AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

¿Planificar o improvisar?

La pandemia de enfermedad por coronavirus que estamos viviendo ha obligado a introducir en nuestras vidas una serie de protocolos (lavado frecuente de manos, uso de mascarilla, distancia física en las relaciones interpersonales) con el objetivo de preservar nuestra salud y la de quienes nos rodean. Paralelamente, se han dictado medidas adicionales con el fin de facilitar una “nueva normalidad” en nuestras actividades cotidianas (control de aforo en comercios y espectáculos, disposiciones para la vuelta al colegio, reglamentos de las empresas sobre el uso de las oficinas o el acceso al teletrabajo…).

Algunas de esas medidas –supuestamente planificadas– han sido criticadas por improvisadas. Y aquí surge la pregunta: ¿Son planificar e improvisar estrategias igualmente válidas para hacer frente a una determinada situación? Al hablar de situación no me refiero solo a las circunstancias extraordinarias que estamos viviendo, sino a todos los contextos (familiares, sociales, laborales, económicos o culturales) en los que se desarrolla nuestra vida. Efectivamente, hay personas a las que les resulta más fácil articular sus actividades y proyectos de acuerdo a una planificación previa, y hay personas que son más dadas a la improvisación. Ambas opciones, en cualquier caso, presentan ventajas e inconvenientes.

Planificar nos permite definir una serie de pasos o acciones con los que ir avanzando cada día, manteniéndonos centrados en los objetivos o intereses que pretendemos conseguir. No obstante, una estricta o exigente planificación puede volverse en nuestra contra, sobre todo si no medimos bien el esfuerzo o el impacto que va a suponer cada una de esas acciones. Por otro lado, la planificación, a veces, no es más que un disfraz con el que pretendemos mantenernos ocupados, saltando de unas tareas a otras de acuerdo a lo que dicta la agenda, eludiendo una reflexión profunda sobre lo que de verdad queremos o necesitamos hacer.

Improvisar, por su parte, estimula nuestra creatividad en busca de soluciones, respuestas o propuestas alternativas: la improvisación, bien entendida, es la suma de intuición e imaginación. Sin embargo, improvisar también conlleva riesgos como actuar siempre a salto de mata, escogiendo opciones cortoplacistas que se olvidan de cualquier perspectiva de futuro y que ignoran el efecto que puede tener una respuesta improvisada, en términos de coherencia, en el resto de actividades sobre las que articulamos nuestra existencia (no olvidemos que las dimensiones del ser humano –física, mental, emocional…– están estrechamente interrelacionadas).

Planificar e improvisar fallan estrepitosamente cuando no se ha conjugado previamente otro verbo: planear. Planear no es solo hacer planes: es diseñar proyectos y objetivos que nos ayuden a dar sentido a lo que somos y a lo que hacemos. Sin un propósito, cualquier planificación o improvisación estará abocada al fracaso. Hoy te animo a identificar, si aún no lo tienes, el propósito con el que guiar tus pasos en el curso que ahora comienza. Sondea tus necesidades, explora tus inquietudes y ponte manos a la obra. ¿Cuál es tu plan?


COACHING PROFESIONAL GRATUITO. Hasta el 30 de septiembre ofreceré, de nuevo, tres sesiones online gratuitas de coaching, sin compromiso de continuidad, para ayudarte a encontrar nuevas perspectivas en este comienzo de curso (sesiones de 45 minutos de duración; oferta válida solo para nuevos clientes). Puedes solicitar tus sesiones gratuitas en el correo electrónico info@autopiascoaching.com o en este formulario de contacto.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, EMOCIONES

Buenos días, tristeza

Quizá hayáis escuchado, autópicos lectores, que hoy, 20 de enero, es el día más triste del año, una denominación que tiene su origen en una investigación realizada en 2005 por el psicólogo Cliff Arnald, por entonces investigador de la Universidad de Cardiff, capital de Gales (Reino Unido). Esta investigación, contratada en el marco de una campaña publicitaria para una agencia de viajes, se tradujo en una controvertida fórmula matemática –de escasa validez científica– en la que se tenían en cuenta variables como el clima, las deudas contraídas durante las fiestas de Navidad, las previsiones de ingresos en el mes de enero, el tiempo transcurrido desde el primer tropiezo en el cumplimiento de los propósitos de año nuevo, la motivación y la necesidad del individuo de actuar o reaccionar para cambiar algún aspecto de su vida.

Aplicando la fórmula, Arnald concluyó que el tercer lunes de enero era el día más triste del año, de ahí que esta fecha sea también conocida como Lunes Triste o Blue Monday. Efectivamente, en esta época el invierno suele mostrarse en su máximo apogeo (de hecho, buena parte de España sufre hoy los efectos de un temporal de frío y otras inclemencias), hay quién aún no se ha recuperado del impacto económico y emocional de las fiestas navideñas y todos, en mayor o menor medida, nos hemos sentido abrumados, decepcionados o frustrados por las dificultades que conlleva hacer frente a nuestros propósitos de año nuevo o, directamente, por su incumplimiento.

Al margen del valor empírico que se le pueda dar a la fórmula, la experiencia personal de cada uno nos demuestra cómo la alteración de cada una de las variables utilizadas puede hacernos conectar con la tristeza. Y digo conectar porque, por mucho que algunos se empeñen en negarla o disfrazarla, la tristeza es inherente a cada uno de nosotros y, como toda emoción, tiene un mensaje y sentido que integrar en nuestra vida. El mensaje, como sabemos, llega envuelto en una serie de sensaciones que, por lo general, no suelen resultarnos gratas (abatimiento, pesimismo, desesperanza, desazón, desmotivación, desilusión, desamparo…) pero que es necesario reconocer y aceptar para descubrir su significado.

Adentrándonos en esas sensaciones, descubriremos los sentimientos de pérdida, de abandono o de impotencia que podemos albergar dentro de nosotros. Y así, una vez identificados, podremos hacernos preguntas sobre ellos: ¿Para qué nos sirven? ¿Qué queremos hacer con esos sentimientos? Conviene recordar que la tristeza es una invitación a entrar en un estado de repliegue e introspección con vistas a soltar algo que tuvimos (o que imaginamos) para ir abriéndonos poco a poco, cada uno a su ritmo, a las distintas posibilidades que, aquí y ahora, nos ofrece el presente. En esto consiste vivir la emoción, entendiendo siempre que cualquier emoción es siempre transitoria y no permanente.

Puede que hoy, efectivamente, sea un Lunes Triste. Si es así, permítete conectar con la tristeza y dar espacio a las sensaciones asociadas a esta emoción. Explora de qué está hecha y, si lo necesitas, busca acompañamiento y permítete expresarla. Así irán apareciendo nuevas emociones con las que colorear un día que parecía gris. Si no lo consigues hoy, mañana será otro día: en concreto, según la costumbre contemporánea de dedicar un día a cada cosa, mañana será el día internacional del abrazo, un gesto que aporta bienestar y tranquilidad, contagia sensaciones positivas y mejora nuestra salud física, emocional y espiritual. Pero, ¿por qué esperar a mañana? Al margen de fórmulas y consejos de calendario, adéntrate en las emociones que emergen cada día y acepta y vive cada jornada como venga.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, METÁFORAS

Las enseñanzas del árbol

Allí estaba, todo florido, en un extremo del jardín. Los últimos meses habían sido duros: primero, en otoño, había perdido todas sus hojas; después, en invierno, fue sometido a una intensa poda. Pero ahora, con la primavera, aquel árbol de tamaño medio volvía a renacer. Los primeros brotes de febrero y marzo se habían convertido, gracias a las suaves temperaturas impropias de la época, en finas ramas sobre las que crecían nuevas hojas y se dibujaban pequeñas flores. Esas nuevas ramas apuntan ya a la dirección que el árbol, en su crecimiento, seguirá en los próximos meses. Todo parece indicar que, salvo que sobrevengan condiciones meteorológicas extremas, su salud y su vistosidad están garantizadas: el letargo en el que le dejaron sumido el otoño y el invierno no fue un período en balde.

Las hojas que comenzaron a caer del árbol desde finales de verano (tímidamente, primero; de golpe, después) se fueron depositando en el suelo, a su alrededor, tejiendo una alfombra protectora encargada de conservar el sustrato y aportarle los nutrientes necesarios para subsistir y alimentar su renacimiento posterior. En el otoño, el árbol parece entrar en un período de decadencia, pero en realidad se intensifica su vida interior: sus esfuerzos se concentran en desarrollar y fortalecer sus raíces. El árbol, en la sabiduría infinita que le ha proporcionado la naturaleza, busca su arraigo: de nada le sirve exhibir un tronco esbelto, unas ramas entrelazadas o unas hojas curiosas si una suave brisa o el peso de un nido de pájaros pueden derribarlo. Alimentando sus raíces, el árbol se garantiza su autoapoyo y, en definitiva, su supervivencia.

Una vez que cayeron las hojas, llegó el momento de la poda. Es un momento duro para el árbol, pero también necesario: debe elegir cuál es la mejor forma para seguir creciendo de acuerdo a sus capacidades y estructura. Sin poda, el árbol seguirá expandiéndose a lo alto y a lo ancho alcanzando unas dimensiones quizá desproporcionadas para la resistencia de sus raíces. Además, las zonas intermedias irán quedando tristes y apagadas, pues la energía –distribuida en forma de savia– se destinará a los extremos. La poda ayuda a equilibrar el árbol, contribuye a airear su copa y las ramas interiores previniendo la aparición de enfermedades, favorece el crecimiento –con fuerza y vigor– de nuevas ramas y, si se trata de árboles frutales, mejora la producción.

Así, con sus raíces enriquecidas y sus ramas saneadas, el árbol llegó a la primavera dispuesto a ofrecer su mejor versión. Pero, ¿qué hay de nosotros? ¿Cómo podemos experimentar el renacimiento al que nos invita la nueva estación? En primer lugar, conviene examinar nuestras raíces: ¿cuáles son los valores sobre los que construimos nuestra identidad? ¿Qué relación hay entre esos valores y las metas vitales que nos fijamos para crecer? ¿Alineamos nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar para alcanzar los frutos que anhelamos? Las raíces configuran nuestra capacidad de autocreencia, un concepto que en Coaching se define como la suma de confianza y autoestima. En segundo lugar, debemos mirar si estamos cargando algo de más. ¿De qué queremos librarnos? ¿Qué queremos cortar? Es momento de dejar de andarse por las ramas para neutralizar aquellas que, consumiendo buena parte de nuestros recursos, nos alejan del lugar hacia el que queremos crecer. ¿Estás dispuesto a florecer? Bienvenido seas a tu propia primavera.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en Facebook, Twitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Parar para seguir girando

El proceso de reflexión sobre uno mismo suele comenzar a partir de una inquietud: sentimos que algo en nuestra vida no funciona correctamente, nos falta energía, nos parece estar atrapados en una rutina que no nos satisface… En ocasiones, tenemos o creemos tener claro qué es, concretamente, lo que está fallando. Otras veces, sin embargo, esa inquietud es imprecisa y no sabemos determinar de dónde procede. Nuestro discurso mental, siempre activo, puede contribuir a la confusión con su reiteración de reproches, críticas y justificaciones. Es el momento de parar y hacer un diagnóstico sobre la situación en la que se encuentran las distintas parcelas que configuran nuestra vida. Podemos usar, para ello, una de las herramientas más conocidas del Coaching: la rueda de la vida.

Esta herramienta ofrece una visión general de la vida de una persona y ayuda a identificar desequilibrios entre diferentes variables, entre ellas la salud, la situación económica, el trabajo, la pareja, la situación familiar, las amistades, el entorno social, el ambiente en el que vivimos, la formación, el ocio, el desarrollo personal, la autoestima… En general, se suelen valorar entre 8 y 12 áreas elegidas por uno mismo. Se pueden usar como referencia las mencionadas anteriormente, ya sea de forma literal o desmenuzándolas (quizá queramos evaluar por separado varios aspectos de una misma variable), o bien añadir otras nuevas que consideremos ligadas a nuestras inquietudes.

¿Te animas a coger papel y lápiz para confeccionar tu propia rueda de la vida? Te invito a dibujar un círculo y a dividirlo en tantas porciones como variables quieras valorar (si escoges un número par de variables, más fácil será la división del círculo). Cada radio de la circunferencia representará una variable. Para poner nombre a cada una de ellas, según lo indicado en el párrafo anterior, piensa en los valores básicos en los que se debe apoyar tu vida para alcanzar un estado de bienestar y satisfacción (en la siguiente ilustración te propongo un ejemplo de rueda de la vida con variables tipo). A continuación, reflexiona sobre cómo está cada una de esas áreas de tu vida en la actualidad con preguntas como ¿estás contento con tu estado físico y mental?, ¿estás satisfecho con el dinero que tienes?, ¿te satisface tu trabajo?, ¿hay armonía en tu vida sentimental?, ¿te sientes realizado?… Puntúa cada variable con una nota de 0 y 10 y traslada esa valoración dibujando un punto en el radio de la circunferencia, siendo el 0 el centro del círculo y el 10 la intersección del radio con el borde de la circunferencia.

Una vez puntuada cada variable, une los puntos de cada radio intentando dibujar una rueda. ¿Cómo es el resultado? Un dibujo amplio, expandido hacia el borde de la circunferencia, indicaría que tu vida parece rodar sin problemas. Por el contrario, un dibujo muy pequeño, cercano al centro de la circunferencia, sugeriría una vida desinflada. De ser así, convendría revisar tus valoraciones: puede que hayas sido demasiado crítico. Lo normal, en cualquier caso, es que el dibujo no sea simétrico: habrá áreas expandidas hacia el extremo de la circunferencia y áreas más próximas al centro del círculo. En esta configuración, la rueda se engancha, no puede girar con normalidad. Conviene tomar conciencia de las secciones de menor puntuación e interpretarlas como áreas de mejora.

La representación gráfica que nos ofrece la rueda de la vida es el punto de partida que, a modo de diagnóstico, nos permitirá, poco a poco, avanzar en nuestro proceso de autoconocimiento, crecimiento personal y cambio. Piensa en qué está fallando, exactamente, en las variables con menor puntuación y explora los recursos con los que cuentas para revertir la situación y lograr el bienestar que anhelas. Estarás listo, entonces, para afrontar las etapas de toma de decisiones, diseño de plan de acción y ejecución de las acciones previstas que completan el proceso.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en Facebook, Twitter e Instagram.

Estándar