AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Otros tiempos

¿Has tenido alguna vez la sensación de que el tiempo se te escapa de las manos? Suele ocurrir cuando no nos da tiempo a hacer todo lo que queremos, cuando no logramos cumplir los plazos que nos fijamos para determinadas tareas, cuando pensamos que estamos dedicando más tiempo del necesario a cuestiones que tendríamos que resolver más rápidamente (o incluso ignorar directamente) o cuando, por el contrario, sentimos que invertimos menos del tiempo del que deberíamos a cuestiones que consideramos más importantes que otras. En estas situaciones, parece que es el tiempo el que nos controla… en vez de gestionarlo nosotros.

Del tiempo he hablado ya varias veces en este blog. En concreto, hay casi una veintena de entradas que incluyen específicamente la palabra tiempo como etiqueta de catalogación y búsqueda, y a esas entradas hay que sumar muchas otras en las que aparece, de forma incansable, esa constante apelación a vivir aquí y ahora, en el presente. Pero el tiempo, como dimensión, es rico en matices, y por eso quiero volver a reflexionar hoy sobre él desde otras aproximaciones.

Primera aproximación: versos y frases proverbiales. ¿Quién no ha leído o escuchado aquello de cualquier tiempo pasado fue mejor? ¿Quién no lo ha pensado? Las respuestas a esta expresión, cuando la planteamos en forma de pregunta, suelen ser generalmente muy categóricas: sí o no. Olvidamos que todo tiempo tiene sus luces y sus sombras: el filtro de nuestra memoria destaca unas y desvanece otras en función de nuestra experiencia. Evocar el pasado solo tiene sentido si trascendemos la nostalgia, la melancolía o el desagrado (según nuestra impresión sobre los tiempos pretéritos) para actualizar, en el presente, aquello que pueda hacer de nuestro contexto actual algo mejor. ¿Con qué te quedas? ¿Qué rescatas? Lo mismo vale para quienes se escapan del presente creando un futuro imaginario… sin sentar las bases para llegar (o intentar llegar) a él. Como dijo otro poeta, te llaman porvenir porque no vienes nunca.

Segunda aproximación: dos conceptos enfrentados. Hay dos términos asociados a la valoración del tiempo que parecen irreconciliables entre sí: de prisa y despacio. Cuando hablamos de ir con prisa, asumimos la idea de que nos falta tiempo para hacer las tareas que nos proponemos o nos encomiendan. Sin embargo, prisa es también hacer las cosas con prontitud y rapidez. De igual modo, ir despacio parece tener connotaciones negativas, pues la parsimonia nunca fue considerada rentable o productiva. En mi opinión, no importa tanto ir de prisa o despacio como el nivel de conciencia que ponemos al vivir ese tiempo de una forma más acelerada o más pausada. ¿Eres consciente de tus ritmos?

Tercera aproximación: un texto bíblico popularizado en canción. Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: así reza un pasaje del Libro del Eclesiastés quizá más conocido por la adaptación musical Turn! Turn! Turn! (To everything there is a season) de los años sesenta del siglo pasado. El texto, y la canción, nos hablan de la vida como una sucesión de momentos contrapuestos: un momento para nacer y otro para morir, para llorar y para reír, para buscar y para perder, para callar y para hablar, para odiar y para amar… ¿Hasta qué punto tienes interiorizada esta aparente contraposición? Hay una necesidad para cada tiempo, y un tiempo para cada emoción.

Según estas aproximaciones… ¿Cómo es tu tiempo? ¿En qué tiempo vives? ¡Tómate tu tiempo!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Impresión: flujo continuo

París, abril de 1874. Artistas encuadrados en la denominada Sociedad anónima de pintores, escultores y grabadores abren al público la primera exposición impresionista. La muestra, organizada al margen del Salón Oficial de la Academia de Bellas Artes, reunía más de 150 obras de una treintena de artistas. Los participantes, entre ellos Cézanne, Degas, Monet, Pissarro y Renoir, compartían el deseo de encontrar vías alternativas de exponer sus obras fuera de los cauces oficiales. En aquella época, intentar exponer en el Salón Oficial implicaba someterse al veredicto de un jurado que solía rechazar cualquier propuesta artística no academicista. Entre las obras expuestas se encontraba Impresión: sol naciente, de Claude Monet.

Fue el periodista Louis Leroy quien, al calificar despectivamente la obra de Monet en uno de sus artículos, acuñó el término Impresionismo para referirse al grupo de pintores participantes en la exposición. Se puede decir que su primera y definitiva impresión sobre el nuevo movimiento artístico no fue satisfactoria. Además de ser crítico de arte, Leroy también fue pintor y grabador. Quizá sus convicciones estéticas y artísticas –tal vez también las sociopolíticas– eran demasiado rígidas y no quiso, o no pudo, entender los postulados de los pintores impresionistas. Yo mismo me lo decía: puesto que estoy impresionado, debe de haber impresión ahí dentro…

Entre las principales características de la pintura impresionista destacan la subordinación de la forma a la iluminación del momento concreto que se pretende captar (prevalece el aquí y el ahora de la creación artística sobre el objeto de la representación) y el uso de lo que se ha dado en llamar la pincelada gestáltica: el artista crea su obra a partir de pinceladas breves, a partir de colores puros, vibrantes y saturados, sin preocuparse de que su forma y color no coincidan exactamente con el modelo o paisaje a representar. Perceptivamente, dichas pinceladas adquieren la unidad necesaria para ser interpretadas como un todo definido. Las pinceladas sugieren una figura y nuestro cerebro, gracias a las leyes de la percepción, la completa.

Ahora bien, cuando no hablamos de pintura, sino de situaciones o comportamientos, ¿podemos jugar la baza de nuestra opinión a partir de un único instante? Determinadas actuaciones o conductas provocan en nosotros una primera impresión construida a base de prejuicios y estereotipos fruto de experiencias personales o tomadas de otros. Rematamos las pinceladas con los brochazos de nuestros juicios, creencias y conocimientos. Incluso, si estamos a la defensiva, completamos la figura antes de que esta se haya configurado. Al fin y al cabo, parece que una de las cualidades más valoradas en este mundo en que vivimos es ir siempre un paso por delante.

La vida es una sucesión de instantes en un flujo continuo y cambiante. En cada instante, como en los cuadros impresionistas, podemos recuperar, descubrir y experimentar nuevas sensaciones. Podemos dejar sorprendernos por el detalle (o la falta de detalle) de cada nueva pincelada. Pero no conviene olvidar que cada instante, con la impresión que nos suscita, está enmarcado en dos contextos: el contexto de nuestra experiencia y el contexto que envuelve a la persona, situación o actuación que enjuiciamos con nuestras valoraciones, aseveraciones u opiniones. Abriendo la mirada hacia esos contextos, una impresión será solo una hipótesis por verificar, contrastar y confirmar.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Interrupciones

El llamado ciclo de satisfacción de las necesidades, una de las aportaciones de la Terapia Gestalt, tiene unas etapas muy definidas –sensación, darse cuenta o toma de conciencia, energetización, acción, contacto, satisfacción del contacto y retirada­– que explican la formación de figuras sobre un fondo que se vuelve difuso y secundario. Pero… ¿cuántas veces dejamos esas figuras sin completar? En ocasiones aparecen factores externos, en forma de focos de atención emergentes, que desvían nuestra atención hacia fenómenos –a priori– más urgentes. Sin embargo, la mayoría de interrupciones del ciclo se deben a factores internos denominados mecanismos de defensa o mecanismos de evitación.

Estos mecanismos, ya definidos en el Psicoanálisis, agrupan los recursos con los que contamos para no afrontar situaciones concretas ante la previsión, real o imaginada, de miedo, angustia, tristeza, ira o rabia. Si apelamos a creencias, ideas o pensamientos que recibimos y aceptamos sin cuestionar durante nuestro aprendizaje –los hombres no lloran–, introyectamos. Si atribuimos a otros nuestros propios defectos, desvinculándonos de ellos, proyectamos. Si nos hacemos a nosotros mismos lo que nos gustaría hacer a otros –acariciarse, rascarse, comerse las uñas–, retroflectamos. Si desviamos la atención sobre lo que está ocurriendo, deflectamos. Si desdibujamos nuestras necesidades en favor del otro, renunciando al protagonismo de nuestras propias emociones, entramos en confluencia.

Introyección, proyección, retroflexión, deflexión, confluencia…  Te invito a indagar, más allá de los tecnicismos, sobre las razones que te impiden completar esas figuras inconclusas aún no resueltas. Intenta identificar cuáles son tus excusas más frecuentes. Analiza si son más discursivas (introyección, proyección) o conductuales (retroflexión, deflexión). Quizá esta pequeña reflexión te ayude a detectar tus mecanismos más recurrentes. Y, una vez identificados, podrás buscar soluciones creativas y alternativas que te permitan superar etapas en el ciclo de satisfacción de necesidades. Si son mecanismos de evitación, ¿qué estás evitando?

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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Como una ola

¿Te has fijado alguna vez en la cadencia de las olas del mar? Unas veces, el ritmo y la intensidad son fuertes. Otras veces, solo es un leve movimiento ondulante casi imperceptible hasta que el mar rompe contra la orilla. En cualquier caso, el ciclo no se detiene: después de una ola viene otra. Nuestra vida, como el mar, es también un ciclo dentro de un flujo continuo de necesidades, motivaciones o deseos que requieren ser satisfechos. La Terapia Gestalt, de la que se ha hablado anteriormente en este blog, entiende cada necesidad como una figura que, una vez completada, se diluye en un fondo difuso del que, a su vez, surgirá una nueva figura  en un continuo sin fin.

¿Cuál es el proceso de construcción de cada una de estas figuras? La respuesta se encuentra en el llamado ciclo de satisfacción de necesidades definido por varios autores, entre ellos Joseph Zinker, a finales de los años setenta del siglo XX. Cada figura se construye a partir de una sensación vaga e imprecisa, sin base objetiva, que señala un estado de déficit del organismo. A continuación se produce una toma de conciencia (lo que en Gestalt se conoce como darse cuenta) que permite poner nombre a esa sensación inicial. Ese darse cuenta produce una energía que invita y moviliza al individuo hacia la acción para conseguir aquello que va a satisfacer la necesidad detectada. La acción nos lleva a entrar en contacto con la persona o el objeto que satisfará la necesidad que emergió como figura. Dicha figura, ya completada, se difumina para dejar paso a una nueva en cuya formación se repetirá todo este ciclo.

El cosquilleo en el estómago (sensación) nos indica que tenemos hambre (toma de conciencia). Nuestro cuerpo se movilizará (energetización) para llegar hasta la nevera (acción) y nutrirnos con aquello que más nos apetezca (contacto) dejando nuestro organismo listo (en reposo) para la irrupción de la siguiente necesidad. ¿Parece fácil, verdad? Pero no siempre es posible completar el ciclo, sobre todo cuando nuestras necesidades conllevan interactuar con otros: hay factores internos y externos que pueden interrumpir el proceso de formación de gestalts. ¿Cómo contactas con tus necesidades? ¿Haces todo lo posible por completarlas?

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