AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Volver a ti

En los relatos sobre viajes iniciáticos o de autodescubrimiento suele haber un personaje que trata de disuadir al héroe con frases del tipo No intentes conocerte a ti mismo, no te traerá nada bueno. El objetivo de este personaje no es otro que persuadir al héroe, aún en proyecto, para que se mantenga en su zona de confort, en los límites actuales en los que se desarrolla su existencia, y preservar, a la vez, el statu quo de la comunidad, cuyos principios y valores podrían quedar cuestionados si el héroe completa su viaje.

La advertencia sobre los riesgos del autoconocimiento no está solo en los relatos de ficción, sino también en esto que llamamos realidad. A nuestro alrededor –más lejos o más cerca, según los casos– hay determinados contextos sociales muy reticentes a cualquier proceso de cambio, bien por un instinto de protección mal entendido o bien por un burdo interés por mantener relaciones de control o dependencia. Por otro lado, muchas veces somos nosotros mismos los que autocensuramos caminos de exploración y reconocimiento por el dolor y el sufrimiento que supone, en ocasiones, confrontar nuestros intereses, contradicciones o anhelos.

Atendiendo a estas advertencias, presiones o exigencias, aparcamos nuestro autodescubrimiento y lo sustituimos por un permanente esfuerzo de camuflaje con los disfraces y las caretas que más se ajustan a la imagen que los demás esperan de nosotros o a la imagen que nos exigimos nosotros mismos. Con el tiempo, disfraces y caretas se convierten en armaduras y máscaras rígidas que, más que ayudar a su propósito inicial de mejorar nuestro encaje en el mundo, acaban por sumergirnos en un profundo mar de limitaciones. Aun así, no concebimos nuestra vida sin disfraz y, antes que vernos desnudos, preferimos ocupar nuestro tiempo en confeccionar parches y remiendos.

De esta manera, el viaje de la vida se convierte en una huida hacia adelante que nos aleja, cada vez más, de lo que realmente somos. A la carrera, como el hámster en la rueda, es muy difícil parar, y la imposibilidad de detenernos nos empuja a correr todavía más. Con más rutinas, con más compromisos, con más distracciones. Parar, eso queremos, pero frenar en seco nos causaría, efectivamente, mucho dolor. ¿Cómo actuar entonces?

Hoy te propongo entrenar la observación y la reflexión con los pequeños detalles que envuelven tu vida. Escoge, al final de la jornada, algún gesto que hayas realizado durante el día y analízalo. ¿De qué te ha servido? ¿Qué te ha aportado? ¿Qué necesidad has cubierto? ¿Qué has evitado al hacer este gesto y no otro? La rueda seguirá girando pero, poco a poco, irás dejando espacio para el autoconocimiento y el autodescubrimiento… e irás volviendo hacia ti.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

El método Autopías para definir objetivos

En los últimos días he escuchado voces que critican o cuestionan la necesidad de fijarse objetivos para el nuevo año que acaba de comenzar. Unos dicen que es una tontería, otros que no sirve para nada… Aunque no es obligatorio ponerse metas al iniciar el año, yo soy de los que piensan que estas fechas (al igual que los cumpleaños o cualquier otro tipo de aniversarios o circunstancias vitales) son una buena ocasión para pararse a pensar, al menos por un momento, y encontrar metas y propósitos que, de alguna manera, nos ayuden a crecer y mejorar en cualquier ámbito de nuestra vida (desde lo más trivial hasta lo más trascendente).

Pero… ¡cuidado! No se trata de escoger objetivos al tuntún o de dejarse arrastrar por las últimas modas o tendencias o de construir castillos en el aire. No.

Se trata, por el contrario, de indagar y conectar con nuestras necesidades para identificar aquellas cosas (acciones, actividades, intenciones…) que nos gustaría tener como dirección o foco –fuente de motivación, estímulo y apoyo– en las próximas semanas, meses e incluso años. Cosas que, en definitiva, nos ayudarán a ensanchar esa zona de confort en la que vivimos (aunque a veces no sea nada cómoda o confortable) facilitando así nuevos aprendizajes y experiencias y mejores cotas de bienestar.

Estos objetivos, por tanto, deben tener un para qué. Es decir, tienen que ser objetivos con sentido y significado en el momento presente de nuestras vidas.

Identificados esos objetivos (bien porque tengas ya alguna idea rondando por la cabeza, bien porque hayas trabajado en encontrar tus propósitos para el nuevo año según explicaba en la entrada anterior), es necesario formularlos de forma adecuada para que podamos conseguir los resultados que esperamos. Aunque hay muchas fórmulas para definir objetivos –casi todas ellas basadas en acrónimos en inglés (smart, grow, pure, clear…)– yo prefiero usar mi método AUTOPÍAS. ¿En qué consiste? Veamos qué palabras forman mi propio acrónimo para encontrar objetivos bien definidos y perfilados:

A… de actual. Busca objetivos que nazcan de tus necesidades actuales. Desconfía de aquellos propósitos que te has planteado otras veces y que nunca has logrado cumplir. ¿Son esos propósitos los que realmente quieres? Y, si es así, ¿por qué abandonaste? Rescata y reformula, de acuerdo a este método, aquellas metas que aún te ilusiona alcanzar.

U… de único. No te dejes atrapar por modas o tendencias. Sé genuino: solo tú sabes lo que realmente quieres ser, hacer o tener en la vida.

T… de tangible. Enuncia objetivos que estén limitados en el tiempo (fijando un plazo) y que, además, se puedan medir y cuantificar. A la vez, identifica las sensaciones –indicaciones físicas y emocionales– que te indicarán que avanzas correctamente hacia su consecución.

O… de optimista. Formula tus metas en positivo. Sí, puede que tengas más claro lo que no quieres que lo que quieres, pero no puedes quedarte ahí: tienes que darle una vuelta más a tu objetivo para enunciarlo en términos positivos, ya que solo así podrás enfocarte en la dirección deseada.

P… de preciso. Sé concreto y específico. Prueba a resumir tu objetivo en una única frase con sujeto, verbo, objeto directo e indirecto y complementos de lugar, tiempo, modo, instrumento o finalidad.

I… de implicación. Tienes que preguntarte si el objetivo en el que piensas está en tu mano o, por el contrario, depende de otras personas. No sirve de nada plantearse metas en las que no seas el protagonista. Identifica, por tanto, propósitos que dependan de ti, donde las acciones necesarias para conseguirlos estén siempre bajo tu control.

A… de alcanzable. A todos nos gusta soñar y fantasear, pero no pidas cosas imposibles. Se trata de encontrar objetivos realistas y ajustados a tus circunstancias y posibilidades actuales.

S… de saludable. Escoge propósitos que sean realmente adecuados para ti y que sean respetuosos y ecológicos tanto con las personas que te rodean como con los ambientes en los que te desenvuelves.

¿Te sirven estas pistas para definir tus objetivos? Mi experiencia demuestra que, a pesar de estas pautas, no siempre somos capaces de encontrar y concretar nuestros propósitos. Nos falta perspectiva, aparecen el miedo y la indecisión, nos bloqueamos… Si estás en esa situación, no dudes en contactar conmigo: estaré encantado de acompañarte en la búsqueda y formulación de objetivos para el año que ahora comienza.

De nuevo… ¡feliz 2021!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, METÁFORAS

El vértice de la parábola

Todos los procesos de cambio personal –especialmente aquellos que implican un cierto nivel de profundidad– incluyen un momento de duda en el que, asustados por lo que pueda venir después (una vez que el cambio se materialice), nos planteamos volver a la situación anterior… aun sabiendo que ya no nos aporta nada o no nos satisface.

¿Has estado alguna vez ahí?

Para mí, ese momento de duda es como el vértice de una parábola matemática, el lugar donde las ramas de la figura cambian de dirección.

Pensemos, por un momento, en una parábola con forma de U, que abre sus ramas hacia arriba. El primer tramo de la parábola, decreciente en su camino hacia el vértice, puede equipararse al descenso a las profundidades de uno mismo (una bajada a los infiernos, si se prefiere) que va implícita en cada proceso de cambio personal. Una vez que se llega al vértice, comienza un segundo tramo creciente, igual de pronunciado que el anterior, que a priori nos parece infranqueable por la dificultad que conlleva la ascensión.

Igual ocurre, pero al revés, con la parábola con forma de U invertida, cuyas ramas se abren hacia abajo. El primer tramo, creciente, es una dura escalada que requiere ir soltando equipaje para subir más alto y alcanzar mejores perspectivas. El segundo tramo, decreciente desde el vértice, sugiere la amenaza de caída, la posibilidad de despeñarse, la osadía de un salto.

El vértice de los procesos de cambio es, por tanto, el punto –impasse– en el que elegimos entre volver atrás, regresando a una zona de confort ya nada confortable, o dar un paso hacia delante para adentrarnos en un terreno desconocido, tal vez inhóspito al principio, pero necesario para nuestro crecimiento personal. El impasse es la puerta a lo que la Terapia Gestalt denomina el vacío fértil, la oportunidad de acceder al sinfín de recursos (emociones, capacidades, competencias, comportamientos…) que dan forma a nuestro potencial.

Estos días, precisamente, se cumplen cinco años desde que iniciara mi formación en Teoría y Técnicas Gestálticas. Aunque ya conocía este enfoque desde tiempo atrás, la experiencia –íntegramente vivencial, como no puede ser de otra manera– fue el impulso que necesitaba para llegar a mi impasse y saltar al vacío fértil, un vacío que se fue construyendo con la renuncia a mi anterior trabajo y el aprendizaje de nuevas competencias y herramientas profesionales y que sigo cultivando hoy día, no sin dificultades (la vida está hecha de luces y sombras), en este proyecto llamado Autopías.

Hay quien dice que los procesos de cambio personal nos llevan a la mejor versión de nosotros mismos. Yo no sé si estoy en mi mejor versión, pero me siento en mi versión más auténtica.

¿Cómo te sientes tú? ¿A qué distancia está el vértice de la parábola?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

De cambio a cambio

¿Resistencia al cambio? Impensable. Las autoridades sanitarias decretaron que el confinamiento era la mejor medida de protección contra la extensión del coronavirus COVID19 y todos, con contadas excepciones, estamos cumpliendo las directrices que nos obligan a permanecer, en la medida de lo posible, en nuestros hogares. Nuestra capacidad de adaptación (y de resiliencia, en muchos casos) ha quedado sobradamente demostrada en la respuesta a los retos personales, familiares, sociales, laborales o educativos y a las dificultades sobrevenidas que la crisis ha ido dejando a su paso. Es cierto que no lo hemos hecho solos: el confinamiento es una medida que afecta al conjunto de la población y ha despertado una gran oleada de solidaridad en todos los ámbitos que nos ha ayudado a instalarnos en la normalidad anómala en la que nos encontramos al cumplirse ya cinco semanas desde que el Gobierno de España decretara el estado de alarma. Hay que señalar, también, que vivimos una situación que entendemos como provisional, si bien nadie sabe cuándo y en qué forma podremos volver, si acaso, a una cotidianidad parecida a la que vivíamos hasta principios de marzo.

Sea como fuere, nuestro día a día ha cambiado. Y paradójicamente, pese a quedarnos en casa (un espacio que solemos considerar cálido, agradable y reconfortante), nos hemos visto obligados a salir de nuestra zona de confort, ese estado mental en el que, mediante la repetición de una serie de rutinas y parámetros, nos sentimos seguros. Así, hemos tenido que renunciar a la seguridad que encontrábamos en los desplazamientos, las salidas, las quedadas, los paseos o las escapadas para, poco a poco, ir aprendiendo a encontrar una nueva seguridad en casa, un espacio de descanso y tareas domésticas que ahora cumple también las funciones de oficina, colegio, academia de actividades extraescolares, centro de mayores, gimnasio, etcétera. Aunque habitualmente se habla de salir de la zona de confort, yo prefiero hablar de expandir la zona de confort: se trata, en definitiva, de aprender e integrar nuevos recursos con los que ampliar las bases de nuestro autoapoyo, ese lugar desde el que podemos desplegar todo nuestro potencial.

Todo cambio, como vemos, conlleva renuncias y aprendizajes. Tal vez los procesos de cambio individuales, orientados al desarrollo o al crecimiento personal, sean más complicados debido a la falta de apoyo social (algunos cambios implican ir contracorriente) o al deseo –y al temor– de llegar a cambios permanentes o definitivos. Pero, si hemos sido capaces de sumarnos a las transformaciones derivadas de la crisis del coronavirus, ¿cómo no vamos a ser capaces, también, de hacer frente a los cambios, más o menos sutiles, que necesitamos hacer en cada uno de nosotros para crecer, avanzar, progresar y encontrar nuestro lugar en el mundo? Puede que este momento excepcional que estamos viviendo, en el que ya están cayendo las paredes de nuestra zona de comodidad, sea una invitación y una oportunidad para construir algo nuevo desde lo que realmente somos, desde lo más genuino que hay en cada uno de nosotros. Rumbo al cambio. ¿Te vienes?


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AUTOPÍAS, RECOPILACIONES

Inspira(n)do

Se define la inspiración como el estímulo o la lucidez repentina que siente una persona y que favorece la creatividad, la búsqueda de soluciones a un problema o la concepción de ideas que permiten emprender un nuevo proyecto. Dicho de otro modo, es la chispa que pone en marcha cualquier proceso creativo. Este destello puede brotar espontáneamente, surgido de la nada, o bien puede aparecer como resultado de una serie de influencias que, conectadas, nos llevan a hacer interpretaciones personales, siempre genuinas, sobre la realidad en la que vivimos. En la entrada de hoy voy a repasar algunas de las influencias que me han servido de inspiración para escribir artículos en los que –¡ojalá!– hayas podido encontrar inspiración para ese proceso creativo que también es tu vida.

Mi principal influencia, sin duda, son los libros sobre crecimiento personal, psicología, educación o neurociencia con los que sigo complementando y ampliando mi formación en coaching. El mercado está lleno de títulos y, en ocasiones, los contenidos se repiten. Pero, a veces, encuentro aportaciones que considero novedosas o que me estimulan de forma especial. Es el caso de El elemento, de Ken Robinson, sobre el que versaba la entrada ¿Cuál es tu elemento?, o de Mindset. La actitud del éxito, de Carol Dweck, texto sobre el que hablaba en la entrada Mentalidades contrapuestas. Robinson nos invita a encontrar y a ampliar ese lugar donde podemos desarrollar al máximo todo nuestro potencial. Por su parte, Dweck nos anima a dejar de lado la mentalidad determinista con la que muchas veces afrontamos lo que nos pasa en la vida para actuar con una mentalidad abierta al aprendizaje y al cambio interior.

Otros títulos que me han servido de inspiración para dar discurso a este blog han sido Comunicación no violenta. Un lenguaje de vida, de Marshall B. Rosenberg (véase la entrada Otra respuesta es posible), El extraño orden de las cosas, de Antonio Damasio (Dos caras de una misma moneda) y Fluir, una psicología de la felicidad, de Mihaly Csikszentmihalyi (Imponerse o fluir). Estas obras nos hablan, respectivamente, de un modelo de respuesta alternativo con el que poner límites y manifestar nuestro enfado, del placer y del dolor como sentimientos motores de la evolución humana y de la importancia de fluir, en todo lo que hacemos, como paso previo para alcanzar la felicidad.

En ocasiones, la inspiración llega en forma de crítica. Es lo que me ocurrió tras leer la obra La burbuja terapéutica. Como caí en las trampas del crecimiento personal y las terapias, de Josep Darnés. En la entrada Yo, coach respondo a los argumentos con los que Darnés cuestiona los conceptos sobre los que se fundamenta el coaching y las características de quienes ejercemos esta profesión y defiendo los principios de responsabilidad y honestidad que deben regir un proceso de coaching. Otras veces, son personajes de ficción literaria quienes, en el proceso de inspiración, toman una entrada, como sucedió en Reflexión: el efecto de reflejarse, en la que aparecían –juntos, pero no revueltos– Narciso, Blancanieves o Alicia.

No voy a discutir el axioma de que todo está en los libros, pero la inspiración surge de cualquier tipo de influencias. ¿De la música? Sí, la composición Variations on the Kanon by Pachelbel, de George Winston, me sirvió de inspiración para la entrada Diciembre, dedicada a las sensaciones que me evoca el último mes del año. ¿Del cine o la televisión? Sí, la película El show de Truman y la serie de televisión Friends fueron el punto de partida para las entradas Dentro o fuera de la burbuja, sobre el concepto de zona de confort, y Toma 2: reencuadre, sobre la capacidad que tenemos de reformular lo que pensamos de nuestra vida. ¿Del arte? También, como ocurrió en la entrada Impresión: flujo continuo, en la que reflexionaba sobre la necesidad de dotar de un contexto a lo que nos pasa…

Es tú turno: déjate permear por las cosas que te gustan, fíjate en cualquier cosa que llame tu atención… e inspírate para alcanzar tu autopía.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Toma 2: reencuadre

El próximo mes de septiembre se cumplirán 25 años del inicio de las emisiones de Friends, considerada una de las series más relevantes de la historia de la televisión, en la cadena americana NBC. La serie, que sigue en redifusión hoy en día con grandes índices de audiencia, se basa en la vida de seis jóvenes residentes en Manhattan (Nueva York) y, siguiendo los estándares de la llamada comedia de situación, sitúa la acción en los apartamentos de Mónica y Rachel y de Chandler y Joey, ubicados en lados opuestos de un mismo rellano, y en el café Central Perk, donde se conocieron los seis protagonistas. Un guión contemporáneo, una planificación recurrente, con los mismos tiros de cámara, y una sucesión de risas enlatadas atrapaban al espectador.

Me pregunto, al recordar la serie, si nuestra vida –aunque a veces no nos haga mucha gracia– no tiene también algo de comedia de situación. Al fin y al cabo, nos pasamos los días en los mismos ambientes o decorados: la casa, el lugar de trabajo o estudio, los espacios de ocio, aprendizaje o entretenimiento en los que invertimos nuestro tiempo libre… Y quizá, alimentados por la rutina, comenzamos a actuar como personajes que, en mayor o menor medida, reproducen patrones de comportamiento adaptados a lo que, supuestamente, se espera de ellos en cada situación. Imbuidos en la artificialidad del espacio, acabamos por desconectar de nuestra esencia para interpretar un papel, a veces asignado, a veces escogido, que acaba por convertir cada uno de esos espacios, de una u otra forma, en una zona de confort que, si bien no nos compensa, nos resulta suficiente –aparentemente– para vivir.

En estos casos, puede resultar útil hacer un reencuadre de la situación. ¿Qué cámaras –puntos de vista– estamos utilizando para seguir la acción que ocurre en cada decorado de nuestra vida? Nuestra percepción se queda muy pobre si la limitamos a un único punto de vista: es necesario abrir el foco. ¿Cómo hacerlo? Debemos salir de nuestro personaje (dado que repite una serie de comportamientos adaptados a cada escena, no requiere mayor esfuerzo consciente por nuestra parte) para ocupar el puesto de director o realizador con el fin de obtener una visión global del decorado, incluyendo su contenido y sus fronteras. Y, desde ahí, observar lo que queda fuera de escena, los puntos de vista adicionales que deben ser integrados, los diálogos o los complementos que demandan ser modificados, incorporados o suprimidos…

Hecha esa observación, y asimiladas sus conclusiones, será el momento de volver al personaje, pero no para encadenar, de nuevo, una serie de comportamientos repetidos, sino para actuar, desde lo que cada uno es, como un auténtico protagonista (incluso aunque solo seas figurante: la relevancia no depende del estrellato). Actúa de acuerdo a tus necesidades, siéntete libre para intervenir y modificar los decorados en los que participas diariamente. No siempre será fácil, pero no olvides que, como buen storyboard, puedes diseñar el guión gráfico de tu vida dibujando (o definiendo con palabras, así también vale) los espacios, las situaciones y las secuencias en las que alcanzar una vida plena y desarrollar todo tu potencial. ¿Prevenidos? ¿Sonido? ¿Cámara? ¡Acción!


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AUTOPÍAS, METÁFORAS, REFLEXIONES

Volverse océano

En la vida nos encontramos momentos en los que, según el lenguaje de los videojuegos, toca pasar de pantalla. A veces, esos momentos llegan de forma inesperada y no queda otra opción que adaptarse, a la mayor rapidez posible, a las características del siguiente nivel del juego. Otras veces, sin embargo, somos nosotros mismos quienes retrasamos la llegada de esos momentos: preferimos seguir viviendo en los parámetros que conocemos, dentro de las rutinas habituales, pese al desgaste que nos produce la repetición sistemática de obligaciones, responsabilidades, compromisos, comportamientos, hábitos o tareas que ya no nos satisfacen. En estas situaciones, nuestra vida entra en modo bucle… y nos sentimos estancados.

Días atrás, mientras daba vueltas en la cabeza al concepto pasar de pantalla, me encontré con esta historia del escritor libanés Khalil Gibran (1883-1931): Dicen que antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo: mira para atrás, para ver su recorrido, para ver las cumbres y las montañas, para ver el largo y sinuoso camino que abrió entre selvas y poblados; y ve frente a sí un océano tan extenso que entrar en él solo puede ser desaparecer para siempre. Pero no hay otra manera: el río no puede volver, nadie puede volver, volver atrás es imposible en la existencia. El río precisa arriesgarse y entrar en el océano. Al entrar, el miedo desaparecerá, porque en ese momento sabrá que no se trata de desaparecer en él, sino de volverse océano.

En esta metáfora, el río representa lo que hemos vivido. El océano, por su parte, simboliza todo el potencial que aún no hemos desplegado. El río se siente seguro en su cauce, protegido por sus márgenes, de la misma manera que nosotros nos sentimos seguros en nuestra zona de confort, donde intentamos vivir sin riesgos. Sin embargo, como nos ocurre a nosotros, el río olvida que su cauce no tuvo siempre las características actuales: las fuentes de las que brotó, junto a las aportaciones del deshielo de las cumbres, esculpieron los primeros kilómetros de su recorrido; las condiciones meteorológicas alternaron crecidas y sequías que condicionaron su curso. Los accidentes geográficos que atraviesa a su paso son los avatares que, con mayor o menor conciencia, hemos ido sorteando e incorporando a nuestra existencia. El cauce del río nunca fue tan idílico como, en nuestra aparente comodidad actual, queremos creer ahora.

Pasar de pantalla en esos momentos en los que necesitamos un cambio no implica poner un punto y aparte en nuestro relato vital, sino un punto y seguido. Como hace el río según se acerca a su desembocadura, toca ensanchar nuestro espacio para formar un delta con el que ir desplazando los límites que nos encorsetan. De esta manera, el cauce que hemos dibujado se irá abriendo hacia un horizonte infinito lleno de posibilidades en el que desarrollar talentos o capacidades dormidos, aún sin descubrir, o anestesiados voluntariamente por nosotros mismos. Cuanta mayor sea la apertura, más facilidad tendremos para fundirnos en el océano, ese lugar en el que pululan todos los recursos que necesitamos para desplegar, de forma fluida y armónica, todas las características de nuestro ser. Recuerda: No se trata de desaparecer en él, sino de volverse océano. ¿Nos arriesgamos?


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AUTOPÍAS, COACHING, LECTURAS

Yo, coach

Días atrás, mientras visitaba una librería de estrechos pasillos, tropecé con un libro cuyo título llamó inmediatamente mi atención. Se trata de La burbuja terapéutica, una obra de reciente edición en la que el ingeniero Josep Darnés, que se define como una persona hiperterapiada, relata su experiencia como adicto a la autoayuda, el autoconocimiento y las terapias, una vivencia cuyo sentido se apunta ya en el subtítulo del libro: Como caí en las trampas del crecimiento personal y las terapias. A la vez, el texto plantea una reflexión sobre la paulatina psicologización de la sociedad y sobre las garantías de las que adolecen, entre otros, los libros de autoayuda, la filosofía del pensamiento positivo, los talleres de sanación, el mindfulness… o el coaching.

Considero acertadas algunas de las observaciones de Darnés, entre ellas su preocupación por la proliferación de vendehumos y la evidente mercantilización de las diferentes corrientes que tratan de asistir al individuo en la búsqueda de su conocimiento y crecimiento personal. Coincido también en la inquietud –que yo percibo latente en todo el libro– por la predisposición de los consumidores de autoayuda a dejarse arrastrar por las modas sin discernir o discriminar las disciplinas o las formas de intervención más adecuadas para hacer frente a sus conflictos, problemas, dudas o deseos. No obstante, no comparto las críticas que el autor dirige al coaching al hablar de los conceptos de responsabilidad y zona de confort y de las características de los coaches en el ejercicio de su profesión.

Me gustaría concretar, antes de profundizar en dichas críticas, la definición de coaching. Para mí, el coaching es un proceso de aprendizaje y conocimiento en el que el cliente, desde su compromiso con el coach, descubre y alimenta sus propias capacidades y competencias con el fin de afrontar objetivos concretos. Lamentablemente, la traducción literal de coach por entrenador y el uso análogo de conceptos como coach, mentor, asesor o consultor han contaminado el alcance y los fundamentos de esta disciplina: no puede haber proceso de coaching si no hay motivación para el cambio, toma de conciencia, refuerzo de la confianza y la autoestima, responsabilidad y compromiso y plan de acción.

Josep Darnés considera que las apelaciones a la responsabilidad del cliente en su proceso de cambio son contraproducentes ya que no solo no contribuyen a empujar a la persona hacia sus objetivos, sino que la frustran porque piensa que todo es por su culpa, que es idiota o simplemente perezosa. Desde mi punto de vista, se debe diferenciar entre la responsabilidad que tenemos en lo que sucede (evidentemente, no tenemos control sobre todos los factores que condicionan nuestra existencia) y la responsabilidad con la que hacemos frente a lo que sucede. ¿Queremos ser víctimas o protagonistas? El buen coach comprobará, al iniciar el proceso, el grado de implicación que está dispuesto a asumir el cliente. Si no hay compromiso, no debe haber proceso de coaching.

Por otro lado, el autor de La burbuja terapéutica sostiene que el coach, en su ceguera por el crecimiento, no acepta que uno pueda desear “ir tirando” o seguir viviendo en la “zona de confort” que le hace feliz. Según la Asociación Española de Coaching (ASESCO), el proceso de coaching pretende cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde desea estar. De este modo, hay una insatisfacción a la que el cliente necesita dar respuesta: será él mismo quien decida hasta qué punto se mantiene en su comodidad actual y hasta qué punto se arriesga para ensanchar su experiencia del mundo. Quizá convenga sustituir lo de “salir de la zona de confort” –yo también he incurrido en esta expresión– por “extender la zona de confort” a través de la vivencia y del aprendizaje de nuevas creencias, comportamientos o emociones.

Finalmente, Darnés ironiza sobre el esfuerzo que requiere ser coach, un profesional que se tiene que presentar siempre delante de los demás como una especie de superhumano invulnerable, un modelo a seguir que se ha transformado a sí mismo, repleto de virtudes, perfecto y con un gran autoconcepto. En mi caso, nada más lejos de la realidad: me siguen asaltando las dudas, no soy inmune a la inseguridad y al desánimo, no tengo todas las respuestas (de hecho, dicen que el coaching es el arte de hacer preguntas) y aún me queda mucho que aprender de la vida. Creo que la honestidad es una cualidad fundamental para establecer una relación de igual a igual con los clientes y facilitar la consecución de sus objetivos. Y así, con humildad, te invito a dirigirte a mí para aclarar tus dudas sobre el coaching y, si lo necesitas, para iniciar un proceso conmigo. Puedes hacerlo a través del apartado Contacto de este blog.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Un cruce, distintos caminos

“Próxima parada: Encrucijada”. Así se denomina una de las paradas del autobús de línea que comunica la ciudad en la que vivo con la localidad a la que considero –pese a no haber nacido en ella– mi pueblo. La parada se encuentra, efectivamente, en una de las sucesivas intersecciones que la carretera va encontrando en su recorrido. Pero la palabra encrucijada evoca más que un cruce de caminos de distinta dirección: el vocablo alude también a esas situaciones difíciles o comprometidas en las que, ante distintas posibilidades de actuación, no sabemos cuál escoger. Si esa encrucijada no fuera un cruce en la carretera, sino un punto de inflexión en nuestra trayectoria vital, ¿cuáles serían esas posibilidades o caminos a escoger?

Imagina que esa encrucijada tiene forma de rotonda con seis salidas. La primera de ellas nos lleva a El camino que hace señas, ese lugar en el que nos permitiríamos probar aquello que siempre hemos querido intentar pero que, por una u otra razón, nunca nos hemos atrevido a experimentar. La segunda salida nos conduce a El camino de los sueños, ese espacio en el que podríamos aplicar las alternativas aparentemente inverosímiles que nos ofrece nuestra imaginación y que descartamos habitualmente por parecer irrealizables. La tercera salida nos introduce en El camino que parece más sensato, ese que nos recomendarían las personas cuya opinión valoramos.

La cuarta salida de esa rotonda imaginaria nos invita a explorar El camino no recorrido, una vía en la que podríamos poner en práctica alguna otra alternativa (a priori más sensata que las de El camino de los sueños) que no habíamos considerado con anterioridad. En la quinta salida encontramos El camino ya recorrido, que nos lleva a ese espacio familiar por el que hemos transitado en ocasiones anteriores más o menos similares a nuestra coyuntura actual. Finalmente, la sexta salida de la rotonda nos permite regresar a El camino de vuelta, ese lugar en el que nos sentimos seguros y del que nos resistimos a salir. Optar por esta última salida supone evitar el cambio para permanecer en la zona de confort.

Los seis caminos enumerados anteriormente forman el llamado Modelo de la Encrucijada, una guía basada en la herramienta The Personal Compass de la consultora The Grove, con sede en San Francisco (EE.UU.). Esta herramienta propone cinco esferas de reflexión, a partir de una serie de preguntas, para facilitar la toma de decisiones sobre el camino a seguir. Así, se nos invita a localizar los elementos y factores que nos han permitido convertirnos en quienes somos, a enunciar los valores, las creencias y los principios que guían nuestra forma de estar en el mundo, a identificar a las personas cuyo criterio respetamos, a enumerar los problemas o dificultades que nos impiden desarrollar o alcanzar nuestros objetivos y a pensar en situaciones o circunstancias que nos generan incertidumbre o miedo.

En la encrucijada, nuestro anhelo es una respuesta, pero no hay respuesta posible sin plantearse preguntas. ¿De dónde procedes? ¿Qué te parece realmente importante? ¿Qué personas son importantes para ti? ¿Qué te molesta? ¿De qué tienes miedo? Hay una diversidad de caminos, audaces o conservadores, ante nosotros. Es nuestra responsabilidad tomar uno de ellos, haciéndolo propio, o quedarnos dando vueltas, como un hámster en la noria de su jaula, en esa rotonda imaginaria. No hay potencial futuro sin cambio y crecimiento.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Dentro o fuera de la burbuja

Se cumplen 20 años del estreno en España de la película El show de Truman. El film, dirigido por Peter Weir con Jim Carrey como protagonista, gira en torno a un programa de televisión llamado The Truman Show, un reality llevado al extremo en el que se transmite, en vivo y en directo, la vida de Truman Burbank desde el mismo momento de su nacimiento. En concreto, la película se centra en el último año de emisión del programa, cuando Truman, que desconoce ser el protagonista de un exitoso programa de televisión, se sorprende por hechos que parecen fuera de lugar (la caída de un foco, una interferencia radiofónica, un falso ascensor) y descubre que la ciudad en la que reside parece girar en torno a él.

Esa ciudad-isla, llamada Seahaven, es un decorado construido bajo una gigantesca cúpula, visible desde el espacio, que incluye sol, firmamento y mar artificiales. Un complejo software informático permite al director del programa, a través de las órdenes que transmite a su equipo, controlar la vida de Truman. Miles de cámaras ocultas permiten seguir la cotidianidad del protagonista desde que se levanta hasta que se va a dormir. Así, podemos ver sus diálogos frente al espejo del baño por la mañana, el encuentro con sus vecinos al salir a trabajar, los avatares de sus desplazamientos en coche o la rutina diaria en la agencia de seguros en la que trabaja.

En nuestra vida, que no es un programa de telerrealidad, también se repiten rutinas que dibujan una burbuja –aunque no tan grande como esa cúpula bajo la que se desarrolla El show de Truman– a nuestro alrededor. Al salir de casa solemos coincidir con los mismos vecinos, el autobús que tomamos para ir a nuestros destinos cotidianos lleva habitualmente el mismo conductor, nos encontramos con caras conocidas –de desconocidos– en el metro, el atasco se forma siempre en las mismas rotondas, repetimos tareas y protocolos en nuestro puesto de trabajo, nos encontramos con los mismos compañeros frente a la máquina de café, las clases se suceden según el horario definido a principio de curso… La cotidianidad genera un espacio de seguridad en el que nos sentimos protegidos: nuestra zona de confort o comodidad.

Ahora bien, ¿nos resulta suficiente esa comodidad? El riesgo de la zona de confort es que puede anclarnos en el conformismo. Truman Burbank, insatisfecho con su vida, consciente de que debía encontrar un nuevo estímulo (en su caso, una vida auténtica y real más allá de la impostura de la televisión), se propuso abandonar Seahaven y, tras encontrarse con distintos contratiempos (desde la falta de oferta de vuelos disponibles hasta una aparente fuga en una central nuclear), decidió enfrentarse a su miedo a navegar para dejar la isla por mar (su padre había muerto, presuntamente, durante una tormenta en un viaje de pesca junto a su hijo).

Me pregunto, pensando en mi propia zona de confort, cuánto hay de comodidad y cuánto de resistencia al cambio. Las pérdidas que supone abandonar esa zona de confort son certezas. El beneficio, lo que ganamos con el cambio, es solo una ilusión difusa mientras no actuemos. El miedo, como en la película, puede ser un mar encabritado que nos obligue a luchar con todas nuestras fuerzas, pero también puede ser un agradable paseo. No lo sabremos si no lo intentamos. Somos dueños –y responsables– de nuestro propio destino. Para cerrar, como diría Truman, por si no nos vemos luego… buenos días, buenas tardes y buenas noches.


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