AUTOPÍAS, CONCEPTOS, METÁFORAS, REFLEXIONES

La madeja enredada

Cuando se dio cuenta, la madeja de hilo a partir de la que iba construyendo el ovillo de su existencia estaba completamente enmarañada. Ya antes, alguna vez, había encontrado un pequeño nudo o enganche, pero nunca antes se había enfrentado a un enredo semejante. En vez de una madeja, tenía ante sí un nudo gordiano que acogía, en su seno, buena parte de las acepciones de la palabra confusión.

Allí estaban anudados, efectivamente, el abatimiento, el desasosiego, el desconcierto, la perplejidad y tantas otras reacciones que aparecen en nosotros cuando, ante una diversidad de estímulos, acabamos mezclando todo hasta quedarnos sin margen para reconocer de forma autónoma cada uno de ellos, o también cuando, asombrados por determinadas situaciones, nos quedamos –aparentemente– sin capacidad de dar una respuesta.

Su mente analítica, tras una primera valoración de las características del nudo, le recomendó tener paciencia para observar con detalle dónde y cómo se formaba cada enganche, cada pliegue o cada solapamiento del hilo en la madeja con el fin de encontrar soluciones lógicas que le permitieran deshacer el enredo y seguir enrollando el ovillo. Pero este modo de proceder no siempre funcionaba.

No, la observación y el análisis no parecían, en esta ocasión, los instrumentos más adecuados. Por un lado, debía invertir muchísimo tiempo para deshacer pequeños e irrelevantes nudos que apenas contribuían a despejar la madeja. Por otro, descubría que necesitaba los dos extremos de la madeja para desenredarla con mayor eficacia, pero uno de los extremos quedaba escondido en el interior del ovillo, cuyo tamaño hacía difícil maniobrar con él, y el otro estaba aún perdido en la maraña.

Por si esto fuera poco, advertía la existencia, en su madeja, de hilos de otras madejas que escapaban a su control. Si ya era difícil desenredar su propio hilo, ¿cómo ocuparse de desenredar también esos hilos ajenos? Quizá esa fuera la solución, pero ¿tenía capacidad y competencia para ello? No, demasiado complicado. Era necesario buscar otro tipo de soluciones, otro tipo de respuestas.

Se propuso, por tanto, buscar enfoques alternativos para desenredar la madeja. Y así, dejó de indagar sobre el porqué de los nudos que atascaban la construcción del ovillo para centrar su atención en el para qué de cada uno de ellos. ¿De qué me vale este nudo? ¿Para qué me sirve engancharme en este pliegue? ¿Qué intenciones y beneficios –visibles e invisibles– se esconden detrás de cada atadura? ¿Qué evito al dejarme enganchar en cada lazo?

Al calor de esas preguntas, la madeja se fue soltando. Algunos nudos eran, en realidad, efectos ópticos de una visión de una realidad distorsionada. Otros no eran más que un espejismo: de hecho, solo estaban en su mente. Lo importante es que todos ellos se iban deshaciendo, ajenos a los juegos de lógica, de forma natural y espontánea.

Pero, como todos sabemos, incluso haciéndolo así no siempre funciona: hay nudos tenaces, ásperos, bien apretados y persistentes que se resisten a ser desatados. En estos casos, se requieren soluciones drásticas. ¿Y si cortar el hilo fuera la única respuesta posible? ¿Hasta qué punto estamos obligados a dejar intacta la madeja? Tal vez –se dijo– sea el momento de comenzar un nuevo ovillo.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

De cambio a cambio

¿Resistencia al cambio? Impensable. Las autoridades sanitarias decretaron que el confinamiento era la mejor medida de protección contra la extensión del coronavirus COVID19 y todos, con contadas excepciones, estamos cumpliendo las directrices que nos obligan a permanecer, en la medida de lo posible, en nuestros hogares. Nuestra capacidad de adaptación (y de resiliencia, en muchos casos) ha quedado sobradamente demostrada en la respuesta a los retos personales, familiares, sociales, laborales o educativos y a las dificultades sobrevenidas que la crisis ha ido dejando a su paso. Es cierto que no lo hemos hecho solos: el confinamiento es una medida que afecta al conjunto de la población y ha despertado una gran oleada de solidaridad en todos los ámbitos que nos ha ayudado a instalarnos en la normalidad anómala en la que nos encontramos al cumplirse ya cinco semanas desde que el Gobierno de España decretara el estado de alarma. Hay que señalar, también, que vivimos una situación que entendemos como provisional, si bien nadie sabe cuándo y en qué forma podremos volver, si acaso, a una cotidianidad parecida a la que vivíamos hasta principios de marzo.

Sea como fuere, nuestro día a día ha cambiado. Y paradójicamente, pese a quedarnos en casa (un espacio que solemos considerar cálido, agradable y reconfortante), nos hemos visto obligados a salir de nuestra zona de confort, ese estado mental en el que, mediante la repetición de una serie de rutinas y parámetros, nos sentimos seguros. Así, hemos tenido que renunciar a la seguridad que encontrábamos en los desplazamientos, las salidas, las quedadas, los paseos o las escapadas para, poco a poco, ir aprendiendo a encontrar una nueva seguridad en casa, un espacio de descanso y tareas domésticas que ahora cumple también las funciones de oficina, colegio, academia de actividades extraescolares, centro de mayores, gimnasio, etcétera. Aunque habitualmente se habla de salir de la zona de confort, yo prefiero hablar de expandir la zona de confort: se trata, en definitiva, de aprender e integrar nuevos recursos con los que ampliar las bases de nuestro autoapoyo, ese lugar desde el que podemos desplegar todo nuestro potencial.

Todo cambio, como vemos, conlleva renuncias y aprendizajes. Tal vez los procesos de cambio individuales, orientados al desarrollo o al crecimiento personal, sean más complicados debido a la falta de apoyo social (algunos cambios implican ir contracorriente) o al deseo –y al temor– de llegar a cambios permanentes o definitivos. Pero, si hemos sido capaces de sumarnos a las transformaciones derivadas de la crisis del coronavirus, ¿cómo no vamos a ser capaces, también, de hacer frente a los cambios, más o menos sutiles, que necesitamos hacer en cada uno de nosotros para crecer, avanzar, progresar y encontrar nuestro lugar en el mundo? Puede que este momento excepcional que estamos viviendo, en el que ya están cayendo las paredes de nuestra zona de comodidad, sea una invitación y una oportunidad para construir algo nuevo desde lo que realmente somos, desde lo más genuino que hay en cada uno de nosotros. Rumbo al cambio. ¿Te vienes?


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Carta de despedida

Queridas vacaciones:

¿Dónde os habéis metido? El mes de agosto avanza imparable y septiembre está a la vuelta de la esquina (al menos, a vuelta de calendario). Algunas señales anticipan ya la llegada del otoño: los días se hacen más cortos (las noches reivindican la duración que tuvieron antes del solsticio con el que dio comienzo el verano) y los árboles comienzan a perder, de forma incipiente, sus hojas. ¿Qué ha sido de los grandes proyectos que íbamos a hacer juntos? ¿Qué fue de los viajes y de las escapadas que habíamos planificado? ¿Qué fue de las quedadas y reencuentros que habíamos previsto? ¿Y de las lecturas escogidas para este tiempo de asueto? ¿Y de todo lo que queríamos preparar o adelantar para el nuevo curso? ¡Apenas hemos hecho una parte de lo que habíamos pensado!

Efectivamente, apreciadas vacaciones, se nos han quedado muchas cosas por hacer. Las rutinas cotidianas acechan e, inevitablemente, tomarán el relevo. Las responsabilidades, las obligaciones y los compromisos de la vida ordinaria –por llamarla de alguna manera– nos atraparán sin que apenas nos demos cuenta. Y vosotras, vacaciones, seréis solo un sueño o una fantasía que alimentar hasta una próxima oportunidad: tal vez podamos reencontrarnos en un puente festivo; tal vez tengamos que esperar hasta la Navidad, cuando ya sea invierno… ¿Podremos resistir hasta entonces? ¿Tendremos fuerzas, un año más, para vivir por un tiempo separados?

Es inevitable, añoradas vacaciones, sentir nostalgia –o tal vez frustración– en el momento de la despedida. Para aligerar la carga de tristeza, conviene enfocar la atención en lo que sí hemos podido hacer juntos. ¡Cuántas nuevas experiencias hemos vivido! Yo prefiero priorizar, en el recuerdo, los lugares que he visitado, la gente a la que he conocido o con la que me he reencontrado, los libros, series o películas que me ha dado tiempo a disfrutar en este tiempo de descanso… Y, especialmente, los momentos en los que, gracias a vosotras, me he permitido improvisar y, libre de presiones, fluir con lo que sucedía a mi alrededor. Quizá ese abrirse a la vida, con todo lo que tiene para ofrecernos, sea la clave para que, en el día a día, la espera de nuestro próximo reencuentro nos resulte llevadera.

¡Hasta pronto!

N.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, METÁFORAS

Las enseñanzas del árbol

Allí estaba, todo florido, en un extremo del jardín. Los últimos meses habían sido duros: primero, en otoño, había perdido todas sus hojas; después, en invierno, fue sometido a una intensa poda. Pero ahora, con la primavera, aquel árbol de tamaño medio volvía a renacer. Los primeros brotes de febrero y marzo se habían convertido, gracias a las suaves temperaturas impropias de la época, en finas ramas sobre las que crecían nuevas hojas y se dibujaban pequeñas flores. Esas nuevas ramas apuntan ya a la dirección que el árbol, en su crecimiento, seguirá en los próximos meses. Todo parece indicar que, salvo que sobrevengan condiciones meteorológicas extremas, su salud y su vistosidad están garantizadas: el letargo en el que le dejaron sumido el otoño y el invierno no fue un período en balde.

Las hojas que comenzaron a caer del árbol desde finales de verano (tímidamente, primero; de golpe, después) se fueron depositando en el suelo, a su alrededor, tejiendo una alfombra protectora encargada de conservar el sustrato y aportarle los nutrientes necesarios para subsistir y alimentar su renacimiento posterior. En el otoño, el árbol parece entrar en un período de decadencia, pero en realidad se intensifica su vida interior: sus esfuerzos se concentran en desarrollar y fortalecer sus raíces. El árbol, en la sabiduría infinita que le ha proporcionado la naturaleza, busca su arraigo: de nada le sirve exhibir un tronco esbelto, unas ramas entrelazadas o unas hojas curiosas si una suave brisa o el peso de un nido de pájaros pueden derribarlo. Alimentando sus raíces, el árbol se garantiza su autoapoyo y, en definitiva, su supervivencia.

Una vez que cayeron las hojas, llegó el momento de la poda. Es un momento duro para el árbol, pero también necesario: debe elegir cuál es la mejor forma para seguir creciendo de acuerdo a sus capacidades y estructura. Sin poda, el árbol seguirá expandiéndose a lo alto y a lo ancho alcanzando unas dimensiones quizá desproporcionadas para la resistencia de sus raíces. Además, las zonas intermedias irán quedando tristes y apagadas, pues la energía –distribuida en forma de savia– se destinará a los extremos. La poda ayuda a equilibrar el árbol, contribuye a airear su copa y las ramas interiores previniendo la aparición de enfermedades, favorece el crecimiento –con fuerza y vigor– de nuevas ramas y, si se trata de árboles frutales, mejora la producción.

Así, con sus raíces enriquecidas y sus ramas saneadas, el árbol llegó a la primavera dispuesto a ofrecer su mejor versión. Pero, ¿qué hay de nosotros? ¿Cómo podemos experimentar el renacimiento al que nos invita la nueva estación? En primer lugar, conviene examinar nuestras raíces: ¿cuáles son los valores sobre los que construimos nuestra identidad? ¿Qué relación hay entre esos valores y las metas vitales que nos fijamos para crecer? ¿Alineamos nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar para alcanzar los frutos que anhelamos? Las raíces configuran nuestra capacidad de autocreencia, un concepto que en Coaching se define como la suma de confianza y autoestima. En segundo lugar, debemos mirar si estamos cargando algo de más. ¿De qué queremos librarnos? ¿Qué queremos cortar? Es momento de dejar de andarse por las ramas para neutralizar aquellas que, consumiendo buena parte de nuestros recursos, nos alejan del lugar hacia el que queremos crecer. ¿Estás dispuesto a florecer? Bienvenido seas a tu propia primavera.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en Facebook, Twitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, HERRAMIENTAS DE COACHING

Tira y afloja

Dos equipos, una línea pintada en el suelo, una soga en tensión… ¿Jugamos al tira y afloja? En algunas regiones existen clubes de aficionados que organizan competiciones periódicas del también llamado juego de la cuerda, que tuvo la consideración de deporte olímpico durante las dos primeras décadas del siglo XX. En otros lugares, esta competición de fuerza y resistencia es solo un juego dentro de las clases de gimnasia o de los recreos del colegio. Es probable que, como yo, tengas que remontarte a tu infancia o adolescencia para recordar la última vez que jugaste al tira y afloja. No obstante, la realidad es que jugamos constantemente: todos llevamos dentro una cuerda, más o menos tensionada, que nos confronta con nosotros mismos.

Te invito a reflexionar, por un momento, en cómo se desarrolla tu vida actualmente. Si te sientes satisfecho con lo que eres, haces y tienes, ¡enhorabuena! Si no, es probable que estés librando una batalla interna, un tira y afloja, con dos partes enfrentadas. A un lado, una parte resistente al cambio que intenta atarnos corto; al otro lado, la parte que apuesta por deshacer nudos para vivir nuevas oportunidades y experiencias. Una vez identificados los equipos, toca poner nombre a los jugadores. ¿Qué te sujeta? ¿Qué tira de ti? En un bando estarán –probablemente– el miedo, la inseguridad, la duda; en el otro jugarán la motivación, la ambición, la confianza…

En los extremos de esta soga imaginaria con la que jugamos nuestro propio tira y afloja podemos situar también nuestros deseos y nuestras obligaciones. En general, solemos tener muy bien definidas nuestras responsabilidades (horarios, tareas, rutinas, etc.), pero a veces se nos cuela un jugador invisible, conocido como autoexigencia, que tira firmemente de la cuerda rompiendo el equilibrio de fuerzas. Por su parte, en el campo de los deseos pueden jugar fantasías idealizadas, inconcretas o intangibles (ensoñaciones que aún no hemos transformado en aspiraciones, metas o propósitos) que, distraídas, acaban dando la partida a su rival. También pueden surgir deseos impulsivos que, eludiendo todos los filtros, ponen en peligro las obligaciones a las que nos habíamos comprometido.

La cuerda que estoy evocando en estas líneas es también una representación de nuestro autoconcepto, es decir, la estrecha definición que hacemos de nosotros mismos dentro de la multiplicidad de opciones que nos brinda nuestra personalidad: nos definimos como creemos que somos y no como somos. De esta manera, nos quedamos solo con un aspecto de nuestra personalidad, que repetimos como un patrón, a la vez que tratamos de reprimir el resto jugando al tira y afloja con nuestras polaridades. ¿Qué partes de nosotros mismos nos estamos negando? ¿Qué hacemos para que esas partes, si es que ya las hemos identificado, sigan permaneciendo ocultas? Todas nuestras capacidades y recursos, conocidos o desconocidos, negados o no, se distribuyen a lo largo de la cuerda de nuestra personalidad: basta con tirar de ella o aflojarla según como queramos ser o estar en cada circunstancia.

Decía Aristóteles que la virtud está en el término medio. El punto intermedio de la soga imaginaria con la que jugamos se mueve hacia uno u otro lado, con mayor o menor energía o intensidad, en función de la presión con la que tiramos o aflojamos. Unas veces mediremos nuestras posibilidades para vencer por la mínima, otras querremos arrastrar a nuestro campo a todo el equipo rival. Puede que, en algunas situaciones, comprendamos que debemos ceder y esperar a siguientes partidas para ganar. Tendremos que decidir, en cada momento, la fuerza o la resistencia que queremos aplicar.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en Facebook, Twitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Dentro o fuera de la burbuja

Se cumplen 20 años del estreno en España de la película El show de Truman. El film, dirigido por Peter Weir con Jim Carrey como protagonista, gira en torno a un programa de televisión llamado The Truman Show, un reality llevado al extremo en el que se transmite, en vivo y en directo, la vida de Truman Burbank desde el mismo momento de su nacimiento. En concreto, la película se centra en el último año de emisión del programa, cuando Truman, que desconoce ser el protagonista de un exitoso programa de televisión, se sorprende por hechos que parecen fuera de lugar (la caída de un foco, una interferencia radiofónica, un falso ascensor) y descubre que la ciudad en la que reside parece girar en torno a él.

Esa ciudad-isla, llamada Seahaven, es un decorado construido bajo una gigantesca cúpula, visible desde el espacio, que incluye sol, firmamento y mar artificiales. Un complejo software informático permite al director del programa, a través de las órdenes que transmite a su equipo, controlar la vida de Truman. Miles de cámaras ocultas permiten seguir la cotidianidad del protagonista desde que se levanta hasta que se va a dormir. Así, podemos ver sus diálogos frente al espejo del baño por la mañana, el encuentro con sus vecinos al salir a trabajar, los avatares de sus desplazamientos en coche o la rutina diaria en la agencia de seguros en la que trabaja.

En nuestra vida, que no es un programa de telerrealidad, también se repiten rutinas que dibujan una burbuja –aunque no tan grande como esa cúpula bajo la que se desarrolla El show de Truman– a nuestro alrededor. Al salir de casa solemos coincidir con los mismos vecinos, el autobús que tomamos para ir a nuestros destinos cotidianos lleva habitualmente el mismo conductor, nos encontramos con caras conocidas –de desconocidos– en el metro, el atasco se forma siempre en las mismas rotondas, repetimos tareas y protocolos en nuestro puesto de trabajo, nos encontramos con los mismos compañeros frente a la máquina de café, las clases se suceden según el horario definido a principio de curso… La cotidianidad genera un espacio de seguridad en el que nos sentimos protegidos: nuestra zona de confort o comodidad.

Ahora bien, ¿nos resulta suficiente esa comodidad? El riesgo de la zona de confort es que puede anclarnos en el conformismo. Truman Burbank, insatisfecho con su vida, consciente de que debía encontrar un nuevo estímulo (en su caso, una vida auténtica y real más allá de la impostura de la televisión), se propuso abandonar Seahaven y, tras encontrarse con distintos contratiempos (desde la falta de oferta de vuelos disponibles hasta una aparente fuga en una central nuclear), decidió enfrentarse a su miedo a navegar para dejar la isla por mar (su padre había muerto, presuntamente, durante una tormenta en un viaje de pesca junto a su hijo).

Me pregunto, pensando en mi propia zona de confort, cuánto hay de comodidad y cuánto de resistencia al cambio. Las pérdidas que supone abandonar esa zona de confort son certezas. El beneficio, lo que ganamos con el cambio, es solo una ilusión difusa mientras no actuemos. El miedo, como en la película, puede ser un mar encabritado que nos obligue a luchar con todas nuestras fuerzas, pero también puede ser un agradable paseo. No lo sabremos si no lo intentamos. Somos dueños –y responsables– de nuestro propio destino. Para cerrar, como diría Truman, por si no nos vemos luego… buenos días, buenas tardes y buenas noches.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en Facebook, Twitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, METÁFORAS

Reflexión: el efecto de reflejarse

Según la mitología, Narciso era un joven hermoso y apuesto que acabó sus días atrapado en la contemplación absorta de su imagen reflejada en el agua. Embelesado con su apariencia, enamorado de sí mismo, obviaba e incluso despreciaba a las doncellas que se acercaban a él atraídas por su belleza. Unos dicen que murió ahogado al acercarse más y más a las aguas que le servían de espejo. Otros dicen que murió de sed, incapaz de beber ante el temor a que la alteración de la quietud del agua hiciera desvanecer su imagen. Tal vez Narciso fuera incapaz de amar a otros, tal vez fuera preso de una maldición.

En el cuento de Blancanieves, la malvada reina-madrastra utilizaba su espejo mágico como buscador y comparador de belleza, pureza y hermosura. Cuando el espejo no devolvía su propia imagen, la madrastra no dudaba en manipular el entorno con el fin de mantener su sórdido reinado de vanidad. Así ocurrió cuando el espejo comenzó a destacar la belleza de Blancanieves: la plenitud física de la joven causó en la madrastra, cada vez más envejecida, sentimientos de inseguridad sobre su propia imagen que la llevaron a encargar, primero, la muerte de su hijastra y a asesinarla después, al no haber sido atendido su requerimiento inicial, con una manzana envenenada.

Alicia, tras visitar El País de las Maravillas, probó a adentrarse A través del espejo. Sus pensamientos la llevaron a preguntarse qué se escondería tras el espejo que había en la vieja casa y, aventurándose, cruzó a través de él. Al hacerlo, se convierte en protagonista de una partida de ajedrez en la que cada movimiento es un descubrimiento, una aventura o un desafío. Detrás del espejo se esconde lo inconsciente, lo onírico, lo que la realidad se esfuerza en ocultar. Un espacio de imaginación desbordada que personajes como Alicia se permitieron explorar.

Existen otros personajes anónimos que no solo no se atreven a traspasar el espejo, sino que ni siquiera son capaces de enfrentarse a su propio reflejo. Son aquellos que escapan de cualquier superficie en la que su imagen pueda verse reflejada, aquellos que se resisten a que su imagen quede fotografiada o grabada para el recuerdo. Otras personas, descontentas con su reflejo, no dudan en romper el espejo desafiando la superstición que augura siete años de mala suerte. Y están también aquellos que se encuentran con su reflejo y pasan de largo, sin detenerse, porque no se reconocen.

¿En qué espejo te miras tú? ¿En qué pueden inspirarte los personajes aquí citados? Quizá necesites seducirte a ti mismo, emulando a Narciso, para sentirte bien con la imagen que te devuelve el reflejo. Tal vez, en contra de lo que hizo la madrastra de Blancanieves, debas trabajar la aceptación para vivir tranquilo y en calma en un mundo cada vez más competitivo y comparativo. Puede que, como Alicia, tengas que cruzar al otro lado del espejo para comprobar que somos mucho más que una imagen reflejada. En cualquier caso, vigila siempre qué superficie utilizas para buscar tu reflejo. Recuerda que, como ocurría en el Callejón del Gato de Madrid, citado en la obra Luces de Bohemia, hay espejos cóncavos y convexos que distorsionan la realidad.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en Facebook, Twitter e Instagram.

Estándar