AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Contando desde cinco

Lunes, 5 de abril. Finalizada la Semana Santa (salvo en algunas regiones, donde hoy también es festivo), y dejando de lado las particularidades de los calendarios escolares, empieza un nuevo mes que es, además, inicio de un nuevo trimestre (al menos, en lo que a días hábiles se refiere).

He aquí la paradoja sobre la que hoy quiero llamar la atención: es día 5 y hay un comienzo.

¿O es que siempre hay que empezar por el número 1?

Se dice que el número 5 representa al ser humano en su totalidad. Efectivamente, cada uno de nosotros estamos dotados de cinco sentidos (vista, oído, tacto, olfato y gusto), tenemos cinco dedos en cada mano y en cada pie y nuestro crecimiento y desarrollo como personas converge y se expande en cinco dimensiones (física, afectiva, racional, social y espiritual). Se dice, también, que el número 5 expresa libertad, aventura y cambio. ¿Acaso no estamos en constante evolución?

Confiemos, pues, en nuestra propia totalidad. Fijémonos en lo que nos dicen nuestros sentidos. ¿Hasta qué punto dejamos contaminar nuestra percepción por fantasías o temores imaginarios? Cultivemos nuestras propias dimensiones. ¿Cuál está más fuerte? ¿Cuál nos parece la más débil? ¿Cómo se interrelacionan entre ellas? Pongamos atención, tomemos conciencia… y escuchemos las respuestas de nuestra intuición y sabiduría interior.

Empezar no implica siempre partir de cero. En nuestro recorrido vital nos seguiremos encontrando primeras veces –¡qué sería de la vida si no nos brindara nuevas alternativas y oportunidades!–, pero las experiencias y los aprendizajes previos suman puntos para afrontar con garantías los retos y los desafíos que irán apareciendo en el camino.

Yo, esta semana, empiezo a contar desde 5. ¿Y tú?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Dos movimientos, un fluir

Según la Terapia Gestalt, hay dos movimientos esenciales en la interrelación del ser humano con el mundo que le rodea: el contacto y la retirada. El contacto es el movimiento que hacemos para interactuar con el ambiente a nuestro alrededor con el fin de cubrir las necesidades físicas, intelectuales, afectivas, de pertenencia o de realización que no podemos satisfacer por nosotros mismos. La retirada, por su parte, es el movimiento de vuelta a una situación de reposo en la que integrar la experiencia que nos ha aportado el contacto y esperar la aparición de nuevas necesidades o estímulos que nos movilicen hacia un nuevo contacto.

Ambos movimientos, contacto y retirada, deberían fluir de forma sana y saludable. Pero no siempre es así, ¿verdad?

A veces, no damos descanso al contacto. Puede que las necesidades que nos movilizaron se hayan transformado en compromisos u obligaciones que nos dejan enganchados a determinadas situaciones o relaciones. Puede que haya, también, una fuerte necesidad de evitar, a toda costa, la soledad –entendida como vacío– que se asocia a la idea de retirada. Así, de manera consciente o inconsciente, nos llevamos trabajo a casa (bien en forma de tareas concretas, bien como pensamientos recurrentes de revisión o planificación), encadenamos un sinfín de actividades en nuestra agenda (¡cuidado no vayamos a quedarnos sin nada que hacer!) o repetimos comportamientos o patrones de relación de contextos que ya no se corresponden con la situación actual. Todo para no entrar en retirada.

Retirarse exige tomar una cierta distancia respecto al contacto. Es el momento de soltar, de liberarse. Una forma sencilla para tomar conciencia de la separación entre contacto y retirada es verbalizar, internamente, cada una de las acciones que vamos concluyendo (aunque sean tareas que se repiten diariamente) con el fin de prepararnos para atender las nuevas necesidades o impulsos emergentes que puedan surgir: por ahora, he terminado de (acción concreta), acepto la experiencia tal cual ha sido y quedo en disposición de apertura para vivir, en plenitud, lo que pueda venir a continuación. ¿Sirve? Para mí es, al menos, toda una declaración de intenciones.

Hay que tener en cuenta, no obstante, que la retirada también tiene sus riesgos. Por ejemplo, puede convertirse en un refugio permanente para eludir, a toda costa, cualquier interacción con el mundo exterior. Así ocurre, por ejemplo, cuando no somos capaces de identificar nuestras necesidades más auténticas (lo que realmente queremos hacer) o cuando, reconocidas esas necesidades, nos dejamos vencer por el miedo. La retirada es, en estos casos, como estar parado delante de una puerta giratoria, sin saber en qué hueco entrar, o como deambular por una estación de ferrocarril dudando si subir o no a un determinado tren.

Para definir la frontera entre el contacto y la retirada hay que enfocarse, una vez más, en el presente, en el aquí y en el ahora. En este momento concreto de tu vida…

  • ¿Dónde te enganchas?
  • ¿Qué oportunidades estás dejando pasar?

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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, METÁFORAS

Luces en la noche

Aquella noche, se sintió desorientado. ¡Qué raro! Conocía bien aquel lugar, lo había recorrido muchas veces. Se sabía prácticamente de memoria el escarpado desfiladero por el que caminaba, e incluso podía adentrarse con los ojos cerrados en el espeso bosque que lo circundaba. Ese desfiladero y ese bosque habían sido, hasta ahora, lugares en los que escapar de la realidad, evitar situaciones aparentemente incómodas y, en definitiva, huir de uno mismo.

Aquella noche, sin embargo, esos espacios ya no servían como refugio. Los estrechos senderos del bosque se habían llenado de maleza que enredaba a nuestro personaje en remordimientos y culpas. Las aristas del desfiladero, por su parte, lo atrapaban en su huida. En vez de escapar, se sentía cada vez más encerrado y oprimido. Se había convertido, de repente, en víctima de su propio victimismo. Desde ahí, la realidad de la que intentaba evadirse no parecía tan hostil o amenazante.

Pero… ¿cómo volver a la realidad después de hacer tantos esfuerzos para evitarla?

Apenas sin darse cuenta, una primera luz se había encendido en su interior: la luz del aquí y el ahora, del presente. Descubrió que se estaba perdiendo un momento único e irrepetible al dejar que su existencia dependiera de los sombríos parajes que imaginaba para el futuro y de los fantasmas del pasado de los que trataba de escapar. Y probó a acentuar la conexión con el presente con la respiración, sin duda la mejor herramienta para anclarse en cada instante.

Reconfortado por su propia respiración, atisbó una segunda luz: la luz del darse cuenta, de la toma de conciencia. En el flujo inhalación-exhalación, se permitió un espacio para, poco a poco, identificar sus sensaciones y emociones. Allí estaban el miedo y la ira, los motores de su carrera cada vez más rápida por el desfiladero. Allí estaban, también, la tristeza y el dolor, compañeros inseparables en el viaje al centro más profundo del bosque. Y allí estaban, inevitablemente, la alegría y la gratitud que supone vivir la experiencia de uno mismo, sean cuales sean las circunstancias.

Los pensamientos, por supuesto, pugnaban por tomar el control. Pero no era momento de pensar, era momento de sentir.

Y, en ese sentir, apareció la tercera luz: la luz de la responsabilidad. Tenía, a su alcance, dos opciones: huir de nuevo, vagando una vez más por automatismos y circunloquios, aun sabiendo de antemano que esta alternativa no va a servir de nada… o afrontar la realidad, aceptándola tal cual es, y tratando de sacar el máximo partido –el mayor aprendizaje– de cada experiencia que nos presenta la vida en su devenir. Sí, puede que esta opción no sea fácil. Sí, puede que esta opción sea la más auténtica.

Las luces del aquí y el ahora, el darse cuenta y la responsabilidad son las claves de la Terapia Gestalt, de la que ya he hablado previamente en este blog, y son, para mí, las bases de una filosofía que intento tener presente en todos los ámbitos de mi vida. Unas veces, estas luces serán tan débiles como la luz de una vela. Otras, por el contrario, nos cegarán como un potente foco. Sea como sea… ¡enciende tus luces!


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un festivo en el día

Pensaba al despertar este lunes, festivo en varios lugares de España, en cómo nos gusta mirar el calendario laboral (o la planificación de jornadas de trabajo, en el caso de quienes trabajan a turnos) para sacar el máximo partido a los días de fiesta, sobre todo si se dan pegados a los fines de semana o a otros días de libranza o vacaciones. ¿Tú lo haces?

Unas veces, miramos el calendario para encontrar fechas en las que planificar un viaje o una escapada (al menos, así era antes de que la pandemia trastocara nuestros hábitos). Otras veces, en cambio, buscamos solo un día extra en el que desconectar, evadirnos de la realidad que nos envuelve y dedicarnos a lo que realmente nos gusta o nos apetece. El día a día, según parece, no nos da para todo lo que queremos hacer en la vida.

Me temo que, efectivamente, vivimos atrapados en la rutina.

De lunes a viernes, nos dejamos enredar por el trabajo. Y los sábados y domingos nos dedicamos a hacer todo aquello que no nos ha dado tiempo a hacer entre semana (tareas domésticas, compra, cocina, compromisos que debemos atender…). Puede que, tal vez, encontremos algún momento para nosotros, pero será efímero y su recuerdo se desvanecerá rápidamente en la vorágine cotidiana.

Por tanto, ponemos nuestras esperanzas en los días festivos que nos trae el calendario… que, aunque disfrutados, pasarán también como un suspiro (con sonido quejumbroso, lastimero o nostálgico incluido).

¿Cómo salir de esta rueda?

Hoy te propongo no depositar todas tus ilusiones o esperanzas en esos días festivos que el calendario reparte caprichosamente a lo largo del año, sino actualizarlas de forma constante buscando un momento festivo en cada día. Resérvate unos minutos al despertar, a lo largo del día o antes de acostarte (recuerda que cada uno es dueño de su propio tiempo) para contactar con tus auténticas necesidades y celebrar –¿es un momento festivo, no?– lo que realmente eres, sientes, haces o tienes. Un momento para convertir lo ordinario en extraordinario.

Hay tantas maneras de celebrar como personas: cada uno tendrá que encontrar la suya. Pero la celebración no será auténtica y genuina si no incluye estos tres elementos fundamentales:

–Una reflexión sobre lo que está ocurriendo, en estos momentos, en nuestra vida.

–Una toma de conciencia sobre lo que somos y sobre el lugar que ocupamos en el mundo.

–Un agradecimiento expreso por las cosas que ya tenemos (tendemos a fijarnos en la carencia sin darnos cuenta de que vivimos rodeados de abundancia).

Nos seguirá faltando tiempo. Pero, probablemente, seremos un poco más felices. ¡Buen día festivo!


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AUTOPÍAS, COACHING, METÁFORAS, REFLEXIONES

El héroe que habita en ti

Este verano he estado leyendo Las mil caras del héroe, un clásico publicado en 1949 en el que Joseph Campbell, basándose en sus profundos conocimientos sobre mitología y religión comparada, reflexiona sobre la figura del héroe y sobre el itinerario que recorre este personaje hasta alcanzar el reconocimiento que le corresponde por sus hazañas, gestas y virtudes. Según Campbell, la aventura del héroe consta de una estructura universal en la que se identifican tres etapas: una separación del mundo, la penetración a alguna fuente de poder y un regreso a la vida para vivirla con más sentido.

Habitualmente, al hablar de héroes, solemos pensar en seres sobrenaturales o dotados de poderes extraordinarios; seres que, en cualquier caso, quedan muy lejos de nosotros. Sin embargo, yo creo que todos encajamos, en algún momento de nuestras vidas, en esa estructura universal que propone Campbell, especialmente en aquellas situaciones en las que, asumiendo el protagonismo y la responsabilidad sobre lo que nos pasa, nos percatamos de la necesidad de emprender un cambio en nuestra forma de ser y en nuestra forma de estar en el mundo que nos rodea.

Así, en estas situaciones corresponde, como primer paso, alejarse del mundo en el que vivimos. Pero no se trata de poner distancia física de por medio (aunque a veces no quede otra), sino de abrir una reflexión interna sobre las contradicciones que se dan entre ese mundo exterior, lleno de modas, tendencias y presiones, y el mundo interior de nuestras inquietudes, deseos y necesidades. Esta reflexión, si es auténtica (y supera los patrones de pensamiento en los que solemos enredarnos), nos llevará a una toma de conciencia que nos permitirá acceder, poco a poco, a nuevos u olvidados recursos propios y nuevas alternativas con las que probar a vivir de otra manera. Finalmente, empoderados con esos recursos, toca volver al mundo para aplicar, con coherencia, el cambio que hemos experimentado en nuestra aventura.

No obstante, algunas aventuras son más fáciles que otras. A veces, la reflexión interna surge de forma espontánea y la toma de conciencia es automática. Otras veces, en cambio, aparecen sombras, dudas o miedos que nos dejan paralizados en un punto del camino (ya sea al principio, a la mitad o en la recta final del recorrido). En estos casos suelen aparecer, en los mitos y leyendas, personajes secundarios (en forma de magos, brujas, hadas, hechiceros…) que asisten al héroe cuando hay dificultades. Hoy en día, ese personaje secundario bien puede ser un coach que, sin dirigir la aventura (cada uno de nosotros es dueño de su propio destino), nos ayuda a resituarnos en ella.

Este mes de septiembre comienza un nuevo curso en el que, sin duda, tendremos que recurrir a nuestro héroe interior para hacer frente a todos los desafíos sanitarios, económicos, educativos, laborales y sociales derivados de la pandemia por enfermedad de coronavirus que estamos viviendo. Ante esta situación, podemos sucumbir a la incertidumbre o, por el contrario, vivir el curso como una aventura –una autopía– en la que explorar todo nuestro potencial. ¿Aceptas el reto? Si necesitas acompañamiento, hasta el 30 de septiembre ofreceré, de nuevo, tres sesiones online gratuitas de coaching, sin compromiso de continuidad, para ayudarte a encontrar nuevas perspectivas. (Sesiones online de 45 minutos de duración. Oferta válida exclusivamente para nuevos clientes). Puedes solicitar tus sesiones gratuitas en el correo electrónico info@autopiascoaching.com o en este formulario de contacto. ¡Es hora de despertar al héroe que habita en ti!


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AUTOPÍAS, COACHING, HERRAMIENTAS DE COACHING

Tres de tres

En este blog he escrito muchas veces sobre la necesidad de planificar objetivos y diseñar acciones que nos permitan cambiar una situación que no nos satisface, nos resulta incómoda o nos mantiene estancados por otra en la que, desplegando nuestro potencial, podamos sentirnos conectados y realizados. Este tránsito entre la situación actual y la situación deseada no se produce de la noche a la mañana, sino que requiere de un proceso. El coaching es, precisamente, ese proceso de entrenamiento personalizado y confidencial, mediante un gran conjunto de herramientas, que ayudan a cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde se desea estar (definición de la Asociación Española de Coaching, ASESCO). Pero, ¿qué elementos entran en juego en cada proceso de coaching?

El primer elemento para que se dé un proceso de coaching, y para que este pueda funcionar, es la motivación al cambio. Si no tienes ilusión y no estás convencido –aunque sea mínimamente– de tus posibilidades, ¿cómo vas a arriesgarte a afrontar nuevos retos? La motivación, por tanto, tiene que ser superior al miedo. ¡Ojo! Esto no quiere decir que, inicialmente, no sigamos teniendo temores: se trata de alzarnos contra el conformismo y el victimismo para explorar nuevas opciones. En este sentido, la motivación se alimenta de la autocreencia o capacidad de creer en uno mismo, una capacidad que se desarrolla confiando en lo que hacemos y dando valor a lo que somos (es decir, cultivando nuestra autoestima).

Un segundo elemento fundamental es la toma de conciencia. Hay que poner conciencia sobre lo que no está funcionando, realmente, en la situación actual; sobre lo que queremos conseguir al alcanzar la situación deseada; y, especialmente, sobre las opciones y alternativas que están a nuestro alcance para pasar de una situación a otra. Se trata de descubrir nuevas perspectivas, abrirse a nuevas posibilidades. Pero… ¡cuidado! Esto no va de que alguien –el coach– te diga lo que tienes que hacer, sino de averiguarlo por ti mismo a través de una serie de herramientas –generalmente, preguntas– que te ayudarán a emprender acciones alineadas con tus capacidades, tus competencias y tus valores.

Así llegamos al tercer elemento clave en todo proceso de coaching: la responsabilidad. Me gusta mucho la definición de este concepto que surge de su división en respons-(h)abilidad: la responsabilidad como habilidad de responder, como capacidad de dar respuesta –libremente, desde lo que somos y lo que necesitamos en cada momento– a los desafíos que nos presenta la vida. Responsabilizarse implica convertirnos en protagonistas de nuestro proceso de cambio decidiendo, de forma activa, las estrategias y las acciones que vamos a poner en marcha para alcanzar nuestras metas. Y la única manifestación real de la responsabilidad es el compromiso.

Todos estamos dotados, de una manera u otra, de la capacidad de motivación, toma de conciencia y responsabilidad. No obstante, esta capacidad se diluye, a veces, en el diálogo con nosotros mismos: la motivación flaquea (la sombra del miedo es alargada), la toma de conciencia se topa contra un muro o se tapa con una venda (somos hábiles para escaparnos de aquello que no queremos ver o de aquello a lo que nos resistimos) y la responsabilidad se escabulle o se diluye (es más fácil colocarla fuera de nosotros mismos que asumirla con todas sus consecuencias). En estos casos, el coaching se presenta como el acompañamiento perfecto para poner rumbo al cambio. ¿Te vienes?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Esto es Gestalt, amigos

En algunas entradas de este blog he hecho alguna mención a la Terapia Gestalt, una corriente englobada en la llamada Psicología Humanista que propone una visión global del individuo en todas sus dimensiones sensoriales, emocionales, afectivas, intelectuales, sociales e incluso espirituales. Este enfoque fue impulsado por Fritz Perls en los años cuarenta del siglo pasado y tuvo su primera expresión teórica en el libro Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana, publicado en 1951. Entre sus influencias se encuentran el Psicoanálisis, la filosofía oriental, la Fenomenología, el Existencialismo o la Psicología de la Forma, de la que tomó el nombre de gestalt. No obstante, a pesar de esta multiplicidad de influencias, el enfoque gestáltico ha sabido demostrar que el todo es más que la suma de sus partes.

La Terapia Gestalt considera que el individuo no vive aislado, sino que establece una constante interrelación con el ambiente que le rodea para satisfacer sus necesidades. Estas necesidades se van alternando en base a un principio de autorregulación: el organismo sabe lo que necesita para mantener su equilibrio. Así, en cada momento, se crea una gestalt o configuración en la que la necesidad más apremiante se convierte en figura destacada sobre un fondo de necesidades al que volverá una vez que haya sido satisfecha. La relación con el ambiente se da a través de un permanente ciclo de contacto y retirada: el organismo identifica la necesidad emergente, se moviliza, acude al ambiente para satisfacerla y, finalmente, vuelve a un estado de reposo para esperar la aparición de una nueva necesidad.

No obstante, no siempre es posible completar este ciclo. En el camino pueden aparecer una serie de fenómenos, llamados mecanismos de defensa o interrupciones, que impiden que el organismo tome conciencia de sus necesidades, active su energía para satisfacerlas y salga al ambiente para tomar de él lo que necesita. Estos mecanismos se dan en distintas formas: como normas o valores que hemos integrado, sin cuestionarlos, en nuestro sistema de creencias (introyección), como etiquetas que colocamos sobre los demás, sin darnos cuenta de que también dicen mucho de nosotros (proyección), como energía que volcamos contra nosotros mismos para evitar enfrentarnos con el ambiente (retroflexión), o como confusión con el medio que nos rodea, donde, convertidos en seres indiferenciados del resto, nuestra personalidad se desdibuja (confluencia).

Uno de los conceptos básicos de la Terapia Gestalt es el darse cuenta. El enfoque gestáltico anima a tomar conciencia tanto de las necesidades que se van sucediendo en el organismo como de los mecanismos que impiden su satisfacción. Enfrentando las interrupciones, el individuo puede cerrar las gestalts que quedaron inconclusas y restaurar el correcto funcionamiento del sistema de autorregulación. No importa tanto averiguar el porqué: la búsqueda de causas solo conduce a una sucesión interminable de explicaciones, racionalizaciones y justificaciones. Lo que en realidad importa es cómo interrumpimos el ciclo y para qué lo hacemos. Detrás de cada comportamiento no ajustado debidamente a una necesidad concreta suele haber siempre una evitación.

Y el darse cuenta solo puede ocurrir en el momento presente, en el aquí y el ahora. El pasado ya se fue y el futuro aún no ha llegado: solo es posible vivir lo que ocurre o, en todo caso, actualizar recuerdos o anticipar escenas temidas convirtiéndolos en vivencias del presente. Efectivamente, la Gestalt es un enfoque vivencial: descubrimos atravesando nuevas experiencias. Solo en la experimentación podemos definir nuestras necesidades olvidadas, percatarnos de la forma en que nos manipulamos o interferimos sobre el ambiente en contra de nuestro propio equilibrio y, finalmente, integrar en nuestra personalidad total aquellas partes de nosotros que, en algún momento, dejamos enajenadas. Por ejemplo, nuestras contradicciones, un concepto al que la Gestalt se refiere como polaridades.

Para mí, que me he sumergido durante varios años en este enfoque, la Gestalt es mucho más que una terapia: es una filosofía de vida, compatible con otras disciplinas (entre ellas, el Coaching), que, además de conciencia y presencia, implica también responsabilidad (entendida como libertad de ser) y que, desde ahí, conduce al individuo hacia su autoapoyo. El autoconcepto, la imagen que tenemos de nosotros mismos, no dice, en realidad, nada de lo que somos, no es más que una construcción artificial sujeta a modas y expectativas. Lo verdaderamente importante es todo el potencial que podemos desplegar tanto en el conocimiento de nosotros mismos como en la relación que queremos mantener con el mundo. En definitiva, se trata de aceptarnos tal cual somos. ¿Te apuntas?


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AUTOPÍAS, COACHING

Coaching, una actividad profesional

La Asociación Española de Coaching (ASESCO), de la que formo parte, celebró en Madrid el pasado sábado, 16 de marzo, una Jornada para la Profesionalización del Coaching y el Desarrollo de Personas y Organizaciones. El acto, encuadrado en la conmemoración del 18º aniversario de la fundación de ASESCO, se articuló en torno a la presentación de El Libro Blanco del Coaching, un texto que –como se indica en su introducción– pretende aportar a esta disciplina una herramienta que le dé valor y que sitúe a la profesión en el lugar que le corresponde.

Si miramos a nuestro alrededor, el coaching parece estar de moda: la radio y la televisión incorporan coaches en sus programas estrella, se multiplica la publicidad de coaching en redes sociales, proliferan anuncios en marquesinas y farolas… Pero… ¿es realmente coaching todo lo que se oferta? Como señala El Libro Blanco del Coaching, la etiqueta coaching se ha extendido a otras actividades alejándose de la propia definición de coaching, de la motivación subyacente que da lugar a los procesos de coaching y de las funciones (e incluso competencias) de los profesionales del coaching.

En este sentido, El Libro Blanco del Coaching define esta disciplina como un proceso de acompañamiento, no directivo y orientado a la acción, en el que un profesional (coach) acompaña a su cliente (coachee) a conseguir objetivos concretos. Es el cliente quien define sus propios objetivos: el coach facilita, con su trabajo, que su cliente se apropie de los recursos internos de los que dispone, o a los que puede acceder, para lograr dichos objetivos. Esa labor facilitadora –o catalizadora– se realiza, con discreción y sencillez, desplegando un repertorio de herramientas –escuchadoras y acompañantes, como sugiere el texto– que permiten al cliente avanzar hacia la consecución de las metas que se ha propuesto.

Todo proceso de coaching incluye dos componentes fundamentales: responsabilidad y compromiso. El cliente se compromete con el proceso participando activamente en la definición de sus objetivos y en la identificación y refuerzo de los recursos que necesita para alcanzar sus metas. Además, se hace responsable de las decisiones que va adoptando durante el proceso. El compromiso y la responsabilidad del coach, por su parte, se manifiestan en competencias profesionales tales como la definición de un acuerdo de coaching (previa verificación de que el coaching es la disciplina más apropiada para las demandas del cliente), la creación de un espacio de confianza mutua, la escucha activa, la formulación de preguntas poderosas, la comunicación directa, la capacidad de estimular y ampliar la conciencia del coachee, la planificación de las metas definidas por el cliente, el diseño de las acciones que conducirán a su consecución y la gestión del proceso de acuerdo a estándares de ética y confidencialidad.

En el contexto actual de falta de regulación es fácil confundir el coaching con otras disciplinas como psicoterapia, asesoría, consultoría, mentoring, formación… (en realidad, el coaching puede considerarse una disciplina técnica complementaria a todas ellas). Conviene tener claro, por tanto, que el coaching persigue fomentar –desde el presente, con orientación a futuro– el crecimiento personal y profesional de sus clientes, centrándose en cuestiones concretas y desarrollando habilidades y capacidades que les permitan conseguir sus metas u objetivos. Esa es la esencia del coaching. Las herramientas concretas que se aplicarán en los procesos dependerán de la formación y creatividad de cada coach, siempre de acuerdo a dicha filosofía. Como afirmaba José Miguel Gil Coto, presidente de ASESCO, durante la presentación, es hora de tomar conciencia de la importancia de nuestro trabajo y hablar de coaching en términos profesionales.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

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La vida, lo he comentado alguna vez en este blog, es una sucesión de ciclos que se dan de forma continua o simultánea y que vamos completando (o abandonando) según nuestros deseos, capacidades, necesidades o responsabilidades. En todo ciclo vital hay siempre un punto de origen (el día de nuestro nacimiento, el primer día de clase, el día en que formalizamos una relación de pareja, nuestro primer día de trabajo, el día en el que nace nuestro hijo…), un desarrollo que le da forma y, para bien ser, debería haber un cierre en el que asimilar lo que hemos vivido a lo largo del proceso, aunque esto no siempre es posible: algunos ciclos quedan abandonados, a la espera de una conclusión futura; otros se acaban abruptamente, sin apenas darnos tiempo a reaccionar.

Este fin de semana he vivido, en el último taller de la formación en Teoría y Técnicas Gestálticas que estoy cursando, una de esas experiencias de cierre. Aunque la formación continúa (quedan trabajos por hacer y requisitos adicionales por cumplir), se clausura el espacio abierto hace más de tres años en el que, de forma vivencial, y gracias a la implicación de todos los compañeros de promoción, hemos podido experimentar, en carne propia, y también en la relación con los otros, los fundamentos de la Terapia Gestalt. Este último taller, en modo despedida, nos ha servido para valorar nuestro propio crecimiento, reconocer el trabajo y la evolución de los compañeros de este grupo de formación y agradecer el aprendizaje que, unos a otros, por vivencia o resonancia, hemos ido compartiendo.

Y, como en todo cierre, quedan en el aire preguntas que, a su vez, abren la puerta a nuevos ciclos y oportunidades. ¿Cómo mantener la relación frecuente con los compañeros ahora que desaparece nuestro espacio de reunión? ¿Qué otros espacios puedo buscar para seguir profundizando en mi autoconocimiento? ¿Y qué aplicaciones puedo darle a lo aprendido? En este sentido, cabe recordar que la Gestalt, una corriente humanista-fenomenológica de la Psicología creada por Fritz Perls a mediados del siglo XX, es mucho más que una forma de hacer terapia: es también una herramienta aplicable a otras disciplinas (la educación o el coaching, por ejemplo) y es, ante todo, una forma de vida.

Solo el verdadero contacto con uno mismo facilita una relación auténtica con los demás y con lo que nos rodea. Para ello, la Gestalt nos invita a vivir en el aquí y en el ahora. El pasado ya se fue, el futuro aún no ha llegado: solo nos queda el presente como lugar y tiempo en el que vivir nuestra existencia. Las preguntas clave para conectar con el aquí y el ahora son ¿qué me está pasando? y ¿cómo me siento? Si no somos capaces de encontrar una respuesta también podemos preguntarnos ¿qué estoy evitando? Enclavados en el aquí y en el ahora surgirá el darse cuenta entendido como toma de conciencia o capacidad de percatarse de lo que está ocurriendo.

Puede ocurrir que ese darse cuenta nos deje confusos. Por eso, conviene no olvidar otros fundamentos de la Gestalt, como el principio de responsabilidad: somos responsables de nosotros mismos. En general, tenemos por costumbre derivar hacia los otros la responsabilidad de lo que ocurre olvidando que nuestras emociones, pensamientos y comportamientos, aunque sean fruto de unos estímulos exteriores, no dejan de ser una manifestación propia del individuo. No puede haber verdadero contacto, con uno mismo y con el otro, si no nos apropiamos de lo que somos, sentimos, pensamos y hacemos. Debemos admitir, también, que somos un sistema de opuestos o polaridades complementarias (fuerte-débil, tierno-agresivo, dominante-sumiso…): unas veces nos aproximamos más a un polo, otras veces a su contrario. El auténtico contacto solo es posible cuando aceptamos que, como individuos, somos una secuencia interminable de polaridades.

La vivencia del aquí y el ahora, el darse cuenta, el principio de responsabilidad y la integración de las polaridades nos permiten identificar, aceptar y satisfacer nuestras necesidades, anhelos e ilusiones. Puede que, en el proceso, aparezca el miedo y nos quedemos estancados. Si esto ocurre, te invito a preguntarte ¿qué pasa si…? No dudes en experimentar todo aquello que, aunque pueda parecer difícil, pueda reportarte un mayor bienestar. Al fin y al cabo, la vida es una sucesión de ciclos que se cierran, se interrumpen, se abandonan o evolucionan para dar paso a otros ciclos –nuevas puertas o ventanas que se abren– en los que vivir de otra manera. Por ejemplo, de una manera gestáltica.


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