AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un mundo extraño

Extraneza

Desde la habitación del hospital se ven unas vistas espectaculares de la ciudad. En primer plano, el Faro de Moncloa, flanqueado por el Cuartel General del Ejército del Aire, el Museo de América y el Rectorado de la Universidad Complutense. Detrás, trazando un semicírculo mientras se extiende la mirada hacia el horizonte, aparecen las cúpulas de las iglesias del centro de Madrid, el Palacio de Vistalegre, el Hospital Central de la Defensa (punto de referencia arquitectónica para quienes alguna vez vivimos en esta zona de la periferia de la ciudad), los altos bloques de pisos de Aluche y Batán, la Ciudad de la Imagen, las antenas de Prado del Rey…

Aunque me dejo atrapar, por un momento, por las vistas que encuadra el ventanal, el cadencioso sonido del dispensador de oxígeno de alto flujo me hace volver, de golpe, a la realidad. Las vistas se convierten en un decorado desvaído, en una inmensidad vacía.

A pie de calle, la ciudad me confunde. Después de meses de confinamientos y restricciones, la llamada nueva normalidad es, de nuevo, un espacio de corrillos y aglomeraciones. El verano, entendido como un oasis, parece propicio para el bullicio y el ajetreo. En el camino de vuelta a casa, vuelve a haber atascos. Las grandes obras del centro de la ciudad apuran unos plazos que ya nada tienen que ver con las previsiones iniciales. Yo, sumergido en mis preocupaciones, no puedo evitar sentirme raro frente a la corriente de hedonismo llevado al límite, trivialidad y postureo que aflora, a poco que se rasque, en muchos comportamientos sociales.

La algarabía y el movimiento de las calles contrasta con la calma y la serenidad que encuentro, días después, en el cementerio. Curiosamente, desde el camposanto también es posible admirar las vistas de la ciudad, aunque con el eje cambiado: lo que antes quedaba a la derecha ahora está a la izquierda. De nuevo, localizo el Rectorado, el Faro y las cúpulas de San Francisco el Grande y la Almudena; se ven también los edificios de la Plaza de España, los campanarios de la Santa Cruz y de la Beata María Ana de Jesús, Torrespaña… Me invade el deseo de permanecer en el silencio, de dedicarme por un tiempo a la observación y a la contemplación de un mundo que, ahora mismo, me cuesta entender.

Tengo, en definitiva, la sensación de vivir en un mundo extraño. Pero también comprendo que, en realidad, el mundo –como la vida– siempre ha sido así, con sus contrastes, sus contradicciones, sus paradojas… El cambio principal es que, a partir de ahora, tendré que explorar este mundo en orfandad, sin la posibilidad de compartir con mi padre las cosas que vayan pasando. ¡Hasta siempre, papá!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

El juego de los yoes

Sillas

Supongo que alguna vez habrás jugado al juego de las sillas musicales, también conocido simplemente como el juego de las sillas. Para los despistados, se trata de ese juego en el que se disponen en círculo unas sillas (una silla menos que el número total de jugadores) para que los participantes desfilen en torno a ellas al son de la música, debiendo sentarse rápidamente cuando la música se para. El jugador que se queda sin silla –en la versión competitiva del juego– queda eliminado.

Pensando en este juego, me he dado cuenta de que solemos hacer algo parecido con cuatro yoes que viven en cada uno de nosotros: el yo que somos ahora (la suma de nuestros aprendizajes, experiencias y potencialidades ya descubiertas o aún por descubrir), el yo que fuimos en los primeros años de nuestra vida (el llamado niño interior), el yo del intelecto (nuestra parte racional, con sus pensamientos y creencias) y el yo del cuerpo (nuestra parte corporal, sensorial y emocional). En momentos determinados, uno de estos yoes se queda sin silla.

Por lo general, vivimos muy acompasados con la música que marca el devenir de nuestra vida –ya sea más lenta o dinámica, más alegre o más aburrida– y nuestros yoes, cada uno en su estilo, parecen disfrutar del baile. El problema viene cuando cambia la música, bien porque nos enfrentamos a un nuevo reto o porque debemos hacer frente a una situación sobrevenida. Con el cambio de música, alguno de nuestros yoes puede vacilar, perder el ritmo y, finalmente, cuando llegue el momento decisivo del juego, quedarse sin una silla en la que sentarse.

Así, por ejemplo, el yo que somos ahora puede quedar eliminado por una falta de autoestima o un error de autoconcepto (tener una imagen distorsionada de uno mismo). Por su parte, el yo que fuimos en los primeros años de nuestra vida puede quedarse descolgado si dejamos de lado cualquier atisbo de curiosidad, imaginación e inocencia. El yo del intelecto puede traicionarse a sí mismo por exceso (con un exceso de racionalización que derive en parálisis por análisis) o por defecto (inhibiéndose a favor de respuestas más impulsivas). Y, finalmente, el yo del cuerpo se puede quedar fuera del juego si no se escucha, si no atiende a sus propias necesidades.

La buena noticia es que, como ocurre en el juego de las sillas, no solo hay una versión competitiva del juego trata de ir eliminando participantes, sino también una versión cooperativa y solidaria que busca que, aunque no haya sillas suficientes, todos puedan encontrar un lugar donde sentarse. Basta con observarnos y utilizar los yoes más potentes (aquellos que tenemos más desarrollados) para estimular e integrar a los yoes que, en determinados contextos, y por una razón u otra, puedan quedarse descolgados.


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AUTOPÍAS, METÁFORAS, REFLEXIONES

Disposición al equilibrio

Zen

Pese a sus evidentes beneficios, no siempre es fácil conectar con las técnicas de meditación y relajación que distintas corrientes y enfoques, a lo largo de la historia, han puesto a nuestro alcance. Lo fundamental para que cualquiera de estas técnicas arraigue en nosotros es crear un hábito que nos permita integrarlas poco a poco –día a día– en nuestra vida cotidiana. Pero no es nada fácil crear este hábito: con frecuencia, nos distraemos, nos salimos de la práctica… e incluso acabamos más frustrados e inquietos de lo que estábamos antes de iniciar el ejercicio de meditación o relajación que hayamos elegido.

También puede ocurrir que, estando ya iniciados en este tipo de prácticas, nos veamos afectados o golpeados por situaciones sobrevenidas que, de pronto, parecen llevarnos de nuevo a la casilla de salida, como si nunca antes hubiéramos tratado de meditar o relajarnos con las técnicas que considerábamos integradas. Algo nos deja noqueados y, de repente, se desvanece –o, al menos, así lo sentimos– lo aprendido.

Parece, pues, que el equilibrio al que aspiramos es precario, y se rompe a la mínima.

En un alarde de poca originalidad, ilustro estas líneas con la fotografía de unas piedras apiladas, un símbolo de la filosofía Zen que transmite la idea de equilibrio y armonía. Y, mirando esta imagen, me pregunto: ¿no estaremos poniendo nuestra atención en el resultado final de nuestros intentos de meditación y relajación en vez de fijarnos en el proceso de construcción de ese equilibrio? Apilar piedras, al fin y al cabo, es un arte: hay que escoger las piedras adecuadas y disponerlas en el orden apropiado (respetando las leyes de la física).

¿Hacemos eso en nuestra vida?

Hoy te invito a detenerte en cada una de las piedras que configuran tu existencia: la piedra de tu identidad, la piedra de tus relaciones afectivas, la piedra de tu trabajo o de tus proyectos profesionales, la piedra de tus momentos de ocio, la piedra de tus valores… ¿Cómo son esas piedras? Tal vez sea bueno, antes de jugar a los equilibrios, conocer las características de cada una de estas piedras, identificando su forma y tamaño, reconociendo sus aristas e imperfecciones, apreciando la rugosidad o suavidad de sus cantos… y, en su momento, buscando las formas de encajar unas con otras.

Observar cada piedra por separado es ya en sí mismo un ejercicio de meditación y relajación que, sin prisa pero sin pausa, nos llevará al deseado equilibrio.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Inventario

Hoy viene a mi cabeza, pensando en proyectos que acometeré en las próximas semanas, la palabra inventario. Un inventario, como todos sabemos, es una lista ordenada de bienes y demás cosas valorables que pertenecen a una persona, empresa o institución. Hay inventarios con efectos contables, inventarios con fines de localización de mercancías o depósitos (como ocurre en almacenes o bibliotecas) e inventarios domésticos, como aquellos que hacemos, de vez en cuando, con nuestros discos, libros, coleccionables… o con nuestra despensa, cuando planificamos la próxima compra.

El inventario es también, desde mi punto de vista, una pieza clave en todo proceso de desarrollo personal y profesional. En este caso, se trata de identificar y detallar todos los recursos de los que disponemos, entendiendo por recursos las capacidades, habilidades, emociones, creencias, ideas, experiencias, roles e incluso máscaras que hemos utilizado –y que, probablemente, seguimos utilizando– en nuestro recorrido por la vida, para después examinarlos y reordenarlos de acuerdo a nuestra situación actual y a nuestros propósitos futuros. Quizá haya que rescatar patrones antiguos que creíamos olvidados, o quizá sea el momento de potenciar recursos que, aun estando dentro de nosotros, nos parecían invisibles o insuficientes.

Cualquier inventario, ya sea en el crecimiento personal o profesional o en cualquier otro ámbito, no solo refleja lo que tenemos, sino también lo que nos falta: las existencias que tenemos que reponer, los nuevos productos con los que queremos conquistar el mercado… Cuando trabajamos sobre nosotros mismos, no suele ser fácil encontrar esos recursos complementarios que necesitamos para desarrollar al máximo nuestro potencial. De hecho, muchas veces nos esforzamos por buscar y copiar soluciones externas que no van con nosotros… sin darnos cuenta de que los recursos de los que disponemos son la base sobre la que construir nuevos valores, pensamientos y sensaciones.

Curiosamente, la palabra inventario tiene el mismo origen etimológico que el término invento. En concreto, la raíz in-venire, que significa venir hacia dentro. Tal vez una forma de completar nuestro inventario personal sea, por tanto, inventar nuevas opciones y alternativas a partir de los recursos que ya tenemos. Para ello solo hace falta desarrollar nuestra intuición, imaginación y creatividad, recursos con los que todos contamos de serie (aunque no nos consideremos artistas, o minusvaloremos nuestra capacidad creadora). Conviene recordar que, a la hora de buscar nuevos recursos, no se trata tanto de compararse con lo de fuera como de ver qué hacer con lo que tenemos dentro.

Cualquier momento es bueno para hacer un inventario de tus propios recursos… e inventar otros nuevos. ¡A por ello!


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Contando desde cinco

Lunes, 5 de abril. Finalizada la Semana Santa (salvo en algunas regiones, donde hoy también es festivo), y dejando de lado las particularidades de los calendarios escolares, empieza un nuevo mes que es, además, inicio de un nuevo trimestre (al menos, en lo que a días hábiles se refiere).

He aquí la paradoja sobre la que hoy quiero llamar la atención: es día 5 y hay un comienzo.

¿O es que siempre hay que empezar por el número 1?

Se dice que el número 5 representa al ser humano en su totalidad. Efectivamente, cada uno de nosotros estamos dotados de cinco sentidos (vista, oído, tacto, olfato y gusto), tenemos cinco dedos en cada mano y en cada pie y nuestro crecimiento y desarrollo como personas converge y se expande en cinco dimensiones (física, afectiva, racional, social y espiritual). Se dice, también, que el número 5 expresa libertad, aventura y cambio. ¿Acaso no estamos en constante evolución?

Confiemos, pues, en nuestra propia totalidad. Fijémonos en lo que nos dicen nuestros sentidos. ¿Hasta qué punto dejamos contaminar nuestra percepción por fantasías o temores imaginarios? Cultivemos nuestras propias dimensiones. ¿Cuál está más fuerte? ¿Cuál nos parece la más débil? ¿Cómo se interrelacionan entre ellas? Pongamos atención, tomemos conciencia… y escuchemos las respuestas de nuestra intuición y sabiduría interior.

Empezar no implica siempre partir de cero. En nuestro recorrido vital nos seguiremos encontrando primeras veces –¡qué sería de la vida si no nos brindara nuevas alternativas y oportunidades!–, pero las experiencias y los aprendizajes previos suman puntos para afrontar con garantías los retos y los desafíos que irán apareciendo en el camino.

Yo, esta semana, empiezo a contar desde 5. ¿Y tú?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, METÁFORAS

Luces en la noche

Aquella noche, se sintió desorientado. ¡Qué raro! Conocía bien aquel lugar, lo había recorrido muchas veces. Se sabía prácticamente de memoria el escarpado desfiladero por el que caminaba, e incluso podía adentrarse con los ojos cerrados en el espeso bosque que lo circundaba. Ese desfiladero y ese bosque habían sido, hasta ahora, lugares en los que escapar de la realidad, evitar situaciones aparentemente incómodas y, en definitiva, huir de uno mismo.

Aquella noche, sin embargo, esos espacios ya no servían como refugio. Los estrechos senderos del bosque se habían llenado de maleza que enredaba a nuestro personaje en remordimientos y culpas. Las aristas del desfiladero, por su parte, lo atrapaban en su huida. En vez de escapar, se sentía cada vez más encerrado y oprimido. Se había convertido, de repente, en víctima de su propio victimismo. Desde ahí, la realidad de la que intentaba evadirse no parecía tan hostil o amenazante.

Pero… ¿cómo volver a la realidad después de hacer tantos esfuerzos para evitarla?

Apenas sin darse cuenta, una primera luz se había encendido en su interior: la luz del aquí y el ahora, del presente. Descubrió que se estaba perdiendo un momento único e irrepetible al dejar que su existencia dependiera de los sombríos parajes que imaginaba para el futuro y de los fantasmas del pasado de los que trataba de escapar. Y probó a acentuar la conexión con el presente con la respiración, sin duda la mejor herramienta para anclarse en cada instante.

Reconfortado por su propia respiración, atisbó una segunda luz: la luz del darse cuenta, de la toma de conciencia. En el flujo inhalación-exhalación, se permitió un espacio para, poco a poco, identificar sus sensaciones y emociones. Allí estaban el miedo y la ira, los motores de su carrera cada vez más rápida por el desfiladero. Allí estaban, también, la tristeza y el dolor, compañeros inseparables en el viaje al centro más profundo del bosque. Y allí estaban, inevitablemente, la alegría y la gratitud que supone vivir la experiencia de uno mismo, sean cuales sean las circunstancias.

Los pensamientos, por supuesto, pugnaban por tomar el control. Pero no era momento de pensar, era momento de sentir.

Y, en ese sentir, apareció la tercera luz: la luz de la responsabilidad. Tenía, a su alcance, dos opciones: huir de nuevo, vagando una vez más por automatismos y circunloquios, aun sabiendo de antemano que esta alternativa no va a servir de nada… o afrontar la realidad, aceptándola tal cual es, y tratando de sacar el máximo partido –el mayor aprendizaje– de cada experiencia que nos presenta la vida en su devenir. Sí, puede que esta opción no sea fácil. Sí, puede que esta opción sea la más auténtica.

Las luces del aquí y el ahora, el darse cuenta y la responsabilidad son las claves de la Terapia Gestalt, de la que ya he hablado previamente en este blog, y son, para mí, las bases de una filosofía que intento tener presente en todos los ámbitos de mi vida. Unas veces, estas luces serán tan débiles como la luz de una vela. Otras, por el contrario, nos cegarán como un potente foco. Sea como sea… ¡enciende tus luces!


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AUTOPÍAS, METÁFORAS, REFLEXIONES

Pasar por el aro

¿Quién no ha pasado alguna vez por el aro?

Todos nos hemos tenido que enfrentar, y nos seguimos enfrentando, a situaciones en las que, contra nuestra voluntad, nos vemos obligados a ceder o a someternos a las demandas o pretensiones de otras personas. Bien sea mediante la persuasión, o directamente bajo la coacción, acabamos actuando como animales de circo –fieras con gran potencial interior– que, fustigados por un domador, se ven obligados a saltar a través de un aro envuelto en llamas.

O peor aún, y más difícil todavía, pasamos por los aros que impone nuestra propia voluntad. ¿Cuántas veces no somos nosotros mismos los que nos empeñamos en pasar por los aros de los muchos tengo que con los que nos cargamos cada día? Tal vez esos aros, más cotidianos, sean tan vistosos como un aro en llamas, pero son igualmente difíciles de atravesar. Puede que sean aros estrechos como el ojo de una aguja, difícil de enhebrar, o aros más holgados como tuberías o conducciones subterráneas que nos sumergen en un mundo de sombras y oscuridad.

De una u otra forma, seguimos pasando aros… e incluso buscamos nuevos aros que atravesar, como si no hubiera otra forma de transitar por el mundo.

Y así, entretenidos en la pista central, pasando de un aro a otro, nos olvidamos de que el circo de nuestra vida pone a nuestra disposición otras opciones, otras alternativas. Están, por ejemplo, las pistas auxiliares, aquellas a las que podemos recurrir para desviar el foco de tanto aro y centrar la atención en otros estímulos, en otros emergentes. Y están también, fuera de la carpa, las caravanas y los carromatos a los que podemos retirarnos para tomar un descanso, reflexionar y preparar nuestro próximo número, quizá menos vistoso y para un público tan amplio y reducido a la vez como nosotros mismos.

Siempre que pienso en el circo, y en su riqueza metafórica, me acuerdo de un cuento de Jorge Bucay titulado El elefante encadenado. En esta historia, el autor se pregunta por qué un elefante de gran porte y tamaño se deja amarrar, antes y después de la función, a una pequeña estaca que podría derribar, sin duda, con el empuje de su peso. La respuesta que encuentra es que el elefante, siendo una cría, no tuvo fuerza suficiente para soltarse y, después de repetidos esfuerzos, dejó de intentarlo.

Puede que muchos de esos aros que, según creemos, tenemos que atravesar, sean –en este momento de nuestra vida– como esa insignificante estaca que sujeta al elefante. ¿Por cuántos aros nos empeñamos en pasar sin mirar si quiera si hay otra salida?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, ENEAGRAMA, REFLEXIONES

Instintos básicos

No todos tenemos las mismas preocupaciones, ni reaccionamos de la misma manera a los desafíos que nos plantea la vida. Lo estamos viendo de forma clara, por ejemplo, en las inquietudes –cuando no directamente en las acciones– que manifestamos cada uno de nosotros en relación a la pandemia que estamos viviendo. ¿Qué es lo que nos mueve a sentir y a actuar, de acuerdo a un mismo patrón predeterminado, en cualquier circunstancia?

Nuestras respuestas obedecen, en gran medida, a las necesidades básicas, primarias e inconscientes que, en nuestra primera infancia, y en un esfuerzo de adaptación al entorno en el que debíamos dar nuestros primeros pasos, configuraron nuestros instintos, es decir, los patrones de pensamiento, emociones y conductas sobre los que fuimos construyendo nuestra identidad –diferenciándonos de los demás– y sobre los que radica nuestra forma de ser y estar en el mundo.

Según el Eneagrama de la Personalidad, sobre el que ya hablé en la entrada La cuadratura del círculo, en nuestro centro visceral conviven tres instintos primarios: el instinto de conservación, el instinto social y el instinto sexual. Estos tres instintos coexisten de forma jerárquica, de mayor a menor desarrollo, siendo uno de ellos el instinto dominante a costa de los otros dos instintos, que quedan relegados a un segundo y tercer plano. Lo ideal es que en esta jerarquía haya, pese a su propia configuración decreciente, un cierto equilibrio: una acusada descompensación entre los niveles de desarrollo de cada instinto puede ser fuente de problemas. El instinto dominante determina, en cualquier caso, matices y diferencias en cada uno de los tipos de personalidad o eneatipos, de ahí que en cada uno de ellos se hable de subtipos conservación, social o sexual.

Veamos algunas pinceladas de cada uno de los instintos que habitan nuestro centro visceral:

El instinto de conservación (también llamado autoconservación) está directamente relacionado con la necesidad de sentirse seguro y se traduce en preocupaciones y acciones orientadas a la búsqueda de condiciones óptimas que permitan alcanzar una situación de bienestar. Este instinto pone el foco en la salud, el orden, el hogar, el abastecimiento, la economía y, en definitiva, en todo lo que gira alrededor del concepto de supervivencia.

El instinto social (también llamado navegador) impulsa al individuo a una constante interacción social en busca de aceptación y reconocimiento. Una de las características de este instinto es el deseo de establecer vínculos de unión y pertenencia que permitan crear grupos o comunidades que usar como referencia o apoyo. El instinto social se traduce, por tanto, en un afán de estar rodeado (de forma activa, haciendo actividades) con otras personas.

El instinto sexual (también llamado transmisor) se manifiesta en el deseo de intimidad con otra persona y en el propósito de dejar un legado (no solo en un contexto biológico, entendido como descendencia, sino en sentido amplio, como transmisión de valores o ideas). Este instinto se caracteriza por una búsqueda constante e intensa de nuevos estímulos para la que despliega todas sus armas de seducción y cortejo.

Como decía más arriba, en todos nosotros conviven, jerárquicamente, estos tres instintos. ¿Reconoces, en este esbozo, cuál es el instinto dominante que guía tus preocupaciones y acciones cotidianas y define tu respuesta ante cualquier situación sobrevenida?  Y, respecto a los otros dos… ¿te resuenan o son desconocidos para ti?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

¿Qué es la felicidad?

Reconozco que, a veces, me quedo pillado con algunas palabras.

Es lo que me ha ocurrido en este cambio de año, de 2020 a 2021, con la palabra felicidad. De hecho, he buscado expresiones alternativas para no poner feliz año nuevo en las tarjetas y mensajes que tradicionalmente envío a familiares, amigos y contactos en Nochevieja. ¿Por qué? Bueno, yo tengo mi idea de felicidad, pero no sé si esa idea es compartida por todos aquellos a los que me dirijo. Y tenía la sensación –probablemente errónea– de que, después de un año tan complejo como el que hemos vivido, podía ser inapropiado desear felicidad a quien, inmerso en múltiples dificultades, solo entiende esta palabra en su concepción básica y limitada –pero comúnmente extendida– de celebración, júbilo o fiesta.

En su día, ya hablé en una entrada de este blog (La felicidad, ¿una quimera?) sobre el significado que tiene para mí la felicidad. Para no repetirme, hoy he querido abrir la mirada y buscar otras definiciones de personas con las que me he formado en disciplinas como la Terapia Gestalt, el Coaching, el Eneagrama Cuántico o el Yoga. A todos ellos les he pedido respuestas para dos preguntas:

  • ¿Qué es para ti la felicidad?
  • ¿Con qué símbolo o gesto la representarías?

Domingo de Mingo Buide, psicólogo clínico y psicoterapeuta (gestaltquatro.es), cree que la felicidad es difícil de expresar en palabras. En su opinión, la felicidad simplemente es estar en paz. Añade, además, que la felicidad consiste en no tener que buscarla. En cuanto a la representación gráfica, descarta escoger ninguna al considerar que cualquier símbolo la degrada porque no hace honor a lo que es.

Para David Cru, director del Instituto Europeo de Coaching (IEC), felicidad es sentirte bien y en paz contigo mismo, en relación a cómo estás llevando tu vida, en todos los niveles (trabajo, relaciones…). La felicidad sería, por tanto, una sensación de sentido en tu vida, vivir de acuerdo con tus valores más importantes, una buena dosis de placer y paz interior. Cru completa esta definición con dos ejemplos que ilustran su idea de felicidad: por un lado, levantarte con ganas cada día por las mañanas y acostarte en paz y con la conciencia tranquila cada noche, y por otro lado, seguir teniendo sueños y perseguirlos y disfrutar a la vez de tu presente. El símbolo de la felicidad sería una sonrisa interior y una actitud positiva y optimista cada día.

Carmen de Molina, psicóloga y coach, fundadora de Equipo Hermes y formadora en el IEC, define la felicidad como el estado interior de paz, armonía y coherencia que se genera al aceptar la vida e involucrarse en las circunstancias que nos ocurren y nos envuelven con la actitud de aprender, comprender y crecer internamente. Como símbolo, propone dos imágenes: las manos cruzadas sobre el pecho y la flor del girasol, siempre enfocándose hacia la luz.

Almudena Galán, coach experta en Eneagrama Cuántico (www.almudenagalancoach.com) considera que la felicidad es un estado de aceptación y gratitud con lo que estás viviendo en el momento. Este estado se caracteriza por sentirte lo más en paz posible, lo más tranquilo posible, con lo que estés viviendo en cada instante sin querer cambiarlo y aceptando las emociones que te genera todo lo que está sucediendo sin tratar tampoco de que se vayan o de cambiarlas. Representaciones gráficas de la felicidad, entendida como autenticidad, serían la sonrisa de un niño o cualquier otra actitud sincera que no esté contaminada por el “debería” o “no debería”.

Carlos Daza, profesor de Hatha Yoga, Yoga Nidra y Meditación, afirma que la felicidad es estar contento, ni más ni menos. Recuerda que, de hecho, el estado de felicidad se denomina, en yoga, estado de Santosha, que podría traducirse como estado de contento. Este estado –advierte– depende de tu desarrollo y equilibrio mental, que a su vez implica también equilibrio emocional, sentimental, psíquico o psicológico. Desde su punto de vista, la felicidad es el estado que te proporciona la ausencia de deseos, el no estar deseando algo que no tienes… cuando en realidad tienes todo lo que puedes tener. Las claves para vivir este estado de no deseo serían la vivencia del presente y estar satisfecho y contento con lo que tienes en ese instante. El gesto de la felicidad sería la sonrisa no solo de los labios, sino de todo el rostro, con los ojos iluminados.

Son, como ves, distintos enfoques… con algunas coincidencias.

Basándote en estas definiciones, y en tu propia experiencia de vida, tal vez tú tengas respuestas distintas. ¿Probamos? Recuerda las preguntas:

  • ¿Qué es para ti la felicidad?
  • ¿Con qué símbolo o gesto la representarías?

¡Feliz semana!


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