AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

La vieja normalidad

¿Qué fue de la nueva normalidad? Escribo estas líneas desde Madrid, ciudad en la que resido y en la que se hace evidente, según todos los indicadores, el empuje de la segunda ola de la pandemia de enfermedad por coronavirus que estamos viviendo. Entre marzo y mayo –los meses más duros de la primera oleada– comprobamos que la COVID-19 había venido para quedarse un tiempo entre nosotros, y esa fue la razón por la que se dictaron medidas de desescalada hacia una nueva normalidad en la que convivir con el virus –a la espera de una vacuna o de tratamientos más eficaces– de forma ordenada y controlada.

Al final, la nueva normalidad se ha reducido al uso cotidiano de mascarilla y gel hidroalcohólico (medidas esenciales, desde luego). Todo lo demás, sin embargo, se sigue haciendo como antes: seguimos en la vieja normalidad. Pensaba en la posibilidad de grandes acuerdos y reformas estructurales, pero la política –ese espectáculo– sigue más preocupada por su imagen y su reflejo en las encuestas de intención de voto que por el impacto real de la crisis sanitaria. Se adoptan medidas, sí (limitaciones de aforos, restricciones a la movilidad)… pero muchas de ellas son improvisadas y, en ocasiones, peregrinas o contradictorias.

Confiaba en un refuerzo de los servicios públicos (sanidad, educación, servicios sociales, dependencia…), pero su situación sigue siendo precaria y su sostenimiento se debe exclusivamente a la vocación y a la entrega de profesionales y centros. Y esperaba una apuesta decisiva por nuevos modelos de crecimiento económico sostenidos en el tiempo. Pero no: la desescalada se precipitó, entre otros motivos, por el empeño de sacar el máximo beneficio en el menor tiempo posible, sin preocuparse por lo que pudiera venir después (incluida una nueva paralización de la actividad económica). Es el mercado, amigos.

Y esperaba que la nueva normalidad nos hiciera mejores personas. ¿Cómo olvidar el esfuerzo de adaptación que hicimos durante el confinamiento para seguir, en la medida de lo posible, con nuestra vida personal, social, laboral, académica o cultural? ¿Cómo olvidar, también, la solidaridad que manifestamos en aquellos meses? ¿En qué ha quedado el aprendizaje –para unos llevadero, para otros traumático– de una experiencia inédita, hasta ahora, para nosotros? Me temo que, al final, han prevalecido los cantos de sirena de la despreocupación y el exceso de confianza.

Pero yo no me resigno, y sigo creyendo –llámame autópico– que la nueva normalidad es posible. Al menos, en lo que se refiere a nuestra forma de ser, sentir y actuar respecto a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. ¿Y si nos liberamos de los parches, las mentiras o el maquillaje con los que ocultamos o tratamos de disimular la realidad que nos envuelve? ¿Y si asumimos nuestras responsabilidades, en vez de eludirlas? ¿Y si buscamos propósitos con los que guiar y motivar nuestra vida? ¿Y si, aunque sea por una vez, actuamos con honestidad, humildad y coherencia? Como ves, la nueva normalidad está a nuestro alcance. ¿Quieres llegar allí?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, METÁFORAS, REFLEXIONES

Pinceladas de otoño

Martes, 22 de septiembre, 15:31 horas. En este momento ha dado comienzo en España el otoño astronómico, una estación en la que asistiremos, un año más, a una transformación paulatina en el paisaje, con la entrada de una nueva paleta de colores, y al sucesivo acortamiento de los días, fenómeno que se hará más evidente a finales de octubre con el cambio oficial de hora.

En las siguientes semanas, la luz ambiental adquirirá una tonalidad más cálida (el sol irá perdiendo altura en el horizonte) y la actividad vegetal entrará progresivamente en una fase de ralentización (debido a una inhibición en la fabricación de clorofila) que dará lugar a las coloraciones amarillas, marrones y ocres propias de esta época del año.

Para algunos, la luz suave y la calidez de los colores (a veces tibios y apagados) convierten al otoño en sinónimo de nostalgia. El esplendor de la primavera y del verano queda ya atrás, y la nueva estación se presenta como un fin de ciclo, como una sucesión de imágenes que, inevitablemente, se van desdibujando hasta fundirse en blanco con la inmensidad del invierno.

Las estaciones están interrelacionadas entre sí y, efectivamente, no hay otoño sin primavera, pero tampoco hay primavera sin otoño. Por eso, la estación que hoy comienza puede ser una oportunidad para un nuevo comienzo. ¿Cómo? Por ejemplo, prestando atención a sus colores y, más concretamente, al significado de cada uno de ellos.

El color marrón, quizá el más asociado al otoño, es el color de la madurez, concepto que se define como la suma de aprendizaje y experiencia. ¿Cuáles son tus aprendizajes? ¿Cuáles tus experiencias? El otoño es una época propicia para actualizarse y reconocerse. ¿Cuántas veces seguimos actuando de acuerdo a parámetros pasados que ya no van con nosotros? La nueva estación es una invitación a vivir con responsabilidad y coherencia.

El color ocre es el color de la sabiduría. Hoy en día, el ocre aparece como color normalizado en los catálogos de pintura, pero en realidad no es estrictamente un color único, sino una serie de tonalidades de amarillo, dorado, marrón, beis, naranja e incluso rojo englobadas en una misma definición. Tal vez sea esa la clave de la sabiduría: ver los matices en los que se descompone la realidad de nuestra vida, de nuestro entorno o del contexto en el que vivimos.

El color amarillo, finalmente, es el color de la creatividad. Es un color que llama la atención, y quizá su presencia es la que hace despertar esa fascinación que muchos sentimos por los paisajes del otoño. Pero, al igual que la creatividad, el amarillo no es un color creado exclusivamente para su contemplación: la creatividad no está fuera, sino dentro de nosotros. ¿Qué puedes hacer tú este otoño para ser o mostrarte más creativo?

Por último, aunque sea una metáfora manida, no quiero resistirme a hacer una mención a uno de los fenómenos propios del otoño: la caída de la hoja. Si la naturaleza, en su infinita sabiduría, hace que los árboles se despojen de sus hojas para dar lugar, más adelante, a hojas nuevas, ¿qué nos impide a nosotros soltar y liberarnos de todo aquello a lo que vivimos aferrados? Dejemos que caigan las hojas: unas se las llevará el viento, otras nos servirán de abono para crecer.

Martes, 22 de septiembre, 15:31 horas. Es el momento de atreverse a soltar. Es el momento de abrirse a nuevos colores. ¡Bienvenido sea el otoño!


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El héroe que habita en ti

Este verano he estado leyendo Las mil caras del héroe, un clásico publicado en 1949 en el que Joseph Campbell, basándose en sus profundos conocimientos sobre mitología y religión comparada, reflexiona sobre la figura del héroe y sobre el itinerario que recorre este personaje hasta alcanzar el reconocimiento que le corresponde por sus hazañas, gestas y virtudes. Según Campbell, la aventura del héroe consta de una estructura universal en la que se identifican tres etapas: una separación del mundo, la penetración a alguna fuente de poder y un regreso a la vida para vivirla con más sentido.

Habitualmente, al hablar de héroes, solemos pensar en seres sobrenaturales o dotados de poderes extraordinarios; seres que, en cualquier caso, quedan muy lejos de nosotros. Sin embargo, yo creo que todos encajamos, en algún momento de nuestras vidas, en esa estructura universal que propone Campbell, especialmente en aquellas situaciones en las que, asumiendo el protagonismo y la responsabilidad sobre lo que nos pasa, nos percatamos de la necesidad de emprender un cambio en nuestra forma de ser y en nuestra forma de estar en el mundo que nos rodea.

Así, en estas situaciones corresponde, como primer paso, alejarse del mundo en el que vivimos. Pero no se trata de poner distancia física de por medio (aunque a veces no quede otra), sino de abrir una reflexión interna sobre las contradicciones que se dan entre ese mundo exterior, lleno de modas, tendencias y presiones, y el mundo interior de nuestras inquietudes, deseos y necesidades. Esta reflexión, si es auténtica (y supera los patrones de pensamiento en los que solemos enredarnos), nos llevará a una toma de conciencia que nos permitirá acceder, poco a poco, a nuevos u olvidados recursos propios y nuevas alternativas con las que probar a vivir de otra manera. Finalmente, empoderados con esos recursos, toca volver al mundo para aplicar, con coherencia, el cambio que hemos experimentado en nuestra aventura.

No obstante, algunas aventuras son más fáciles que otras. A veces, la reflexión interna surge de forma espontánea y la toma de conciencia es automática. Otras veces, en cambio, aparecen sombras, dudas o miedos que nos dejan paralizados en un punto del camino (ya sea al principio, a la mitad o en la recta final del recorrido). En estos casos suelen aparecer, en los mitos y leyendas, personajes secundarios (en forma de magos, brujas, hadas, hechiceros…) que asisten al héroe cuando hay dificultades. Hoy en día, ese personaje secundario bien puede ser un coach que, sin dirigir la aventura (cada uno de nosotros es dueño de su propio destino), nos ayuda a resituarnos en ella.

Este mes de septiembre comienza un nuevo curso en el que, sin duda, tendremos que recurrir a nuestro héroe interior para hacer frente a todos los desafíos sanitarios, económicos, educativos, laborales y sociales derivados de la pandemia por enfermedad de coronavirus que estamos viviendo. Ante esta situación, podemos sucumbir a la incertidumbre o, por el contrario, vivir el curso como una aventura –una autopía– en la que explorar todo nuestro potencial. ¿Aceptas el reto? Si necesitas acompañamiento, hasta el 30 de septiembre ofreceré, de nuevo, tres sesiones online gratuitas de coaching, sin compromiso de continuidad, para ayudarte a encontrar nuevas perspectivas. (Sesiones online de 45 minutos de duración. Oferta válida exclusivamente para nuevos clientes). Puedes solicitar tus sesiones gratuitas en el correo electrónico info@autopiascoaching.com o en este formulario de contacto. ¡Es hora de despertar al héroe que habita en ti!


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De otra manera

La crisis del coronavirus nos ha obligado a vivir –de forma más o menos drástica, según fuera la vida cotidiana de cada uno de nosotros antes de la irrupción de la pandemia– de otra manera. Las restricciones derivadas del confinamiento conllevaron renuncias que fuimos supliendo como mejor supimos con los medios que teníamos a nuestro alcance. Ahora, la desescalada avanza con protocolos más o menos estrictos –según la fase y la región en la que nos encontremos– que siguen condicionando nuestras rutinas ordinarias.

En todo este tiempo, las transformaciones en nuestro día a día han sido más que evidentes. Nuestras casas se convirtieron en improvisadas oficinas y colegios, las quedadas presenciales con familiares y amigos fueron sustituidas por videollamadas y encuentros telemáticos, las conexiones online nos permitieron seguir accediendo a una variada oferta de propuestas de ocio y cultura… A la vez, hemos aprendido a usar mascarillas de protección, a mantener una distancia física con las personas con las que interactuamos, a respetar los aforos máximos en los transportes o en las tiendas, establecimientos u oficinas que visitamos. En definitiva, hacemos las cosas de otra manera.

Puede que todas esas transformaciones –ese hacer de otra manera– nos hayan suscitado, a su vez, inquietudes en nuestra concepción de la realidad en la que vivimos. ¿Cómo entendemos el trabajo, las relaciones familiares, el tiempo de ocio, la educación de nuestros hijos, el cuidado de nuestros mayores? ¿Cómo conciliamos todas las dimensiones que nos conforman como seres humanos? ¿Cómo asumir que, pese a estar en un mundo cada vez más desarrollado, vivimos rodeados de grietas de inseguridad e incertidumbre? Para contestar a estas preguntas, y a las cuestiones más específicas que cada uno pueda formularse, tal vez sea necesario pensar de otra manera.

Pero pensar de otra manera no es fácil, pues estamos acostumbrados a seguir patrones de pensamiento de corto recorrido que limitan nuestra visión del mundo y estrechan nuestra capacidad de respuesta. Es necesario encontrar planteamientos alternativos, creativos e innovadores. ¿Dónde encontrar la inspiración? Buscando en nosotros mismos, contactando con lo que realmente somos, aceptando nuestras contradicciones, alineando lo que pensamos con lo que hacemos (y viceversa), asumiendo nuestra responsabilidad individual y colectiva en este tiempo de cambio. Es el momento de ser de otra manera. O, mejor dicho, de mostrar nuestro ser de otra manera.


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Las fases de la responsabilidad

En las últimas semanas, con gran esfuerzo por parte de todos, nos hemos ido acostumbrando a convivir con la pandemia de enfermedad por coronavirus, primero afrontando las restricciones derivadas del confinamiento en nuestros hogares y después –ahora– en el acceso a “la nueva normalidad” según las distintas fases establecidas en el plan de desescalada elaborado por las autoridades políticas y sanitarias. No obstante, el COVID19 empezó siendo un fenómeno muy lejano…

Tan lejano que, efectivamente, tuvo su origen en Wuhan, una ciudad de china situada a casi 10.000 kilómetros de distancia de Madrid, desde donde escribo estas líneas. Una distancia geográfica que se agranda, además, con las enormes diferencias culturales y de concepción del mundo, en todos sus órdenes, que separan las sociedades occidentales, tal y como las conocemos, del fantástico y opaco gigante asiático. Con toda esa distancia, ¿cómo iba a llegar el coronavirus hasta aquí?

Al fin y al cabo, estamos en el siglo XXI y vivimos en una sociedad avanzada que, pese a las imperfecciones manifiestas en tantos ámbitos, dispone –o debía disponer– de todos los sistemas de control y prevención necesarios y de los tratamientos oportunos. Por otro lado, la sopa de murciélago, de la que se hablaba en enero como brote y causa de propagación del virus, nunca ha formado parte de nuestra dieta. Sin embargo, aunque yo entonces no las viera, las luces de emergencia habían comenzado a encenderse.

Así, se aplazaron o se suspendieron distintos eventos internacionales (foros, cumbres, seminarios) que tendrían que haberse celebrado a lo largo del mes de febrero. ¡Qué exageración! Para muchos seguía siendo impensable que el COVID19 tuviera una letalidad como la que está demostrando. Que el coronavirus llegara a Lombardía (Italia), a 1.600 kilómetros de Madrid, parecía solo una anomalía, una imperfección del sistema en que vivimos, que ocurría todavía lejos de nosotros.

La gravedad de la situación se hace patente a mediados de marzo, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) califica la enfermedad por coronavirus como una pandemia y el Gobierno de España declara el estado de alarma con las medidas de restricción y confinamiento que todos, con distintos niveles de dificultad, hemos ido aplicando. El impacto del coronavirus se hace evidente –y dramático– en las crecientes estadísticas de contagiados y fallecidos.

La realidad se vuelve aún más dura cuando las cifras de mortalidad –fríos números– incluyen seres queridos o conocidos. Encogidos por el dolor, tratamos de seguir con nuestras rutinas, conciliando como mejor podemos el trabajo, la educación de los niños, el acompañamiento a los familiares a los que no podemos visitar, las tareas domésticas, el tiempo de ocio… La paralización de toda la actividad económica, excepto servicios esenciales, supone un golpe adicional para muchos hogares.

Por fin, la representación gráfica del número de contagios por COVID19 alcanza el esperado pico de la curva y, estimulados por la llegada de la primavera y el desgaste de semanas de confinamiento, nos preparamos para la desescalada. Quien más, quien menos, todos sacamos el analista que llevamos dentro, formado en las más prestigiosas comunidades de vecinos, en eminentes redes sociales y en variopintos grupos de aplicaciones de mensajería, con ideas concluyentes sobre la forma en que –nosotros primero– se ha de proceder. En este contexto, se hacen necesarias las apelaciones a la responsabilidad.

Como he señalado en otros textos, la responsabilidad (responsa-habilidad) es la habilidad de responder, con acciones, a la realidad a la que nos enfrentamos. Desde mi punto de vista, no puede haber auténtica responsabilidad si no integramos, en nuestra respuesta, algunas de las ideas que se desprenden de los párrafos anteriores. Entre ellas, la autocrítica: hemos de asumir y aceptar la posibilidad de haber cometido equivocaciones o errores de diagnóstico en nuestra interpretación inicial de la realidad… y enmendarlos.

Tampoco puede haber responsabilidad, a mi juicio, sin humildad: la realidad que vivimos es compleja y en ella convergen numerosas variables que escapan a nuestro control e incluso a nuestro entendimiento. Está bien –y es más que recomendable– buscar toda la información necesaria para que nuestra respuesta sea lo más ajustada posible, pero cuidado con instalarse en axiomas absolutos. Como hemos visto en las últimas semanas, la situación no es estática: evoluciona.

Por último, aunque la responsabilidad es una respuesta individual, creo que en ella no debe faltar sentido común. Suele decirse que el sentido común es el menos común de todos los sentidos, así que voy a reformularlo de otra manera: sentido de comunidad. En una pandemia como la que estamos afrontando, la seguridad de cada uno depende también de que los demás se sientan seguros. Y esto, a la vez, requiere ser atentos con las personas que, por una razón u otra, afrontan la desescalada con miedo o con una mayor dosis de incertidumbre.

Esperemos que las fases de la desescalada se sucedan sin repuntes significativos en las estadísticas de afectados por el coronavirus y que, poco a poco, todos nos vayamos adentrando y adaptando a la nueva normalidad que marcará nuestra vida, al menos, a corto y medio plazo. Yo voy a hacer todo lo posible por ejercer esa responsabilidad armada de autocrítica, humildad y sentido común. ¿Y tú? ¿Cómo va a ser tu responsabilidad?


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AUTOPÍAS, COACHING, REFLEXIONES

Cuarteles de invierno

Y el tiempo no se pone en mi lugar
VETUSTA MORLA

La semana pasada, en la entrada Las reacciones del miedo, aludía a algunas de las amenazas globales que ponen en peligro la supervivencia del ser humano y mencionaba, entre ellas, las infecciones por nuevos microorganismos patógenos. En aquel momento, no pensaba –o no quería pensar– que el coronavirus COVID19 fuera a convertirse en la potente amenaza que ha resultado ser, de ahí que optara por hablar de las reacciones que nos provocan las amenazas cotidianas o domésticas que, en situaciones de normalidad, solemos encontrar en nuestro día a día. No obstante, como hemos visto y vivido, el escenario en relación al coronavirus fue cambiando rápidamente, pasando del cierre de colegios, institutos y universidades anunciado inicialmente en lugares como Madrid, ciudad en la que vivo, a la declaración del estado de alarma en España.

En situaciones como la que afrontamos, es normal tener sentimientos confusos, incluso contradictorios, que se alternan sin que apenas parezca existir separación entre ellos. Así, hemos ido saltando de la trivialización de lo que estaba ocurriendo –negando incluso la existencia de la amenaza o viviendo como si el coronavirus fuera aún una realidad lejana– al pánico desbordado, rozando la histeria, que se ha manifestado en esas compras, un tanto compulsivas, en los supermercados. Qué difícil encontrar ese punto intermedio de responsabilidad, dentro de una situación de excepcionalidad, en el que, siendo conscientes de las repercusiones de esta crisis (personales, sociales, sanitarias, laborales, académicas…) podamos encontrar, también, espacios de calma y orden que nos permitan continuar, en la medida de lo posible, con nuestros quehaceres cotidianos y/o, a la vez, buscar nuevos espacios de confianza, espera o crecimiento personal. No olvidemos que ‘responsabilidad’ es la habilidad de responder.

La situación actual nos obliga, inevitablemente, a un cambio de hábitos que afecta a todos y, especialmente, a las personas que, bien por poder acceder al teletrabajo o por haber visto interrumpida su actividad laboral a consecuencia de las restricciones dictadas para evitar la expansión del coronavirus, pueden cumplir las recomendaciones de permanecer en sus hogares. Afortunadamente, vivimos en un mundo conectado a través de las nuevas tecnologías, de modo que, aunque no podamos quedar presencialmente, podemos mantener contacto frecuente con nuestros familiares y amigos. Estas nuevas tecnologías se han manifestado también como la mejor alternativa a lo que hasta ahora entendíamos como vida social, favoreciendo el acceso a exposiciones, conferencias, conciertos, cuentacuentos o juegos online que, como hemos visto este fin de semana, nos han ayudado a afrontar nuestro vacío o silencio interior.

Estamos acostumbrados, en general, a vivir hacia afuera, siempre en busca de estímulos y propuestas. Somos seres sociales, y en el encuentro con el otro, o con las experiencias que otros pueden ofrecernos, encontramos vías de crecimiento y desarrollo (unas veces) o de escape (otras veces, quizá demasiadas). Tal vez la situación de confinamiento a la que nos enfrentamos pueda ser una oportunidad para mirar dentro de nosotros y, quizá, empezar a atisbar las respuestas que, hasta ahora, nos empeñábamos en buscar fuera, en el movimiento, en el bullicio. Es tiempo de volver a los cuarteles de invierno: ¿qué tal si buscamos rutinas para escuchar con sosiego lo que nos dice nuestro cuerpo, para observar con cierta distancia los pensamientos con los que nuestra mente nos bombardea en estos tiempos de incertidumbre, para hacer un poco de introspección sobre nuestra identidad, nuestros valores, nuestra forma de ser y estar en el mundo?

Hacerse preguntas sobre uno mismo no es fácil: tendemos a plantearnos preguntas para las que ya tenemos una respuesta concienzudamente preparada y sabida que nos conduce, invariablemente, al victimismo o a la autojustificación. Por eso, con el objetivo de ayudar a encontrar nuevas perspectivas, durante la vigencia del estado de alarma decretado por el Gobierno de España ofreceré servicios individuales de coaching gratuitos por videollamada o videoconferencia. Las sesiones se realizarán en horario de mañana o tarde (a convenir) y tendrán una duración de 45 minutos, con un máximo de tres sesiones por persona. La solicitud de cita se realizará a través del correo electrónico info@autopiascoaching.com o del formulario de contacto de mi página web indicando nombre y apellidos, edad, profesión, teléfono, preferencia de horario (mañana o tarde) y preguntas o inquietudes que te llevan a solicitar la sesión. Las sesiones se adjudicarán por orden de solicitud, teniendo en cuenta que, por razones de agenda, solo podré realizar un máximo de cuatro sesiones diarias. ¡Mucho ánimo! En nuestro interior está la fuerza que necesitamos.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, ENEAGRAMA

La cuadratura del círculo

Lunes, día 9. ¡Cuántas sorpresas esconde este número! En aritmética, son varias las curiosidades asociadas al 9. Así, la suma de todos los dígitos que componen el número natural 123.456.789 nos da como resultado 45, y la suma de los dos dígitos que forman esta cifra es igual a 9. Del mismo modo, la suma de los dígitos de cada resultado de la tabla de multiplicar del 9 nos lleva siempre a este mismo número. Se dice, también, que el 9 es el número del saber supremo y del misticismo. A la vez, se le llama número del ser humano porque es la cifra que define el período de gestación (9 meses). Y son incontables los símbolos y enigmas vinculados al 9 que dan origen, sustentan o desarrollan la mitología, el cristianismo o la masonería, entre otros.

Entre los símbolos asociados al 9 se encuentra la figura de 9 puntas conocida como eneagrama (del griego ennea, nueve, y grammos, figura) con la que se representan las nueve personalidades básicas de los seres humanos y las complejas interacciones que se establecen entre ellas. Su origen, aunque no está documentado, se sitúa en Babilonia alrededor del año 2.500 a.C. La mística sufí, que lo consideraba un modelo de interpretación del mundo y de conocimiento del hombre, lo mantuvo vivo, de manera secreta u oculta, a lo largo de los siglos. Su introducción en Occidente, en la primera mitad del siglo XX, se atribuye al carismático y a la vez misterioso George I. Gurdjieff. Su divulgación y popularización posterior se debe a Óscar Ichazo (años 50), que introdujo la correlación de las nueve puntas con los nueve tipos de personalidad básica, y especialmente, a Claudio Naranjo (años 70) y Don Riso y Russ Hudson (años 80).

Para Naranjo, los nueve tipos de personalidad básica incluidos en el eneagrama (a los que llamamos eneatipos o egotipos, pues no dejan de ser manifestaciones del ego) constituyen un conjunto organizado de estructuras de carácter, entre las cuales se observan relaciones específicas de contigüidad, contraste, polari­dad, etc. Cada personalidad o estructura, como recuerdan Riso y Hudson, utiliza las capacidades del temperamento innato para desarrollar defensas y compensaciones para las heridas recibidas en la infancia, de modo que, de forma inconsciente, nos especializamos en un repertorio limitado de estrategias, imágenes propias y comportamientos que nos permitieron salir adelante y sobrevivir en el entorno de esos primeros años.

La denominación de los diferentes eneatipos varía en función del autor, de las traducciones y de los desarrollos posteriores que se han ido haciendo del eneagrama. Según la nomenclatura de Riso y Hudson, el eneatipo 1 es el reformador, un tipo idealista de sólidos principios; el eneatipo 2 es el ayudador, un tipo preocupado, orientado a los demás; el eneatipo 3 es el triunfador, un tipo adaptable y orientado al éxito; el eneatipo 4 es el individualista, un tipo romántico e introspectivo; el eneatipo 5 es el investigador, un tipo vehemente y cerebral; el eneatipo 6 es el leal, un tipo comprometido, orientado a la seguridad; el eneatipo 7 es el entusiasta, un tipo productivo y ajetreado; el eneatipo 8 es el desafiador, un tipo poderoso y dominante; el eneatipo 9, finalmente, es el pacificador, un tipo acomodadizo y humilde. Las denominaciones son solo eso, denominaciones: es difícil encontrar un concepto único para cada eneatipo, pues sus características generales (pasiones, cualidades esenciales, miedos, deseos básicos…) se ven siempre matizadas por los llamados instintos (que configuran 3 subtipos distintos dentro de cada egotipo) y por las influencias y relaciones que recibe o mantiene con el resto de eneatipos (lo que se conoce como flechas y alas).

Por tanto, el eneagrama no es un fin en sí mismo, sino el inicio de un camino de autoconocimiento y crecimiento que nos permite avanzar en la aceptación y el reconocimiento de la responsabilidad que tenemos sobre nuestros comportamientos, comprender mejor –desde el respeto– los patrones de funcionamiento de las personas que nos rodean y, desde ahí, crear lazos más fuertes y comprometidos, sobre las bases de una comunicación más efectiva, con el mundo en el que nos desenvolvemos. El eneagrama es, a la vez, una fuente de información muy útil en procesos de acompañamiento como el coaching (ayuda a definir herramientas más específicas para impulsar las necesidades y motivaciones de los clientes) y se emplea también (a veces con enfoques muy reduccionistas) en la gestión de grupos o en los procesos de selección que realizan los departamentos de recursos humanos de las empresas.

Todas estas funcionalidades del eneagrama dejan de tener sentido si lo utilizamos únicamente como herramienta de encasillamiento en una sociedad que vive, cada vez más, a golpe de etiquetas. Según vayamos conociendo los eneatipos, efectivamente, nos iremos identificando, en mayor o menor medida, con uno u otro. Pero no debemos olvidar que el eneagrama no es una herramienta para justificarnos (Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, como cantaba Jeanette), sino para superar las máscaras tras las que nos parapetamos y desarrollar al máximo nuestro potencial. Esa es la esencia del eneagrama: un círculo en el que todo cabe que fluye constante a través del espacio y del tiempo. ¿Por qué quedarse en un número, pudiendo aspirar al infinito?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

¿Qué opciones tienes?

¿Cuántas veces has pensado, a lo largo de tu vida, que no tenías otra opción? Vivir, efectivamente, conlleva una serie de obligaciones, y a veces parece que no tenemos otra alternativa a lo que toca o a lo que se espera de nosotros en cada momento: no hay otras posibilidades y, por tanto, no tenemos capacidad de elegir. En general, esto ocurre cuando adoptamos un papel victimista ante la vida: preferimos pensar que todo nos viene impuesto desde fuera antes que asumir nuestra responsabilidad sobre la forma de responder ante lo que nos ocurre. Así, nos acomodamos a la obligación porque nos permite vivir instalados en el reproche. Puede ser también que la obligación, como única opción posible, sea una respuesta al miedo.

Otras veces, la vida –aparentemente– nos fuerza a escoger entre dos alternativas. En este caso, nos encontramos un dilema. El dilema, según el diccionario, se define como una situación en la que es necesario elegir entre dos opciones igualmente buenas o malas. ¿Qué prefieres, el hambre o la sed? No sabría decirte… ¿Y a quién quieres más, a papá o a mamá? Difícil respuesta, sobre todo si te has sentido querido por tus dos progenitores. Ante un dilema, se aconseja hacer una lista de pros y contras –ventajas e inconvenientes– de cada una de las opciones. Tal vez así seamos capaces de elegir una solución, pero la decisión quedará desdibujada por la pérdida que supone renunciar a una de las opciones (cuando las dos premisas en conflicto son igualmente buenas) o por la angustia que suscita escoger entre dos alternativas igualmente malas.

El dilema, por tanto, es una trampa. Por eso, te recomiendo que cuando tengas que elegir entre dos opciones, elijas la tercera. Siempre es posible crear nuevas opciones, ya sean soluciones intermedias a las premisas en juego en cada dilema o alternativas que rompen la disyuntiva para plantear situaciones nuevas. Cuantas más opciones tengamos, más podremos desarrollar nuestro sentido de libertad y responsabilidad. Y, de esta manera, seremos auténticos protagonistas en los procesos de toma de decisiones que nos vayamos encontrando en los distintos ámbitos de nuestra vida. En un abanico amplio de opciones, siempre es más fácil encontrar la que más nos conviene en un momento determinado.

¿Y esto, cómo se hace? Para convertir el dilema en trilema (tres opciones) o polinema (más de tres opciones) tenemos que romper los discursos internos preestablecidos, ampliar perspectivas e identificar nuevos escenarios que nos permitan acceder a opciones distintas. ¿Qué hay de nuevo u original en cada coyuntura? A veces, no es sencillo encontrar la respuesta a esta pregunta: vivimos atrapados en una serie de justificaciones limitantes que nos impiden ver otras alternativas. Si estás en esta situación, te invito a pensar en el Coaching como opción para generar nuevas opciones y posibilidades.

–¿Qué opciones tengo?
–Tienes tantas opciones como te permitas tener.


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