vez, en las dificultades que afrontan universitarios y doctorandos en la preparación de sus trabajos finales de grado o máster o de sus tesis doctorales: si bien cuentan con una dirección que les da soporte en cuanto a contenidos, tal vez necesiten asistencia para la coordinación de los esfuerzos de documentación, redacción e investigación que requieren este tipo de trabajos, así como para su lectura o presentación pública. Esto vale también para profesores estancados en la preparación de sus clases o en la publicación de artículos académicos con los que reforzar su posición.

Repasemos, además, las aplicaciones del coaching en el ámbito del ocio, el tiempo libre y las relaciones. ¿Quién no ha encontrado resistencias al tratar de implantar en su vida nuevos hábitos y rutinas con los que alcanzar loables propósitos saludables o relacionales? Tal vez tengamos dificultades para encontrar propuestas de ocio que no sean una huída o evasión de la realidad, sino una auténtica forma de autorrealización y conexión con nosotros mismos que nos permita, a la vez, explorar nuevos talentos y habilidades hasta ahora ocultos o ignorados. O puede que queramos explorar alternativas con las que mejorar la comunicación y el entendimiento –fomentando el autocontrol, poniendo los límites que sean necesarios– con nuestra pareja, familia, amigos o, en general, grupos de personas con los que interactuamos habitualmente.

Estos son solo algunos ejemplos de situaciones que se pueden afrontar con el coaching, pero hay muchas más: hay tantas circunstancias como personas. El coaching, en cualquier caso, es una invitación a un proceso de autoconocimiento que, mediante preguntas y herramientas, promueve –en un clima de confianza y colaboración mutua– la apertura de nuevas perspectivas y la creación de escenarios de cambio en los que cada persona, en función de sus posibilidades, pueda identificar sus necesidades, encontrar sus propias respuestas y desarrollar al máximo su potencial. ¿Necesitas coaching?


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De la misión a la acción

En toda recopilación de frases motivacionales (ya sea en libros, agendas o calendarios) suele aparecer una cita de Edmundo Hoffens que dice la única diferencia entre un sueño y un objetivo es una fecha. Esto es coaching: crear o moldear una visión de futuro (el sueño), concretar nuestras ilusiones o ambiciones en una misión (el objetivo) adaptada a la realidad que vivimos y a nuestras competencias y capacidades y fijar una serie de acciones o pasos para alcanzar dicha misión en un plazo determinado (la fecha). De esta forma, el sueño se hace tangible y se convierte en una meta que, con más o menos esfuerzo, podremos alcanzar.

Tener presente la misión a lo largo de todo el proceso es el motor del cambio. Pensar en los beneficios, mejoras o recompensas que vamos a obtener cuando consigamos la meta incentiva nuestra motivación y moviliza nuestra energía. ¡Todo objetivo tiene que ser siempre estimulante! La misión es la referencia o la pauta que guía nuestras acciones: ya no es una ensoñación o fantasía incoherente, dispersa y aparentemente irrealizable, sino un propósito concreto en nuestro camino de crecimiento y realización personal, relacional, laboral o social.

No obstante, la misión, por muy deseada que sea, puede convertirse en una pesada losa en la que, si nos descuidamos, podemos quedar sepultados o paralizados. Todo objetivo conlleva, en mayor o menor medida, un gran esfuerzo y desgaste, y habrá momentos en los que nos sentiremos abrumados por todo lo que conlleva aquello que pretendemos alcanzar. Nuestras fuerzas flaquearán e incluso, si no reformulamos la situación de forma correcta, asomará en el horizonte la idea de abandonar.

Por eso conviene relativizar, hasta cierto punto, la misión que pretendemos conseguir. En mi opinión, el objetivo es una referencia a la que ir y volver en nuestra vida cotidiana: aunque nos señala la dirección en la que queremos avanzar, debe dejar todo el protagonismo a las acciones (etapas, pasos, herramientas) que hemos planificado para lograr nuestro propósito. ¿Qué pequeños logros estamos alcanzando? ¿Qué cambios sutiles se van produciendo en nuestra vida? ¿Qué estamos aprendiendo? En el día a día, no importa tanto la meta como el camino que recorremos para alcanzarla.


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A vueltas con el Coaching

El comienzo de un nuevo curso es, junto al inicio de un nuevo año, uno de los momentos que consideramos más adecuados para proponernos nuevos objetivos y metas vitales. Todos tenemos, en mayor o menor medida, recursos suficientes para afrontar cambios y desafíos. No obstante, no siempre nos resulta fácil emprender nuevos propósitos o aventuras. ¿Quién no se ha sentido alguna vez atascado, desorientado o desmotivado? ¿Quién no ha tenido, ante situaciones concretas, dudas sobre el alcance de su propio potencial? Por eso existe, entre muchas otras, la figura del coach, ese profesional que te acompaña, apoyado en tu responsabilidad y en tu compromiso, desde donde estás ahora hasta donde realmente quieres estar (según la definición de coaching de la Asociación Española de Coaching, ASESCO).

El coaching, lamentablemente, sigue siendo una disciplina cuestionada, especialmente por parte de algunos profesionales (afortunadamente, no todos) de la psicología, la psiquiatría o la medicina. Se nos acusa de ser vendehúmos o vendedores de milagros; se nos critica por ser una formación no reglada, dependiente de asociaciones o escuelas privadas (como ocurre en muchos otros sectores profesionales), olvidando que los másteres de coaching más reconocidos y valorados se ofertan, precisamente, en universidades públicas; y nos denuncian, también, por nuestra supuesta intervención o injerencia, como pseudociencia, en el ámbito sanitario. No niego que haya casos de mala praxis, pero para mí la frontera está clara: el coaching no es, ni pretende ser, una psicoterapia (de hecho, son disciplinas que, en un momento dado, pueden ser complementarias).

Efectivamente, hay situaciones, respuestas y comportamientos diagnosticados como patologías que requieren una intervención desde el ámbito clínico con profesionales específicamente formados para ello. Pero hay también muchos otros problemas, vitales o sociales, que se manifiestan de forma puntual y que distan mucho de ser problemas psicológicos. Aquí entran, en el día a día, las dificultades para conciliar nuestras necesidades o expectativas con las obligaciones y compromisos que arrastramos en nuestra vida cotidiana, el malestar que nos produce la falta de eficacia en la gestión de nuestro tiempo, las dudas ante eventuales procesos de toma de decisiones, las resistencias que nos impiden planificar correctamente nuestros objetivos, la incertidumbre ante un cambio de hábitos…

En mi opinión, hay espacio para todos los profesionales que creemos y apostamos por el crecimiento y el desarrollo personal… siempre que lo hagamos con honestidad y aportando al cliente la información necesaria sobre nuestra manera de trabajar. En coaching lo hacemos, según el Libro Blanco que regula nuestra profesión, acompañando a nuestros clientes en la definición de objetivos, a través de un proceso estructurado en el que se irán generando nuevas posibilidades, habilidades y escenarios de aprendizaje, con el fin de producir cambios estables y duraderos alineados con su entorno, sus valores y sus creencias. Si quieres avanzar, acompañado, en tu autoconocimiento, busca el profesional que mejor se adapte a ti, infórmate sobre su acreditación y metodología de trabajo y adéntrate, sin miedo, en el camino.


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Tres palabras, un método

Comienza un nuevo curso. ¿Qué planes tienes? Quizá tengas por delante nuevos retos a los que enfrentarte (nuevo trabajo, nuevos estudios, nuevos proyectos…), quizá no haya nada novedoso en perspectiva y solo aspires a no caer en los mismos errores o frustraciones que marcaron el curso anterior. En cualquier caso, conviene identificar y enfocar prioridades para cultivar y mantener la ilusión y alcanzar, con mayores probabilidades de éxito, los objetivos que nos propongamos. En concreto, quiero sugerirte un método en tres claves –visión, misión y acción– para que, sean cuales sean las perspectivas del nuevo curso, tengas claro cuál es tu camino a seguir.

VISIÓN. Conviértete, por un momento, en un visionario. Imagina cómo quieres que sea tu vida en el nuevo curso que comienza. ¿Qué es lo que vas a hacer? ¿Hacia dónde vas a dirigir tus esfuerzos? ¿En qué quieres convertirte? Deja volar la imaginación y la fantasía, conecta con las sensaciones que te despiertan las cosas que te gustan, te motivan o te estimulan. ¿Cómo sería tu vida si pudieras dar entrada o dedicar más espacio a otras motivaciones? Ahora, visualízate en junio, en el final del curso que ahora comienza, e identifica las emociones que van surgiendo en esta ensoñación. ¿Te gusta el camino que se abre ante ti? ¿Te ves transitándolo? ¿Te imaginas alcanzando las metas que te has propuesto?

MISIÓN. ¿Ya tienes tu visión del futuro? ¡Perfecto! El siguiente paso es transformar esa visión en una misión con instrucciones claras y concretas que te permitan llegar a la meta. Para ello, lo más útil es responder, de forma concisa, a los honestos sirvientes de los que hablaba Rudyard Kipling: sus nombres son qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué. ¿Qué es lo que quieres conseguir exactamente? ¿Con quién o quiénes lo vas a hacer? ¿Cómo lo vas a lograr? ¿En qué fechas y en qué lugares? El por qué, a mi juicio, no es relevante: lo importante es para qué. ¿Para qué quieres alcanzar esa meta que te has propuesto? ¿Qué te va a aportar en tu crecimiento personal o en tus relaciones sociales? Es muy importante ajustarse a un principio de realidad: debemos definir un propósito realista, ajustado a nuestras capacidades y competencias, que dé coherencia a nuestra misión.

ACCIÓN. Definida la misión, es el momento de pasar a la acción. Elaborar un plan de acción es muy sencillo: tomando como referencia las respuestas a las preguntas que nos planteábamos en el epígrafe anterior, diseñaremos un calendario con los gestos, las acciones, los recursos o las herramientas que vamos a emplear para alcanzar el propósito que nos hemos fijado. Conviene valorar, en este punto, los posibles costes de nuestra misión: la apuesta por una meta concreta puede implicar sacrificios o renuncias (personales, relacionales o económicos) a tener en cuenta. Del mismo modo, sería aconsejable revisar la validez de herramientas o recursos aplicados, con fortuna o sin ella, en misiones precedentes. En definitiva, se trata de encontrar las opciones más adecuadas, en el momento actual, para lograr nuestras metas.

Visión, misión y acción. ¿Parece fácil, verdad? No obstante, no siempre es sencillo identificar o encontrar el modo de poner en práctica lo que realmente queremos hacer. A veces, fagocitados por un mundo de compleja apariencia, somos incapaces de ver lo obvio… y nos enredamos en respuestas que poco o nada tienen que ver con las preguntas. Si estás en esta situación, y necesitas un cambio de perspectiva, no dudes en iniciar un proceso de coaching: aquí encontrarás el acompañamiento necesario para implementar estas tres claves –visión, misión y acción– en tu vida.


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Coaching, una actividad profesional

La Asociación Española de Coaching (ASESCO), de la que formo parte, celebró en Madrid el pasado sábado, 16 de marzo, una Jornada para la Profesionalización del Coaching y el Desarrollo de Personas y Organizaciones. El acto, encuadrado en la conmemoración del 18º aniversario de la fundación de ASESCO, se articuló en torno a la presentación de El Libro Blanco del Coaching, un texto que –como se indica en su introducción– pretende aportar a esta disciplina una herramienta que le dé valor y que sitúe a la profesión en el lugar que le corresponde.

Si miramos a nuestro alrededor, el coaching parece estar de moda: la radio y la televisión incorporan coaches en sus programas estrella, se multiplica la publicidad de coaching en redes sociales, proliferan anuncios en marquesinas y farolas… Pero… ¿es realmente coaching todo lo que se oferta? Como señala El Libro Blanco del Coaching, la etiqueta coaching se ha extendido a otras actividades alejándose de la propia definición de coaching, de la motivación subyacente que da lugar a los procesos de coaching y de las funciones (e incluso competencias) de los profesionales del coaching.

En este sentido, El Libro Blanco del Coaching define esta disciplina como un proceso de acompañamiento, no directivo y orientado a la acción, en el que un profesional (coach) acompaña a su cliente (coachee) a conseguir objetivos concretos. Es el cliente quien define sus propios objetivos: el coach facilita, con su trabajo, que su cliente se apropie de los recursos internos de los que dispone, o a los que puede acceder, para lograr dichos objetivos. Esa labor facilitadora –o catalizadora– se realiza, con discreción y sencillez, desplegando un repertorio de herramientas –escuchadoras y acompañantes, como sugiere el texto– que permiten al cliente avanzar hacia la consecución de las metas que se ha propuesto.

Todo proceso de coaching incluye dos componentes fundamentales: responsabilidad y compromiso. El cliente se compromete con el proceso participando activamente en la definición de sus objetivos y en la identificación y refuerzo de los recursos que necesita para alcanzar sus metas. Además, se hace responsable de las decisiones que va adoptando durante el proceso. El compromiso y la responsabilidad del coach, por su parte, se manifiestan en competencias profesionales tales como la definición de un acuerdo de coaching (previa verificación de que el coaching es la disciplina más apropiada para las demandas del cliente), la creación de un espacio de confianza mutua, la escucha activa, la formulación de preguntas poderosas, la comunicación directa, la capacidad de estimular y ampliar la conciencia del coachee, la planificación de las metas definidas por el cliente, el diseño de las acciones que conducirán a su consecución y la gestión del proceso de acuerdo a estándares de ética y confidencialidad.

En el contexto actual de falta de regulación es fácil confundir el coaching con otras disciplinas como psicoterapia, asesoría, consultoría, mentoring, formación… (en realidad, el coaching puede considerarse una disciplina técnica complementaria a todas ellas). Conviene tener claro, por tanto, que el coaching persigue fomentar –desde el presente, con orientación a futuro– el crecimiento personal y profesional de sus clientes, centrándose en cuestiones concretas y desarrollando habilidades y capacidades que les permitan conseguir sus metas u objetivos. Esa es la esencia del coaching. Las herramientas concretas que se aplicarán en los procesos dependerán de la formación y creatividad de cada coach, siempre de acuerdo a dicha filosofía. Como afirmaba José Miguel Gil Coto, presidente de ASESCO, durante la presentación, es hora de tomar conciencia de la importancia de nuestro trabajo y hablar de coaching en términos profesionales.


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El escalador frente a la cumbre

Este fin de semana he tenido ocasión de participar en una excursión a la Peña Muñana, una formación granítica situada junto a la localidad de Cadalso de los Vidrios, al suroeste de la Comunidad de Madrid. Según indican las guías, se trata de una ruta de baja dificultad (la cumbre se encuentra a poco más de 1.000 metros de altitud). No obstante, la suave ascensión inicial se torna más intensa, y algo exigente, a medida que nos acercamos a la cumbre. El paseo me ha suscitado dos reflexiones. La primera, el bienestar físico y emocional que supone contactar periódicamente con la naturaleza. La segunda, la importancia de una correcta planificación antes de emprender cualquier aventura.

Acompañados de una experta que nos iba explicando las características del paisaje, hemos completado la ascensión a la cumbre en cuatro etapas. La primera de ellas transcurría entre el inicio de la ruta, junto a las últimas casas del municipio, y un gran lanchar desde el que se podían observar los distintos tipos de bosque que íbamos a atravesar durante la subida. La segunda etapa concluía en unas formaciones rocosas frente a las grandes canteras –heridas de resplandecientes colores blancos– que rodean la zona. La tercera etapa terminaba al pie del tramo más duro del camino, junto a un sendero desde el que se podía divisar todo el pueblo. La cuarta etapa, con final en la cumbre, coronaba el recorrido con espectaculares vistas del Cordel de San Vicente, de la unión de la Sierra de Guadarrama con la Sierra de Gredos y de las Cabreras de San Juan.

Resulta difícil perderse en este tipo de excursiones: el guía conoce el lugar, la ruta aparece recogida en diversos planos, el camino está señalizado con pinturas o marcas labradas sobre la roca… Sin embargo, aún quedan nuevos caminos de ascensión por descubrir. ¿Cómo hacerlo? Los alpinistas, a la hora de definir la ruta más adecuada para alcanzar la cumbre, no empiezan por el punto de partida, sino por la cima: ¿dónde debo estar, justo antes de alcanzar la cumbre, para coronar la montaña con garantías de éxito? Una vez que encuentran respuesta para esta pregunta, se formulan la siguiente: ¿cuál es la mejor posición anterior para llegar a ese penúltimo paso previo a la cumbre? Y así sucesivamente. La planificación de su estrategia se basa en la reconstrucción del recorrido al revés, desde el final hasta su inicio.

Giorgio Nardone, experto en Terapia Breve Estratégica y Problem Solving Estratégico, propone aplicar la metodología de los alpinistas a la resolución de problemas y a la planificación de metas vitales al considerar que este procedimiento, basado en una estrategia mental contraintuitiva, evita el trazado de rutas que desvían del objetivo y permite seguir el camino más fácil hacia la cima. La llamada Técnica del Escalador permite fraccionar el objetivo final en objetivos más pequeños creando una serie de escalones con el fin de identificar el primer paso (la acción más pequeña y concreta posible) a seguir. De esta manera, quedan planificadas todas las etapas que será necesario cumplir para alcanzar el objetivo final.

Seguir la hoja de ruta facilitará la consecución de resultados. Eso sí, en el camino hacia la cumbre, aún siguiendo las etapas planificadas, es posible que surjan imprevistos e imponderables que habrá que ir afrontando según vayan apareciendo. En estos casos, mantener la mirada fija en la cumbre nos ayudará a adaptar o corregir la estrategia para resolver las incidencias. No tiene sentido caminar sin rumbo fijo o improvisar sobre la marcha: así solo conseguiremos desviarnos de nuestro objetivo. La vida es una sucesión de cordilleras con montañas de diferentes alturas y dificultades. ¿Sabes ya cuál es la próxima cima a escalar?


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Hoy empieza todo

Hoy empieza todo. Siempre me ha gustado el nombre de este programa de radio, que también se ha utilizado como título de canciones y películas. Cada día es un nuevo comienzo, una nueva oportunidad para poner en marcha nuevas ideas y proyectos, experimentar con nuevas formas de estar en el mundo y de tratar con los demás o, al menos, para corregir o redimir los errores o las incoherencias que cometimos el día anterior. No obstante, solemos empeñarnos en esperar a fechas significativas para iniciar procesos de cambio. ¿Quién no ha pensado, cada 31 de diciembre, sus propósitos para el nuevo año? ¿Quién no se ha hecho promesas al soplar las velas de la tarta de cumpleaños? ¿Quién no se ha dicho “en septiembre, a la vuelta de las vacaciones, empiezo”?

Las fechas con significado colectivo, como el fin de año o el inicio del curso escolar, pueden suponer un impulso colectivo para nuestros propios planes y proyectos. Son fechas emblemáticas para apuntarse al gimnasio, retomar las clases de idiomas o intentar dejar de fumar. En mi caso, me dejo contagiar por los cambios que, por estas fechas, se producen en las programaciones de los medios audiovisuales, sector en el que he trabajado durante varios años: cambian presentadores y grafismos, se lanzan nuevos formatos, algunos programas cambian de hora –e incluso de cadena– de emisión… Esta tensión de cambio me estimula para impulsar mi propio proceso de cambio y crecimiento, configurando mi propia parrilla de programación. Pero, ¿cómo hacerlo?

Te animo a dedicar unos minutos a hacer una lista de las cosas que te gustaría hacer en este nuevo curso que hoy comienza. ¡Cuidado! No te precipites. Muchas veces, al confeccionar este tipo de listas, escribimos de carrerilla deseos o intenciones que ya figuraban en listas que pesamos o escribimos años atrás… y que nunca hemos llevado a cabo. Puede que entonces no se dieran las circunstancias para luchar por ellos, pero también puede ocurrir que aquello que nos interesaba tanto no nos motive ahora de la misma forma. Por tanto, despeja tu mente y empieza de cero. Desde lo que tú eres a día de hoy, y desde tus circunstancias actuales, ¿qué te gustaría hacer este curso? ¿Cuáles son tus objetivos? Por supuesto, se trata de pensar en cosas que dependan en gran medida de ti mismo. Ganar un premio de lotería no es algo que se deba incluir en este tipo de listas.

Una vez que has identificado lo que realmente te gustaría hacer este curso, piensa en los beneficios que te aportará cada una de las cosas que hayas incluido en la lista. La sociedad de mercado en la que vivimos entiende el beneficio en términos económicos o de productividad, pero hay otras recompensas, quizá más importantes, cuando se trata de un empeño propio: ¿qué ganarás, emocionalmente hablando, si consigues lo que has apuntado en la lista? ¿Qué aportará a tu crecimiento y desarrollo personal? Conectando aspiraciones y emociones aumentan las posibilidades de éxito. Después del qué y el para qué, piensa en el cómo –¿cuál es el primer paso que puedes dar para conseguir tus objetivos?– y en el cuándo –toda meta requiere una planificación temporal–. Y no olvides preguntarte con quién: quizá puedas hacerlo por ti mismo, quizá te convenga asociarte con otras personas que persigan los mismos objetivos, quizá necesites acudir a un coach que pueda acompañarte en el proceso.

La ilusión compartida de fechas simbólicas como el comienzo de un nuevo curso suele desvanecerse rápidamente cuando surgen las primeras dificultades: a veces somos muy ambiciosos al plantearnos objetivos y su consecución choca con la rutina o las responsabilidades diarias. Por eso, te sugiero ser prudente y realista al diseñar tus metas: no planifiques más de las que vayas a ser capaz de cumplir. Recuerda que todo cambio se articula a partir de unas circunstancias concretas que no podemos soslayar. En cualquier caso, un contratiempo no es una derrota. Hay tiempo para rectificar. Y para empezar de nuevo sin necesidad de esperar a fechas emblemáticas. No lo olvides: hoy empieza todo. ¿Te vas a dar la oportunidad?


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Cambio de planes

En esta época del año es frecuente planificar dos cosas. Por un lado, las vacaciones. ¡Aún quedan rezagados que no han escogido su destino o que no han sabido hasta última hora si iban a poder disfrutar de unos días de descanso! Por otro lado, los más previsores han comenzado a preparar el próximo curso académico/escolar. En cualquiera de los casos, y para todos los objetivos que nos propongamos en la vida, es posible que lo que tuviéramos pensado no pueda llevarse a cabo. Quizá ya no quedan habitaciones en ese hotel que nos gustaba, quizá no sale esa plaza de promoción interna que esperábamos, quizá se suspende ese curso que tanta ilusión teníamos en hacer…

¿Cómo afrontas estos contratiempos? Algunos optan por el victimismo: parece que, en vez de buscar soluciones, es mejor quejarse. Esta respuesta –está comprobado– estanca nuestro crecimiento personal y, por repetición, agota a las personas que se ven obligadas a soportar nuestras quejas. Otros, por el contrario, apuestan por la proactividad. En este grupo se integran aquellos que, conscientes del papel protagonista que les toca asumir en cualquier proceso personal de toma de decisiones, se mantienen activos focalizando toda su energía en la búsqueda de soluciones o alternativas. Los primeros se quedan quietos, los segundos se mueven.

Si estás leyendo este blog, presumo que eres una persona proactiva o que intenta serlo. Pero… ¿qué clase de proactividad practicas? Solemos buscar respuestas, soluciones o alternativas similares al plan o al objetivo fallido que habíamos planificado inicialmente, pero no siempre encontramos propuestas u ofertas afines. Llegado el caso, podemos sentirnos frustrados. Por eso, te animo a ser proactivo desde la creatividad: vuelve a soñar –de nuevo– con la meta que te gustaría conseguir, explora todas las opciones que se presentan ante ti, no temas hacer algo distinto a lo que habías pensado. Dicen que todos los caminos conducen a Roma, pero no siempre tenemos que ir por el mismo.

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