AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un mundo extraño

Extraneza

Desde la habitación del hospital se ven unas vistas espectaculares de la ciudad. En primer plano, el Faro de Moncloa, flanqueado por el Cuartel General del Ejército del Aire, el Museo de América y el Rectorado de la Universidad Complutense. Detrás, trazando un semicírculo mientras se extiende la mirada hacia el horizonte, aparecen las cúpulas de las iglesias del centro de Madrid, el Palacio de Vistalegre, el Hospital Central de la Defensa (punto de referencia arquitectónica para quienes alguna vez vivimos en esta zona de la periferia de la ciudad), los altos bloques de pisos de Aluche y Batán, la Ciudad de la Imagen, las antenas de Prado del Rey…

Aunque me dejo atrapar, por un momento, por las vistas que encuadra el ventanal, el cadencioso sonido del dispensador de oxígeno de alto flujo me hace volver, de golpe, a la realidad. Las vistas se convierten en un decorado desvaído, en una inmensidad vacía.

A pie de calle, la ciudad me confunde. Después de meses de confinamientos y restricciones, la llamada nueva normalidad es, de nuevo, un espacio de corrillos y aglomeraciones. El verano, entendido como un oasis, parece propicio para el bullicio y el ajetreo. En el camino de vuelta a casa, vuelve a haber atascos. Las grandes obras del centro de la ciudad apuran unos plazos que ya nada tienen que ver con las previsiones iniciales. Yo, sumergido en mis preocupaciones, no puedo evitar sentirme raro frente a la corriente de hedonismo llevado al límite, trivialidad y postureo que aflora, a poco que se rasque, en muchos comportamientos sociales.

La algarabía y el movimiento de las calles contrasta con la calma y la serenidad que encuentro, días después, en el cementerio. Curiosamente, desde el camposanto también es posible admirar las vistas de la ciudad, aunque con el eje cambiado: lo que antes quedaba a la derecha ahora está a la izquierda. De nuevo, localizo el Rectorado, el Faro y las cúpulas de San Francisco el Grande y la Almudena; se ven también los edificios de la Plaza de España, los campanarios de la Santa Cruz y de la Beata María Ana de Jesús, Torrespaña… Me invade el deseo de permanecer en el silencio, de dedicarme por un tiempo a la observación y a la contemplación de un mundo que, ahora mismo, me cuesta entender.

Tengo, en definitiva, la sensación de vivir en un mundo extraño. Pero también comprendo que, en realidad, el mundo –como la vida– siempre ha sido así, con sus contrastes, sus contradicciones, sus paradojas… El cambio principal es que, a partir de ahora, tendré que explorar este mundo en orfandad, sin la posibilidad de compartir con mi padre las cosas que vayan pasando. ¡Hasta siempre, papá!


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un rayo de sol

Solsticio

Siempre me han llamado la atención las construcciones arquitectónicas que, gracias a su estudiado emplazamiento, cobran vida, en determinados momentos del año, con los fenómenos solares.

Una de estas emblemáticas construcciones es el complejo megalítico de Stonehenge, construido al sur de Inglaterra entre el final del Neolítico y el comienzo de la Edad de Bronce (unos 2.500 años a.C.). El conjunto, dispuesto en forma de círculo, consta de piedras de enorme tamaño y altura, distribuidas por pares, sobre las que se disponen otras piedras de forma adintelada. Durante el solsticio de verano –en estos días, precisamente–, el sol asoma por el horizonte atravesando el eje de la construcción, alineándose a la perfección con cada una de las piedras del monumento.

Otra de estas construcciones se encuentra en Nubia, al sur de Egipto, donde se levanta el conjunto de templos de Abu Simbel. El complejo, construido en torno al año 1.200 a.C., fue trasladado a un emplazamiento cercano en la segunda mitad del siglo XX para evitar que sus monumentos quedaran anegados por la construcción de la presa de Asuán. Pese al traslado, el complejo monumental mantiene uno de sus principales atractivos: durante el período comprendido entre los 60 días anteriores y posteriores al solsticio –esta vez, el solsticio de invierno–, los rayos del sol penetran hasta la parte más profunda del gran templo iluminando tres de las cuatro estatuas sedentes allí ubicadas.

Hasta aquí dos ejemplos de arquitectura y astronomía que me sirven para plantearos –y plantearme– la siguiente pregunta:

¿Y nosotros? ¿Nos dejamos tocar por la luz?

A veces, no, porque preferimos vivir agazapados entre las sombras, en un mundo de penumbras insatisfactorias que, pese a todo, acaban por resultarnos cómodas y útiles para escapar de cualquier foco que pueda dejar al descubierto una realidad muy lejos de nuestras expectativas y anhelos.

A veces, tampoco, porque optamos por vivir a la carrera, al amparo de una falsa sensación de movimiento y dinamismo que, como la rueda del hámster, a la larga nos deja aburridos, frustrados y exhaustos… en nuestro intento de buscar fuera lo que ya está dentro de nosotros.

En estos días de solsticio, déjate tocar por la luz de la toma de conciencia, de la aceptación y de la serenidad. Y así, poco a poco, irán ganando espacio los rayos de sol de la autenticidad.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Deletreando resiliencia

Este mes se ha cumplido un año desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara, tras los elevados casos de contagio del COVID-19 que se estaban registrando entonces, que la nueva enfermedad por coronavirus no era un brote circunscrito a determinados países, sino una pandemia de impacto global. Desde entonces, nuestra vida se ha visto expuesta a situaciones más o menos complejas –duelos, convalecencias, confinamientos, restricciones, limitaciones, dificultades para encajar en lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad…– que nos han puesto a prueba y nos han obligado a desarrollar eso que llaman resiliencia.

¿Resiliencia? ¿Pero no es esa una cualidad de unos pocos escogidos?

La resiliencia es, efectivamente, el término técnico que se utiliza para referirse a la capacidad de la que dispone una persona para afrontar y superar situaciones traumáticas, adversas o perturbadoras. Lamentablemente, como suele ocurrir con las grandes palabras, su significado se diluye a veces debido a la grandilocuencia y complejidad del término, limitándose su uso para aludir únicamente a gestas extraordinarias o excepcionales. Y no debería ser así: la capacidad de resiliencia es inherente a todos los individuos y se manifiesta también, dentro de las posibilidades de cada uno, en situaciones comunes, ordinarias o generalizadas.

Para facilitar la comprensión de la palabra resiliencia, hoy propongo deletrearla para encontrar, a su vez, otros términos que puedan resultarnos más próximos, cercanos o tangibles para tomar conciencia, si aún no lo la tenemos del todo, de nuestra propia capacidad para afrontar y superar, como personas resilientes, lo que la vida nos ponga por delante. Vamos con ello:

R de… Sin duda, la palabra más asociada a resiliencia es resistencia. Ante una situación sobrevenida, prevalece nuestro deseo e interés por seguir adelante, aun sabiendo que será un camino difícil. Nuestra mente, sin embargo, nos intentará boicotear lanzando masivamente pensamientos negativos y creencias limitantes sobre nuestra capacidad para continuar. Para escapar de ese barullo mental, tenemos a nuestra disposición una herramienta básica que nos permite anclarnos en lo que realmente somos: la respiración. Otras palabras asociadas a resiliencia, con la letra ‘R’, son responsabilidad (la habilidad de responder), reto (toda situación cambiante supone un desafío) y rebote (uno de los significados primigenios que se puede encontrar en el análisis etimológico de resiliencia).

E de… La primera palabra que me viene a la cabeza es esfuerzo: al fin y al cabo, hay que adaptarse a una nueva realidad, y eso conlleva hacer ajustes que trastocan desde nuestras rutinas hasta nuestros comportamientos. Lo mejor, en estos casos, es permitirse estar, tomar conciencia de lo que está pasando y, desde ahí, encontrar el empuje que necesitamos para actuar de forma resiliente aceptando y transformando, en la medida de nuestras posibilidades, nuestra realidad circundante.

S de… Sorpresa y susto, cuando la realidad trastoca nuestros planes o remueve los cimientos de nuestra zona de confort. ‘S’ de silencio cuando, en vez de perder la fuerza por la boca instalándonos permanentemente en la queja y en el victimismo, actuamos de forma proactiva buscando soluciones y salidas. Y, por supuesto, ‘S’ de ser, conectando con las sensaciones que habitan en lo más profundo de nuestro interior.

I de… La letra “I” es, dentro de la palabra resiliencia, una letra infatigable. En esta primera aparición podríamos vincularla con el ejercicio de introspección que nos exige, a todos los niveles, cualquier situación de perturbación o amenaza. No es posible encontrar respuestas si no sabemos antes, con la mayor exactitud posible, qué nos está pasando. Y, aún sabiéndolo (o, al menos, sospechándolo), no siempre habrá respuestas claras: la resiliencia implica desarrollar nuestra intuición, confiar en esa sabiduría propia que escapa a los límites del pensamiento racional.

L de… No hay resiliencia sin lucha. Como ya indiqué antes, hay que hacer un esfuerzo para superar los obstáculos o las dificultades que hayan aparecido en nuestro camino y encontrar nuestro lugar en la nueva realidad derivada de ellos. Luchar exige dar un paso al frente, y eso moviliza nuestro liderazgo interior, es decir, el desarrollo o la búsqueda de recursos y habilidades que residen, latentes o escondidas, en la paleta de colores con la que se da forma al gran lienzo en blanco de nuestro potencial.

I de… La introspección y la intuición de las que hablaba antes abren la puerta a la investigación y a la imaginación. ¿Qué podemos hacer distinto y cómo lo podemos hacer?

E de… Sumemos aquí, al esfuerzo, al estar y al empuje, otras dos cualidades: la esperanza (la confianza en lo que hacemos y en los resultados que esperamos lograr) y la empatía (aunque ser resilientes nos obliga a mirar a nuestro interior, conviene no olvidar que somos seres en relación y que cada persona a nuestro alrededor actúa, en sus procesos de cambio y transformación, de acuerdo a sus propios principios, valores y capacidades).

N de… La primera palabra que me evoca la letra ‘N’, en relación a la resiliencia, es nacimiento. Al fin y al cabo, algo queda atrás y surge espacio para lo nuevo. Sé consciente de tus necesidades a la hora construir la nueva realidad en la que anhelas vivir.

C de… No hay resiliencia si no tomamos conciencia del momento en el que estamos y si no nos abrimos a explorar y desarrollar las capacidades a nuestro alcance para hacer frente a la nueva situación que se ha cruzado en nuestro camino. Conciencia y capacidades acrecentarán nuestra confianza, que a su vez impulsará nuestra creatividad para encontrar una nueva forma de ser y estar en el mundo.

I de… Todo lo anterior, incorporado a nuestra vida, puede servir de inspiración para nosotros mismos, cuando tengamos que afrontar nuevos desafíos en el futuro, y también para otros que, en un momento dado, puedan considerarnos como ejemplo o referente para desarrollar su propia resiliencia.

A de… A modo de resumen, tres palabras que encierran todo el significado de la resiliencia: la aceptación (no podemos avanzar si no aceptamos los cambios que se producen alrededor o dentro de nosotros), la apertura (entendida como la exploración y búsqueda de nuevas formas de encajar e interrelacionar con el mundo que nos rodea) y el autoconocimiento (la mirada interior y la confianza en los recursos propios de los que disponemos).

Estas son las palabras que se me han ocurrido deletreando resiliencia. ¿Qué otras palabras se te ocurren a ti? Si entendemos esas palabras como cualidades, ¿cuáles tienes más desarrolladas? ¿Y cuáles crees que tienes que entrenar o mejorar? Tal vez la resiliencia sea, también, buscar formas de ser aún más resilientes.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Volver a ti

En los relatos sobre viajes iniciáticos o de autodescubrimiento suele haber un personaje que trata de disuadir al héroe con frases del tipo No intentes conocerte a ti mismo, no te traerá nada bueno. El objetivo de este personaje no es otro que persuadir al héroe, aún en proyecto, para que se mantenga en su zona de confort, en los límites actuales en los que se desarrolla su existencia, y preservar, a la vez, el statu quo de la comunidad, cuyos principios y valores podrían quedar cuestionados si el héroe completa su viaje.

La advertencia sobre los riesgos del autoconocimiento no está solo en los relatos de ficción, sino también en esto que llamamos realidad. A nuestro alrededor –más lejos o más cerca, según los casos– hay determinados contextos sociales muy reticentes a cualquier proceso de cambio, bien por un instinto de protección mal entendido o bien por un burdo interés por mantener relaciones de control o dependencia. Por otro lado, muchas veces somos nosotros mismos los que autocensuramos caminos de exploración y reconocimiento por el dolor y el sufrimiento que supone, en ocasiones, confrontar nuestros intereses, contradicciones o anhelos.

Atendiendo a estas advertencias, presiones o exigencias, aparcamos nuestro autodescubrimiento y lo sustituimos por un permanente esfuerzo de camuflaje con los disfraces y las caretas que más se ajustan a la imagen que los demás esperan de nosotros o a la imagen que nos exigimos nosotros mismos. Con el tiempo, disfraces y caretas se convierten en armaduras y máscaras rígidas que, más que ayudar a su propósito inicial de mejorar nuestro encaje en el mundo, acaban por sumergirnos en un profundo mar de limitaciones. Aun así, no concebimos nuestra vida sin disfraz y, antes que vernos desnudos, preferimos ocupar nuestro tiempo en confeccionar parches y remiendos.

De esta manera, el viaje de la vida se convierte en una huida hacia adelante que nos aleja, cada vez más, de lo que realmente somos. A la carrera, como el hámster en la rueda, es muy difícil parar, y la imposibilidad de detenernos nos empuja a correr todavía más. Con más rutinas, con más compromisos, con más distracciones. Parar, eso queremos, pero frenar en seco nos causaría, efectivamente, mucho dolor. ¿Cómo actuar entonces?

Hoy te propongo entrenar la observación y la reflexión con los pequeños detalles que envuelven tu vida. Escoge, al final de la jornada, algún gesto que hayas realizado durante el día y analízalo. ¿De qué te ha servido? ¿Qué te ha aportado? ¿Qué necesidad has cubierto? ¿Qué has evitado al hacer este gesto y no otro? La rueda seguirá girando pero, poco a poco, irás dejando espacio para el autoconocimiento y el autodescubrimiento… e irás volviendo hacia ti.


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Gestos y primaveras

–¿Os habéis fijado en la escena en que…?

Ocurre a menudo cuando comentamos en grupo, con familiares, amigos o conocidos, una serie o película: alguien –tal vez cualquiera de nosotros– destaca una escena, una situación o un gesto que le ha resultado especialmente revelador… y el comentario suscita respuestas dispares, desde la resonancia de quienes también se sintieron reconocidos o identificados con ese pasaje hasta la indiferencia de quienes no le dieron importancia o ni siquiera se fijaron en ese momento concreto. Cada uno observa o evita, de forma consciente o inconsciente, aquello que de una manera u otra despierta sus anhelos, deseos, fantasías, necesidades, temores, frustraciones o contradicciones.

En las series y películas que he visto en los últimos días he encontrado algunos gestos que no solo me han llamado la atención, sino que también han supuesto una punzada emocional: unos amigos se besan y abrazan después de un tiempo sin verse, unos abogados estrechan sus manos tras cerrar un acuerdo en un bufete, unos chavales comparten una bolsa de patatas fritas mientras charlan en un parque… Las series y películas en las que aparecen estas escenas fueron rodadas justo antes del inicio de la pandemia y recogen, por tanto, situaciones contemporáneas… que eran cotidianas antes de que las mascarillas, los geles hidroalcohólicos y la distancia interpersonal se instalaran en nuestras vidas.

¿También a ti te llaman la atención estos gestos? ¿O soy yo, que estoy más sensible?

Las sensaciones que me producen estas escenas son diversas. A veces, me descubro preocupado por los personajes implicados, que –trasladados al contexto actual– podrían quedar expuestos a un contagio o ser sancionados por el incumplimiento de las medidas de prevención y protección frente al coronavirus. En otras ocasiones, siento envidia de no poder participar de ese tipo de gestos, tal vez nostalgia también. La mayor parte de las veces, eso sí, el sentimiento predominante es la esperanza de que, antes o después, será posible ir retornando a esa afectividad gestual, física, que ahora me estremece en series y películas. Es curioso: la ficción es la realidad que añoramos; la realidad que vivimos nos parece, pese al tiempo transcurrido desde el comienzo de la pandemia, un relato de ficción, una pesadilla de la que acabaremos por despertar.

En el horizonte hay algunas señales prometedoras: la tercera ola de la pandemia se da por finalizada, la vacunación de la población se va generalizando, siguen las investigaciones para encontrar nuevos tratamientos… y, con estos destellos al fondo, se lanzan discursos muy optimistas de cara al verano. En este punto, me gustaría hacer una llamada a la responsabilidad individual y colectiva: la experiencia nos ha demostrado una tendencia a desescalar demasiado rápido. La cantante Elena Iturrieta, conocida como ELE, puso música y voz, durante 2020, a una campaña de publicidad que incluía un verso que no se me va de la cabeza: pero, por ver el verano, no pierdas la primavera. La primavera del confinamiento estricto de cuyo inicio se va a cumplir un año; la primavera, aún en pandemia, que está por comenzar.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, METÁFORAS

Luces en la noche

Aquella noche, se sintió desorientado. ¡Qué raro! Conocía bien aquel lugar, lo había recorrido muchas veces. Se sabía prácticamente de memoria el escarpado desfiladero por el que caminaba, e incluso podía adentrarse con los ojos cerrados en el espeso bosque que lo circundaba. Ese desfiladero y ese bosque habían sido, hasta ahora, lugares en los que escapar de la realidad, evitar situaciones aparentemente incómodas y, en definitiva, huir de uno mismo.

Aquella noche, sin embargo, esos espacios ya no servían como refugio. Los estrechos senderos del bosque se habían llenado de maleza que enredaba a nuestro personaje en remordimientos y culpas. Las aristas del desfiladero, por su parte, lo atrapaban en su huida. En vez de escapar, se sentía cada vez más encerrado y oprimido. Se había convertido, de repente, en víctima de su propio victimismo. Desde ahí, la realidad de la que intentaba evadirse no parecía tan hostil o amenazante.

Pero… ¿cómo volver a la realidad después de hacer tantos esfuerzos para evitarla?

Apenas sin darse cuenta, una primera luz se había encendido en su interior: la luz del aquí y el ahora, del presente. Descubrió que se estaba perdiendo un momento único e irrepetible al dejar que su existencia dependiera de los sombríos parajes que imaginaba para el futuro y de los fantasmas del pasado de los que trataba de escapar. Y probó a acentuar la conexión con el presente con la respiración, sin duda la mejor herramienta para anclarse en cada instante.

Reconfortado por su propia respiración, atisbó una segunda luz: la luz del darse cuenta, de la toma de conciencia. En el flujo inhalación-exhalación, se permitió un espacio para, poco a poco, identificar sus sensaciones y emociones. Allí estaban el miedo y la ira, los motores de su carrera cada vez más rápida por el desfiladero. Allí estaban, también, la tristeza y el dolor, compañeros inseparables en el viaje al centro más profundo del bosque. Y allí estaban, inevitablemente, la alegría y la gratitud que supone vivir la experiencia de uno mismo, sean cuales sean las circunstancias.

Los pensamientos, por supuesto, pugnaban por tomar el control. Pero no era momento de pensar, era momento de sentir.

Y, en ese sentir, apareció la tercera luz: la luz de la responsabilidad. Tenía, a su alcance, dos opciones: huir de nuevo, vagando una vez más por automatismos y circunloquios, aun sabiendo de antemano que esta alternativa no va a servir de nada… o afrontar la realidad, aceptándola tal cual es, y tratando de sacar el máximo partido –el mayor aprendizaje– de cada experiencia que nos presenta la vida en su devenir. Sí, puede que esta opción no sea fácil. Sí, puede que esta opción sea la más auténtica.

Las luces del aquí y el ahora, el darse cuenta y la responsabilidad son las claves de la Terapia Gestalt, de la que ya he hablado previamente en este blog, y son, para mí, las bases de una filosofía que intento tener presente en todos los ámbitos de mi vida. Unas veces, estas luces serán tan débiles como la luz de una vela. Otras, por el contrario, nos cegarán como un potente foco. Sea como sea… ¡enciende tus luces!


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Pequeñas películas

Volvía a casa ya de noche y, al doblar la esquina, entré en un tramo de acera que, a causa de unas obras, se estrechaba dejando solo una zona de paso entre una valla opaca y una zona ajardinada. Según avanzaba, vi a tres chavales detenidos unos metros más adelante. Uno de ellos estaba agachado colocando algo junto al bordillo que separaba la acera del césped. Los otros dos, de pie junto a él, observaban atentamente sus movimientos.

¿Qué estarán tramando estos chicos?

Cabe decir que soy miope y que mi agudeza visual disminuye por la noche. Además, llevaba las gafas empañadas por el efecto de la mascarilla, de modo que mi capacidad de percepción era limitada. Los chavales estaban aún lejos como para escuchar sus conversaciones, y había tráfico en la calzada.

Pero… ¿qué estarán haciendo estos chicos?

El vacío de la percepción, el no tener toda la información sobre lo que estaba ocurriendo pocos metros delante de mí, activó en mí la búsqueda de pensamientos –argumentos– que pudieran explicar lo que ya había calificado, de forma instintiva, como comportamiento misterioso de esos adolescentes.

Y así, lo primero que me vino a la cabeza fue que el chaval que permanecía agachado estaba colocando un petardo en una grieta del bordillo. Y lo siguiente que pensé es que los tres se iban a echar unas risas, a mi costa, haciendo explotar el petardo a mi paso (no venía nadie de frente y, si prendían el petardo en ese momento, yo iba a ser el primero en pasar). También vi muy claro que, aun sabiendo que podía explotar un petardo, el sonido me iba a hacer estremecer.

He aquí un ejemplo de cómo, ante la falta de información, interpretamos –y completamos– la realidad que nos rodea sacando conclusiones a partir de estereotipos o prejuicios que confirman nuestras creencias o validan experiencias previas. Rellenamos los huecos con clichés y etiquetas, y cuanto más grande son esos huecos, más grande es la película que nos montamos.

Y eso estaba haciendo yo aquella noche: montarme una peli.

Porque, según me acercaba, los chavales se pusieron contra la valla mirando fijamente el punto del bordillo en el que supuestamente habían colocado el petardo. Al llegar a su altura, justo cuando iba a pasar entre ellos y el bordillo, obtuve –ya con la percepción totalmente activa– toda la información de la escena y me detuve. No escuché la explosión de ningún petardo. En su lugar, vi un destello de luz: el flash del teléfono móvil que uno de los chicos había colocado estratégicamente en el bordillo para tomar una fotografía de los tres –un selfie– delante del dibujo que alguien había pintado en la valla.

Hubo algo que sí explotó esa noche, pero en mi cabeza: las ideas preconcebidas. ¿Cuántas de esas hay en tu vida? ¿Qué películas te estás montando tú?


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La vieja normalidad

¿Qué fue de la nueva normalidad? Escribo estas líneas desde Madrid, ciudad en la que resido y en la que se hace evidente, según todos los indicadores, el empuje de la segunda ola de la pandemia de enfermedad por coronavirus que estamos viviendo. Entre marzo y mayo –los meses más duros de la primera oleada– comprobamos que la COVID-19 había venido para quedarse un tiempo entre nosotros, y esa fue la razón por la que se dictaron medidas de desescalada hacia una nueva normalidad en la que convivir con el virus –a la espera de una vacuna o de tratamientos más eficaces– de forma ordenada y controlada.

Al final, la nueva normalidad se ha reducido al uso cotidiano de mascarilla y gel hidroalcohólico (medidas esenciales, desde luego). Todo lo demás, sin embargo, se sigue haciendo como antes: seguimos en la vieja normalidad. Pensaba en la posibilidad de grandes acuerdos y reformas estructurales, pero la política –ese espectáculo– sigue más preocupada por su imagen y su reflejo en las encuestas de intención de voto que por el impacto real de la crisis sanitaria. Se adoptan medidas, sí (limitaciones de aforos, restricciones a la movilidad)… pero muchas de ellas son improvisadas y, en ocasiones, peregrinas o contradictorias.

Confiaba en un refuerzo de los servicios públicos (sanidad, educación, servicios sociales, dependencia…), pero su situación sigue siendo precaria y su sostenimiento se debe exclusivamente a la vocación y a la entrega de profesionales y centros. Y esperaba una apuesta decisiva por nuevos modelos de crecimiento económico sostenidos en el tiempo. Pero no: la desescalada se precipitó, entre otros motivos, por el empeño de sacar el máximo beneficio en el menor tiempo posible, sin preocuparse por lo que pudiera venir después (incluida una nueva paralización de la actividad económica). Es el mercado, amigos.

Y esperaba que la nueva normalidad nos hiciera mejores personas. ¿Cómo olvidar el esfuerzo de adaptación que hicimos durante el confinamiento para seguir, en la medida de lo posible, con nuestra vida personal, social, laboral, académica o cultural? ¿Cómo olvidar, también, la solidaridad que manifestamos en aquellos meses? ¿En qué ha quedado el aprendizaje –para unos llevadero, para otros traumático– de una experiencia inédita, hasta ahora, para nosotros? Me temo que, al final, han prevalecido los cantos de sirena de la despreocupación y el exceso de confianza.

Pero yo no me resigno, y sigo creyendo –llámame autópico– que la nueva normalidad es posible. Al menos, en lo que se refiere a nuestra forma de ser, sentir y actuar respecto a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. ¿Y si nos liberamos de los parches, las mentiras o el maquillaje con los que ocultamos o tratamos de disimular la realidad que nos envuelve? ¿Y si asumimos nuestras responsabilidades, en vez de eludirlas? ¿Y si buscamos propósitos con los que guiar y motivar nuestra vida? ¿Y si, aunque sea por una vez, actuamos con honestidad, humildad y coherencia? Como ves, la nueva normalidad está a nuestro alcance. ¿Quieres llegar allí?


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Pinceladas de otoño

Martes, 22 de septiembre, 15:31 horas. En este momento ha dado comienzo en España el otoño astronómico, una estación en la que asistiremos, un año más, a una transformación paulatina en el paisaje, con la entrada de una nueva paleta de colores, y al sucesivo acortamiento de los días, fenómeno que se hará más evidente a finales de octubre con el cambio oficial de hora.

En las siguientes semanas, la luz ambiental adquirirá una tonalidad más cálida (el sol irá perdiendo altura en el horizonte) y la actividad vegetal entrará progresivamente en una fase de ralentización (debido a una inhibición en la fabricación de clorofila) que dará lugar a las coloraciones amarillas, marrones y ocres propias de esta época del año.

Para algunos, la luz suave y la calidez de los colores (a veces tibios y apagados) convierten al otoño en sinónimo de nostalgia. El esplendor de la primavera y del verano queda ya atrás, y la nueva estación se presenta como un fin de ciclo, como una sucesión de imágenes que, inevitablemente, se van desdibujando hasta fundirse en blanco con la inmensidad del invierno.

Las estaciones están interrelacionadas entre sí y, efectivamente, no hay otoño sin primavera, pero tampoco hay primavera sin otoño. Por eso, la estación que hoy comienza puede ser una oportunidad para un nuevo comienzo. ¿Cómo? Por ejemplo, prestando atención a sus colores y, más concretamente, al significado de cada uno de ellos.

El color marrón, quizá el más asociado al otoño, es el color de la madurez, concepto que se define como la suma de aprendizaje y experiencia. ¿Cuáles son tus aprendizajes? ¿Cuáles tus experiencias? El otoño es una época propicia para actualizarse y reconocerse. ¿Cuántas veces seguimos actuando de acuerdo a parámetros pasados que ya no van con nosotros? La nueva estación es una invitación a vivir con responsabilidad y coherencia.

El color ocre es el color de la sabiduría. Hoy en día, el ocre aparece como color normalizado en los catálogos de pintura, pero en realidad no es estrictamente un color único, sino una serie de tonalidades de amarillo, dorado, marrón, beis, naranja e incluso rojo englobadas en una misma definición. Tal vez sea esa la clave de la sabiduría: ver los matices en los que se descompone la realidad de nuestra vida, de nuestro entorno o del contexto en el que vivimos.

El color amarillo, finalmente, es el color de la creatividad. Es un color que llama la atención, y quizá su presencia es la que hace despertar esa fascinación que muchos sentimos por los paisajes del otoño. Pero, al igual que la creatividad, el amarillo no es un color creado exclusivamente para su contemplación: la creatividad no está fuera, sino dentro de nosotros. ¿Qué puedes hacer tú este otoño para ser o mostrarte más creativo?

Por último, aunque sea una metáfora manida, no quiero resistirme a hacer una mención a uno de los fenómenos propios del otoño: la caída de la hoja. Si la naturaleza, en su infinita sabiduría, hace que los árboles se despojen de sus hojas para dar lugar, más adelante, a hojas nuevas, ¿qué nos impide a nosotros soltar y liberarnos de todo aquello a lo que vivimos aferrados? Dejemos que caigan las hojas: unas se las llevará el viento, otras nos servirán de abono para crecer.

Martes, 22 de septiembre, 15:31 horas. Es el momento de atreverse a soltar. Es el momento de abrirse a nuevos colores. ¡Bienvenido sea el otoño!


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