AUTOPÍAS, CONCEPTOS

La felicidad, ¿una quimera?

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en una de las obsesiones de las llamadas sociedades del bienestar. Pero, ¿qué es la felicidad? Probablemente, existen tantas definiciones como personas, aunque parecen predominantes aquellas que vinculan la felicidad con las emociones positivas. Si tomamos como punto de partida las acepciones recogidas en el diccionario, felicidad sería estado de grata satisfacción espiritual y física y ausencia de inconvenientes o tropiezos. Ahora bien, ¿hablamos de un estado puntual o permanente? ¿Cómo sería vivir en una situación de felicidad constante? ¿Reconoceríamos la felicidad si no viviéramos también momentos de infelicidad o desdicha?

Es importante vivir enfocados hacia deseos y metas que puedan proporcionarnos felicidad y bienestar. No obstante, los problemas surgen cuando esa promesa de felicidad futura no tiene su traducción en el presente: el día a día está lleno de obstáculos que superar, no todo es tan bonito como lo pintan (o como lo dibujamos nosotros mismos). La realidad nos obligará a hacer renuncias y sacrificios, aparecerán situaciones sobrevenidas –tal vez dolorosas– que afrontar… Si no gestionamos y encuadramos adecuadamente estas dificultades aparecerán, probablemente, sentimientos de frustración que, a su vez, nos alejarán aún más de nuestra felicidad soñada.

Para no sentirse frustrado (o infeliz) conviene buscar la felicidad por el camino de la aceptación. Empecemos por aceptar que el mundo se mueve por resortes que escapan a nuestro control, que cada uno se comporta como mejor sabe, puede o quiere. Aceptemos que es humano cometer errores o reaccionar por impulsos. Asumamos que nuestras emociones y nuestros comportamientos se mueven en ejes de polaridades tendiendo a uno u otro extremo según la situación o el contexto en el que nos encontremos. La aceptación conlleva indagar sobre uno mismo, conocerse y valorarse, tanto en sus fortalezas como en sus debilidades, y es un elemento esencial para comprender la realidad que nos rodea.

Pero ¡cuidado con confundir la aceptación con la resignación o el conformismo! La aceptación requiere responsabilidad y acción: nos hacemos responsables de nuestra capacidad para revertir, en la medida de nuestras posibilidades, las dificultades con las que nos encontramos o, al menos, las respuestas que nos generan. La resignación supone una rendición, una derrota anticipada: nos dejamos atrapar por el victimismo, colocamos la responsabilidad fuera de nosotros. Por tanto, en la búsqueda de uno mismo caben dos caminos: el camino a la felicidad, a través de la aceptación, y el camino a la frustración, a través del conformismo. ¿Cuál eliges?


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Cambio de planes

En esta época del año es frecuente planificar dos cosas. Por un lado, las vacaciones. ¡Aún quedan rezagados que no han escogido su destino o que no han sabido hasta última hora si iban a poder disfrutar de unos días de descanso! Por otro lado, los más previsores han comenzado a preparar el próximo curso académico/escolar. En cualquiera de los casos, y para todos los objetivos que nos propongamos en la vida, es posible que lo que tuviéramos pensado no pueda llevarse a cabo. Quizá ya no quedan habitaciones en ese hotel que nos gustaba, quizá no sale esa plaza de promoción interna que esperábamos, quizá se suspende ese curso que tanta ilusión teníamos en hacer…

¿Cómo afrontas estos contratiempos? Algunos optan por el victimismo: parece que, en vez de buscar soluciones, es mejor quejarse. Esta respuesta –está comprobado– estanca nuestro crecimiento personal y, por repetición, agota a las personas que se ven obligadas a soportar nuestras quejas. Otros, por el contrario, apuestan por la proactividad. En este grupo se integran aquellos que, conscientes del papel protagonista que les toca asumir en cualquier proceso personal de toma de decisiones, se mantienen activos focalizando toda su energía en la búsqueda de soluciones o alternativas. Los primeros se quedan quietos, los segundos se mueven.

Si estás leyendo este blog, presumo que eres una persona proactiva o que intenta serlo. Pero… ¿qué clase de proactividad practicas? Solemos buscar respuestas, soluciones o alternativas similares al plan o al objetivo fallido que habíamos planificado inicialmente, pero no siempre encontramos propuestas u ofertas afines. Llegado el caso, podemos sentirnos frustrados. Por eso, te animo a ser proactivo desde la creatividad: vuelve a soñar –de nuevo– con la meta que te gustaría conseguir, explora todas las opciones que se presentan ante ti, no temas hacer algo distinto a lo que habías pensado. Dicen que todos los caminos conducen a Roma, pero no siempre tenemos que ir por el mismo.

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En busca de la energía interior

¡Qué fácil es, a veces, caer en la desmotivación! Voy caminando, confiado, por la vida y, de repente, aparecen grietas en la que parecía una sólida amistad, personas con comportamientos tóxicos reaparecen en forma de mensaje en el teléfono móvil, se introducen nuevos protocolos absurdos que enturbian la rutina de trabajo y, para colmo, una discutible actuación urbanística obliga a cambiar de lugar la parada donde espero habitualmente el autobús. La desazón –aunque, en principio, no haya espacio para una preocupación desmesurada– se apodera de mí. Parece que todo se vuelve en mi contra. Siento que están minando mi energía. ¿Has tenido alguna vez esta sensación?

En general, cuando nos sentimos desmotivados, solemos atribuir esa pérdida de energía a factores externos: nos proclamamos víctimas del ambiente o del contexto que nos ha tocado vivir. Del mismo modo, anhelamos la aparición de nuevos factores que puedan devolvernos la ilusión que nos robaron. Y mientras aparecen, si es que llegan alguna vez, seguimos regodeándonos en nuestra apatía. Es cierto que los seres humanos convivimos en relación unos con otros, de ahí que nuestra vida sea una concatenación de estímulos y respuestas entre lo interno y lo externo. Pero… ¿debemos basar nuestra motivación y nuestra ilusión únicamente en lo que nos viene de fuera?

Hoy te invito a conectar con la energía primigenia de la que fuimos dotados al nacer. Busca esa fuente de energía ancestral que está dentro de ti y configura tu forma de ser. Avívala si la tenías olvidada. Aprópiate de ella. Acompáñame en ese viaje al alma que conduce a responsabilizarse de lo que uno es reivindicando sus potencialidades y asumiendo sus limitaciones. Sé el protagonista de tus motivaciones e ilusiones al margen de las circunstancias que te rodean. Sé consciente de tu fuerza. La Ley de Conservación de la Energía afirma que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. ¿Qué vas a hacer con la tuya?

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Yo, procrastinador

Deja para mañana lo que puedas hacer hoy. ¿Te reconoces en la antítesis del conocido refrán? Si la respuesta es afirmativa, sé bienvenido al club de los procrastinadores del que formamos parte los que, por una razón u otra, en contextos determinados, diferimos o aplazamos iniciativas propias, tareas encomendadas o compromisos adoptados ante otros. Los miembros de este club vivimos en un bucle en el que se repiten tres fases: el sentimiento de culpa que produce no cumplir con las tareas previstas, la carga de obligación que supone mantener en nuestra agenda tareas sin ejecutar y, finalmente, la impotencia derivada del esfuerzo que, llegados a este punto, deberemos aplicar para realizar las tareas aplazadas. Es lo que se conoce como el círculo de la postergación.

Una de las características de los procrastinadores es que, atrapados en ese bucle, nos sentimos víctimas: olvidamos que la responsabilidad de romper ese círculo recae sobre nosotros mismos. Afortunadamente, estamos dotados de cualidades que podemos desarrollar para superar ese rol victimista y asumir un papel protagonista. Entre ellas figura la proactividad, definida como la capacidad de tomar activamente el control anticipándose a los acontecimientos. Ser proactivo requiere trabajar sobre los ejes de la motivación y de la planificación. ¿Aceptas el reto?

En mi caso, he optado por trabajar la motivación intentando reducir la carga de obligación que pesaba sobre iniciativas y compromisos postergados. Te sugiero cambiar el tengo que con el que solemos encabezar nuestra lista de tareas pendientes por un elijo o quiero: así reafirmarás tu responsabilidad sobre la tarea en cuestión. A continuación, prueba a sustituir ese elijo o quiero por un puedo. ¿Te sientes empoderado? Seguro que aumenta tu fuerza interior. En cuanto a la planificación, he aprendido a dividir las tareas postergadas para que sean más abordables y asumibles. Te invito, también, a fijarte objetivos acordes con los recursos de los que dispongas. Así será más fácil avanzar. ¿Nos ponemos en marcha?

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Soltando lastre

¿Has probado a tomar, alguna vez, conciencia de tu postura? Te invito a observarte. ¿Notas tensión en alguna parte de tu cuerpo? ¿Hay rigidez en tu musculatura o en tu constitución corporal? ¿Andas erguido o encogido? ¿Cómo están tus hombros? ¿Y tu cuello? A veces, cuando me observo, me descubro encorvado, con los hombros caídos y doloridos, como si cargara un peso sobre mi espalda. E interpreto esta carga como la suma de preocupaciones, expectativas, requerimientos, demandas o responsabilidades de las que me voy apropiando en el día a día. ¿Has sentido tú alguna vez esa mochila imaginaria? ¿Te has parado a analizar, cosa por cosa, con todo lo que cargas en tu vida?

Es obvio que todos, en nuestra vida personal, familiar, social y laboral, tenemos obligaciones de las que no podemos desvincularnos. Vivir conlleva asumir responsabilidades. ¿Pero somos responsables de todo lo que cargamos? Cuando inicié mi camino de crecimiento personal descubrí que solía cargar con preocupaciones que no me correspondían. No solo asumía mis responsabilidades, sino que también me cargaba con las de otros o con tareas o encomiendas que, en realidad, no quería aceptar. El peso de la carga acababa condicionando, si no sepultando, mis propias ilusiones e iniciativas. Y así, atrapado, dejaba de ser protagonista de mi destino para convertirme en víctima del contexto que me había tocado vivir.

Mira qué llevas en tu mochila imaginaria. Despliega su contenido ante tus ojos. Ahora, diferencia entre aquello que depende de ti de aquello otro que realmente deben afrontar o resolver otros. Y, una vez concretadas tus responsabilidades, mantente alerta para evitar que la mochila vuelva a cargarse de pesos ajenos. Actúa con empatía para evitar desgastarte con los problemas de otras personas. Aprende a poner límites a las demandas de los demás. Si te cuesta decir “no”, evita comprometerte hasta que hayas podido pensar con calma una respuesta. Solo así podrás avanzar en la consecución de tus metas y objetivos vitales. Y ahora, ¿sientes tu cuerpo más ligero?

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