AUTOPÍAS, COACHING

Aplicaciones del coaching personal

Cuando, en este contexto de popularización –y a veces, indefinición– del coaching, me preguntan en qué consiste mi trabajo como coach, suelo responder que mi misión es acompañar a personas, empresas, organizaciones y colectivos interesados en impulsar procesos de planificación de objetivos, toma de decisiones, mejora de habilidades de comunicación interna y externa, gestión de tiempo o cualquier otro proceso de cambio y transformación que crean necesitar. Pero… ¿de qué objetivos, decisiones, habilidades o procesos estamos hablando? En este artículo me gustaría hacer un repaso de algunas de las situaciones o circunstancias que se pueden trabajar, específicamente, desde el coaching personal.

Veamos, por ejemplo, algunas de las situaciones problemáticas –y a la vez desafiantes– que nos podemos encontrar en el ámbito laboral: falta de entendimiento con nuestro jefe, relaciones tóxicas o envenenadas con nuestros compañeros de trabajo, protocolos o procedimientos que consideramos absurdos o ineficaces, ausencia de directrices precisas sobre lo que se espera de nosotros… Puede que, de tanto repetir las mismas tareas, hayamos perdido la confianza en el resto de competencias profesionales de las que disponemos para optar a nuevas oportunidades de empleo dentro o fuera de la empresa. Incluso podemos sentir la necesidad de reinventarnos profesionalmente y no saber cómo hacerlo. ¿Qué hacer con todo esto? Podemos adoptar una posición victimista o, por el contrario, tratar de ser proactivos en la búsqueda de cambios que nos permitan construir una nueva realidad en la que estar, al menos, algo más cómodos y confiados.

En el ámbito de la educación también hay situaciones que pueden ser abordadas desde el coaching. Pienso, por ejemplo, en los problemas que suelen encontrar los estudiantes en la planificación y organización del tiempo de preparación y estudio que van a dedicar a cada asignatura o en la selección de las materias o titulaciones con las que complementar su formación académica. Pienso, a la vez, en las dificultades que afrontan universitarios y doctorandos en la preparación de sus trabajos finales de grado o máster o de sus tesis doctorales: si bien cuentan con una dirección que les da soporte en cuanto a contenidos, tal vez necesiten asistencia para la coordinación de los esfuerzos de documentación, redacción e investigación que requieren este tipo de trabajos, así como para su lectura o presentación pública. Esto vale también para profesores estancados en la preparación de sus clases o en la publicación de artículos académicos con los que reforzar su posición.

Repasemos, además, las aplicaciones del coaching en el ámbito del ocio, el tiempo libre y las relaciones. ¿Quién no ha encontrado resistencias al tratar de implantar en su vida nuevos hábitos y rutinas con los que alcanzar loables propósitos saludables o relacionales? Tal vez tengamos dificultades para encontrar propuestas de ocio que no sean una huída o evasión de la realidad, sino una auténtica forma de autorrealización y conexión con nosotros mismos que nos permita, a la vez, explorar nuevos talentos y habilidades hasta ahora ocultos o ignorados. O puede que queramos explorar alternativas con las que mejorar la comunicación y el entendimiento –fomentando el autocontrol, poniendo los límites que sean necesarios– con nuestra pareja, familia, amigos o, en general, grupos de personas con los que interactuamos habitualmente.

Estos son solo algunos ejemplos de situaciones que se pueden afrontar con el coaching, pero hay muchas más: hay tantas circunstancias como personas. El coaching, en cualquier caso, es una invitación a un proceso de autoconocimiento que, mediante preguntas y herramientas, promueve –en un clima de confianza y colaboración mutua– la apertura de nuevas perspectivas y la creación de escenarios de cambio en los que cada persona, en función de sus posibilidades, pueda identificar sus necesidades, encontrar sus propias respuestas y desarrollar al máximo su potencial. ¿Necesitas coaching?


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Dar la campanada

Se acerca, una vez más, ese momento mágico del cambio de año que muchos seguirán, como marca la tradición, desde el viejo reloj de la Puerta del Sol de Madrid. Las ilusiones, la esperanza, las expectativas, los recuerdos y los propósitos que hemos ido rememorando y fraguando estos días estarán ahí, ya sea de forma consciente o inconsciente, cuando, a falta de pocos segundos para que acabe el año, la bola situada en la parte superior de la torre en la que se ubica el reloj llame nuestra atención mientras baja con su característico sonido de carrillón. Después, mientras alargamos el brazo para coger el recipiente en el que tenemos preparadas las uvas de la suerte, escucharemos los cuatro cuartos. Y, finalmente, sonarán –y nos resonarán– las doce campanadas. Pero, ¿de qué está hecha esa resonancia?

Unas campanadas resonarán, quizá, a las nuevas oportunidades que se presentan. Oportunidades en forma de nuevos proyectos, ya sean deseos o realidades incipientes, a los que habrá que dar forma, ideando y trabajando, en las próximas semanas y meses. Oportunidades, también, para hacer las cosas de otra manera, viendo lo que no ha funcionado este año y poniendo en práctica lo poco o mucho que hayamos aprendido en los últimos 365 días. Otras campanadas, a su vez, nos servirán para dar por concluidos los retos a los que nos enfrentamos y superamos en el año que ahora termina. O, al menos, para dejar atrás aquellos proyectos que, por alguna u otra razón, hayan resultado fallidos.

Habrá también, entre las doce campanadas, alguna que resuene a cambio. A los cambios, más o menos sutiles, que hemos experimentado nosotros mismos, sea cual sea el nivel de esfuerzo que nos hayan supuesto. A los cambios que han enriquecido, e incluso transformado, la vida de quienes nos rodean. Y a los cambios sobrevenidos, incluso inesperados, que han golpeado a los que tenemos cerca: cambios que –ojalá– nos hayan dejado ver su espíritu de superación y su capacidad de resiliencia. Y quizá, en contraposición, haya también campanadas que nos muevan contra lo estático, contra lo que nos oprime, contra lo que nos retiene, contra todo aquello que nos impide desarrollar al máximo nuestro potencial. Esas asignaturas pendientes que, tal vez, podamos aprobar, por fin, en el nuevo año.

Y, por supuesto, habrá campanadas con nombres y apellidos. Campanadas que nos recuerden a los seres queridos que murieron; a las personas con las que el trato se ha distanciado o diluido con el paso del tiempo; incluso a aquellas otras personas a las que tuvimos que poner límites porque nos resultaban tóxicas o dañinas. Y también campanadas que suenan vibrantes como la algarabía de los niños que crecen a nuestro alrededor, como la melodía conocida de aquellos en quienes nos apoyamos o como las notas improvisadas de las nuevas relaciones que se han ido forjando o consolidando a lo largo del año. Y, cómo no, campanadas que nos conectan con aquellas pequeñas cosas en las que encontramos disfrute y bienestar.

Todas esas campanadas configuran eso que llamamos vida: ilusión, experiencia, aprendizaje, éxito, fracaso, oportunidades, desafíos, frustración, cambio, pellizcos de suerte, circunstancias adversas, esfuerzo, trabajo, ocio, descanso, miedos, dudas, inseguridades, incertidumbre, curiosidad, recelos, duelos, rupturas, compañerismo, amistad, amor… En el nuevo año, al igual que en los anteriores, viviremos un poco más de todo esto. Por eso, no sé si resulta útil pedir que 2020 nos traiga algo concreto. Si acaso, que nos ayude a encontrar un poco más de predisposición para dejarnos fluir en ese maravilloso viaje que es la vida. Solo así podremos, realmente, dar la campanada. ¡Feliz 2020!


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AUTOPÍAS, MINDFULNESS, REFLEXIONES

Rompiendo inercias

Otro día más ha sonado el despertador y, en una lucha contra el reloj, has decidido retardar la alarma una, dos, quizá tres veces. Después, te has levantado a toda prisa y, arrastrado por la inercia, has comenzado a realizar, una tras otra, probablemente en el mismo orden que todos los días, tus rutinas cotidianas. Algunas de estas rutinas están ya tan interiorizadas que ni siquiera recuerdas cómo se implantaron en tu vida. Otras te fueron impuestas y, aunque podrías revisarlas, prefieres no dudar de su eficacia. Todo en tu vida parece seguir el ritmo de una partitura… y, por eso, afinas el oído esperando una transgresión. Pero, ¿quién ha compuesto la melodía?

En el trabajo, o en las relaciones sociales, te sientes rehén de compromisos y obligaciones que te fueron impuestos o que tú mismo te impones. Te atrapan cadenas de deudas y favores mal entendidos, agradecimientos que ocultan exigencias, demandas que te alejan de tus necesidades o responsabilidades. A pesar de todo, repites comportamientos que ya no van contigo, te sigue costando dar un “no” por respuesta y, así, permites que otros acaben tomando, en tu lugar, decisiones que te alejan de ti mismo, de tu propio centro. En definitiva, actúas como una marioneta en un teatro de títeres… donde los hilos que te manejan terminan por enredarse coartando tu propia expresión. Pero, ¿quién dirige esos hilos?

Si la música que crean tus rutinas te parece repetitiva y te aburre representar siempre la misma función de títeres, quizá sea el momento de revisarlas. Para hacerlo, apelo a tu libertad y a tu creatividad: asume un papel protagonista, baila al son de tu propia partitura y actúa de acuerdo a tu propio guión. Improvisa, experimenta, prueba… Siempre hay otra manera de hacer las cosas, y siempre es posible dar un primer paso, por pequeño que sea, para llegar a donde queramos estar. Sé honesto con el mundo que te rodea, pero sé también honesto contigo mismo. ¿Qué quieres hacer nuevo en tu vida? ¿Qué puedes reciclar de lo que estás haciendo hasta ahora? ¿De qué quieres desprenderte?

No siempre es fácil encontrar respuestas para estas preguntas: hay mucho ruido a nuestro alrededor (consejos, prejuicios, recomendaciones, críticas…). Lo mejor, para empezar, es buscar espacios donde podamos conectar con nosotros mismos. No hay que ir muy lejos: basta con que, al acabar este artículo, te permitas cerrar los ojos para poner atención sobre tu respiración, descubriendo y ampliando su cadencia para, desde ese estado de bienestar, observar, sin engancharte a ellos, los pensamientos que van surgiendo en tu mente, los estímulos que, a través de los sentidos, percibes del exterior y las señales que, con todo ello, se manifiestan en tu cuerpo. Se trata de parar en boxes para volver a arrancar el motor y entrar, con fuerza, en nuestra propia carrera. ¡Nos vemos en la pista!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

De lo urgente y lo importante

Últimamente estoy embarcado en muchas tareas. Por un lado, continúo implicado con la actualización semanal de mi blog (gracias por tu lectura atenta) y con la publicación diaria de contenidos para la reflexión en mis perfiles en redes sociales (recuerda que puedes seguirme en Facebook, Twitter e Instagram). ¡Incluso estoy desarrollando nuevos contenidos para este espacio web! A la vez, sigo atendiendo puntualmente las sesiones con mis clientes y he comenzado a recopilar información de cara a la preparación de próximos talleres. Por otro lado, estoy embarcado en la redacción de trabajos y memorias finales de las últimas formaciones que he cursado. Y, por si fuera poco, me he sumado a un grupo de trabajo, con gente de distintas edades y perfiles, en el que desarrollar mi compromiso social. A veces, todas estas actividades parecen concentrarse en un momento dado, tengo prisa por acabarlo todo… y me siento desbordado.

Seguro que, en algún momento, tú también has tenido esta sensación, ya sea con actividades que tú mismo has escogido o con obligaciones o responsabilidades que te imponen desde fuera. En estos casos, nos sentimos presionados, bien por las expectativas que han depositado en nosotros o bien por nuestra propia autoexigencia. Por ello, es conveniente aprender a organizar el trabajo y a priorizar tareas. ¿Cómo hacerlo? Primero, elaborando una lista de las tareas que tenemos asignadas o que de forma voluntaria nos hemos propuesto. Después, sometiendo esas tareas al escrutinio de la Matriz de Covey (también llamada Matriz de Eisenhower), una herramienta popularizada por Stephen Covey tras incluirla en su libro Los siete hábitos de las personas altamente efectivas.

Esta matriz se confecciona dibujando cuatro cuadrantes en los que distribuiremos las tareas en función de su urgencia (tareas urgentes y tareas no urgentes, eje horizontal) y de su importancia (tareas importantes y tareas no importantes, eje vertical). Las tareas urgentes son aquellas que requieren una atención inmediata. En palabras de Covey, son tareas que nos presionan, reclaman acción. Por su parte, la importancia está relacionada con los resultados. La distribución de tareas en la matriz nos ayudará a determinar qué tareas tenemos que hacer inmediatamente, qué tareas debemos planificar, qué tareas conviene delegar y qué tareas ignorar completamente.

En el primer cuadrante (arriba, a la izquierda) se recogen las tareas importantes e urgentes. Aquí se incluyen todas las actividades que consideramos de gran relevancia y que no pueden ser pospuestas por más tiempo (atender crisis, gestionar problemas apremiantes, concluir proyectos en fase de vencimiento). Debe tenerse en cuenta que la concentración de tareas en este cuadrante puede causarnos problemas de estrés, cansancio o fatiga. En el segundo cuadrante (arriba, a la derecha) se incluyen las tareas importantes pero no urgentes, es decir, aquellas acciones relevantes que, sin embargo, no requieren una respuesta inmediata, sino que deberán resolverse a medio o largo plazo. Son tareas que, por tanto, podremos planificar de acuerdo a los objetivos que nos hayamos fijado. Según Covey, este cuadrante es el corazón de la administración personal efectiva.

En el tercer cuadrante (abajo, a la izquierda) se sitúan las tareas no importantes pero urgentes. Se ubican aquí las tareas superfluas que se realizan por hábito o por azar (interrupciones, llamadas imprevistas, etc.) y que no aportan ningún valor a nuestros objetivos. Covey afirma que, en general, la urgencia de esas cuestiones se basa a menudo en las prioridades y expectativas de los otros. Finalmente, en el cuarto cuadrante (abajo, a la derecha) se colocan las tareas no importantes y no urgentes. Se trata de actividades que realizamos por inercia pese a no ser necesarias o apremiantes (por ejemplo, ceder ante distracciones o trivialidades).

¿Dónde has situado cada una de las tareas que tienes encomendadas o que te has propuesto en tu día a día? ¿Hay tal vez una concentración de tareas en el primer o en el tercer cuadrante? ¿Hay tareas que podrías delegar o, directamente, eliminar de tu lista de ocupaciones? ¿Qué puedes hacer para reforzar el segundo cuadrante de la matriz? Planificar tareas importantes pero no urgentes es la base de una gestión eficaz del tiempo. Te corresponde a ti elegir entre una gestión proactiva, enfocada en soluciones, en la que puedas mantener el control sobre tus tareas, y una gestión reactiva en la que acabas convertido en títere de multitud de problemas emergentes.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, MINDFULNESS

On/off

En estas fechas, con los días centrales de la Semana Santa a la vuelta de la esquina, son muchas las personas que manifiestan su deseo de tener unas vacaciones para desconectar. El cansancio hace mella después de un duro trimestre de trabajo: necesitamos un respiro en nuestras tareas cotidianas para olvidarnos o, al menos, dejar en un segundo plano responsabilidades, obligaciones o compromisos diarios. No obstante, no creo que las vacaciones (y lo que conllevan en términos de descanso, ocio, actividades, viajes o reencuentros) sean realmente una desconexión, sino más bien una oportunidad para una auténtica conexión con nosotros mismos. Porque… ¿estamos realmente conectados en nuestra vida de automatismos rutinarios?

Las vacaciones, efectivamente, son un momento propicio para favorecer y desarrollar la conexión con uno mismo. Generalmente, en este tiempo estamos más atentos a nuestras necesidades y, al tener tiempo libre, podemos dar espacio a actividades o prácticas que por falta de tiempo, cansancio o apatía no solemos hacer en nuestra vida cotidiana. De alguna manera, podemos permitirnos ser más libres a la hora de identificar en qué queremos invertir nuestra energía. Además, nuestra conciencia se expande al experimentar nuevos planes, visitar otros lugares o tomar contacto con el paisaje que nos rodea. Estoy seguro de que alguna vez has comprobado que el cansancio provocado por las actividades que te gustan –ese cansancio que te hace sentir vivo– no tiene nada ver con el cansancio plomizo y agarrotado de tus obligaciones diarias.

Pero, además de aprovechar las vacaciones como banco de pruebas de nuevos hábitos, intereses y experiencias, hay otras fórmulas para vivir conectados durante todo el año sin necesidad de esperar a días de asueto o puentes festivos. La principal, a mi juicio, consiste en vivir enfocado en el presente, en lo que está ocurriendo aquí y ahora: conectarse con el presente es conectarse con uno mismo. Por tanto, te animo a activar, por ti mismo, el botón on/off con el que vienes equipado para observar tu respiración, tu estructura corporal, tus sensaciones, tus emociones, tus pensamientos… ¿Qué está pasando? ¿Qué información obtienes sobre ti? Una vez vayas descubriendo las respuestas, acepta lo que hay: la aceptación de la realidad en la que vivimos es el primer paso para incluirla en nuestra vida o, en su caso, para transformar aquellos elementos que amenazan nuestro equilibrio.

Las fechas que marcan el devenir de nuestra cotidianidad (jornada laboral, período lectivo, vacaciones), aunque puedan ayudarnos, no determinan por sí mismas que uno esté conectado o desconectado de sí mismo: cada uno de nosotros tiene el poder de conectarse. Si optamos por vivir desconectados, nuestra existencia consistirá en dejarse arrastrar por los requerimientos de otros (modas, presiones, imposiciones, obligaciones…). Por el contrario, vivir conectados nos permitirá identificar nuestro propósito vital –aquello que da un auténtico sentido a nuestra vida– y desarrollar todo nuestro potencial para alcanzarlo. El interruptor on/off está al alcance de tu mano. ¿A qué esperas para accionarlo?


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AUTOPÍAS, COACHING

Coaching, una actividad profesional

La Asociación Española de Coaching (ASESCO), de la que formo parte, celebró en Madrid el pasado sábado, 16 de marzo, una Jornada para la Profesionalización del Coaching y el Desarrollo de Personas y Organizaciones. El acto, encuadrado en la conmemoración del 18º aniversario de la fundación de ASESCO, se articuló en torno a la presentación de El Libro Blanco del Coaching, un texto que –como se indica en su introducción– pretende aportar a esta disciplina una herramienta que le dé valor y que sitúe a la profesión en el lugar que le corresponde.

Si miramos a nuestro alrededor, el coaching parece estar de moda: la radio y la televisión incorporan coaches en sus programas estrella, se multiplica la publicidad de coaching en redes sociales, proliferan anuncios en marquesinas y farolas… Pero… ¿es realmente coaching todo lo que se oferta? Como señala El Libro Blanco del Coaching, la etiqueta coaching se ha extendido a otras actividades alejándose de la propia definición de coaching, de la motivación subyacente que da lugar a los procesos de coaching y de las funciones (e incluso competencias) de los profesionales del coaching.

En este sentido, El Libro Blanco del Coaching define esta disciplina como un proceso de acompañamiento, no directivo y orientado a la acción, en el que un profesional (coach) acompaña a su cliente (coachee) a conseguir objetivos concretos. Es el cliente quien define sus propios objetivos: el coach facilita, con su trabajo, que su cliente se apropie de los recursos internos de los que dispone, o a los que puede acceder, para lograr dichos objetivos. Esa labor facilitadora –o catalizadora– se realiza, con discreción y sencillez, desplegando un repertorio de herramientas –escuchadoras y acompañantes, como sugiere el texto– que permiten al cliente avanzar hacia la consecución de las metas que se ha propuesto.

Todo proceso de coaching incluye dos componentes fundamentales: responsabilidad y compromiso. El cliente se compromete con el proceso participando activamente en la definición de sus objetivos y en la identificación y refuerzo de los recursos que necesita para alcanzar sus metas. Además, se hace responsable de las decisiones que va adoptando durante el proceso. El compromiso y la responsabilidad del coach, por su parte, se manifiestan en competencias profesionales tales como la definición de un acuerdo de coaching (previa verificación de que el coaching es la disciplina más apropiada para las demandas del cliente), la creación de un espacio de confianza mutua, la escucha activa, la formulación de preguntas poderosas, la comunicación directa, la capacidad de estimular y ampliar la conciencia del coachee, la planificación de las metas definidas por el cliente, el diseño de las acciones que conducirán a su consecución y la gestión del proceso de acuerdo a estándares de ética y confidencialidad.

En el contexto actual de falta de regulación es fácil confundir el coaching con otras disciplinas como psicoterapia, asesoría, consultoría, mentoring, formación… (en realidad, el coaching puede considerarse una disciplina técnica complementaria a todas ellas). Conviene tener claro, por tanto, que el coaching persigue fomentar –desde el presente, con orientación a futuro– el crecimiento personal y profesional de sus clientes, centrándose en cuestiones concretas y desarrollando habilidades y capacidades que les permitan conseguir sus metas u objetivos. Esa es la esencia del coaching. Las herramientas concretas que se aplicarán en los procesos dependerán de la formación y creatividad de cada coach, siempre de acuerdo a dicha filosofía. Como afirmaba José Miguel Gil Coto, presidente de ASESCO, durante la presentación, es hora de tomar conciencia de la importancia de nuestro trabajo y hablar de coaching en términos profesionales.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

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La vida, lo he comentado alguna vez en este blog, es una sucesión de ciclos que se dan de forma continua o simultánea y que vamos completando (o abandonando) según nuestros deseos, capacidades, necesidades o responsabilidades. En todo ciclo vital hay siempre un punto de origen (el día de nuestro nacimiento, el primer día de clase, el día en que formalizamos una relación de pareja, nuestro primer día de trabajo, el día en el que nace nuestro hijo…), un desarrollo que le da forma y, para bien ser, debería haber un cierre en el que asimilar lo que hemos vivido a lo largo del proceso, aunque esto no siempre es posible: algunos ciclos quedan abandonados, a la espera de una conclusión futura; otros se acaban abruptamente, sin apenas darnos tiempo a reaccionar.

Este fin de semana he vivido, en el último taller de la formación en Teoría y Técnicas Gestálticas que estoy cursando, una de esas experiencias de cierre. Aunque la formación continúa (quedan trabajos por hacer y requisitos adicionales por cumplir), se clausura el espacio abierto hace más de tres años en el que, de forma vivencial, y gracias a la implicación de todos los compañeros de promoción, hemos podido experimentar, en carne propia, y también en la relación con los otros, los fundamentos de la Terapia Gestalt. Este último taller, en modo despedida, nos ha servido para valorar nuestro propio crecimiento, reconocer el trabajo y la evolución de los compañeros de este grupo de formación y agradecer el aprendizaje que, unos a otros, por vivencia o resonancia, hemos ido compartiendo.

Y, como en todo cierre, quedan en el aire preguntas que, a su vez, abren la puerta a nuevos ciclos y oportunidades. ¿Cómo mantener la relación frecuente con los compañeros ahora que desaparece nuestro espacio de reunión? ¿Qué otros espacios puedo buscar para seguir profundizando en mi autoconocimiento? ¿Y qué aplicaciones puedo darle a lo aprendido? En este sentido, cabe recordar que la Gestalt, una corriente humanista-fenomenológica de la Psicología creada por Fritz Perls a mediados del siglo XX, es mucho más que una forma de hacer terapia: es también una herramienta aplicable a otras disciplinas (la educación o el coaching, por ejemplo) y es, ante todo, una forma de vida.

Solo el verdadero contacto con uno mismo facilita una relación auténtica con los demás y con lo que nos rodea. Para ello, la Gestalt nos invita a vivir en el aquí y en el ahora. El pasado ya se fue, el futuro aún no ha llegado: solo nos queda el presente como lugar y tiempo en el que vivir nuestra existencia. Las preguntas clave para conectar con el aquí y el ahora son ¿qué me está pasando? y ¿cómo me siento? Si no somos capaces de encontrar una respuesta también podemos preguntarnos ¿qué estoy evitando? Enclavados en el aquí y en el ahora surgirá el darse cuenta entendido como toma de conciencia o capacidad de percatarse de lo que está ocurriendo.

Puede ocurrir que ese darse cuenta nos deje confusos. Por eso, conviene no olvidar otros fundamentos de la Gestalt, como el principio de responsabilidad: somos responsables de nosotros mismos. En general, tenemos por costumbre derivar hacia los otros la responsabilidad de lo que ocurre olvidando que nuestras emociones, pensamientos y comportamientos, aunque sean fruto de unos estímulos exteriores, no dejan de ser una manifestación propia del individuo. No puede haber verdadero contacto, con uno mismo y con el otro, si no nos apropiamos de lo que somos, sentimos, pensamos y hacemos. Debemos admitir, también, que somos un sistema de opuestos o polaridades complementarias (fuerte-débil, tierno-agresivo, dominante-sumiso…): unas veces nos aproximamos más a un polo, otras veces a su contrario. El auténtico contacto solo es posible cuando aceptamos que, como individuos, somos una secuencia interminable de polaridades.

La vivencia del aquí y el ahora, el darse cuenta, el principio de responsabilidad y la integración de las polaridades nos permiten identificar, aceptar y satisfacer nuestras necesidades, anhelos e ilusiones. Puede que, en el proceso, aparezca el miedo y nos quedemos estancados. Si esto ocurre, te invito a preguntarte ¿qué pasa si…? No dudes en experimentar todo aquello que, aunque pueda parecer difícil, pueda reportarte un mayor bienestar. Al fin y al cabo, la vida es una sucesión de ciclos que se cierran, se interrumpen, se abandonan o evolucionan para dar paso a otros ciclos –nuevas puertas o ventanas que se abren– en los que vivir de otra manera. Por ejemplo, de una manera gestáltica.


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