AUTOPÍAS, REFLEXIONES

De otra manera

La crisis del coronavirus nos ha obligado a vivir –de forma más o menos drástica, según fuera la vida cotidiana de cada uno de nosotros antes de la irrupción de la pandemia– de otra manera. Las restricciones derivadas del confinamiento conllevaron renuncias que fuimos supliendo como mejor supimos con los medios que teníamos a nuestro alcance. Ahora, la desescalada avanza con protocolos más o menos estrictos –según la fase y la región en la que nos encontremos– que siguen condicionando nuestras rutinas ordinarias.

En todo este tiempo, las transformaciones en nuestro día a día han sido más que evidentes. Nuestras casas se convirtieron en improvisadas oficinas y colegios, las quedadas presenciales con familiares y amigos fueron sustituidas por videollamadas y encuentros telemáticos, las conexiones online nos permitieron seguir accediendo a una variada oferta de propuestas de ocio y cultura… A la vez, hemos aprendido a usar mascarillas de protección, a mantener una distancia física con las personas con las que interactuamos, a respetar los aforos máximos en los transportes o en las tiendas, establecimientos u oficinas que visitamos. En definitiva, hacemos las cosas de otra manera.

Puede que todas esas transformaciones –ese hacer de otra manera– nos hayan suscitado, a su vez, inquietudes en nuestra concepción de la realidad en la que vivimos. ¿Cómo entendemos el trabajo, las relaciones familiares, el tiempo de ocio, la educación de nuestros hijos, el cuidado de nuestros mayores? ¿Cómo conciliamos todas las dimensiones que nos conforman como seres humanos? ¿Cómo asumir que, pese a estar en un mundo cada vez más desarrollado, vivimos rodeados de grietas de inseguridad e incertidumbre? Para contestar a estas preguntas, y a las cuestiones más específicas que cada uno pueda formularse, tal vez sea necesario pensar de otra manera.

Pero pensar de otra manera no es fácil, pues estamos acostumbrados a seguir patrones de pensamiento de corto recorrido que limitan nuestra visión del mundo y estrechan nuestra capacidad de respuesta. Es necesario encontrar planteamientos alternativos, creativos e innovadores. ¿Dónde encontrar la inspiración? Buscando en nosotros mismos, contactando con lo que realmente somos, aceptando nuestras contradicciones, alineando lo que pensamos con lo que hacemos (y viceversa), asumiendo nuestra responsabilidad individual y colectiva en este tiempo de cambio. Es el momento de ser de otra manera. O, mejor dicho, de mostrar nuestro ser de otra manera.


COACHING PROFESIONAL SOLIDARIO: Durante la vigencia del estado de alarma decretado por el Gobierno de España para hacer frente al COVID19 estoy ofreciendo sesiones individuales de coaching gratuitas por videollamada o videoconferencia. Las sesiones se realizarán en horario de mañana o tarde (a convenir) y tendrán una duración de 45 minutos, con un máximo de tres sesiones por persona (sin compromiso de continuidad). La solicitud de cita se realizará a través del correo electrónico info@autopiascoaching.com o de este formulario de contacto.


DESCUBRE TU AUTOPÍA: Sigue a tu disposición “Descubre tu autopía: abriendo caminos en un momento único”, una guía de autocoaching con la que podrás reflexionar sobre los propósitos, los valores y las acciones que quieres poner en marcha en el contexto extraordinario que estamos viviendo. Pulsa aquí para descargar la guía gratis.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, REFLEXIONES

¿Desescalada?

Ayer domingo, escuchando la radio, llamó mi atención una intervención del escritor Juan José Millás en la que afirmaba que del confinamiento a la calle no se sale por la puerta de la casa, sino por una puerta del alma. Después de ocho semanas del confinamiento al que nos ha obligado el COVID19 puede que, efectivamente, no nos resulte tan fácil acceder a esa nueva normalidad que, poco a poco, se deja ver en el horizonte. Entrar en esa nueva cotidianidad de mascarillas, distancias sociales y aforos limitados, y desenvolvernos en ella, nos causará –nos está causando ya– sentimientos encontrados.

Las autoridades sanitarias han definido, para llegar a esa nueva normalidad, un proceso en varias fases denominado desescalada. La curva de contagios por coronavirus alcanzó semanas atrás su punto álgido –el llamado pico– y cae poco a poco, con algún que otro repunte, alimentando nuestra esperanza y confianza. El duro ascenso por las restricciones e incomodidades derivadas del confinamiento en nuestras casas da paso ahora a un descenso escalonado en el que ir recuperando hábitos o costumbres interrumpidos a mediados de marzo.

No obstante, conviene no olvidar que el descenso desde cualquier cumbre, al igual que la subida, no está exento de riesgos. El mayor peligro, una vez alcanzada la cima, es el exceso de confianza, que puede hacernos tropezar o resbalar ladera abajo. El descenso, además, es un momento crítico para sufrir lesiones debido al esfuerzo que hacemos para contrarrestar la fuerza de gravedad que tira de nosotros. Y puede que, de tanto bajar, lleguemos finalmente a un sombrío y sinuoso valle, rodeado de grandes montañas, del que solo podamos salir escalando de nuevo.

Por otro lado, habrá quien viva este tiempo no como una desescalada, sino como una auténtica escalada. Pienso, por ejemplo, en las personas que han perdido un ser querido o en aquellas que se han quedado sin trabajo, que tendrán que afrontar esa nueva normalidad –doblemente nueva– sin el apoyo o los recursos de los que disponían hasta ahora. Y pienso, también, en el esfuerzo de conciliación que tendrán que hacer muchas mujeres y hombres para seguir compaginando su empleo (quizá ya sin tantas facilidades para acceder al teletrabajo) con el cuidado de niños, dependientes o mayores mientras colegios y centros de asistencia sigan cerrados.

Al final creo que todos, en mayor o menor medida, iremos alternando entre desescalada (el deseo de recuperar actividades o rutinas que tuvimos que dejar aparcadas) y escalada (la superación de las grandes o pequeñas dificultades que iremos encontrando, indudablemente, en este nuevo contexto que se abre ante nosotros). La figura que tomar como referencia puede ser, más que una montaña que subir o bajar, la gráfica del ritmo cardíaco, que escala y desescala a cada instante. Sigamos, pues, el pulso de la vida, escuchando lo que nos dice en cada momento.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, EMOCIONES, REFLEXIONES

De la oscuridad a la luz

La vida, en su infinita sabiduría, nos invita o nos aboca permanentemente al cambio. Nos invita al cambio cuando, cansados de afrontar cada día las mismas rutinas, decidimos buscar nuevos horizontes (más o menos cercanos o accesibles) en los que realizarnos. Y nos aboca al cambio cuando, de repente, cambian las condiciones o las reglas de juego en las que nos desenvolvíamos con relativa normalidad (pérdidas inesperadas, circunstancias sobrevenidas…). En ambos casos, y aunque las situaciones no sean comparables, es inevitable que aparezca junto a nosotros un compañero de viaje que, si bien puede servirnos de protección, también puede paralizarnos. Su nombre es, como todos sabemos, el miedo.

En los últimos meses, coincidiendo con mi propio proceso de cambio y crecimiento personal y profesional, he tenido muy presente un poema titulado Nuestro miedo más profundo. Aunque se atribuye su autoría a Nelson Mandela (el poema fue parte de su discurso de toma de posesión como Presidente de Sudáfrica en 1994), en realidad se trata de una composición de la escritora Marianne Williamson, nacida en Houston (EE.UU.) en 1952. Los primeros versos del poema rezan así: Nuestro miedo más profundo no es el de ser inadecuados. / Nuestro miedo más profundo es el de ser poderosos más allá de toda medida. / Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos asusta

En general, solemos vincular el miedo con la oscuridad, con la penumbra, porque nos conecta con sensaciones que nos incomodan y que rompen nuestro equilibrio cotidiano: dudas, inseguridad, incertidumbre… El miedo es el paraíso de los fantasmas que arrastramos del pasado y de las escenas temidas del futuro que aún no conocemos. Pero… ¿qué pasa si, inspirándonos en las palabras de Williamson, consideramos el miedo como una puerta hacia la luz? Al fin y al cabo, esas zonas de sombra son también una parte de nosotros, pues no somos más que una suma de polaridades: no es posible encontrar seguridad o certezas si no reconocemos previamente su reverso, y esos fantasmas no son más que el reflejo de nosotros mismos en espejos distorsionados.

Ante esta consideración –y siguiendo con el poema de Williamson– surge una pregunta: ¿Quién soy yo para ser brillante, hermoso, talentoso, extraordinario? No merece la pena detenerse ni siquiera un instante en buscar una respuesta. De hecho, la autora aboga por reformular la pregunta: ¿Quién eres tú para no serlo? Ahí es nada… En conclusión: ¿vas a dejar que el miedo sea un freno o un estímulo en tu desarrollo personal o profesional? Acércate con curiosidad a los procesos de cambio que quieras introducir en tu vida o que vengan dados por el entorno en el que te mueves, conecta con tus necesidades intrínsecas para avanzar hacia donde realmente quieras estar y recorre con confianza el camino que une la oscuridad con la luz.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, EMOCIONES

Buenos días, tristeza

Quizá hayáis escuchado, autópicos lectores, que hoy, 20 de enero, es el día más triste del año, una denominación que tiene su origen en una investigación realizada en 2005 por el psicólogo Cliff Arnald, por entonces investigador de la Universidad de Cardiff, capital de Gales (Reino Unido). Esta investigación, contratada en el marco de una campaña publicitaria para una agencia de viajes, se tradujo en una controvertida fórmula matemática –de escasa validez científica– en la que se tenían en cuenta variables como el clima, las deudas contraídas durante las fiestas de Navidad, las previsiones de ingresos en el mes de enero, el tiempo transcurrido desde el primer tropiezo en el cumplimiento de los propósitos de año nuevo, la motivación y la necesidad del individuo de actuar o reaccionar para cambiar algún aspecto de su vida.

Aplicando la fórmula, Arnald concluyó que el tercer lunes de enero era el día más triste del año, de ahí que esta fecha sea también conocida como Lunes Triste o Blue Monday. Efectivamente, en esta época el invierno suele mostrarse en su máximo apogeo (de hecho, buena parte de España sufre hoy los efectos de un temporal de frío y otras inclemencias), hay quién aún no se ha recuperado del impacto económico y emocional de las fiestas navideñas y todos, en mayor o menor medida, nos hemos sentido abrumados, decepcionados o frustrados por las dificultades que conlleva hacer frente a nuestros propósitos de año nuevo o, directamente, por su incumplimiento.

Al margen del valor empírico que se le pueda dar a la fórmula, la experiencia personal de cada uno nos demuestra cómo la alteración de cada una de las variables utilizadas puede hacernos conectar con la tristeza. Y digo conectar porque, por mucho que algunos se empeñen en negarla o disfrazarla, la tristeza es inherente a cada uno de nosotros y, como toda emoción, tiene un mensaje y sentido que integrar en nuestra vida. El mensaje, como sabemos, llega envuelto en una serie de sensaciones que, por lo general, no suelen resultarnos gratas (abatimiento, pesimismo, desesperanza, desazón, desmotivación, desilusión, desamparo…) pero que es necesario reconocer y aceptar para descubrir su significado.

Adentrándonos en esas sensaciones, descubriremos los sentimientos de pérdida, de abandono o de impotencia que podemos albergar dentro de nosotros. Y así, una vez identificados, podremos hacernos preguntas sobre ellos: ¿Para qué nos sirven? ¿Qué queremos hacer con esos sentimientos? Conviene recordar que la tristeza es una invitación a entrar en un estado de repliegue e introspección con vistas a soltar algo que tuvimos (o que imaginamos) para ir abriéndonos poco a poco, cada uno a su ritmo, a las distintas posibilidades que, aquí y ahora, nos ofrece el presente. En esto consiste vivir la emoción, entendiendo siempre que cualquier emoción es siempre transitoria y no permanente.

Puede que hoy, efectivamente, sea un Lunes Triste. Si es así, permítete conectar con la tristeza y dar espacio a las sensaciones asociadas a esta emoción. Explora de qué está hecha y, si lo necesitas, busca acompañamiento y permítete expresarla. Así irán apareciendo nuevas emociones con las que colorear un día que parecía gris. Si no lo consigues hoy, mañana será otro día: en concreto, según la costumbre contemporánea de dedicar un día a cada cosa, mañana será el día internacional del abrazo, un gesto que aporta bienestar y tranquilidad, contagia sensaciones positivas y mejora nuestra salud física, emocional y espiritual. Pero, ¿por qué esperar a mañana? Al margen de fórmulas y consejos de calendario, adéntrate en las emociones que emergen cada día y acepta y vive cada jornada como venga.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, COACHING, GESTALT, HERRAMIENTAS DE COACHING, PNL, REFLEXIONES

Un viaje en el tiempo

La historia de la literatura, el cine, la televisión e incluso la música recoge distintos ejemplos del interés del ser humano por viajar a través del tiempo. Los fines de este interés son diversos, y van desde la mera exploración curiosa de lo que fue o de lo que será, el deseo de vivir como protagonista grandes episodios históricos o el intento de cambiar el devenir de la historia pasada o futura… A veces, ese interés nace de una preocupación o vocación social por la humanidad en su conjunto. Otras veces, la motivación es individual: nuestra vida incluye, inevitablemente, apuntes biográficos pasados que, vistos con perspectiva, nos hubiera gustado haber vivido de otra manera, y la toma de decisiones para el futuro sería más fácil si pudiéramos trasladarnos a él para comprobar de primera mano los resultados de cada una de las opciones que se nos presentan.

La realidad es que, dejando de lado teorías conspiratorias, aún no se ha inventado una máquina del tiempo que nos permita deambular, hacia delante o hacia atrás, por el curso de la historia. Y, sin embargo, eso es lo que hacemos la mayor parte del tiempo: movernos constantemente a lo largo y ancho de nuestra propia biografía aferrándonos a recuerdos de situaciones que ya quedan atrás, alejadas de nuestra realidad actual, y anticipando preocupaciones y expectativas de situaciones futuras incluso antes de que estas se esbocen o manifiesten. Esta práctica condiciona nuestros estados de ánimo y nos aleja, irremediablemente, de la única realidad temporal que realmente existe: el presente.

Si solo existe el presente, los recuerdos del pasado y las expectativas no pueden ser considerados, en sí mismos, como realidades, sino como abstracciones o construcciones que nos acompañan y que condicionan, para bien o para mal, cada instante que vivimos. Este es uno de los fundamentos de la Terapia Gestalt, que aboga por actualizar (mental y emocionalmente) esas construcciones en el presente, convirtiéndolas en una realidad palpable, con el fin de explorar opciones con las que, siempre en el presente, completar una nueva experiencia que nos permita cerrar ese círculo vicioso de situaciones inconclusas, asuntos pendientes y escenas temidas que arrastramos y que nos impiden ver y acceder a nuestro auténtico potencial.

Para la Gestalt, no tiene sentido buscar las causas de lo que ocurre o de lo que esperamos. Lo relevante es transitar por esas actualizaciones presentes del pasado y del futuro con vistas a obtener un nuevo marco de referencia en el que, ante determinadas situaciones, podamos responder de otra manera. De este modo, el presente se configura a la vez como punto y línea de tiempo, algo que ocurre también en disciplinas como el Coaching o la Programación Neurolingüística (PNL), donde el presente es el punto de partida y de llegada de los viajes que hacemos al pasado y al futuro en busca de experiencias en las que, en su día, nos sentimos realizados y de proyecciones, ensoñaciones o visualizaciones del futuro que queremos empezar a construir desde ahora.

Mirar hacia el pasado o el futuro no es bueno o malo per se. Lo importante es hacerlo siempre anclados en el aquí y en el ahora, en las motivaciones del presente que vivimos. El pasado ya se fue y el futuro aún no ha llegado: son solo construcciones que nos impiden avanzar (y vivir lo que se nos ofrece en cada momento) o abstracciones a las que acudir cuando, desde el presente, necesitamos recuperar experiencias o encontrar la motivación necesaria para satisfacer nuestras necesidades vitales y afrontar los retos que se nos presentan en todos los recodos de este camino que llamamos vida. Dicho esto, ¿crees que merece la pena construir una máquina del tiempo?


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Dar la campanada

Se acerca, una vez más, ese momento mágico del cambio de año que muchos seguirán, como marca la tradición, desde el viejo reloj de la Puerta del Sol de Madrid. Las ilusiones, la esperanza, las expectativas, los recuerdos y los propósitos que hemos ido rememorando y fraguando estos días estarán ahí, ya sea de forma consciente o inconsciente, cuando, a falta de pocos segundos para que acabe el año, la bola situada en la parte superior de la torre en la que se ubica el reloj llame nuestra atención mientras baja con su característico sonido de carrillón. Después, mientras alargamos el brazo para coger el recipiente en el que tenemos preparadas las uvas de la suerte, escucharemos los cuatro cuartos. Y, finalmente, sonarán –y nos resonarán– las doce campanadas. Pero, ¿de qué está hecha esa resonancia?

Unas campanadas resonarán, quizá, a las nuevas oportunidades que se presentan. Oportunidades en forma de nuevos proyectos, ya sean deseos o realidades incipientes, a los que habrá que dar forma, ideando y trabajando, en las próximas semanas y meses. Oportunidades, también, para hacer las cosas de otra manera, viendo lo que no ha funcionado este año y poniendo en práctica lo poco o mucho que hayamos aprendido en los últimos 365 días. Otras campanadas, a su vez, nos servirán para dar por concluidos los retos a los que nos enfrentamos y superamos en el año que ahora termina. O, al menos, para dejar atrás aquellos proyectos que, por alguna u otra razón, hayan resultado fallidos.

Habrá también, entre las doce campanadas, alguna que resuene a cambio. A los cambios, más o menos sutiles, que hemos experimentado nosotros mismos, sea cual sea el nivel de esfuerzo que nos hayan supuesto. A los cambios que han enriquecido, e incluso transformado, la vida de quienes nos rodean. Y a los cambios sobrevenidos, incluso inesperados, que han golpeado a los que tenemos cerca: cambios que –ojalá– nos hayan dejado ver su espíritu de superación y su capacidad de resiliencia. Y quizá, en contraposición, haya también campanadas que nos muevan contra lo estático, contra lo que nos oprime, contra lo que nos retiene, contra todo aquello que nos impide desarrollar al máximo nuestro potencial. Esas asignaturas pendientes que, tal vez, podamos aprobar, por fin, en el nuevo año.

Y, por supuesto, habrá campanadas con nombres y apellidos. Campanadas que nos recuerden a los seres queridos que murieron; a las personas con las que el trato se ha distanciado o diluido con el paso del tiempo; incluso a aquellas otras personas a las que tuvimos que poner límites porque nos resultaban tóxicas o dañinas. Y también campanadas que suenan vibrantes como la algarabía de los niños que crecen a nuestro alrededor, como la melodía conocida de aquellos en quienes nos apoyamos o como las notas improvisadas de las nuevas relaciones que se han ido forjando o consolidando a lo largo del año. Y, cómo no, campanadas que nos conectan con aquellas pequeñas cosas en las que encontramos disfrute y bienestar.

Todas esas campanadas configuran eso que llamamos vida: ilusión, experiencia, aprendizaje, éxito, fracaso, oportunidades, desafíos, frustración, cambio, pellizcos de suerte, circunstancias adversas, esfuerzo, trabajo, ocio, descanso, miedos, dudas, inseguridades, incertidumbre, curiosidad, recelos, duelos, rupturas, compañerismo, amistad, amor… En el nuevo año, al igual que en los anteriores, viviremos un poco más de todo esto. Por eso, no sé si resulta útil pedir que 2020 nos traiga algo concreto. Si acaso, que nos ayude a encontrar un poco más de predisposición para dejarnos fluir en ese maravilloso viaje que es la vida. Solo así podremos, realmente, dar la campanada. ¡Feliz 2020!


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en FacebookTwitter e Instagram.

Estándar