AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES, REFLEXIONES

Las reacciones del miedo

Se han descrito, tradicionalmente, tres posibles reacciones del ser humano ante amenazas o situaciones de peligro que nos provocan miedo: el ataque, la parálisis o la huida. Estas reacciones tienen su origen en el llamado cerebro reptiliano (la capa más profunda de nuestro cerebro, donde se localizan los instintos primitivos relacionados con la búsqueda de comida, el cortejo, la identificación de rivales y, en general, todos los aspectos relacionados con la supervivencia) y se activan gracias a la amígdala, una estructura con forma de almendra situada en el cerebro límbico (capa del cerebro anterior al neocórtex en la que se regulan nuestras respuestas fisiológicas y emocionales configurando determinados patrones de conducta).

Los riesgos que amenazan la supervivencia del ser humano han cambiado a lo largo de la historia. Ya no tenemos que salir a cazar, enfrentándonos a todo tipo de animales salvajes, para procurarnos el alimento necesario: basta con bajar al supermercado o, directamente, hacer un pedido telefónico u online para que nos traigan la comida a casa.  No obstante, seguimos rodeados de amenazas: el terrorismo, el cambio climático, las infecciones por nuevos microorganismos patógenos… Y hay, además, otras amenazas que, si bien no suponen peligro de muerte, condicionan nuestra supervivencia individual y social en un mundo especialmente competitivo (el miedo al ridículo, la pérdida de un determinado estatus, el temor a ver comprometidos nuestros valores o creencias…). Es curioso ver cómo estas amenazas cotidianas suscitan, de forma irracional, esas mismas reacciones de ataque, parálisis o huida con las que respondemos a estímulos que, verdaderamente, afectan a nuestra supervivencia física.

Ante cualquier amenaza, y especialmente ante los retos o desafíos del día a día, cada uno responde como mejor sabe y puede de acuerdo al contexto y a la experiencia. Pero no siempre esa respuesta es la más eficaz. Pienso, por ejemplo, en el ataque: generalmente, el hecho de enfrentarse a una situación desafiante se interpreta como un signo de valentía, pero… ¿siempre lo es? El ataque solo será eficaz si somos conscientes de nuestras habilidades y de nuestras limitaciones, de las fortalezas y debilidades de nuestro rival (en caso de que se trate de un enfrentamiento interpersonal), de los condicionantes de la situación que nos reta, de nuestra capacidad para desarrollar un plan de acción con objetivos claros y herramientas precisas que, si bien no nos garanticen el éxito, al menos nos predispongan para la victoria. Atacar sin estar preparado no es valentía, es insensatez. Mejor combinar el corazón con la cabeza.

Lo mismo ocurre con la huida. Habitualmente, asociamos la huida con la cobardía, pero… ¿siempre es así? Efectivamente, muchas veces escapamos de cosas que no queremos afrontar, evitamos asumir nuevos retos o desafíos. Desaparecemos, como los mejores ilusionistas, para seguir cómodamente instalados en nuestra zona de confort: sí, sabemos que nos perdemos cosas, ¡pero qué bien se está en nuestro pequeño mundo! Otras veces, por el contrario, no se puede hablar de huida, sino de retirada: no tiene sentido permanecer en lugares donde no nos sentimos escuchados, donde no se respetan nuestros límites, donde nuestra energía se consume impidiendo que podamos dar lo mejor de nosotros mismos en otros proyectos o áreas que puedan resultarnos más interesantes o en las que nos sintamos más realizados.

En la parálisis, tratamos de mimetizarnos con el entorno intentando pasar desapercibidos. Lo normal, en estos casos, es que acabemos actuando, a largo plazo, de forma confluyente o sumisa, todo con tal de no significarnos. Pero pararse puede ser, quizá, la forma más efectiva de responder a corto plazo, sobre todo cuando se trata de amenazas domésticas o cotidianas que no conllevan un riesgo vital: pararse para chequear nuestra fisiología (el miedo, como es sabido, tiene manifestaciones físicas en forma de incremento de los ritmos cardíaco y pulmonar, palidez o enrojecimiento de la piel, repercusiones estomacales e intestinales…), pararse para observar y tomar conciencia de lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo y, a partir de ahí, buscar nuevas perspectivas que nos permitan, llegado el momento, dar una respuesta acorde con nuestras necesidades y expectativas.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

¿Respuesta? Asertividad

En nuestras relaciones e interacciones cotidianas nos encontramos con muchos comportamientos y mensajes –pedradas– que nos resultan inoportunos, invasivos, desagradables e incluso ofensivos. A veces, por inseguridad o por miedo a abrir un conflicto, evitamos poner un límite y aceptamos, de un modo u otro, las demandas, requerimientos, pretensiones y expresiones de nuestro interlocutor: usamos esas pedradas para construir un muro con el que tapiar nuestras necesidades, nuestros valores y, en definitiva, nuestra integridad. Otras veces, encendidos y descontrolados, devolvemos las pedradas, olvidando pasar por el filtro de la conciencia, mostrando así nuestra peor versión. Ambas respuestas se demuestran, en general, ineficaces: no conseguimos lo que queremos y, de un modo u otro, acabamos por sentirnos culpables.

¿Cuál es, entonces, la respuesta más adecuada para hacer frente a esos comportamientos o mensajes que percibimos como una prueba o un ataque? Lo más efectivo es, sin duda, responder con asertividad. O, al menos, tratar de hacerlo, pues la asertividad se puede entrenar. Pero, ¿qué es la asertividad? Podemos decir que la asertividad es una forma de comunicación que nos permite expresar opiniones, defender y reivindicar nuestros derechos y plantear sugerencias sin dejarnos arrastrar por las emociones (el miedo, cuando evitamos poner límites, o el enfado, cuando damos una respuesta descontrolada). La asertividad se sustenta sobre la autoestima (la consideración que cada uno tiene de sí mismo) y sobre la autoconfianza (la seguridad y la convicción con la que hacemos frente a los obstáculos que encontramos en la vida).

La respuesta asertiva, basada en la honestidad, nos permite fijar límites que reafirman nuestra dignidad y el respeto que sentimos hacia nosotros mismos. Desde ahí, la asertividad nos legitima para sostener, de forma natural, nuestra propia voz (respetando que los demás puedan tener opiniones discrepantes), favoreciendo una comunicación clara y directa sobre lo que necesitamos, queremos o demandamos de los otros: la asertividad nos conecta con nuestra autenticidad, con nuestra propia verdad. Cabe señalar que la asertividad no inhibe las emociones (las emociones nos informan de cómo nos afecta lo que nos ocurre), pero evita que estas tomen el control desbordando nuestra capacidad de respuesta.

¿Cómo articular una respuesta asertiva? Aunque no parece fácil, hay algunas claves que pueden ayudarnos. En primer lugar, deja a un lado las emociones, los juicios o los reproches que te suscita la situación a la que quieres dar respuesta y habla solo de los hechos: describe de forma objetiva y concreta lo que ha ocurrido. A continuación, expresa tus sentimientos: habla desde ti, explica cómo te has sentido (sin culpar o atacar a tu interlocutor). Después, describe las consecuencias que pueden darse si esos hechos vuelven a producirse o se mantienen en el tiempo. Y, finalmente, plantea una demanda o petición, desde tus necesidades, con el fin de interpelar al interlocutor para llegar a un compromiso o acuerdo.

Probablemente, leer estas líneas no será suficiente para que, ante una situación crítica, actuemos de forma asertiva. Por eso, te animo a entrenar la asertividad recordando situaciones de tu vida en las que tus respuestas fueran insuficientes (dejando invadir tus límites) o desproporcionadas (dejando el control en manos de emociones desbordadas). ¿Cómo hubieras respondido asertivamente? ¿Qué cambios se habrían producido, no ya tanto en la situación, sino en ti mismo? Hay que tener en cuenta que la asertividad nos ayuda a moldear y templar nuestra respuesta, pero –aunque predispone– no siempre es posible cambiar la respuesta de los demás, que actuarán de acuerdo a sus mapas de creencias y experiencias. Puede que los otros quieran seguir anclados en respuestas ineficaces. Pero, ¿y tú? ¿Quieres seguir ahí?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

¿Qué opciones tienes?

¿Cuántas veces has pensado, a lo largo de tu vida, que no tenías otra opción? Vivir, efectivamente, conlleva una serie de obligaciones, y a veces parece que no tenemos otra alternativa a lo que toca o a lo que se espera de nosotros en cada momento: no hay otras posibilidades y, por tanto, no tenemos capacidad de elegir. En general, esto ocurre cuando adoptamos un papel victimista ante la vida: preferimos pensar que todo nos viene impuesto desde fuera antes que asumir nuestra responsabilidad sobre la forma de responder ante lo que nos ocurre. Así, nos acomodamos a la obligación porque nos permite vivir instalados en el reproche. Puede ser también que la obligación, como única opción posible, sea una respuesta al miedo.

Otras veces, la vida –aparentemente– nos fuerza a escoger entre dos alternativas. En este caso, nos encontramos un dilema. El dilema, según el diccionario, se define como una situación en la que es necesario elegir entre dos opciones igualmente buenas o malas. ¿Qué prefieres, el hambre o la sed? No sabría decirte… ¿Y a quién quieres más, a papá o a mamá? Difícil respuesta, sobre todo si te has sentido querido por tus dos progenitores. Ante un dilema, se aconseja hacer una lista de pros y contras –ventajas e inconvenientes– de cada una de las opciones. Tal vez así seamos capaces de elegir una solución, pero la decisión quedará desdibujada por la pérdida que supone renunciar a una de las opciones (cuando las dos premisas en conflicto son igualmente buenas) o por la angustia que suscita escoger entre dos alternativas igualmente malas.

El dilema, por tanto, es una trampa. Por eso, te recomiendo que cuando tengas que elegir entre dos opciones, elijas la tercera. Siempre es posible crear nuevas opciones, ya sean soluciones intermedias a las premisas en juego en cada dilema o alternativas que rompen la disyuntiva para plantear situaciones nuevas. Cuantas más opciones tengamos, más podremos desarrollar nuestro sentido de libertad y responsabilidad. Y, de esta manera, seremos auténticos protagonistas en los procesos de toma de decisiones que nos vayamos encontrando en los distintos ámbitos de nuestra vida. En un abanico amplio de opciones, siempre es más fácil encontrar la que más nos conviene en un momento determinado.

¿Y esto, cómo se hace? Para convertir el dilema en trilema (tres opciones) o polinema (más de tres opciones) tenemos que romper los discursos internos preestablecidos, ampliar perspectivas e identificar nuevos escenarios que nos permitan acceder a opciones distintas. ¿Qué hay de nuevo u original en cada coyuntura? A veces, no es sencillo encontrar la respuesta a esta pregunta: vivimos atrapados en una serie de justificaciones limitantes que nos impiden ver otras alternativas. Si estás en esta situación, te invito a pensar en el Coaching como opción para generar nuevas opciones y posibilidades.

–¿Qué opciones tengo?
–Tienes tantas opciones como te permitas tener.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

De lo urgente y lo importante

Últimamente estoy embarcado en muchas tareas. Por un lado, continúo implicado con la actualización semanal de mi blog (gracias por tu lectura atenta) y con la publicación diaria de contenidos para la reflexión en mis perfiles en redes sociales (recuerda que puedes seguirme en Facebook, Twitter e Instagram). ¡Incluso estoy desarrollando nuevos contenidos para este espacio web! A la vez, sigo atendiendo puntualmente las sesiones con mis clientes y he comenzado a recopilar información de cara a la preparación de próximos talleres. Por otro lado, estoy embarcado en la redacción de trabajos y memorias finales de las últimas formaciones que he cursado. Y, por si fuera poco, me he sumado a un grupo de trabajo, con gente de distintas edades y perfiles, en el que desarrollar mi compromiso social. A veces, todas estas actividades parecen concentrarse en un momento dado, tengo prisa por acabarlo todo… y me siento desbordado.

Seguro que, en algún momento, tú también has tenido esta sensación, ya sea con actividades que tú mismo has escogido o con obligaciones o responsabilidades que te imponen desde fuera. En estos casos, nos sentimos presionados, bien por las expectativas que han depositado en nosotros o bien por nuestra propia autoexigencia. Por ello, es conveniente aprender a organizar el trabajo y a priorizar tareas. ¿Cómo hacerlo? Primero, elaborando una lista de las tareas que tenemos asignadas o que de forma voluntaria nos hemos propuesto. Después, sometiendo esas tareas al escrutinio de la Matriz de Covey (también llamada Matriz de Eisenhower), una herramienta popularizada por Stephen Covey tras incluirla en su libro Los siete hábitos de las personas altamente efectivas.

Esta matriz se confecciona dibujando cuatro cuadrantes en los que distribuiremos las tareas en función de su urgencia (tareas urgentes y tareas no urgentes, eje horizontal) y de su importancia (tareas importantes y tareas no importantes, eje vertical). Las tareas urgentes son aquellas que requieren una atención inmediata. En palabras de Covey, son tareas que nos presionan, reclaman acción. Por su parte, la importancia está relacionada con los resultados. La distribución de tareas en la matriz nos ayudará a determinar qué tareas tenemos que hacer inmediatamente, qué tareas debemos planificar, qué tareas conviene delegar y qué tareas ignorar completamente.

En el primer cuadrante (arriba, a la izquierda) se recogen las tareas importantes e urgentes. Aquí se incluyen todas las actividades que consideramos de gran relevancia y que no pueden ser pospuestas por más tiempo (atender crisis, gestionar problemas apremiantes, concluir proyectos en fase de vencimiento). Debe tenerse en cuenta que la concentración de tareas en este cuadrante puede causarnos problemas de estrés, cansancio o fatiga. En el segundo cuadrante (arriba, a la derecha) se incluyen las tareas importantes pero no urgentes, es decir, aquellas acciones relevantes que, sin embargo, no requieren una respuesta inmediata, sino que deberán resolverse a medio o largo plazo. Son tareas que, por tanto, podremos planificar de acuerdo a los objetivos que nos hayamos fijado. Según Covey, este cuadrante es el corazón de la administración personal efectiva.

En el tercer cuadrante (abajo, a la izquierda) se sitúan las tareas no importantes pero urgentes. Se ubican aquí las tareas superfluas que se realizan por hábito o por azar (interrupciones, llamadas imprevistas, etc.) y que no aportan ningún valor a nuestros objetivos. Covey afirma que, en general, la urgencia de esas cuestiones se basa a menudo en las prioridades y expectativas de los otros. Finalmente, en el cuarto cuadrante (abajo, a la derecha) se colocan las tareas no importantes y no urgentes. Se trata de actividades que realizamos por inercia pese a no ser necesarias o apremiantes (por ejemplo, ceder ante distracciones o trivialidades).

¿Dónde has situado cada una de las tareas que tienes encomendadas o que te has propuesto en tu día a día? ¿Hay tal vez una concentración de tareas en el primer o en el tercer cuadrante? ¿Hay tareas que podrías delegar o, directamente, eliminar de tu lista de ocupaciones? ¿Qué puedes hacer para reforzar el segundo cuadrante de la matriz? Planificar tareas importantes pero no urgentes es la base de una gestión eficaz del tiempo. Te corresponde a ti elegir entre una gestión proactiva, enfocada en soluciones, en la que puedas mantener el control sobre tus tareas, y una gestión reactiva en la que acabas convertido en títere de multitud de problemas emergentes.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

¿Emociones negativas?

Distintas clasificaciones (así se recoge en libros, artículos o vídeos) consideran que la tristeza, la ira y el miedo son emociones negativas de las que conviene escapar para tener una vida feliz. Este tipo de afirmaciones, cada vez más repetidas, me dejan contrariado: la felicidad, a mi juicio, no consiste en vivir siempre alegre, ignorando otras emociones, sino en aceptar las cosas que nos pasan (recordando que aceptar no equivale a conformarse o resignarse, de forma pasiva, con lo que nos ocurre). Por otro lado, las emociones, a priori, son solo información que nos proporciona nuestro cuerpo sobre el impacto que nos causa la realidad que nos rodea (o, al menos, de la interpretación que hacemos de ella).

La tristeza, por ejemplo, se define como una respuesta a acontecimientos desfavorables, adversos, no placenteros o dolorosos (discusiones, pérdidas, desilusiones, fracasos). Al pensar en ella, generalmente evocamos sus principales manifestaciones –llanto, abatimiento, desmotivación– sin detenernos en su potencial restaurador: la tristeza nos permite centrar la atención en nosotros mismos, facilita la introspección, el análisis y la comprensión de la situación que nos ha causado daño y promueve la empatía. La tristeza resulta imprescindible, por tanto, para iniciar el proceso de aceptación del factor o de los factores desencadenantes y recuperar así el equilibrio emocional.

La ira, por su parte, es la respuesta que manifestamos ante situaciones que nos producen frustración o aversión tales como sentirse ofendido, creer vulnerados nuestros derechos o encontrar obstáculos que impidan la consecución de las metas que nos hayamos propuesto. Además, se trata de una emoción siempre presente en situaciones de conflicto y, aunque puede darse en distintos niveles de intensidad, suele asociarse con comportamientos agresivos o violentos. Su papel, al igual que el del resto de las emociones es adaptativo: enfadarse es una forma de contactar con uno mismo para identificar lo que nos molesta, ver qué hay de eso que nos molesta en nosotros mismos y, en su caso, poner límites en la interacción con nuestro entorno.

El miedo, finalmente, se activa ante la percepción de un peligro inminente, ya sea real o imaginado. Es una emoción básica para la supervivencia, pues condiciona nuestra reacción ante eventuales amenazas. No obstante, muchas veces nos detenemos únicamente en su efecto paralizador o debilitante olvidando los beneficios que podemos sacar de él en términos de aprendizaje: enfrentar el miedo nos permite identificar y superar las barreras o las dificultades que, en nuestro día a día, nos impiden crecer. El miedo puede ser un aliado si no nos dejamos controlar por él. Como tenía miedo, lo hice con miedo.

Como vemos, las llamadas emociones negativas tienen su utilidad. Por tanto, no podemos desterrarlas o estigmatizarlas, sino todo lo contrario: debemos dar cabida a la tristeza, a la ira y al miedo para extraer la información que nos aportan, indagar sobre lo que nos dicen sobre nosotros y sobre nuestra relación con el mundo que nos rodea y, en la medida de nuestras posibilidades, liberarlas (ya sea en el momento, si es posible, o en diferido, aplicando técnicas de gestión emocional). Lo importante, en mi opinión, es no confundir las emociones con el estado de ánimo: las emociones son vivencias puntuales; el estado de ánimo es el marco que configuramos a partir de esas emociones. De cada uno depende construir un estado anímico saludable basado en la integración y aceptación de lo que nos va sucediendo o un estado anímico victimista en el que las emociones se quedan atascadas.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, REFLEXIONES

Cambiar, ¿hacia dónde?

Ha pasado ya un año desde que publicara la primera entrada de este blog, titulada Apuesta por el cambio. En ella, inspirado por mi propia experiencia de cambio personal (de la que di pinceladas en entradas posteriores, así como en el apartado Sobre mí de esta web), defendía los procesos de cambio como movimientos inherentes a nuestro crecimiento y evolución como personas y como experiencias que amplían nuestro bagaje vital y ensanchan nuestra visión sobre las pequeñas y grandes cosas que mueven el mundo. En los cambios –recordaba– se mide nuestra capacidad de adaptación y resiliencia a las circunstancias, sean grandes acontecimientos o pequeñeces, que alteran nuestro día a día.

Los cambios, en términos generales, se producen como respuesta a una situación de crisis, a sensaciones de inquietud o insatisfacción o, simplemente, a un afán de mejora. No obstante, solemos buscar los cambios mirando hacia fuera: nuevas oportunidades laborales, nuevas actividades en las que embarcarnos, nuevas rutinas que puedan resultarnos más satisfactorias… Nos orientamos principalmente al tener y al hacer. Es fabuloso abrirse a la oportunidad de vivir nuevas experiencias que, a su vez, nos permitan nuevas formas de relacionarnos con el mundo, pero… ¿pueden cuajar esas experiencias si no impulsamos un cambio dentro de nosotros mismos?

Para que el cambio sea eficaz y fructífero se requiere una transformación interior que potencie nuestro ser. Y para lograr esa transformación hay que volver la mirada sobre uno mismo. Solemos andar por la vida sin vernos y sin escucharnos: no nos vemos porque priorizamos (e intentamos salvaguardar a toda costa) la imagen o máscara con la que nos relacionamos con los demás y con la que protegemos nuestra verdadera identidad; y no nos escuchamos porque obviamos o confundimos nuestras propias necesidades para atender los deseos o requerimientos que nuestro entorno nos demanda. ¡Qué grandes diferencias hay, a veces, entre lo que somos y lo que actuamos! Es el momento de mirar hacia dentro, con comprensión y sin juicio, sin miedo a lo que podamos encontrar, y oír lo que nuestro cuerpo, desde su sabiduría interior, nos quiere decir.

La expedición hacia el cambio interior suele ser un camino sin retorno que, salvo revelaciones místicas, nos va a requerir tiempo, esfuerzo y constancia. No es un camino fácil. El proceso se asemeja a la demolición de un edificio para construir algo nuevo en su lugar: se derriba la fachada, cae el entramado de vigas y muros que sustentan la estructura, quedan a la vista los cimientos –que tendrán que ser más o menos reforzados, según lo que se pretenda hacer– y se prepara el solar para su nuevo uso. Este solar es lo que la Terapia Gestalt denomina el vacío fértil, el momento en el que, conectados con todas las posibilidades infinitas que la naturaleza brinda al ser humano, podemos elegir ser quienes queramos ser.

A veces, como ocurre en muchas obras, el lapso de tiempo entre la demolición y la construcción de la nueva obra se dilata más de lo esperado. El cambio, amenazado por las dudas y la incertidumbre, entra  en crisis. En estos casos, el solar adopta la forma de desierto, lodazal o pantano de arenas movedizas en el que resulta muy difícil permanecer. Se sufre por la pérdida de la infraestructura anterior y se teme por la llegada de lo que aún está por construir. Pero ya es demasiado tarde para tirar la toalla: el cambio, imparable, se está gestando y expresando dentro de nosotros mismos. Doy fe de que ese camino al cambio interior, incluso en los momentos de mayor desorientación, merece ser transitado.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES, HERRAMIENTAS DE COACHING

Otra respuesta es posible

En las sucesivas entradas que he ido publicando en Autopías han ido apareciendo algunas pinceladas sobre emociones básicas del ser humano como el miedo, la alegría o la tristeza. Hoy voy a detenerme en el enfado, la manifestación más habitual de la ira. Algunos piensan que se trata de una emoción negativa. Sin embargo, se trata de una emoción necesaria en nuestra relación con el mundo: nos permite defendernos de amenazas exteriores (o defender personas y causas que nos importan) y nos ayuda a fijar límites en la interacción con los demás. El problema surge cuando no canalizamos y no expresamos de forma correcta el enfado, ya sea por exceso (hostilidad, agresividad) o por defecto (callando, reprimiendo).

Una de las formas más habituales de expresión del enfado en la que todos, más o menos, podemos reconocernos es la que aparece en cómics, historietas y tebeos: un bocadillo relleno de cabezas de cerdo, admiraciones, interrogaciones, berridos, arrobas, almohadillas, guantes de boxeo y yunques voladores hacen indicar que un personaje está enfadado. En estas situaciones, la emoción se representa de forma clara, pero el mensaje sobre la situación concreta que provoca el enfado se diluye en el exabrupto. Si queremos que nuestro interlocutor nos escuche, más allá de la pataleta, y  que atienda nuestras razones, necesitamos otro enfoque más asertivo. Por ejemplo, la Comunicación No Violenta.

El modelo de Comunicación No Violenta (CNV), desarrollado por el psicólogo estadounidense Marshall B. Rosenberg en los años setenta del siglo pasado, se define como un proceso de comunicación que ayuda a las personas a intercambiar la información necesaria para resolver conflictos y diferencias de un modo pacífico. Según el autor, la CNV nos orienta para reestructurar nuestra forma de expresarnos y de escuchar a los demás. En lugar de obedecer a reacciones habituales y automáticas, nuestras palabras se convierten en respuestas conscientes con una base firme en un registro de lo que percibimos, sentimos y deseamos. Y todo ello en cuatro –¿sencillos?– pasos.

En general, ante situaciones de enfado, tendemos a responder descalificando a nuestro interlocutor, impidiendo así una comunicación efectiva entre ambos: Has vuelto a retrasarte. ¡Eres un impresentable! Para evitar esta respuesta, Rosenberg propone: 1) Hacer una descripción lo más objetiva posible, libre de juicios y evaluaciones, de los hechos que han originado el enfado. 2) Expresar los sentimientos (disgusto, malestar, incomodidad) que esa situación nos genera. 3) Verbalizar las necesidades que emanan de esos sentimientos. Y 4) Formular una petición basada en la observación, los sentimientos y las necesidades que hemos identificado en los pasos anteriores. Si volvemos al ejemplo anterior, diríamos: Pasan 30 minutos de la hora a la que nos habíamos citado. Me molesta tener que esperar. Para mí es importante que se valore mi tiempo. Te pido, por tanto, que la próxima vez seas puntual o que al menos me avises si vas a retrasarte.

Reconozco que no siempre soy capaz de responder aplicando las pautas de la Comunicación No Violenta. No obstante, es un modelo que podemos entrenar. ¿Cómo hacerlo? De entrada, revisando las situaciones de enfado en las que no hemos actuado adecuadamente en el pasado y visualizándonos respondiendo de acuerdo a las recomendaciones de la CNV. Así iremos incorporando sus cuatro pasos en nuestro acervo relacional. Y también trabajando nuestra recepción empática: es probable que hayamos enfadado a alguien que quiera ponernos límites de acuerdo a las reglas de la CNV. ¿Estamos abiertos a una comunicación auténtica? Como recuerda Rosenberg, nos conectamos con los demás percibiendo primero lo que ellos observan, sienten y necesitan, y descubriendo después en qué enriquecerá su vida recibir lo que nos piden.


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