AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Corto, medio, largo

¿Sabes cuál es la diferencia entre el corto, el medio y el largo plazo? Cada uno tiene sus propias consideraciones sobre el tiempo y sus dimensiones. Sin embargo, hay algunos estándares que pueden servirnos como referencia. Así, el corto plazo se refiere a un período de tiempo de unos pocos meses, como máximo un año. El medio plazo, por su parte, abarca un período de entre dos y diez años. El largo plazo, finalmente, sería ese período a más de 10 años vista desde la fecha en la que nos encontramos.

¿Cuáles son tus metas a largo plazo?  La extraordinaria situación que hemos vivido –y seguimos viviendo– a causa de la pandemia por enfermedad de coronavirus parece haber abierto un paréntesis a la hora de fijar nuevos sueños o metas que alcanzar. Nos movemos en un escenario imprevisible: los rebrotes y la posibilidad de una segunda oleada de contagios en el otoño hacen presagiar nuevas restricciones y, en el peor de los casos, un nuevo confinamiento. Y esto puede hacer que cualquier propósito de futuro quede en suspenso hasta nuevo aviso.

Y entonces… ¿cuáles son tus intenciones a corto plazo? Observo, con preocupación, que cada vez somos más hedonistas y exigentes: todo lo queremos para ya. Nuestras miras se han reducido, y el corto plazo se ha acortado: nos medimos, a lo sumo, por las cosas que queremos hacer en los próximos días, en las siguientes semanas, en un par de meses. ¿Para qué ir más allá, si no sabemos lo que va a pasar? Por otro lado, tenemos pendientes muchos planes y actividades que quedaron en suspenso durante el confinamiento y la desescalada y que, según parece, nos urge llevar a cabo.

Hoy, en este corto plazo en el que vivimos, te invito a aprovechar los días de descanso de las vacaciones para pensar en el largo plazo. ¿Qué quieres ser, hacer y tener dentro de diez años? Deja volar tu imaginación: ¿cómo te ves, qué sientes, dónde estás, qué hay a tu alrededor, quién te acompaña…? Recréate en tus sensaciones. Después, piensa en el medio plazo. ¿Qué tendría que ocurrir, a medio plazo, para poder alcanzar lo imaginado en el largo plazo? ¿Qué hitos tendrían que producirse, en el intervalo de dos a diez años, para conseguir lo soñado?

Y, finalmente, piensa en el corto plazo. ¿Cuál es el primer paso que quieres y puedes dar para avanzar hacia lo que anhelas ser, hacer y tener a medio y largo plazo? La vida da muchas vueltas y puede que, efectivamente, tengamos que modificar o cambiar algunas de las acciones que planificamos y ponemos en marcha para llegar a donde queremos llegar. No hay problema: lo importante es que cada paso que demos en el corto plazo esté orientado a un propósito vital determinado. ¿Cuál es el tuyo?


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Las cinco dimensiones

Pese a lo que pueda parecer viendo algunos de nuestros comportamientos o inercias, los humanos no somos seres planos, sino que nuestra existencia se sustenta en cinco dimensiones interrelacionadas entre sí. Esta es la idea que se recoge, dentro de los diversos estudios sobre el ser humano realizados a lo largo de la historia, en la representación del hombre en forma de pentagrama estrellado o estrella de cinco puntas, una figura de larga tradición (y significaciones místicas) desarrollada en la antigua Grecia (en tiempos de Pitágoras), luego recuperada en el Renacimiento (con los trabajos de Leonardo da Vinci para El hombre de Vitruvio) y actualizada en el siglo XX con aportaciones de otros autores, entre ellos el psicoterapeuta Serge Ginger, autor de La Gestalt: una Terapia de Contacto.

Cada punta de la estrella, según esta representación, está vinculada con cada una de las dimensiones del ser humano. En la punta superior, a modo de cabeza, se sitúa nuestra dimensión mental o racional, donde se encuentra el pensamiento (consciente o inconsciente). Las siguientes puntas, como si fueran los brazos, se refieren a nuestra dimensión relacional, aquella con la que buscamos contacto e interacción con los demás, ya sea a un nivel más afectivo o social (una de las puntas representa los apegos, la familia o la pareja; en la otra se incluyen el resto de relaciones sociales que mantenemos a lo largo de nuestra existencia). Finalmente, las puntas inferiores, a modo de piernas, representan aquello que nos sostiene: por un lado, nuestro cuerpo físico; por otro, nuestra dimensión transpersonal o espiritual.

En el centro de la estrella, según la escuela o el autor que haya investigado sobre este sistema de representación, se sitúan el corazón, el sexo, las emociones o cualquier otro elemento o proceso que permita al hombre cargar o regular sus niveles de energía. Este centro es, desde mi punto de vista, un buen lugar para la observación de cada una de las dimensiones del ser humano y de la relación que se establece entre cada una de ellas. Por eso, hoy te propongo que, durante unos minutos, te sitúes en el centro de tu propia estrella para investigar, agudizando tus sentidos, qué es lo que ocurre en cada punta, es decir, en cada una de esas dimensiones que, pese a ser comunes para todos, te convierten, gracias a tus singularidades, en un ser excepcional.

Detente primero en tu dimensión racional. ¿Cómo son tus pensamientos? ¿Son positivos o negativos? ¿Te dejas controlar por ellos? Obsérvalos, pero evita engancharte en ellos. ¿Qué sensaciones aparecen? La observación es solo eso, ver lo que está pasando, así que no hay razón para la crítica, el juicio o la autoexigencia. ¿Y cómo son tus sueños? ¿Cuándo fue la última vez que dejaste volar tu imaginación? Sigue, a continuación, por las dimensiones del afecto y de las interacciones sociales. ¿Cómo son tus relaciones? ¿Satisfacen tus necesidades actuales? ¿Dónde te sientes de más y dónde te sientes de menos? Te pido, de nuevo, que solo observes: no se trata de hacer un análisis, se trata de identificar sensaciones para, al menos por un momento, bucear por nuestra profundidad lejos de esas aguas superficiales, más o menos turbias, por las que discurre nuestra vida cotidiana.

Prosigue ahora por la dimensión física. En las paradas anteriores, a través de las sensaciones que han ido apareciendo, ya habrás tomado contacto con tu cuerpo. Recréate ahora un poco más: ¿Cómo es tu respiración? ¿Hay tensiones, palpitaciones o movimientos en alguna zona? ¿Qué partes están más relajadas? Finalmente, deja paso a la dimensión espiritual. Para mí, la espiritualidad no tiene que ver con la práctica de una religión concreta (aunque no es incompatible), sino con la identificación de una misión con la que dar coherencia a lo que somos y a lo que hacemos en la vida. ¿Cuál es tu misión? ¿Crees que tus comportamientos y acciones están alineados con lo que realmente eres? ¿Qué legado quieres dejar en este mundo? Tal vez, de todas las dimensiones, esta sea la más difusa. Lo importante no es encontrar respuestas de forma inmediata, sino dejar que las preguntas vayan calando hasta que las respuestas, de forma natural, se manifiesten por sí solas. Tu estrella te está esperando. ¡Buen viaje!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

De la misión a la acción

En toda recopilación de frases motivacionales (ya sea en libros, agendas o calendarios) suele aparecer una cita de Edmundo Hoffens que dice la única diferencia entre un sueño y un objetivo es una fecha. Esto es coaching: crear o moldear una visión de futuro (el sueño), concretar nuestras ilusiones o ambiciones en una misión (el objetivo) adaptada a la realidad que vivimos y a nuestras competencias y capacidades y fijar una serie de acciones o pasos para alcanzar dicha misión en un plazo determinado (la fecha). De esta forma, el sueño se hace tangible y se convierte en una meta que, con más o menos esfuerzo, podremos alcanzar.

Tener presente la misión a lo largo de todo el proceso es el motor del cambio. Pensar en los beneficios, mejoras o recompensas que vamos a obtener cuando consigamos la meta incentiva nuestra motivación y moviliza nuestra energía. ¡Todo objetivo tiene que ser siempre estimulante! La misión es la referencia o la pauta que guía nuestras acciones: ya no es una ensoñación o fantasía incoherente, dispersa y aparentemente irrealizable, sino un propósito concreto en nuestro camino de crecimiento y realización personal, relacional, laboral o social.

No obstante, la misión, por muy deseada que sea, puede convertirse en una pesada losa en la que, si nos descuidamos, podemos quedar sepultados o paralizados. Todo objetivo conlleva, en mayor o menor medida, un gran esfuerzo y desgaste, y habrá momentos en los que nos sentiremos abrumados por todo lo que conlleva aquello que pretendemos alcanzar. Nuestras fuerzas flaquearán e incluso, si no reformulamos la situación de forma correcta, asomará en el horizonte la idea de abandonar.

Por eso conviene relativizar, hasta cierto punto, la misión que pretendemos conseguir. En mi opinión, el objetivo es una referencia a la que ir y volver en nuestra vida cotidiana: aunque nos señala la dirección en la que queremos avanzar, debe dejar todo el protagonismo a las acciones (etapas, pasos, herramientas) que hemos planificado para lograr nuestro propósito. ¿Qué pequeños logros estamos alcanzando? ¿Qué cambios sutiles se van produciendo en nuestra vida? ¿Qué estamos aprendiendo? En el día a día, no importa tanto la meta como el camino que recorremos para alcanzarla.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Carta de despedida

Queridas vacaciones:

¿Dónde os habéis metido? El mes de agosto avanza imparable y septiembre está a la vuelta de la esquina (al menos, a vuelta de calendario). Algunas señales anticipan ya la llegada del otoño: los días se hacen más cortos (las noches reivindican la duración que tuvieron antes del solsticio con el que dio comienzo el verano) y los árboles comienzan a perder, de forma incipiente, sus hojas. ¿Qué ha sido de los grandes proyectos que íbamos a hacer juntos? ¿Qué fue de los viajes y de las escapadas que habíamos planificado? ¿Qué fue de las quedadas y reencuentros que habíamos previsto? ¿Y de las lecturas escogidas para este tiempo de asueto? ¿Y de todo lo que queríamos preparar o adelantar para el nuevo curso? ¡Apenas hemos hecho una parte de lo que habíamos pensado!

Efectivamente, apreciadas vacaciones, se nos han quedado muchas cosas por hacer. Las rutinas cotidianas acechan e, inevitablemente, tomarán el relevo. Las responsabilidades, las obligaciones y los compromisos de la vida ordinaria –por llamarla de alguna manera– nos atraparán sin que apenas nos demos cuenta. Y vosotras, vacaciones, seréis solo un sueño o una fantasía que alimentar hasta una próxima oportunidad: tal vez podamos reencontrarnos en un puente festivo; tal vez tengamos que esperar hasta la Navidad, cuando ya sea invierno… ¿Podremos resistir hasta entonces? ¿Tendremos fuerzas, un año más, para vivir por un tiempo separados?

Es inevitable, añoradas vacaciones, sentir nostalgia –o tal vez frustración– en el momento de la despedida. Para aligerar la carga de tristeza, conviene enfocar la atención en lo que sí hemos podido hacer juntos. ¡Cuántas nuevas experiencias hemos vivido! Yo prefiero priorizar, en el recuerdo, los lugares que he visitado, la gente a la que he conocido o con la que me he reencontrado, los libros, series o películas que me ha dado tiempo a disfrutar en este tiempo de descanso… Y, especialmente, los momentos en los que, gracias a vosotras, me he permitido improvisar y, libre de presiones, fluir con lo que sucedía a mi alrededor. Quizá ese abrirse a la vida, con todo lo que tiene para ofrecernos, sea la clave para que, en el día a día, la espera de nuestro próximo reencuentro nos resulte llevadera.

¡Hasta pronto!

N.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Escribiendo futuro

El comienzo de un nuevo año es, como ocurre con el inicio del curso académico, una oportunidad para proponernos nuevos objetivos que nos permitan conocernos, seguir creciendo como personas o sobrellevar mejor nuestro día a día. El regreso a la rutina, una vez finalizadas las fiestas navideñas, supone una prueba de fuego para comprobar la solidez de nuestras metas: la vorágine en la que vivimos inmersos y la inmediatez que nuestra sociedad parece exigirnos pueden hacernos sucumbir al primer intento. Para que esto no ocurra, es importante definir correctamente nuestros propósitos, intenciones y anhelos: así incrementaremos nuestras posibilidades de éxito.

Probablemente, la llegada de 2019 nos ha hecho pensar en cosas que nos gustaría ser, tener o hacer en el nuevo año. Este ejercicio mental, en el que damos cabida a sueños y fantasías, nos sirve como herramienta, a modo de tormenta de ideas, para identificar las motivaciones hacia las que orientar nuestros pasos. No obstante, resulta conveniente poner esas motivaciones, una vez identificadas, por escrito. Escribir nuestras aspiraciones nos ayudará a fijarlas en nuestra mente, focalizándola hacia las metas que pretendemos conseguir (la memoria, cuando no hay soporte documental, puede traicionarnos). Además, tener una lista de objetivos nos permitirá volver a ellos cuantas veces queramos para recuperar la motivación, si en algún momento flaqueamos, o para reajustarlos si las circunstancias así lo requieren: los objetivos, una vez plasmados por escrito, se vuelven tangibles, permitiéndonos trabajar sobre ellos.

Pero… ¡cuidado! Hacer una lista de objetivos no es como hacer la lista de la compra. En la lista de la compra anotamos huevos, leche, tomates… y esas indicaciones nos resultan suficientes, porque –si tenemos el hábito de hacer compras periódicas– solemos comprar las mismas cantidades o adquirir productos de los mismos proveedores. En la lista de objetivos, por el contrario, hay que concretar todos los datos posibles. Para ello, hay que bombardear a nuestras metas con todas las preguntas posibles. La primera, el objetivo en sí, responde a la pregunta qué. A continuación hay que preguntarse cuándo, dónde, cómo, para qué, con quién… ¿Recuerdas las clases de Lengua Española? Formular objetivos es expresarlos en una frase con sujeto (en primera persona, pues somos responsables de las metas que perseguimos), verbo y toda clase de atributos o complementos (directo, indirecto y circunstanciales, en todas sus variantes).

Responder a todas las preguntas posibles nos ayudará a construir objetivos inteligentes o SMARTER. Estos objetivos cumplen las siguientes características: son específicos (están formulados de forma clara), medibles (disponemos de unidades de medida o datos que nos permitan hacer un seguimiento sobre su grado de cumplimiento), alcanzables (sabemos que, a priori, somos capaces de lograrlos, bien porque hicimos algo similar en el pasado o porque otras personas lo hicieron), retadores (requieren un esfuerzo que nos resulta atrayente), limitados en el tiempo (deben realizarse dentro de unos plazos), ecológicos (valoran los cambios o las consecuencias que su consecución puede tener tanto en nosotros como en nuestro entorno) y orientados a una recompensa (nos proporcionarán un beneficio atractivo por el que no nos importará luchar).

Es el momento de sentarse, si no lo has hecho ya, ante el folio en blanco o el cursor parpadeante del dispositivo sobre el que vayas a escribir. Coge lápiz o bolígrafo. Acaricia suavemente el teclado o la pantalla táctil. Respira profundamente. Y ponte a escribir. Da forma a tus sueños convirtiéndolos en objetivos inteligentes. Concreta lo que quieres conseguir, pero siempre ajustándolo a tus circunstancias y responsabilidades actuales. Comprométete con tus objetivos. Valora opciones para recolocar las piezas que configuran el puzle de tu rutina diaria con el fin de obtener resultados más eficaces. Revisa periódicamente tu lista de objetivos para afinarlos si aparecen dificultades u obstáculos con los que no habías contado. Como dice H. Jackson Brown Jr., que la perseverancia sea tu motor y la esperanza tu gasolina.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

La felicidad, ¿una quimera?

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en una de las obsesiones de las llamadas sociedades del bienestar. Pero, ¿qué es la felicidad? Probablemente, existen tantas definiciones como personas, aunque parecen predominantes aquellas que vinculan la felicidad con las emociones positivas. Si tomamos como punto de partida las acepciones recogidas en el diccionario, felicidad sería estado de grata satisfacción espiritual y física y ausencia de inconvenientes o tropiezos. Ahora bien, ¿hablamos de un estado puntual o permanente? ¿Cómo sería vivir en una situación de felicidad constante? ¿Reconoceríamos la felicidad si no viviéramos también momentos de infelicidad o desdicha?

Es importante vivir enfocados hacia deseos y metas que puedan proporcionarnos felicidad y bienestar. No obstante, los problemas surgen cuando esa promesa de felicidad futura no tiene su traducción en el presente: el día a día está lleno de obstáculos que superar, no todo es tan bonito como lo pintan (o como lo dibujamos nosotros mismos). La realidad nos obligará a hacer renuncias y sacrificios, aparecerán situaciones sobrevenidas –tal vez dolorosas– que afrontar… Si no gestionamos y encuadramos adecuadamente estas dificultades aparecerán, probablemente, sentimientos de frustración que, a su vez, nos alejarán aún más de nuestra felicidad soñada.

Para no sentirse frustrado (o infeliz) conviene buscar la felicidad por el camino de la aceptación. Empecemos por aceptar que el mundo se mueve por resortes que escapan a nuestro control, que cada uno se comporta como mejor sabe, puede o quiere. Aceptemos que es humano cometer errores o reaccionar por impulsos. Asumamos que nuestras emociones y nuestros comportamientos se mueven en ejes de polaridades tendiendo a uno u otro extremo según la situación o el contexto en el que nos encontremos. La aceptación conlleva indagar sobre uno mismo, conocerse y valorarse, tanto en sus fortalezas como en sus debilidades, y es un elemento esencial para comprender la realidad que nos rodea.

Pero ¡cuidado con confundir la aceptación con la resignación o el conformismo! La aceptación requiere responsabilidad y acción: nos hacemos responsables de nuestra capacidad para revertir, en la medida de nuestras posibilidades, las dificultades con las que nos encontramos o, al menos, las respuestas que nos generan. La resignación supone una rendición, una derrota anticipada: nos dejamos atrapar por el victimismo, colocamos la responsabilidad fuera de nosotros. Por tanto, en la búsqueda de uno mismo caben dos caminos: el camino a la felicidad, a través de la aceptación, y el camino a la frustración, a través del conformismo. ¿Cuál eliges?


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Reflexión: el efecto de reflejarse

Según la mitología, Narciso era un joven hermoso y apuesto que acabó sus días atrapado en la contemplación absorta de su imagen reflejada en el agua. Embelesado con su apariencia, enamorado de sí mismo, obviaba e incluso despreciaba a las doncellas que se acercaban a él atraídas por su belleza. Unos dicen que murió ahogado al acercarse más y más a las aguas que le servían de espejo. Otros dicen que murió de sed, incapaz de beber ante el temor a que la alteración de la quietud del agua hiciera desvanecer su imagen. Tal vez Narciso fuera incapaz de amar a otros, tal vez fuera preso de una maldición.

En el cuento de Blancanieves, la malvada reina-madrastra utilizaba su espejo mágico como buscador y comparador de belleza, pureza y hermosura. Cuando el espejo no devolvía su propia imagen, la madrastra no dudaba en manipular el entorno con el fin de mantener su sórdido reinado de vanidad. Así ocurrió cuando el espejo comenzó a destacar la belleza de Blancanieves: la plenitud física de la joven causó en la madrastra, cada vez más envejecida, sentimientos de inseguridad sobre su propia imagen que la llevaron a encargar, primero, la muerte de su hijastra y a asesinarla después, al no haber sido atendido su requerimiento inicial, con una manzana envenenada.

Alicia, tras visitar El País de las Maravillas, probó a adentrarse A través del espejo. Sus pensamientos la llevaron a preguntarse qué se escondería tras el espejo que había en la vieja casa y, aventurándose, cruzó a través de él. Al hacerlo, se convierte en protagonista de una partida de ajedrez en la que cada movimiento es un descubrimiento, una aventura o un desafío. Detrás del espejo se esconde lo inconsciente, lo onírico, lo que la realidad se esfuerza en ocultar. Un espacio de imaginación desbordada que personajes como Alicia se permitieron explorar.

Existen otros personajes anónimos que no solo no se atreven a traspasar el espejo, sino que ni siquiera son capaces de enfrentarse a su propio reflejo. Son aquellos que escapan de cualquier superficie en la que su imagen pueda verse reflejada, aquellos que se resisten a que su imagen quede fotografiada o grabada para el recuerdo. Otras personas, descontentas con su reflejo, no dudan en romper el espejo desafiando la superstición que augura siete años de mala suerte. Y están también aquellos que se encuentran con su reflejo y pasan de largo, sin detenerse, porque no se reconocen.

¿En qué espejo te miras tú? ¿En qué pueden inspirarte los personajes aquí citados? Quizá necesites seducirte a ti mismo, emulando a Narciso, para sentirte bien con la imagen que te devuelve el reflejo. Tal vez, en contra de lo que hizo la madrastra de Blancanieves, debas trabajar la aceptación para vivir tranquilo y en calma en un mundo cada vez más competitivo y comparativo. Puede que, como Alicia, tengas que cruzar al otro lado del espejo para comprobar que somos mucho más que una imagen reflejada. En cualquier caso, vigila siempre qué superficie utilizas para buscar tu reflejo. Recuerda que, como ocurría en el Callejón del Gato de Madrid, citado en la obra Luces de Bohemia, hay espejos cóncavos y convexos que distorsionan la realidad.


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AUTOPÍAS, METÁFORAS

El río

Érase una vez un río asfixiado. La maleza había tomado sus márgenes estrechando e incluso ocultando su cauce en el curso medio de su recorrido. Los vertidos incontrolados habían contaminado sus aguas. Además, la degradación del entorno había convertido ese punto del río en un vertedero lleno de residuos plásticos. El cercano dique de hormigón que pretendía dar al río un mayor esplendor, embalsando sus aguas para falsear el caudal, no facilitaba su regeneración. El olor y la viscosidad del agua estancada confirmaban un deterioro del que no dudaban en aprovecharse, y al que también contribuían, todo tipo de especies invasoras.

Su nacimiento, aguas arriba, era toda una promesa. La cascada entre las rocas de la que tomaba su primer caudal hacía presagiar su fuerza. Los pequeños arroyos que, al juntarse, le daban el nombre de río auguraban, con su emergencia inicial, un futuro firme hacia su desembocadura final. No contaba entonces con que la acción de la naturaleza, de la que se sentía parte y representante, también condicionaría su desarrollo. La erosión de las orillas fue llevando a su lecho sedimentos cada vez más espesos. Una tormenta inesperada llenó su cauce de lodo y cieno anegando y paralizando sus aguas.

Los fenómenos naturales, sumados a una negligente acción humana, comprometían el avance del río hacia su desembocadura. Dicen que todos los ríos sueñan con llegar al mar. Este río, en sus circunstancias actuales, se conformaría con llegar a otro río mayor al que ceder sus aguas. En cualquier caso, no perdía la esperanza: quizá un afluente acudiera en su ayuda alimentándolo de aguas frescas, puras y sanas con las que recuperar la vida perdida y empezar un nuevo ciclo. Pero los sueños del río se extinguían según aumentaban el estancamiento y la degradación.

Nuestro cauce vital puede deteriorarse como el cauce de un río. Si no ponemos límites, la maleza reducirá nuestros márgenes y los vertidos tóxicos contaminarán nuestras aguas. Los diques que construimos a nuestro alrededor con la intención de protegernos o encauzar nuestro camino pueden ser una ayuda, pero también un freno para nuestro potencial. El pesado sedimento de errores, fracasos y frustraciones que nos empeñamos en arrastrar estrecha nuestra perspectiva a la hora de buscar nuevas experiencias o ambiciones. Necesitamos un caudal saneado capaz de hacer frente a las crecidas derivadas de las fuertes lluvias que tengamos que afrontar.

Pero, como le ocurre al río anegado que sueña con su desembocadura, también nosotros podemos perdernos en la fantasía sin comprender que las soluciones no están aguas abajo, sino en ese mismo punto en el que nos sentimos atascados. Cualquier ayuda será bien recibida. No obstante, el cambio no será verdadero cambio si no parte de nosotros mismos. Asumamos la responsabilidad de nuestros actos, seamos protagonistas y, como sabe hacer el agua, busquemos nuevos caminos. Tal vez nos lleve tiempo erosionar la piedra que bloquea nuestro paso, corroer esa tubería vieja y oxidada que contamina nuestras aguas o abrir un canal a través del limo, pero no olvidemos que el cauce solo es cauce recorriéndolo.

A Pedro Ferreras, in memoriam.


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Soñar o actuar

Son muchas las veces (aunque aún me siento joven, ya peino canas) en las que he fracasado a la hora de plantearme objetivos o metas al comienzo de un nuevo curso o un nuevo período vital. La imaginación, los sueños y los deseos juegan un papel importante a la hora de definir lo que uno quiere ser o hacer y, afortunadamente, aún cuento con estas capacidades. El problema es que, a veces, me resulta más cómodo vivir en la ficción que en la realidad. En la ficción, alimentado de sueños, no asumo riesgos, no tengo dudas sobre mis cualidades, puedo seguir viviendo en mi zona de confort. Por otro lado, la ensoñación no tiene límites. Me viene a la mente la conocida fábula de La lechera de Félix María Samaniego en la que una niña, encadenando ambiciones, acaba derramando la leche que debía vender en el mercado. En algunas ocasiones, por si acaso, he preferido mantenerme lejos del cántaro.

¿Cómo pasar de la ficción a la realidad? Dicen los libros y los blogs de los que saben que el primer paso consiste en escribir esos sueños, deseos, aspiraciones u objetivos, como queramos llamarlos, en formato lista. He de reconocer que siempre he recelado de este sistema, al que no veía ninguna utilidad. Sin embargo, la formación que he recibido y mi propia experiencia, una vez contrastada, demuestran su eficacia. Por un lado, poner por escrito nuestros objetivos ayuda a destacar lo que queremos hacer o lo que es importante para nosotros sobre el resto de miles de pensamientos que inundan nuestra mente cada día. Por otro lado, plasmar negro sobre blanco nuestras metas supone redactar un contrato con nosotros mismos. Los sueños y los deseos se convierten en acciones por realizar.

Mis primeras listas de objetivos, todo hay que decirlo, no tuvieron apenas resultados. En ellas escribía propuestas muy generales, del estilo aprender idiomas o hacer más ejercicio, que no son más que una vaga declaración de intenciones. Seguía dejando en mi mente, perdida en la maraña de pensamientos diarios, información vital para el desarrollo de cada uno de esos intereses. Se evidenciaba en aquellas listas una cierta falta de compromiso y un deseo, más o menos soterrado, de que el azar y el destino hicieran el esfuerzo por mí. En resumen, despertar y ser otro. La generalización, aún plasmada por escrito, no resulta útil a la hora de fijar objetivos.

Las siguientes listas de objetivos mejoraron al incorporar el llamado método SMARTER (en castellano, más inteligente). Este método resume los siete atributos que se deben tener en cuenta a la hora de formular objetivos. 1) Específico. La formulación del objetivo debe ser clara y concreta, indicando qué quieres conseguir, en qué etapas, con quién… 2) Medible. Hay que establecer unidades o parámetros de medida que permitan seguir y verificar su cumplimiento. 3) Alcanzable. Debes plantearte objetivos realistas acordes a las circunstancias propias de cada uno. 4) Retador. Todo objetivo requiere un esfuerzo, pero este ha de ser estimulante. 5) Limitado en el tiempo. Sin plazos, no hay objetivos. 6) Ecológico y ético. No dejes de tener en cuenta las repercusiones que el cumplimiento de tus objetivos pueda tener en tu entorno personal, familiar, laboral, social… 7) Recompensa. Si tu objetivo te conduce a resultados atractivos y beneficiosos, no te importará luchar por ellos.

El método SMARTER nos pone en la pista de salida hacia la consecución de nuestros objetivos, ya que siguiendo estos parámetros podemos dar respuesta a las preguntas básicas que siempre tenemos que tener presentes a la hora de plantearnos retos y desafíos. ¿Qué quiero conseguir? ¿Para qué? ¿Cómo quiero hacerlo? ¿Cuándo? ¿Dónde lo haré? ¿Con quién? La respuesta a cada una de estas preguntas supone una invitación a la acción. Por ejemplo, el objetivo hacer más ejercicio, una vez aplicado el método SMARTER, podría quedar formulado así: mantener una actividad física cotidiana, de aquí a junio, asistiendo los lunes a clase de yoga en mi centro habitual, repitiendo miércoles y viernes la tabla de ejercicios que me ha sugerido el profesor y entrenando con bicicleta estática y otros aparatos, bien en casa o en gimnasio, los martes y los jueves. No siempre es fácil llegar a ese nivel de concreción, pero merece la pena intentarlo. Todo es ponerse a ello. Primero soñar, luego detallar y, finalmente, actuar. Preparados, listos… ¡ya!


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¿Y ahora qué?

El curso (académico, escolar, quizá también profesional) ha llegado a su fin. Como decía en la entrada anterior, es momento de hacer balance. Pero también es momento de comenzar a planificar el próximo curso. ¿Tienes ya una idea de lo que quieres hacer? ¿Hacia dónde vas a encaminar tus pasos? Conecta con lo que sientes, piensa en lo que necesitas y, a partir de ahí, permítete soñar y fantasear, deja volar tu imaginación. ¿Y si todo fuera posible? Sin duda, soñar nos abre un montón de posibilidades, pero nuestras aspiraciones pueden quedarse en nada si no las construimos desde nuestra realidad presente.

Si quieres que tus aspiraciones no se queden en meras ensoñaciones, anótalas. De esta manera, tus objetivos vitales (personales o profesionales) se harán tangibles y podrás trabajar sobre ellos. Pregúntate que es lo que pretendes conseguir y cómo vas a hacerlo, así podrás construir objetivos específicos y concretos. Piensa en los indicadores que vas a tener en cuenta para valorar el grado de cumplimiento de los objetivos que te has propuesto. Apuesta por metas ambiciosas que sean a la vez realistas y alcanzables en función de tus circunstancias o condicionantes. Y no olvides fijar un plazo de tiempo para alcanzar cada uno de los objetivos que hayas anotado.

Te invito a proponerte objetivos inspiradores, creíbles y orientados a la acción: es más fácil alcanzar aquello que te entusiasma. Es probable que durante el camino surjan dificultades, pero no te desanimes: puedes revisar, modificar y adaptar tus objetivos en cada momento. Además, tienes la posibilidad de buscar aliados (desde un amigo a un coach) que puedan acompañarte en la consecución de tus metas. No olvides que el proceso para alcanzar cualquier objetivo, por muy ambicioso que sea, comienza siempre con un pequeño primer paso. ¿Sabes ya cuál va a ser?

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