AUTOPÍAS, ENEAGRAMA, HERRAMIENTAS DE COACHING

Múltiples personalidades

Un anti-test de personalidad

Personalidades

Lo confieso: yo soy de aquellos que, de vez en cuando, cae en la tentación de hacer alguno de esos test de personalidad que se incluyen en revistas o que se pueden encontrar en páginas web. Estos test, como cualquier otro material que pueda caer en nuestras manos, pueden darnos pistas para reflexionar y, de alguna manera, intentar suavizar nuestras aristas. No obstante, es frecuente que acabemos utilizando estos test para justificarnos en determinados comportamientos y actitudes sin hacer ningún propósito de cambio.

Para evitar caer en esa autojustificación, hoy te propongo un ejercicio en el que lo importante no es tanto ver en qué tipo de personalidad encajas, sino identificar qué se mueve en ti respecto a esos otros grupos de personalidad que crees que no van contigo, que te resultan indiferentes o de los que directamente reniegas. El ejercicio se basa –generalizando– en las nueve personalidades –eneatipos– que describe el Eneagrama, una herramienta de autoconocimiento de la que ya hablé en la entrada La cuadratura del círculo.

¿Comenzamos? Encontrarás, para cada eneatipo, tres preguntas.

[1] El Reformador. A grandes rasgos, el eneatipo 1 define a personas perfeccionistas, idealistas, ordenadas, metódicas, puntuales, pulcras y detallistas… que, en un momento dado, pueden ser incluso demasiado rígidos, críticos e intransigentes tanto consigo mismo como con los demás. Sintonizan con aquellos que demuestran claridad, sinceridad y excelencia y recelan de aquellos que manifiestan comportamientos cambiantes o transgreden las normas.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 1?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 1?

[2] El ayudador. El eneatipo 2, en líneas generales, engloba a personas atentas y dedicadas que ponen todo su empeño en agradar a los demás, satisfaciendo todas sus necesidades (reales o imaginadas)… y olvidándose de las suyas propias. A veces, pueden mostrarse demasiado solícitas o intrusivas. Buscan calidez y cercanía en sus relaciones; les desagrada la frialdad o la falta de disponibilidad de los demás.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 2?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 2?

[3] El triunfador. El eneatipo 3, siguiendo con las definiciones a vuelapluma, se refiere a personas prácticas, eficientes y competitivas preocupadas por alcanzar éxitos y logros con los que mantener una determinada posición o estatus. Un exceso de competitividad las lleva, en ocasiones, a mostrarse frías y camaleónicas. Reniegan de aquellos que manifiestan comportamientos victimistas y, especialmente, de aquellos que muestran indiferencia hacia sus logros.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 3?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 3?

[4] El individualista. El eneatipo 4 define a personas muy interiorizadoras que se caracterizan por su hipersensibilidad, timidez, introversión y ensimismamiento. Son muy creativas, pero también muy temperamentales. Suelen sentirse diferentes a los demás y esto deriva, en ocasiones, en sentimientos de autocompasión y autoindulgencia. Admiran la sensibilidad y la delicadeza y detestan la superficialidad.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 4?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 4?

[5] El investigador. Siguiendo con las definiciones de trazo grueso, el eneatipo 5 incluye a personas analíticas e intelectuales, con gran capacidad de observación e interés por cuestiones complejas y/o abstractas. Su pasión por el análisis les hace estar, en ocasiones, más preocupados por sus interpretaciones que por la realidad misma. Se sienten estimulados por la innovación y la curiosidad. Por el contrario, les desagrada la presión y las reacciones emocionales.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 5?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 5?

[6] El leal. El eneatipo 6 engloba a las personas preocupadas por encontrar ámbitos de seguridad y estabilidad donde puedan manifestar y encontrar fiabilidad, lealtad, apoyo, protección y compromiso. A la vez, son personas ambivalentes, en la medida en que no acaban de confiar del todo en las intenciones de los demás. Detestan la ambigüedad y la arrogancia.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 6?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 6?

[7] El entusiasta. El eneatipo 7 se refiere a personas que necesitan estar permanente estimuladas para escapar de la rutina y del aburrimiento. Se caracterizan por su optimismo, su espontaneidad y su capacidad de despreocupación. Su hiperactividad conduce, a veces, a un estado de insatisfacción que, a su vez, promueve la búsqueda de nuevos estímulos. Recelan del pesimismo y de la falta de flexibilidad de los demás.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 7?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 7?

[8] El desafiador. La principal preocupación de las personas incluidas en este eneatipo, según una definición genérica, es ser autosuficientes e independientes. Son personas emprendedoras que buscan nuevos retos con los que poner a prueba su capacidad de seguridad, fortaleza, franqueza y superación personal. En ocasiones pueden manifestarse orgullosos, egocéntricos e incluso agresivos. Detestan la intimidación y el victimismo.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 8?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 8?

[9] El pacificador. El eneatipo 9, en líneas generales, engloba a personas conciliadoras y complacientes que tienden a fusionarse con las necesidades del otro sin poder reconocer y satisfacer las suyas propias. Temen los conflictos, y por eso se adaptan en exceso a las condiciones que imponen los demás. Huyen, por tanto, de cualquier situación que suponga confrontación o turbulencia.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 9?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 9?

Hasta aquí el ejercicio. Seguro que has encontrado, en cada eneatipo, cualidades o adjetivos con los que te identificas. Habrá también, sin duda, características que te dejan indiferente. Y, por supuesto, habrá rasgos que te rechinan o te molestan. Es ahí, a mi juicio, donde debes enfocar tu reflexión. El aprendizaje personal consiste, muchas veces, en enfrentarnos a aquello que nos incomoda.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Volver a ti

En los relatos sobre viajes iniciáticos o de autodescubrimiento suele haber un personaje que trata de disuadir al héroe con frases del tipo No intentes conocerte a ti mismo, no te traerá nada bueno. El objetivo de este personaje no es otro que persuadir al héroe, aún en proyecto, para que se mantenga en su zona de confort, en los límites actuales en los que se desarrolla su existencia, y preservar, a la vez, el statu quo de la comunidad, cuyos principios y valores podrían quedar cuestionados si el héroe completa su viaje.

La advertencia sobre los riesgos del autoconocimiento no está solo en los relatos de ficción, sino también en esto que llamamos realidad. A nuestro alrededor –más lejos o más cerca, según los casos– hay determinados contextos sociales muy reticentes a cualquier proceso de cambio, bien por un instinto de protección mal entendido o bien por un burdo interés por mantener relaciones de control o dependencia. Por otro lado, muchas veces somos nosotros mismos los que autocensuramos caminos de exploración y reconocimiento por el dolor y el sufrimiento que supone, en ocasiones, confrontar nuestros intereses, contradicciones o anhelos.

Atendiendo a estas advertencias, presiones o exigencias, aparcamos nuestro autodescubrimiento y lo sustituimos por un permanente esfuerzo de camuflaje con los disfraces y las caretas que más se ajustan a la imagen que los demás esperan de nosotros o a la imagen que nos exigimos nosotros mismos. Con el tiempo, disfraces y caretas se convierten en armaduras y máscaras rígidas que, más que ayudar a su propósito inicial de mejorar nuestro encaje en el mundo, acaban por sumergirnos en un profundo mar de limitaciones. Aun así, no concebimos nuestra vida sin disfraz y, antes que vernos desnudos, preferimos ocupar nuestro tiempo en confeccionar parches y remiendos.

De esta manera, el viaje de la vida se convierte en una huida hacia adelante que nos aleja, cada vez más, de lo que realmente somos. A la carrera, como el hámster en la rueda, es muy difícil parar, y la imposibilidad de detenernos nos empuja a correr todavía más. Con más rutinas, con más compromisos, con más distracciones. Parar, eso queremos, pero frenar en seco nos causaría, efectivamente, mucho dolor. ¿Cómo actuar entonces?

Hoy te propongo entrenar la observación y la reflexión con los pequeños detalles que envuelven tu vida. Escoge, al final de la jornada, algún gesto que hayas realizado durante el día y analízalo. ¿De qué te ha servido? ¿Qué te ha aportado? ¿Qué necesidad has cubierto? ¿Qué has evitado al hacer este gesto y no otro? La rueda seguirá girando pero, poco a poco, irás dejando espacio para el autoconocimiento y el autodescubrimiento… e irás volviendo hacia ti.


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AUTOPÍAS, METÁFORAS, REFLEXIONES

Pasar por el aro

¿Quién no ha pasado alguna vez por el aro?

Todos nos hemos tenido que enfrentar, y nos seguimos enfrentando, a situaciones en las que, contra nuestra voluntad, nos vemos obligados a ceder o a someternos a las demandas o pretensiones de otras personas. Bien sea mediante la persuasión, o directamente bajo la coacción, acabamos actuando como animales de circo –fieras con gran potencial interior– que, fustigados por un domador, se ven obligados a saltar a través de un aro envuelto en llamas.

O peor aún, y más difícil todavía, pasamos por los aros que impone nuestra propia voluntad. ¿Cuántas veces no somos nosotros mismos los que nos empeñamos en pasar por los aros de los muchos tengo que con los que nos cargamos cada día? Tal vez esos aros, más cotidianos, sean tan vistosos como un aro en llamas, pero son igualmente difíciles de atravesar. Puede que sean aros estrechos como el ojo de una aguja, difícil de enhebrar, o aros más holgados como tuberías o conducciones subterráneas que nos sumergen en un mundo de sombras y oscuridad.

De una u otra forma, seguimos pasando aros… e incluso buscamos nuevos aros que atravesar, como si no hubiera otra forma de transitar por el mundo.

Y así, entretenidos en la pista central, pasando de un aro a otro, nos olvidamos de que el circo de nuestra vida pone a nuestra disposición otras opciones, otras alternativas. Están, por ejemplo, las pistas auxiliares, aquellas a las que podemos recurrir para desviar el foco de tanto aro y centrar la atención en otros estímulos, en otros emergentes. Y están también, fuera de la carpa, las caravanas y los carromatos a los que podemos retirarnos para tomar un descanso, reflexionar y preparar nuestro próximo número, quizá menos vistoso y para un público tan amplio y reducido a la vez como nosotros mismos.

Siempre que pienso en el circo, y en su riqueza metafórica, me acuerdo de un cuento de Jorge Bucay titulado El elefante encadenado. En esta historia, el autor se pregunta por qué un elefante de gran porte y tamaño se deja amarrar, antes y después de la función, a una pequeña estaca que podría derribar, sin duda, con el empuje de su peso. La respuesta que encuentra es que el elefante, siendo una cría, no tuvo fuerza suficiente para soltarse y, después de repetidos esfuerzos, dejó de intentarlo.

Puede que muchos de esos aros que, según creemos, tenemos que atravesar, sean –en este momento de nuestra vida– como esa insignificante estaca que sujeta al elefante. ¿Por cuántos aros nos empeñamos en pasar sin mirar si quiera si hay otra salida?


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un balance alternativo

El calendario nos habla estos días de transición y cambio. Hoy, 21 de diciembre, se produce la gran conjunción entre Júpiter y Saturno, una ocasión propicia –según los astrólogos–  para dejar atrás nuestras estructuras de pensamiento y comportamiento más anticuadas. Este lunes tendrá lugar, también, el solsticio de invierno, un fenómeno astronómico asociado a la idea de renovación y renacimiento que encuentra su representación social en celebraciones religiosas como la Navidad, evento que viviremos en pocos días. La próxima semana, en Nochevieja, asistiremos al cambio de ciclo que supone dar la bienvenida a un nuevo año. Y finalmente, una vez que hayan pasado los Reyes Magos, trataremos de recuperar la (nueva) normalidad volviendo –¿con ganas?– a nuestras rutinas habituales.

La pandemia que estamos viviendo, con las restricciones asociadas, condicionará las celebraciones y los encuentros previstos para estos días, dando un mayor valor emocional –si cabe– a estas fechas. Las limitaciones nos harán conectar –previsiblemente– con todas las renuncias que hemos tenido que ir haciendo a lo largo del año, especialmente durante los meses de confinamiento. Y es probable que la frustración, el cansancio y el hartazgo acumulados incentiven nuestro deseo de pasar página para entrar en un 2021 en el que recuperar la confianza y la esperanza y retomar nuestra vida (o lo que creíamos como tal) después de un año en blanco.

Pasar página. Borrar 2020 de un plumazo.

Efectivamente, 2020 ha sido un año duro a causa de las afecciones que ha causado la pandemia en todas las dimensiones del ser humano (física, emocional, social, laboral, cultural, económica…). Cada uno sabe las pérdidas y las renuncias a las que ha tenido que hacer frente, y todas ellas estarán muy presentes –casi con exclusividad– a la hora de hacer el balance del año que ahora termina. Sin embargo, estoy seguro de que en este 2020 también te han pasado otras (pequeñas) cosas que conviene rescatar –y poner a salvo– para vivir con garantías ese proceso de transición y cambio que, consciente o inconscientemente, se pone en marcha en esta época del año. He aquí las tres preguntas básicas que debes formularte para hacer el auténtico balance del 2020:

1. ¿Qué? Indudablemente, el qué de 2020 ha sido el coronavirus Covid-19, tanto la enfermedad en sí como sus repercusiones en todos los ámbitos. Toda nuestra vida ha girado este año en torno a la pandemia y sus consecuencias. Pero… ¿y si en vez de centrarnos en el dolor o en la frustración que nos ha causado, miramos más allá? ¿Qué otros qué han marcado este año? Recuerda los logros que has conseguido, los retos que has superado, los desafíos a los que te has enfrentado. No hace falta que sean grandes gestas: basta con pequeños gestos o actos cotidianos en los que te hayas sentido realizado. Tal vez puedas pensar que, con la que está cayendo, estos logros, retos o desafíos quedan en un segundo plano. ¿Vas a minusvalorar aquello que te hace crecer?

2. ¿Cómo? Es evidente que la pandemia nos ha obligado a introducir cambios en nuestra vida cotidiana. Usamos mascarillas, cargamos con botes de gel hidroalcohólico, intentamos mantener una distancia física con las personas con las que interactuamos… y tratamos de encajar, como mejor podemos, en lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad (protocolos en los centros de trabajo, recomendaciones para eventos sociales y actos culturales, etc.). ¿Cómo lo hemos hecho? ¿Cómo lo seguimos haciendo? Piensa en todas las estrategias y maneras de hacer que has aplicado en los últimos meses en tu vida personal, social, laboral… ¿Qué recursos propios has descubierto? ¿Cuáles de ellos quieres mantener?

3. ¿Para qué? Continúa el debate sobre las causas o los fundamentos –el por qué– de la expansión masiva del coronavirus y de las medidas que se han ido aplicando para frenar o controlar la transmisión de la enfermedad. No faltan, como todos sabemos, teorías conspiranoicas. Sin menoscabo de que, como ciudadanos, reclamemos seriedad, rigor y transparencia en la información sobre el coronavirus, centrarnos exclusivamente en el por qué puede ser un error de foco. Pensemos, a la hora de hacer balance de 2020, en el para qué. ¿De qué te ha servido todo lo que ha pasado este año? ¿Qué has aprendido de ti? ¿Qué sentido le das? ¿Y qué impacto ha tenido este 2020 en tus valores personales? ¿Han cambiado, se han hecho más fuertes?

Ojalá este año haya ayudado a abrir espacios de reflexión personal inéditos hasta ahora. Felices fechas de transición y cambio. Felices fiestas.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un festivo en el día

Pensaba al despertar este lunes, festivo en varios lugares de España, en cómo nos gusta mirar el calendario laboral (o la planificación de jornadas de trabajo, en el caso de quienes trabajan a turnos) para sacar el máximo partido a los días de fiesta, sobre todo si se dan pegados a los fines de semana o a otros días de libranza o vacaciones. ¿Tú lo haces?

Unas veces, miramos el calendario para encontrar fechas en las que planificar un viaje o una escapada (al menos, así era antes de que la pandemia trastocara nuestros hábitos). Otras veces, en cambio, buscamos solo un día extra en el que desconectar, evadirnos de la realidad que nos envuelve y dedicarnos a lo que realmente nos gusta o nos apetece. El día a día, según parece, no nos da para todo lo que queremos hacer en la vida.

Me temo que, efectivamente, vivimos atrapados en la rutina.

De lunes a viernes, nos dejamos enredar por el trabajo. Y los sábados y domingos nos dedicamos a hacer todo aquello que no nos ha dado tiempo a hacer entre semana (tareas domésticas, compra, cocina, compromisos que debemos atender…). Puede que, tal vez, encontremos algún momento para nosotros, pero será efímero y su recuerdo se desvanecerá rápidamente en la vorágine cotidiana.

Por tanto, ponemos nuestras esperanzas en los días festivos que nos trae el calendario… que, aunque disfrutados, pasarán también como un suspiro (con sonido quejumbroso, lastimero o nostálgico incluido).

¿Cómo salir de esta rueda?

Hoy te propongo no depositar todas tus ilusiones o esperanzas en esos días festivos que el calendario reparte caprichosamente a lo largo del año, sino actualizarlas de forma constante buscando un momento festivo en cada día. Resérvate unos minutos al despertar, a lo largo del día o antes de acostarte (recuerda que cada uno es dueño de su propio tiempo) para contactar con tus auténticas necesidades y celebrar –¿es un momento festivo, no?– lo que realmente eres, sientes, haces o tienes. Un momento para convertir lo ordinario en extraordinario.

Hay tantas maneras de celebrar como personas: cada uno tendrá que encontrar la suya. Pero la celebración no será auténtica y genuina si no incluye estos tres elementos fundamentales:

–Una reflexión sobre lo que está ocurriendo, en estos momentos, en nuestra vida.

–Una toma de conciencia sobre lo que somos y sobre el lugar que ocupamos en el mundo.

–Un agradecimiento expreso por las cosas que ya tenemos (tendemos a fijarnos en la carencia sin darnos cuenta de que vivimos rodeados de abundancia).

Nos seguirá faltando tiempo. Pero, probablemente, seremos un poco más felices. ¡Buen día festivo!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

El análisis de la parálisis

Probablemente habrás escuchado alguna vez la expresión parálisis por análisis, un concepto que se suele emplear para aludir a esas situaciones de bloqueo que se producen por la acumulación y reiteración de pensamientos sobre un determinado asunto, proyecto o decisión a adoptar. En estos casos, el exceso de información –infoxicación– y la reflexión obsesiva sobre el tema en cuestión llevan al cerebro a un colapso que impide cualquier movimiento o acción lastrando así nuestra confianza y nuestra motivación.

La parálisis por análisis es más frecuente en aquellas personas que, como yo, funcionamos en un plano mental e intelectual a la hora de entender e interactuar con el mundo que nos rodea. No obstante, es un fenómeno que le puede pasar a cualquiera, incluso a personas más emocionales o viscerales: basta con dar rienda suelta al perfeccionismo y la autoexigencia.

¿Te identificas con esto de lo que estoy hablando?

Se dice que la parálisis por análisis es una forma activa de procrastinación: nos entretenemos en dar vueltas y vueltas a las cosas retrasando indefinidamente la elección, decisión o puesta en marcha del proyecto que queremos emprender. En un primer momento, puede parecer que estamos activos buscando información adicional o complementaria al excedente de información que ya tenemos, y en eso justificaremos nuestro retraso a la hora de actuar. Sin embargo, pronto nos descubriremos atrapados en el círculo de insatisfacción y frustración del miedo al fracaso.

Aquí van unos consejos para afrontar (y evitar) la parálisis por análisis:

1) Contacta con tus valores propios, esos que te definen como persona y orientan tu camino. Recuerda cuál es el para qué de la decisión o proyecto sobre el que tienes que actuar.

2) Reduce el volumen de información que, de forma consciente o inconsciente, hayas ido recopilando: quédate con lo relevante y elimina (o aparta, de momento) lo accesorio. Practica lo que se denomina la ignorancia selectiva: omite todos los detalles que entorpezcan o disfracen las variables principales de la ecuación.

3) A continuación, escoge una opción que te parezca satisfaciente, es decir satisfactoria y suficiente (en inglés, satisficing). No se trata de buscar la solución perfecta, sino una solución práctica y razonable que nos permita salir del bloqueo y pasar de pantalla. Ya habrá tiempo más adelante para moldear esta solución y, en su caso, rectificarla.

4) Ponte en acción. ¿Cuál es el siguiente paso que vas a dar?

Como es lógico, pueden aparecer dificultades en el proceso aquí descrito, sobre todo en lo que se refiere a la identificación de los valores y de la esencia del proyecto o decisión que queremos tomar. En este caso, siempre tienes la opción de buscar personas de tu círculo de confianza que te puedan aconsejar o acudir a un coach profesional.

¿Parálisis o acción? No olvides que el mejor aprendizaje es el que incluye prueba y error.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

¿Planificar o improvisar?

La pandemia de enfermedad por coronavirus que estamos viviendo ha obligado a introducir en nuestras vidas una serie de protocolos (lavado frecuente de manos, uso de mascarilla, distancia física en las relaciones interpersonales) con el objetivo de preservar nuestra salud y la de quienes nos rodean. Paralelamente, se han dictado medidas adicionales con el fin de facilitar una “nueva normalidad” en nuestras actividades cotidianas (control de aforo en comercios y espectáculos, disposiciones para la vuelta al colegio, reglamentos de las empresas sobre el uso de las oficinas o el acceso al teletrabajo…).

Algunas de esas medidas –supuestamente planificadas– han sido criticadas por improvisadas. Y aquí surge la pregunta: ¿Son planificar e improvisar estrategias igualmente válidas para hacer frente a una determinada situación? Al hablar de situación no me refiero solo a las circunstancias extraordinarias que estamos viviendo, sino a todos los contextos (familiares, sociales, laborales, económicos o culturales) en los que se desarrolla nuestra vida. Efectivamente, hay personas a las que les resulta más fácil articular sus actividades y proyectos de acuerdo a una planificación previa, y hay personas que son más dadas a la improvisación. Ambas opciones, en cualquier caso, presentan ventajas e inconvenientes.

Planificar nos permite definir una serie de pasos o acciones con los que ir avanzando cada día, manteniéndonos centrados en los objetivos o intereses que pretendemos conseguir. No obstante, una estricta o exigente planificación puede volverse en nuestra contra, sobre todo si no medimos bien el esfuerzo o el impacto que va a suponer cada una de esas acciones. Por otro lado, la planificación, a veces, no es más que un disfraz con el que pretendemos mantenernos ocupados, saltando de unas tareas a otras de acuerdo a lo que dicta la agenda, eludiendo una reflexión profunda sobre lo que de verdad queremos o necesitamos hacer.

Improvisar, por su parte, estimula nuestra creatividad en busca de soluciones, respuestas o propuestas alternativas: la improvisación, bien entendida, es la suma de intuición e imaginación. Sin embargo, improvisar también conlleva riesgos como actuar siempre a salto de mata, escogiendo opciones cortoplacistas que se olvidan de cualquier perspectiva de futuro y que ignoran el efecto que puede tener una respuesta improvisada, en términos de coherencia, en el resto de actividades sobre las que articulamos nuestra existencia (no olvidemos que las dimensiones del ser humano –física, mental, emocional…– están estrechamente interrelacionadas).

Planificar e improvisar fallan estrepitosamente cuando no se ha conjugado previamente otro verbo: planear. Planear no es solo hacer planes: es diseñar proyectos y objetivos que nos ayuden a dar sentido a lo que somos y a lo que hacemos. Sin un propósito, cualquier planificación o improvisación estará abocada al fracaso. Hoy te animo a identificar, si aún no lo tienes, el propósito con el que guiar tus pasos en el curso que ahora comienza. Sondea tus necesidades, explora tus inquietudes y ponte manos a la obra. ¿Cuál es tu plan?


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AUTOPÍAS, COACHING, METÁFORAS, REFLEXIONES

El héroe que habita en ti

Este verano he estado leyendo Las mil caras del héroe, un clásico publicado en 1949 en el que Joseph Campbell, basándose en sus profundos conocimientos sobre mitología y religión comparada, reflexiona sobre la figura del héroe y sobre el itinerario que recorre este personaje hasta alcanzar el reconocimiento que le corresponde por sus hazañas, gestas y virtudes. Según Campbell, la aventura del héroe consta de una estructura universal en la que se identifican tres etapas: una separación del mundo, la penetración a alguna fuente de poder y un regreso a la vida para vivirla con más sentido.

Habitualmente, al hablar de héroes, solemos pensar en seres sobrenaturales o dotados de poderes extraordinarios; seres que, en cualquier caso, quedan muy lejos de nosotros. Sin embargo, yo creo que todos encajamos, en algún momento de nuestras vidas, en esa estructura universal que propone Campbell, especialmente en aquellas situaciones en las que, asumiendo el protagonismo y la responsabilidad sobre lo que nos pasa, nos percatamos de la necesidad de emprender un cambio en nuestra forma de ser y en nuestra forma de estar en el mundo que nos rodea.

Así, en estas situaciones corresponde, como primer paso, alejarse del mundo en el que vivimos. Pero no se trata de poner distancia física de por medio (aunque a veces no quede otra), sino de abrir una reflexión interna sobre las contradicciones que se dan entre ese mundo exterior, lleno de modas, tendencias y presiones, y el mundo interior de nuestras inquietudes, deseos y necesidades. Esta reflexión, si es auténtica (y supera los patrones de pensamiento en los que solemos enredarnos), nos llevará a una toma de conciencia que nos permitirá acceder, poco a poco, a nuevos u olvidados recursos propios y nuevas alternativas con las que probar a vivir de otra manera. Finalmente, empoderados con esos recursos, toca volver al mundo para aplicar, con coherencia, el cambio que hemos experimentado en nuestra aventura.

No obstante, algunas aventuras son más fáciles que otras. A veces, la reflexión interna surge de forma espontánea y la toma de conciencia es automática. Otras veces, en cambio, aparecen sombras, dudas o miedos que nos dejan paralizados en un punto del camino (ya sea al principio, a la mitad o en la recta final del recorrido). En estos casos suelen aparecer, en los mitos y leyendas, personajes secundarios (en forma de magos, brujas, hadas, hechiceros…) que asisten al héroe cuando hay dificultades. Hoy en día, ese personaje secundario bien puede ser un coach que, sin dirigir la aventura (cada uno de nosotros es dueño de su propio destino), nos ayuda a resituarnos en ella.

Este mes de septiembre comienza un nuevo curso en el que, sin duda, tendremos que recurrir a nuestro héroe interior para hacer frente a todos los desafíos sanitarios, económicos, educativos, laborales y sociales derivados de la pandemia por enfermedad de coronavirus que estamos viviendo. Ante esta situación, podemos sucumbir a la incertidumbre o, por el contrario, vivir el curso como una aventura –una autopía– en la que explorar todo nuestro potencial. ¿Aceptas el reto? Si necesitas acompañamiento, hasta el 30 de septiembre ofreceré, de nuevo, tres sesiones online gratuitas de coaching, sin compromiso de continuidad, para ayudarte a encontrar nuevas perspectivas. (Sesiones online de 45 minutos de duración. Oferta válida exclusivamente para nuevos clientes). Puedes solicitar tus sesiones gratuitas en el correo electrónico info@autopiascoaching.com o en este formulario de contacto. ¡Es hora de despertar al héroe que habita en ti!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES, REFLEXIONES

Las reacciones del miedo

Se han descrito, tradicionalmente, tres posibles reacciones del ser humano ante amenazas o situaciones de peligro que nos provocan miedo: el ataque, la parálisis o la huida. Estas reacciones tienen su origen en el llamado cerebro reptiliano (la capa más profunda de nuestro cerebro, donde se localizan los instintos primitivos relacionados con la búsqueda de comida, el cortejo, la identificación de rivales y, en general, todos los aspectos relacionados con la supervivencia) y se activan gracias a la amígdala, una estructura con forma de almendra situada en el cerebro límbico (capa del cerebro anterior al neocórtex en la que se regulan nuestras respuestas fisiológicas y emocionales configurando determinados patrones de conducta).

Los riesgos que amenazan la supervivencia del ser humano han cambiado a lo largo de la historia. Ya no tenemos que salir a cazar, enfrentándonos a todo tipo de animales salvajes, para procurarnos el alimento necesario: basta con bajar al supermercado o, directamente, hacer un pedido telefónico u online para que nos traigan la comida a casa.  No obstante, seguimos rodeados de amenazas: el terrorismo, el cambio climático, las infecciones por nuevos microorganismos patógenos… Y hay, además, otras amenazas que, si bien no suponen peligro de muerte, condicionan nuestra supervivencia individual y social en un mundo especialmente competitivo (el miedo al ridículo, la pérdida de un determinado estatus, el temor a ver comprometidos nuestros valores o creencias…). Es curioso ver cómo estas amenazas cotidianas suscitan, de forma irracional, esas mismas reacciones de ataque, parálisis o huida con las que respondemos a estímulos que, verdaderamente, afectan a nuestra supervivencia física.

Ante cualquier amenaza, y especialmente ante los retos o desafíos del día a día, cada uno responde como mejor sabe y puede de acuerdo al contexto y a la experiencia. Pero no siempre esa respuesta es la más eficaz. Pienso, por ejemplo, en el ataque: generalmente, el hecho de enfrentarse a una situación desafiante se interpreta como un signo de valentía, pero… ¿siempre lo es? El ataque solo será eficaz si somos conscientes de nuestras habilidades y de nuestras limitaciones, de las fortalezas y debilidades de nuestro rival (en caso de que se trate de un enfrentamiento interpersonal), de los condicionantes de la situación que nos reta, de nuestra capacidad para desarrollar un plan de acción con objetivos claros y herramientas precisas que, si bien no nos garanticen el éxito, al menos nos predispongan para la victoria. Atacar sin estar preparado no es valentía, es insensatez. Mejor combinar el corazón con la cabeza.

Lo mismo ocurre con la huida. Habitualmente, asociamos la huida con la cobardía, pero… ¿siempre es así? Efectivamente, muchas veces escapamos de cosas que no queremos afrontar, evitamos asumir nuevos retos o desafíos. Desaparecemos, como los mejores ilusionistas, para seguir cómodamente instalados en nuestra zona de confort: sí, sabemos que nos perdemos cosas, ¡pero qué bien se está en nuestro pequeño mundo! Otras veces, por el contrario, no se puede hablar de huida, sino de retirada: no tiene sentido permanecer en lugares donde no nos sentimos escuchados, donde no se respetan nuestros límites, donde nuestra energía se consume impidiendo que podamos dar lo mejor de nosotros mismos en otros proyectos o áreas que puedan resultarnos más interesantes o en las que nos sintamos más realizados.

En la parálisis, tratamos de mimetizarnos con el entorno intentando pasar desapercibidos. Lo normal, en estos casos, es que acabemos actuando, a largo plazo, de forma confluyente o sumisa, todo con tal de no significarnos. Pero pararse puede ser, quizá, la forma más efectiva de responder a corto plazo, sobre todo cuando se trata de amenazas domésticas o cotidianas que no conllevan un riesgo vital: pararse para chequear nuestra fisiología (el miedo, como es sabido, tiene manifestaciones físicas en forma de incremento de los ritmos cardíaco y pulmonar, palidez o enrojecimiento de la piel, repercusiones estomacales e intestinales…), pararse para observar y tomar conciencia de lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo y, a partir de ahí, buscar nuevas perspectivas que nos permitan, llegado el momento, dar una respuesta acorde con nuestras necesidades y expectativas.


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