AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un balance alternativo

El calendario nos habla estos días de transición y cambio. Hoy, 21 de diciembre, se produce la gran conjunción entre Júpiter y Saturno, una ocasión propicia –según los astrólogos–  para dejar atrás nuestras estructuras de pensamiento y comportamiento más anticuadas. Este lunes tendrá lugar, también, el solsticio de invierno, un fenómeno astronómico asociado a la idea de renovación y renacimiento que encuentra su representación social en celebraciones religiosas como la Navidad, evento que viviremos en pocos días. La próxima semana, en Nochevieja, asistiremos al cambio de ciclo que supone dar la bienvenida a un nuevo año. Y finalmente, una vez que hayan pasado los Reyes Magos, trataremos de recuperar la (nueva) normalidad volviendo –¿con ganas?– a nuestras rutinas habituales.

La pandemia que estamos viviendo, con las restricciones asociadas, condicionará las celebraciones y los encuentros previstos para estos días, dando un mayor valor emocional –si cabe– a estas fechas. Las limitaciones nos harán conectar –previsiblemente– con todas las renuncias que hemos tenido que ir haciendo a lo largo del año, especialmente durante los meses de confinamiento. Y es probable que la frustración, el cansancio y el hartazgo acumulados incentiven nuestro deseo de pasar página para entrar en un 2021 en el que recuperar la confianza y la esperanza y retomar nuestra vida (o lo que creíamos como tal) después de un año en blanco.

Pasar página. Borrar 2020 de un plumazo.

Efectivamente, 2020 ha sido un año duro a causa de las afecciones que ha causado la pandemia en todas las dimensiones del ser humano (física, emocional, social, laboral, cultural, económica…). Cada uno sabe las pérdidas y las renuncias a las que ha tenido que hacer frente, y todas ellas estarán muy presentes –casi con exclusividad– a la hora de hacer el balance del año que ahora termina. Sin embargo, estoy seguro de que en este 2020 también te han pasado otras (pequeñas) cosas que conviene rescatar –y poner a salvo– para vivir con garantías ese proceso de transición y cambio que, consciente o inconscientemente, se pone en marcha en esta época del año. He aquí las tres preguntas básicas que debes formularte para hacer el auténtico balance del 2020:

1. ¿Qué? Indudablemente, el qué de 2020 ha sido el coronavirus Covid-19, tanto la enfermedad en sí como sus repercusiones en todos los ámbitos. Toda nuestra vida ha girado este año en torno a la pandemia y sus consecuencias. Pero… ¿y si en vez de centrarnos en el dolor o en la frustración que nos ha causado, miramos más allá? ¿Qué otros qué han marcado este año? Recuerda los logros que has conseguido, los retos que has superado, los desafíos a los que te has enfrentado. No hace falta que sean grandes gestas: basta con pequeños gestos o actos cotidianos en los que te hayas sentido realizado. Tal vez puedas pensar que, con la que está cayendo, estos logros, retos o desafíos quedan en un segundo plano. ¿Vas a minusvalorar aquello que te hace crecer?

2. ¿Cómo? Es evidente que la pandemia nos ha obligado a introducir cambios en nuestra vida cotidiana. Usamos mascarillas, cargamos con botes de gel hidroalcohólico, intentamos mantener una distancia física con las personas con las que interactuamos… y tratamos de encajar, como mejor podemos, en lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad (protocolos en los centros de trabajo, recomendaciones para eventos sociales y actos culturales, etc.). ¿Cómo lo hemos hecho? ¿Cómo lo seguimos haciendo? Piensa en todas las estrategias y maneras de hacer que has aplicado en los últimos meses en tu vida personal, social, laboral… ¿Qué recursos propios has descubierto? ¿Cuáles de ellos quieres mantener?

3. ¿Para qué? Continúa el debate sobre las causas o los fundamentos –el por qué– de la expansión masiva del coronavirus y de las medidas que se han ido aplicando para frenar o controlar la transmisión de la enfermedad. No faltan, como todos sabemos, teorías conspiranoicas. Sin menoscabo de que, como ciudadanos, reclamemos seriedad, rigor y transparencia en la información sobre el coronavirus, centrarnos exclusivamente en el por qué puede ser un error de foco. Pensemos, a la hora de hacer balance de 2020, en el para qué. ¿De qué te ha servido todo lo que ha pasado este año? ¿Qué has aprendido de ti? ¿Qué sentido le das? ¿Y qué impacto ha tenido este 2020 en tus valores personales? ¿Han cambiado, se han hecho más fuertes?

Ojalá este año haya ayudado a abrir espacios de reflexión personal inéditos hasta ahora. Felices fechas de transición y cambio. Felices fiestas.


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Entre paréntesis

El 7 de diciembre es, en España, un día extraño. Ubicado entre dos festivos (el Día de la Constitución y la fiesta de la Inmaculada Concepción), alterna entre ser día laborable y día de asueto, según los años y las circunstancias. Cuando es día laborable, todo parece funcionar a medio gas: se da por hecho que mucha gente se tomará el día libre y el ambiente laboral cambia considerablemente. Cuando es día de asueto, unido a los festivos anterior y posterior y al fin de semana más cercano, equivale a toda unas vacaciones.

Su posición intermedia entre dos festivos y las características asociadas al llamado puente de diciembre me hacen pensar en el 7-D como un día entre paréntesis, una oportunidad para hacer un inciso en nuestra vida cotidiana. Un resquicio para lo ordinario y lo extraordinario.

Así, este puente de diciembre ha sido tradicionalmente una ocasión propicia para los últimos viajes o escapadas antes de las celebraciones de Navidad (donde cualquier desplazamiento se ve condicionado, generalmente, por los compromisos familiares y sociales asociados a esas fechas). Y también es, para muchos, el momento perfecto para acercarse al centro de pueblos y ciudades, y a los centros comerciales, para ver el alumbrado navideño, visitar belenes y adelantar compras antes de que nos veamos atrapados por la vorágine de la Navidad.

Hay quien vivirá este puente, efectivamente, como un paréntesis con un principio y un final, con actividades que comienzan y acaban en estos días. Para otros, en cambio, este puente será la apertura de un largo paréntesis que no acabará hasta el 8 de enero. Así, las próximas semanas serán, para muchos, una escenificación constante del espíritu navideño con multitud de planes y celebraciones, agudizando el ingenio para superar –legalmente, espero– las restricciones vigentes. Otros, por su parte, buscarán refugio a la espera de recuperar, una vez apagadas las luces, sus rutinas habituales. Probablemente, alguno de estos tendrá su momento Ebenezer Scrooge en unas navidades inéditas y excepcionales.

Porque, conviene no olvidarlo, vivimos una pandemia.

En concreto, estamos en medio del paréntesis que la pandemia ha puesto en nuestras vidas, un paréntesis que se abrió el pasado mes de marzo y que aún no se ha cerrado. Un período en el que, pese a habernos acostumbrado a vivir con las recomendaciones y las restricciones que se han ido dictando, seguimos teniendo cierta sensación de vivir en suspenso a la espera de tiempos mejores. Un paréntesis de renuncias y esfuerzos –individuales y colectivos– en una situación de incertidumbre. Pero… ¿está siendo también un paréntesis con ganancias?

En las clases de Lengua Española se explica que los paréntesis, como signos ortográficos, sirven para incluir información adicional, accesoria o complementaria y que el significado de la oración en la que se incluyen no varía si se suprime el contenido señalizado entre paréntesis. Por tanto, cuidado con esos momentos que ponemos entre paréntesis. ¡No hay etapas prescindibles! Es cierto que la vida, por la inercia de las fechas o por situaciones sobrevenidas, abre espacios que parecen sacarnos de nuestro discurso vital. El reto está en dar un sentido a lo que ocurre, integrarlo como experiencia y continuar. Siempre continuar. Siempre vivir.

No olvidemos que, como escribió Mario Benedetti, la vida es lo que ocurre entre el nacimiento y la muerte. La vida ese paréntesis.


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Un festivo en el día

Pensaba al despertar este lunes, festivo en varios lugares de España, en cómo nos gusta mirar el calendario laboral (o la planificación de jornadas de trabajo, en el caso de quienes trabajan a turnos) para sacar el máximo partido a los días de fiesta, sobre todo si se dan pegados a los fines de semana o a otros días de libranza o vacaciones. ¿Tú lo haces?

Unas veces, miramos el calendario para encontrar fechas en las que planificar un viaje o una escapada (al menos, así era antes de que la pandemia trastocara nuestros hábitos). Otras veces, en cambio, buscamos solo un día extra en el que desconectar, evadirnos de la realidad que nos envuelve y dedicarnos a lo que realmente nos gusta o nos apetece. El día a día, según parece, no nos da para todo lo que queremos hacer en la vida.

Me temo que, efectivamente, vivimos atrapados en la rutina.

De lunes a viernes, nos dejamos enredar por el trabajo. Y los sábados y domingos nos dedicamos a hacer todo aquello que no nos ha dado tiempo a hacer entre semana (tareas domésticas, compra, cocina, compromisos que debemos atender…). Puede que, tal vez, encontremos algún momento para nosotros, pero será efímero y su recuerdo se desvanecerá rápidamente en la vorágine cotidiana.

Por tanto, ponemos nuestras esperanzas en los días festivos que nos trae el calendario… que, aunque disfrutados, pasarán también como un suspiro (con sonido quejumbroso, lastimero o nostálgico incluido).

¿Cómo salir de esta rueda?

Hoy te propongo no depositar todas tus ilusiones o esperanzas en esos días festivos que el calendario reparte caprichosamente a lo largo del año, sino actualizarlas de forma constante buscando un momento festivo en cada día. Resérvate unos minutos al despertar, a lo largo del día o antes de acostarte (recuerda que cada uno es dueño de su propio tiempo) para contactar con tus auténticas necesidades y celebrar –¿es un momento festivo, no?– lo que realmente eres, sientes, haces o tienes. Un momento para convertir lo ordinario en extraordinario.

Hay tantas maneras de celebrar como personas: cada uno tendrá que encontrar la suya. Pero la celebración no será auténtica y genuina si no incluye estos tres elementos fundamentales:

–Una reflexión sobre lo que está ocurriendo, en estos momentos, en nuestra vida.

–Una toma de conciencia sobre lo que somos y sobre el lugar que ocupamos en el mundo.

–Un agradecimiento expreso por las cosas que ya tenemos (tendemos a fijarnos en la carencia sin darnos cuenta de que vivimos rodeados de abundancia).

Nos seguirá faltando tiempo. Pero, probablemente, seremos un poco más felices. ¡Buen día festivo!


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Descubre tu autopía

Se cumple un mes desde la entrada en vigor del estado de alarma decretado por el Gobierno de España para hacer frente a la pandemia del coronavirus COVID19. Durante este tiempo, nuestros esfuerzos se han dedicado, principalmente, a gestionar los cambios que se han producido en nuestro día a día a causa de las medidas de confinamiento, entre ellos la reconversión de nuestros hogares en oficinas de trabajo y aulas para nuestros hijos o el rápido aprendizaje y adaptación a nuevas tecnologías con las que acceder a propuestas culturales, deportivas, de formación o de entretenimiento y mantener, de manera virtual, nuestra vida social. A la vez, hemos salido a aplaudir –como seguimos haciendo– a los profesionales que siguen trabajando por la salud, la seguridad, los servicios sociales, el abastecimiento y tantos otros servicios públicos que hasta ahora nos pasaban desapercibidos. Y, por supuesto, hemos seguido con preocupación, incluso con dolor, las terribles estadísticas que el coronavirus está dejando a su paso. Preocupación y dolor que, por supuesto, mantenemos.

Disciplinadamente, nos hemos acostumbrado, con mayor o menor esfuerzo, a una vida totalmente hogareña. Nos hemos habituado también, aunque lo hagamos compungidos, a guardar la distancia social en las colas de los supermercados. Incluso, en algunos momentos, empezamos a advertir rutinas en el silencio que nos llega de las calles. Tal vez sea el momento, una vez adaptados a una provisionalidad por ahora indefinida, de volver la mirada hacia dentro para ver cómo estamos, qué cambios internos –aunque sean sutiles– se han producido en cada uno de nosotros, cuáles son nuestros anhelos para el futuro… Esta nueva prórroga del estado de alarma que ahora comienza puede ser una oportunidad única para buscar, desde la introspección, nuestra propia autopía, es decir, ese espacio propio, ideal y alcanzable, en el que desarrollar una nueva forma de ser y estar en el mundo una vez que, paulatinamente, vayamos recuperando una nueva normalidad indudablemente distinta a la que dejamos semanas atrás.

¿Sientes que es el momento de avanzar hacia allí? Si la respuesta es afirmativa, quizá te interese utilizar la guía “Descubre tu autopía: abriendo caminos en un momento único” en la que he estado trabajando intensamente, y con mucho cariño, en los últimos días. La guía, que puedes descargar gratuitamente, incluye propuestas que, a partir de preguntas y herramientas de coaching, te ayudarán a reflexionar sobre tu contexto vital y sobre los propósitos, los valores y las acciones que necesitas para expresar todo tu potencial. Además de trabajar con la guía, te invito a compartir tus experiencias o tus dudas sobre las propuestas en ella incluidas en la sesión grupal online que celebraré el domingo 26 de abril a las 18:00 horas (hora de Madrid-España). Del mismo modo, mantengo la oferta de tres sesiones individuales de coaching gratuitas, sin compromiso de continuidad, que vengo realizando desde el inicio del estado de alarma (sesiones de 45 minutos, oferta válida hasta el 26 de abril). Puedes apuntarte a la sesión grupal o a las sesiones individuales, así como recabar información adicional, escribiendo al correo electrónico info@autopiascoaching.com o rellenando este formulario indicando nombre y teléfono y el formato de coaching (individual o grupal) de tu interés. ¡Descubre tu autopía!

¿No llegaste a la fecha anterior? ¡No te preocupes! He programado una nueva sesión grupal online para el miércoles 6 de mayo a las 19:30 horas (hora de Madrid-España). Además, la oferta de tres sesiones individuales de coaching gratuitas se amplía hasta el 10 de mayo.

Descarga aquí la guía “Descubre tu autopía: abriendo caminos en un momento único”.


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Perdido en el laberinto

Se encontraba en una sala diáfana, luminosa, haciendo sus quehaceres cotidianos. Sus días transcurrían apacibles dentro de un lugar sobradamente conocido, tal vez algo tedioso en algunos momentos, al que ahora llamamos normalidad pero que antes era solo rutina, más de lo mismo. Sus preocupaciones eran más mundanas que nunca: al fin y al cabo, la maquinaria del día a día estaba perfectamente engrasada, y su funcionamiento solo se veía alterado, muy de vez en cuando, por algún chirrido esporádico. La claridad de la sala se enturbiaba, en ocasiones, debido al paso de alguna nube pasajera. Pero más tarde o más temprano todo acababa volviendo a ser como siempre había sido: cómodo, espacioso, habitable…

Pero un día, de la noche a la mañana –de la mañana a la noche– todo cambió en aquella sala en la que había vivido hasta entonces. Las ventanas se hicieron cada vez más pequeñas hasta que acabaron por cegarse, y las paredes comenzaron a moverse reduciendo el espacio disponible y estrechando los límites de su existencia a unos márgenes que nunca había imaginado. La sala, finalmente, acabó convertida en un pasillo que daba paso, a su vez, a otros pasillos y recovecos, todos ellos sin aparente salida. Aquel amplio espacio en el que habitaba se había transformado en un laberinto estrecho y oscuro: la luz que iluminaba la estancia se había desvanecido, y ahora debía moverse a tientas por donde hasta entonces se había desenvuelto con soltura.

Así, angustiado –e incluso asfixiado, pues el aire se había viciado– comenzó a recorrer, con cierta desesperación, los corredores y los rincones que se iba encontrando, a derecha e izquierda, en su travesía por el laberinto. Sus esfuerzos por buscar una salida fuera no solo no daban fruto, sino que le hacían estar aún más desorientado y confuso. ¿Qué hacer, entonces? Dicen –y es verdad– que siempre hay una luz al final del túnel, pero también existe una poderosa luz dentro de cada uno de nosotros. ¿Y si la salida no está fuera, sino dentro de cada uno? Es el momento de buscar esa luz, es el momento de dejarse alumbrar por ella. Tal vez, iluminados de nosotros mismos, los pasillos del laberinto no sean tan estrechos y enrevesados como creemos.


COACHING PROFESIONAL SOLIDARIO: Os recuerdo que durante la vigencia del estado de alarma decretado por el Gobierno de España para hacer frente al COVID19 seguiré ofreciendo servicios individuales de coaching gratuitos por videollamada o videoconferencia. Las sesiones se realizarán en horario de mañana o tarde (a convenir) y tendrán una duración de 45 minutos, con un máximo de tres sesiones por persona. La solicitud de cita se realizará a través del correo electrónico info@autopiascoaching.com o del formulario de contacto de mi página web indicando nombre y apellidos, edad, profesión, teléfono, preferencia de horario (mañana o tarde) y preguntas o inquietudes que te llevan a solicitar la sesión. Las sesiones se adjudicarán por orden de solicitud, teniendo en cuenta que, por razones de agenda, solo podré realizar un máximo de cuatro sesiones diarias. ¡Ánimo y fuerza!


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Cuarteles de invierno

Y el tiempo no se pone en mi lugar
VETUSTA MORLA

La semana pasada, en la entrada Las reacciones del miedo, aludía a algunas de las amenazas globales que ponen en peligro la supervivencia del ser humano y mencionaba, entre ellas, las infecciones por nuevos microorganismos patógenos. En aquel momento, no pensaba –o no quería pensar– que el coronavirus COVID19 fuera a convertirse en la potente amenaza que ha resultado ser, de ahí que optara por hablar de las reacciones que nos provocan las amenazas cotidianas o domésticas que, en situaciones de normalidad, solemos encontrar en nuestro día a día. No obstante, como hemos visto y vivido, el escenario en relación al coronavirus fue cambiando rápidamente, pasando del cierre de colegios, institutos y universidades anunciado inicialmente en lugares como Madrid, ciudad en la que vivo, a la declaración del estado de alarma en España.

En situaciones como la que afrontamos, es normal tener sentimientos confusos, incluso contradictorios, que se alternan sin que apenas parezca existir separación entre ellos. Así, hemos ido saltando de la trivialización de lo que estaba ocurriendo –negando incluso la existencia de la amenaza o viviendo como si el coronavirus fuera aún una realidad lejana– al pánico desbordado, rozando la histeria, que se ha manifestado en esas compras, un tanto compulsivas, en los supermercados. Qué difícil encontrar ese punto intermedio de responsabilidad, dentro de una situación de excepcionalidad, en el que, siendo conscientes de las repercusiones de esta crisis (personales, sociales, sanitarias, laborales, académicas…) podamos encontrar, también, espacios de calma y orden que nos permitan continuar, en la medida de lo posible, con nuestros quehaceres cotidianos y/o, a la vez, buscar nuevos espacios de confianza, espera o crecimiento personal. No olvidemos que ‘responsabilidad’ es la habilidad de responder.

La situación actual nos obliga, inevitablemente, a un cambio de hábitos que afecta a todos y, especialmente, a las personas que, bien por poder acceder al teletrabajo o por haber visto interrumpida su actividad laboral a consecuencia de las restricciones dictadas para evitar la expansión del coronavirus, pueden cumplir las recomendaciones de permanecer en sus hogares. Afortunadamente, vivimos en un mundo conectado a través de las nuevas tecnologías, de modo que, aunque no podamos quedar presencialmente, podemos mantener contacto frecuente con nuestros familiares y amigos. Estas nuevas tecnologías se han manifestado también como la mejor alternativa a lo que hasta ahora entendíamos como vida social, favoreciendo el acceso a exposiciones, conferencias, conciertos, cuentacuentos o juegos online que, como hemos visto este fin de semana, nos han ayudado a afrontar nuestro vacío o silencio interior.

Estamos acostumbrados, en general, a vivir hacia afuera, siempre en busca de estímulos y propuestas. Somos seres sociales, y en el encuentro con el otro, o con las experiencias que otros pueden ofrecernos, encontramos vías de crecimiento y desarrollo (unas veces) o de escape (otras veces, quizá demasiadas). Tal vez la situación de confinamiento a la que nos enfrentamos pueda ser una oportunidad para mirar dentro de nosotros y, quizá, empezar a atisbar las respuestas que, hasta ahora, nos empeñábamos en buscar fuera, en el movimiento, en el bullicio. Es tiempo de volver a los cuarteles de invierno: ¿qué tal si buscamos rutinas para escuchar con sosiego lo que nos dice nuestro cuerpo, para observar con cierta distancia los pensamientos con los que nuestra mente nos bombardea en estos tiempos de incertidumbre, para hacer un poco de introspección sobre nuestra identidad, nuestros valores, nuestra forma de ser y estar en el mundo?

Hacerse preguntas sobre uno mismo no es fácil: tendemos a plantearnos preguntas para las que ya tenemos una respuesta concienzudamente preparada y sabida que nos conduce, invariablemente, al victimismo o a la autojustificación. Por eso, con el objetivo de ayudar a encontrar nuevas perspectivas, durante la vigencia del estado de alarma decretado por el Gobierno de España ofreceré servicios individuales de coaching gratuitos por videollamada o videoconferencia. Las sesiones se realizarán en horario de mañana o tarde (a convenir) y tendrán una duración de 45 minutos, con un máximo de tres sesiones por persona. La solicitud de cita se realizará a través del correo electrónico info@autopiascoaching.com o del formulario de contacto de mi página web indicando nombre y apellidos, edad, profesión, teléfono, preferencia de horario (mañana o tarde) y preguntas o inquietudes que te llevan a solicitar la sesión. Las sesiones se adjudicarán por orden de solicitud, teniendo en cuenta que, por razones de agenda, solo podré realizar un máximo de cuatro sesiones diarias. ¡Mucho ánimo! En nuestro interior está la fuerza que necesitamos.


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Un propósito, tres preguntas

Escribo estas líneas cuando los Reyes Magos de Oriente viajan, con su séquito, de regreso a sus regiones de origen. Con ellos se llevan al menos una quincena llena de encuentros, reencuentros, felicitaciones, regalos… Algunos de vosotros habréis sentido nostalgia al pensar en su partida: ¡se van justo ahora que habíamos empezado a imbuirnos del espíritu navideño! Otros, por el contrario, sentiréis un gran descanso por dejar atrás días de visitas, compras, comilonas o celebraciones. Para unos y para otros, se impone la rutina: hay que afrontar la cuesta de enero. Y es en esa cuesta donde nos toca implementar los propósitos que, con más o menos euforia (incluso embriaguez), nos planteamos para este nuevo año.

Para no despeñarnos cuesta abajo con nuestros propósitos, conviene someterlos a un proceso de filtrado que pasa por responder –nada más fácil y complicado a la vez– a tres preguntas. La primera de ellas es qué. Muchas veces, nuestro propósito no es más que una idea vaga y genérica que, así enunciada, no nos lleva a ninguna parte: preocuparme más por mi salud, estar en forma, organizar mejor mi tiempo o estudiar más son propósitos loables, pero… ¿qué iniciativas o comportamientos tienes que poner en práctica para lograrlos? ¿Tal vez quieras cambiar tu alimentación, hacer una tabla de ejercicios diaria, comprarte –y usar– una agenda, reservarte un tiempo mínimo de estudio al día…? Identifica qué quieres hacer y defínelo con la mayor concreción posible.

La siguiente pregunta con la que filtrar nuestro propósito es para qué. ¡Ojo!, no por qué, sino para qué. No nos interesa tanto conocer las reflexiones o las causas que se esconden detrás de tus propósitos como determinar cuál es la motivación que se esconde detrás de cada uno de ellos. ¿Qué te va aportar cambiar tu alimentación, hacer esa tabla de ejercicios, anotar tus tareas en una agenda, reservarte ese tiempo para el estudio…? Con la pregunta para qué buscamos encontrar sensaciones (bienestar, armonía, tranquilidad, seguridad…) que, a su vez, tendremos que confrontar con nuestro sistema de valores y con nuestras necesidades vitales: ningún propósito es eficaz sin un sentido propio que lo guíe y lo envuelva. Cuidado con imposiciones, modas y tendencias: quizá no vayan con nosotros.

El filtrado concluye con la pregunta cómo. ¿Cómo vas a hacer aquello que te has propuesto? ¿Cómo lo vas a encajar en tu día a día? ¿Qué tareas o actividades concretas requiere cada propósito? ¿Qué renuncias conlleva? Para ganar bienestar, ¿cómo va a ser la dieta que necesito para cuidar mi alimentación? ¿Qué tipo de alimentos voy a ingerir? ¿Con cuánta periodicidad? Para mantener mi armonía, ¿cómo va a ser esa tabla de ejercicios? ¿En el gimnasio o en casa? ¿CrossFit o yoga? Para estar más tranquilo, ¿cómo puedo usar la agenda de una forma eficaz? ¿Qué tipo de anotaciones he de hacer? Para sentirme seguro en los estudios, ¿cómo va a ser ese espacio mínimo que voy a dedicar cada día a esta parcela? ¿Y, dentro de ese espacio, cómo voy a distribuir el tiempo? Una vez definido el qué, el para qué y el cómo, será más fácil ponerse manos a la obra. Y así la cuesta de enero no parecerá tan empinada.


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Un pequeño cofre

Todos los años viene a ocurrir lo mismo. Primero, ese sentimiento de pereza que surge, allá por octubre, cuando los supermercados empiezan a ofrecer lineales de turrones, polvorones y mazapanes, y que continúa en noviembre con la instalación y encendido de luces y adornos navideños en pueblos y ciudades. Después, según va asomando diciembre en el calendario, el aluvión de anuncios de juguetes y perfumes, la proliferación de comidas y cenas con distintos grupos de amigos y compañeros de trabajo y las aglomeraciones en calles y centros comerciales van transformando esa pereza en rebeldía. ¡Ay, diciembre! Uno intenta seguir con sus rutinas, pero medios de comunicación, redes sociales y plataformas de ocio se empeñan, cada vez con más antelación, en dar el año por terminado (adelantando resúmenes informativos, ranking de publicaciones con más likes, listados de series o canciones más vistas o escuchadas…).

Sumergido en esas sensaciones, llegan ya, por fin, las fiestas de Navidad, a las que seguirán la celebración del fin de año y la esperada venida de los Reyes Magos con sus regalos. Y algo parece cambiar: la mirada inocente de un niño, la expectación de las campanadas con las que entraremos en el nuevo año, el recuerdo de navidades pasadas o la magia que envuelve estas fechas nos hacen conectar con ese pequeño y valioso cofre de generosidad, humanidad y autenticidad que todos llevamos dentro. Unas veces, el cofre se abre de forma espontánea, sin necesidad de hacer un gran esfuerzo; otras veces hay que rascar un corazón endurecido hasta poder encontrarlo. Pero todos, de alguna u otra manera, acabamos viviendo nuestro cuento de Navidad. El secreto está en fijarse en lo pequeño, en los detalles: solo así es posible contactar con eso que llaman el espíritu navideño.

Pero, de pronto, vuelve la rutina. Y lo hace con la misma velocidad con la que los servicios de limpieza recogen el confeti de las calles y los jirones de papel de regalo que se acumulan en los contenedores. Tal vez sea el cansancio el que nos anima a recuperar cuanto antes la normalidad. Puede ser, también, que nos parezca extemporáneo mantener visible el contenido de ese cofre. Olvidamos que la ilusión no está hecha de turrones, luces o cabalgatas, sino que viene de serie con cada uno de nosotros. Está en nuestras manos cultivarla y fomentarla cada día. Y este es mi deseo para estas fechas: que todos podamos encontrar –o al menos atisbar– ese pequeño cofre que llevamos dentro y que sepamos mantenerlo abierto, y acudir a él siempre que lo necesitemos, en el nuevo año. ¡Felices fiestas!


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AUTOPÍAS, HERRAMIENTAS DE COACHING, RECOPILACIONES

Una caja de herramientas

La Asociación Española de Coaching (ASESCO), de la que formo parte, define el coaching profesional como un proceso de entrenamiento personalizado y confidencial mediante un gran conjunto de herramientas que ayudan a cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde se desea estar. Este conjunto de herramientas permite al cliente, acompañado por su coach, plantearse objetivos y metas vitales, obtener una fotografía más concreta de la realidad en la que vive, imaginar y valorar nuevas opciones y posibilidades a implementar y desarrollar planes de acción que le permitan alcanzar su máximo potencial en un ámbito determinado (personal, relacional, laboral…).

Dentro de esas herramientas tienen gran protagonismo las llamadas preguntas poderosas (no hay que olvidar que el coaching se define también como el arte de hacer preguntas). Las preguntas poderosas son aquellas que permiten al cliente ampliar su nivel de conciencia sobre el mundo exterior e interior para superar los límites que, ante una situación dada, le imponen sus propios pensamientos, emociones o vivencias. Si eres lector habitual, habrás observado que este blog está lleno de preguntas. ¡Rara es la entrada que no incluye alguna! Poderosas o no, espero que estas preguntas te hayan ayudado a reparar en aspectos de tu vida en los que no te habías fijado hasta ahora e incluso a empezar a valorar desde otra perspectiva determinadas situaciones o circunstancias.

Además de preguntas, la caja de herramientas del coaching incluye visualizaciones, metáforas, asociaciones… y también herramientas específicas ya mencionadas en el blog que ahora, en verano, con más tiempo libre a nuestra disposición, podemos revisar. Así pues, te invito a releer la entrada Parar para seguir girando, que incluye una completa descripción de La rueda de la vida, una de las herramientas más utilizadas tanto en coaching como en otras disciplinas orientadas al crecimiento personal. Esta herramienta nos permite tener una visión gráfica (en forma de rueda de bicicleta, con sus correspondientes radios) de los aspectos más importantes de nuestra vida y del grado de satisfacción o equilibrio que damos a cada uno de ellos. ¿Tienes un rato libre? Coge papel y lápiz… ¡y a por ello!

El coaching dispone también de herramientas concretas para la gestión del tiempo y de prioridades: en El tiempo que se escapa encontrarás consejos para elaborar un registro del tiempo que ocupan tus actividades cotidianas (trabajo, estudio, descanso, tiempo libre) e imaginar otra posible distribución de horarios centrando la atención en tus deseos y necesidades, y en De lo urgente y lo importante hallarás pistas para organizar el trabajo y priorizar tareas siguiendo la llamada matriz de Covey o matriz de Eisenhower. ¿Es realmente tan urgente o tan importante todo lo que tienes que hacer cada día? En vacaciones, distanciados de la rutina, podemos valorar más objetivamente tanto el uso que hacemos del tiempo durante el curso como nuestra escala de prioridades.

También hay, por citar otro ejemplo mencionado en este blog, herramientas que facilitan la toma de decisiones, como el modelo de la encrucijada del que hablaba en la entrada Un cruce, distintos caminos. Este modelo nos atrapa en una rotonda con seis salidas posibles, todas ellas con nombres pintorescos: el camino que hace señas, el camino de los sueños, el camino que parece más sensato, el camino no recorrido, el camino ya recorrido, el camino de vuelta… Quizá estos días de descanso sean un buen momento para sacar el mapa, ver adónde te lleva cada uno de esos caminos y seleccionar las herramientas que necesitarás para llegar, con éxito, a la dirección escogida.


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Toma 2: reencuadre

El próximo mes de septiembre se cumplirán 25 años del inicio de las emisiones de Friends, considerada una de las series más relevantes de la historia de la televisión, en la cadena americana NBC. La serie, que sigue en redifusión hoy en día con grandes índices de audiencia, se basa en la vida de seis jóvenes residentes en Manhattan (Nueva York) y, siguiendo los estándares de la llamada comedia de situación, sitúa la acción en los apartamentos de Mónica y Rachel y de Chandler y Joey, ubicados en lados opuestos de un mismo rellano, y en el café Central Perk, donde se conocieron los seis protagonistas. Un guión contemporáneo, una planificación recurrente, con los mismos tiros de cámara, y una sucesión de risas enlatadas atrapaban al espectador.

Me pregunto, al recordar la serie, si nuestra vida –aunque a veces no nos haga mucha gracia– no tiene también algo de comedia de situación. Al fin y al cabo, nos pasamos los días en los mismos ambientes o decorados: la casa, el lugar de trabajo o estudio, los espacios de ocio, aprendizaje o entretenimiento en los que invertimos nuestro tiempo libre… Y quizá, alimentados por la rutina, comenzamos a actuar como personajes que, en mayor o menor medida, reproducen patrones de comportamiento adaptados a lo que, supuestamente, se espera de ellos en cada situación. Imbuidos en la artificialidad del espacio, acabamos por desconectar de nuestra esencia para interpretar un papel, a veces asignado, a veces escogido, que acaba por convertir cada uno de esos espacios, de una u otra forma, en una zona de confort que, si bien no nos compensa, nos resulta suficiente –aparentemente– para vivir.

En estos casos, puede resultar útil hacer un reencuadre de la situación. ¿Qué cámaras –puntos de vista– estamos utilizando para seguir la acción que ocurre en cada decorado de nuestra vida? Nuestra percepción se queda muy pobre si la limitamos a un único punto de vista: es necesario abrir el foco. ¿Cómo hacerlo? Debemos salir de nuestro personaje (dado que repite una serie de comportamientos adaptados a cada escena, no requiere mayor esfuerzo consciente por nuestra parte) para ocupar el puesto de director o realizador con el fin de obtener una visión global del decorado, incluyendo su contenido y sus fronteras. Y, desde ahí, observar lo que queda fuera de escena, los puntos de vista adicionales que deben ser integrados, los diálogos o los complementos que demandan ser modificados, incorporados o suprimidos…

Hecha esa observación, y asimiladas sus conclusiones, será el momento de volver al personaje, pero no para encadenar, de nuevo, una serie de comportamientos repetidos, sino para actuar, desde lo que cada uno es, como un auténtico protagonista (incluso aunque solo seas figurante: la relevancia no depende del estrellato). Actúa de acuerdo a tus necesidades, siéntete libre para intervenir y modificar los decorados en los que participas diariamente. No siempre será fácil, pero no olvides que, como buen storyboard, puedes diseñar el guión gráfico de tu vida dibujando (o definiendo con palabras, así también vale) los espacios, las situaciones y las secuencias en las que alcanzar una vida plena y desarrollar todo tu potencial. ¿Prevenidos? ¿Sonido? ¿Cámara? ¡Acción!


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